Si se trata de beber

Es bien sabido que una de las cuestiones trascendentales que habrá encarado la humanidad en el último tiempo es la conmemoración del 15-M. Recapitulando. Unas tres o cuatro mil personas decidieron hace un año acampar en la Puerta del Sol de Madrid. La relativa proximidad de las elecciones, combinada con el franco carácter crepuscular del gobierno y la cuidadosa pasividad del principal partido de la oposición, provocaron que la acampada no se desalojara y siguiera ocupando durante varios meses el centro de la capital española. Hasta que llegó un día en que la acampada se disolvió. Para decirlo en los manoseados términos cervantinos, aquí muy precisos: «Fuese y no hubo nada.» Por lo tanto cualquier miembro de la acampada debería tratar de evitar la conmemoración del artefacto. Al menos toda conmemoración que no fuera privada, meramente sentimental. ¡Un foc de camp da para mucho! Ayer Julia, en la radio, parecía muy sorprendida de que los adolescentes españoles, según una encuesta europea, celebrasen el país donde viven con mucho mayor aplauso que los alemanes. ¡Orgullo de botellón!, se llama eso. Y también esplendor en la hierba: no en vano son los muchachos españoles líderes mundiales de la especialidad. Por si todo esto fuera poco se añade el detalle incontrovertible: no hay en Europa una juventud más adulada. Así pues yo comprendería la celebración, ¡y hasta me añadiría, depende!, si se tratase de beber. Pero no puede ni debe ir más allá. Ni política ni intelectualmente el 15-M ha dejado nada.

En cualquier caso no es una frustración estrictamente española. Obsérvese lo que ha dejado electoralmente en Grecia, el epicentro de la algarada. Un tipo cuyo referente político y humano es Hugo Chávez; y otro que se inclina por José Antonio Primo de Rivera. Esas son las alternativas. Leo el capítulo del Boomerang de Michael Lewis. Un pormenorizado recuento de los inconcebibles excesos griegos. Cojo este: «La edad de jubilación para los empleos griegos clasificados como duros es 55 años para hombres y 50 para las mujeres». Entre los empleos duros constaban peluqueros, locutores de radio, camareros y músicos. Grecia es el lugar donde el exceso se ha representado con escenografías más violentas; pero las prejubilaciones españolas no están lejos de ese milagro roto.

No hay alternativas. Ni puede haberlas. El 15-M, y cualquiera de las alternativas de acampada, se parte por la mitad, sin argumentos, cuando se observa de cerca la crisis. Demasiadas cabezas que cortar. Ha sido el pueblo el que ha robado: a cada uno según sus capacidades y de cada cosa según sus necesidades.

(El Mundo, 10 de mayo de 2012)

15 de mayo de 2012

 

Nueva edición para iPad



La reacción

Cuando llegó, Sarkozy impulsó la política de la ouverture, que consistió en la incorporación a las tareas de gobierno de personas de la izquierda. Esta política pudo tener objetivos partidistas, tendentes a hacer aún más profunda la crisis socialista. Pero había un fondo de verdad y de esperanza racional en ella: se trataba, para decirlo como Giovanni Sartori, de tomar las decisiones correctas, más allá de que fuesen de derechas o de izquierdas. Tal pretensión topaba con los cermeños normativos de la izquierda para los cuales la política no puede tener un fondo objetivo, porque solo se trata de decidir entre el bien, es decir, lo que propone la izquierda, y el mal, que es lo que propone la derecha. Pero aquel primer Sarkozy con Kouchner, Dati, Amara, Besson, el apoyo intelectual de gentes como Gallo, Glucksmann o Bruckner (¡y hasta el matrimonio con Carla Bruni!) forma parte de las más insurgentes novedades que habrá dado, en décadas, la política europea. Derecha e izquierda habían dejado de ser aduanas morales.

Cuando iba a irse, Sarkozy propuso a Angela Merkel una campaña electoral conjunta. No se llevó a cabo, porque al final a aquel hombre valiente le cogió miedo. La invitación, en cualquier caso, no sólo habría sido un beau geste, sino un gesto coherente. No ha habido ningún presidente francés tan estruendosamente europeísta como Sarkozy. Ninguno, tampoco, había estrechado una alianza semejante con América. Francia, Europa y Estados Unidos eran, para Sarkozy, una misma entidad moral y eso supuso un feliz desgaste de todo el entramado retórico del gaullismo y sus delirios de grandeza y excepcionalidad, inevitablemente pompiers.

Tanto la ouverture como el debilitamiento de la soberanía nacional quedaron a medio hacer, afectados por la crisis y por alguna vacilación estratégica de su impulsor. Las votaciones del domingo han acabado de darle la puntilla a esa política. En Francia ha ganado la reacción encabezada por el alto funcionario Hollande. Toda su campaña, incluida esa arrogancia énarque que nuestros sensibles socialdemócratas se han cuidado mucho en ocultar, ha tenido un cerúleo aire melancólico, donde la figura de François Mitterrand (cuya sombra viciada solo puede ventilarla la lectura de las implacables memorias de Revel) ha sido algo más que una trivial referencia onomástica o generacional.

A la vista de los resultados de la primera vuelta algunos analistas se preguntaron cómo era posible que un país de derechas fuera a elegir un presidente de izquierdas. ¡Qué craso error analista! Un país conservador ha elegido un presidente conservador. Y dado el millón de lepenistas que han votado a Hollande, con su poquito de gomina, incluso.

(El Mundo, 8 de mayo de 2012)

Salimos a cenar y…

 Querido J:

Cinco años desde que desapareció Madeleine McCann del apartamento de vacaciones que ocupaban sus padres en el Algarve. Siete meses desde que los hermanos Ruth y José desaparecieron, presuntamente, de un parque de Córdoba. Los periódicos se llenan la boca con el supuesto fenómeno de imitación que provocan las noticias sobre suicidios. Pero lo más razonable que puede decirse en favor de esa tesis es que la vida entera es imitación… y propaganda. Los que acusan al padre de los hermanos podrían traer aquí el caso Madeleine: pensó que iba a salirle igual de gratis que a los McCann. Pero el padre acusado también podría invocarlos: como los McCann también yo seré exculpado. Es el precio de los asuntos no resueltos del pasado: la siniestra luz de oportunismo que proyectan sobre el presente. Pienso con frecuencia en los padres de Madeleine. Y en el policía Amaral, que los acusó de matar accidentalmente a la niña y de hacer desaparecer su cadáver. Las tesis del policía fueron rechazadas por la Fiscalía portuguesa y se levantó el estatuto de arguidos (imputados) sobre los padres. Amaral abandonó el cuerpo de policía y escribió un libro con sus tesis. Los padres volvieron a Inglaterra y cíclicamente tratan de que el caso vuelva a los medios.

El policía se dedica ahora a la abogacía, pero su vida continúa siendo el caso McCann. Alguna vez le hacen una pregunta que tiene una respuesta difícil. Si los padres son culpables, ¿por qué no cierran su duelo? Es decir. ¿Por qué siguen manteniendo viva la memoria de la niña, por qué presionan a Scotland Yard para que revise viejas pistas, atienda a testimonios inesperados e incluse busque una luz delirante entre videntes? Admitamos que durante los primeros meses o incluso los primeros años tuvieran que organizar un increíble teatro para protegerse y proteger la custodia de sus otros dos hijos. Pero solo alguien de una frialdad prácticamente inimaginable seguiría paseando su carpa de simulación por el mundo. A la pregunta el policía responde sin inmutarse demasiado. Cuando uno empieza a mentir ya no hay retorno. Los padres son deudores de la mentira iniciática y nunca acabarán de pagarla. Envejecerán y siempre mantendrán encendido el recuerdo, porque para ellos es un seguro de vida. Y una forma, por cierto, de seguir siendo padres y víctimas intactas ante los dos mellizos hermanos de Maddie, que han cumplido los siete años y han cruzado el umbral de aquello que se llamaba el uso de razón.

Eso dice.

La sofisticación psicológica que su argumento requiere no es el principal problema del policía. Al fin y al cabo cualquier argumento logra encontrar su mente. El policía debe enfrentarse a una objeción mucho más insidiosa: la interpretación que hace sobre la conducta de los padres de Maddie puede aplicársele con mayor facilidad a él. Amaral pagaría un precio más bajo por el sostenimiento de su hipotética mentira. Puede seguir escribiendo libros con sus tesis acusatorias: de momento nada puede desmentirlas. Ni siquiera él mismo, desde luego. Él no ha visto a un hombre llevarse a Maddie en la noche. Él solo ha construido un relato verosímil de lo que pasó, en razón de conjeturas e interpretaciones. Por el contrario, los padres de Maddie deberían pagar un coste por el mantenimiento de una versión falsa: el grave coste de saber que se estaban mintiendo a sí mismos.

En realidad, si un día Maddie apareciera viva el policía podría incluso sostener que él no mintió. Que solo interpretó mal. Incluso podría pedir perdón, si la ocasión se prestara. Por desgracia el beneficio de la duda le favorece: la casuística disponible le da una gran ventaja sobre los padres. Miles de niños desaparecen cada año en el mundo. La mayoría no vuelven. Solo hay una posibilidad de que se demuestre que Amaral mentía: la de que Maddie apareciese viva. Por el contrario hay muchas formas de que Maddie muriera. Incluso hay muchas de que estuviese viva y jamás apareciera. Y todas condenan a los padres, con independencia de su auténtica responsabilidad sobre los hechos. Es este aire fullero, de jugador con ventaja, lo que me repugna de las tesis de Amaral. Como comprenderás este asunto va mucho más allá de nuestro policía. E ilustra la extremada comodidad moral y fáctica de las conjeturas basadas en la verosimilitud. Un caso para la disección en el laboratorio.

Es evidente que los padres de Madeleine no han de soportar ninguna responsabilidad penal, porque las conjeturas del policía Amaral no se tradujeron en pruebas. Pero en la sociedad mediática no es posible acampar en ese tranquilizador escalón, porque las conjeturas contra los padres aparecieron en todos los periódicos y el policía ha continuado diseminándolas por medio mundo, salvo por Gran Bretaña donde la publicación de su libro fue prohibida. Por lo tanto imagínate ahora (¡como ha imaginado oficialmente la Justicia!) que los padres de Maddie fuesen inocentes; que su hija hubiese sido secuestrada y viva o muerta esté fuera del alcance público. Y que, naturalmente, ellos sepan que es así y que no tienen mayor responsabilidad en su desaparición. La vil paradoja es que en esa hipótesis más difícil les resultaría a ellos ser convincentes que al policía Amaral. Entre otras cosas porque apenas tiene nada que decir. Este su pobre relato: «Salimos a cenar y cuando volvimos Maddie ya no estaba». Diez palabras. Por el contrario el relato del policía es de una enorme exuberancia. Incluye la muerte accidental de Maddie y todas las operaciones para disimularla y para deshacerse del cadáver. Aparentemente los padres tendrían una posibilidad: acogerse al relato de Amaral e ir demostrando una a una todas sus debilidades. Pero eso solo los situaría indefectiblemente en una posición subordinada, ancilar, regida por la premisa lógica de que la inocencia no puede demostrarse. Y mientras que los padres de Maddie no pueden demostrar su inocencia, el relato verosímil de Amaral lleva una vida editorial fértil, prendido ya para siempre en el imaginario colectivo. ¿Qué más da que un juez respete la presunción de tu inocencia si el mundo te obliga a probarla? Esta es la tremenda cruz del juicio mediático, del que el policía se ha servido sin escrúpulo alguno.

Veo esas fotos de la Maddie virtual que ha distribuido Scotland Yard. Ahora tendría ocho años, y seria así. El lacerante topos. Veo esas fotos y ya ni siquiera deduzco en los padres un movimiento estratégico para insistir en la búsqueda. No es que quieran que siga vivo su recuerdo. Es que así Maddie sigue viva y crece, y quizá se haga mujer. La luz mediática, que destruye y consuela.

Sigue con salud.

A.

(El Mundo, 5 de mayo de 2012)

Un nuevo periodismo (I)

Hace un par de meses y con el objetivo de preparar una conferencia en Valencia hice una búsqueda hemerográfica en el archivo del diario El País. Elegí ese diario por su carácter de referencia intelectual para mi generación y porque los resultados se extendían desde el principio de la transición política española hasta nuestros días. Busqué una serie de nombres característicos de la cultura de letras y otros tantos de la cultura científica.

Entre los primeros estaban Gabriel García Márquez (2.156), José Saramago (1.943), Günter Grass (853), Graham Greene (491), Truman Capote (470), Marguerite Duras (345), Norman Mailer (328) y Doris Lessing (264). Entre los segundos, Richard Feynman (59), Richard Dawkins (95), Stephen Jay Gould (100), Mario Bunge (107), Francis Crick (130), Carl Sagan (159), Luc Montagnier (159) y Stephen Hawking (444).

El lector habrá adivinado que los números entre paréntesis reflejan el número de veces que cada uno de esos nombres aparecen citados en la hemeroteca digital del periódico. El resultado, aunque fiable, no debe considerarse exacto, porque las hemerotecas digitales distan de ser precisas. Debo añadir un par de líneas sobre los criterios de selección. Se observará un predominio de los nombres anglosajones. Esto se debe a las obligaciones impuestas por la ciencia, cuyos nombres más prestigiosos y populares ofrecen un claro dominio de las nacionalidades anglosajonas. De ahí que para equilibrarlo eligiera escritores de la misma área geográfica, aunque en las letras el dominio anglo no sea tan evidente.

He de confesar que esperaba unos resultados decantados, pero no hasta ese punto. Baste comparar algunos de los más significativos. Que un científico de la talla y de la popularidad de Stephen Hawking consiga menos menciones que Truman Capote o Graham Greene y muchísimas menos que Gabriel García Márquez roza lo asombroso. Pero que el descubridor del ADN, Francis Crick, tenga la mitad de menciones que Doris Lessing roza lo grotesco. Los números de Richard Feynman, Richard Dawkins o Stephen Jay Gould son incomprensibles desde la perspectiva de una persona culta. Por no hablar de cómo se han traducido periodísticamente las aportaciones a la humanidad de Luc Montagnier, el descubridor del virus del sida.

Cometeríamos un error, sin embargo, si creyéramos que los resultados reflejan alguna particularidad específica del diario El País. La misma consulta en el archivo del New York Times ofrece resultados similares y el mismo décalage entre los hombres de letras y los hombres de ciencias. Y estoy convencido de que la consulta de Le Monde, The Guardian o La Repubblica no daría resultados distintos. Los motivos de esta abismal diferencia de trato no son específicos de ningún país y se insertan en lo más profundo de la cultura periodística. Es probable que alguno piense que en realidad se insertan en lo más profundo de la cultura a secas. Los tres milenios de civilización, contados a partir de la invención de la escritura, ofrecen una ventaja considerable a la cultura de letras, asociada inexorablemente con la religión y el mito. Durante todo este tiempo la ciencia ha sido un modo de conocimiento subordinado y absolutamente elitista. Pero la mención del periodismo tiene sentido contemporáneo porque la apreciación colectiva de la cultura, y ya no digamos el concepto de popularidad, son inseparables del desarrollo de los medios de comunicación de masas. Cuando Charles Percy Snow pronunció en 1959 su famosa conferencia sobre las dos culturas, donde abogó por la superación del foso abierto entre las ciencias y las letras, estaba aludiendo a un problema si no creado, al menos tremendamente amplificado, por el periodismo. En una próxima entrega veremos hasta qué punto la identificación del periodismo con la literatura no se limita a la onomástica, sino que nutre lo que podríamos llamar, aun incurriendo en el abuso, la epistemología periodística dominante.

(Muy Interesante, mayo de 2012)

Una gran nación

El candidato Rajoy llegó al gobierno a fuerza de repetir que España es una gran nación. No fue, en absoluto, un asunto secundario de su mensaje. La imagen exterior que había dejado el presidente Zapatero no era buena. Contribuyó a ello, lógicamente, la crisis económica, pero también otros gestos: desde la pasividad del entonces líder de la oposición al paso de la bandera norteamericana hasta el aire indefenso, como de guardar permanente antesala, que parecía ponérsele en la cara en cualquier cumbre europea y al que sin duda ayudaba su escaso dominio de los idiomas. España era en aquel crepúsculo un país tan necesitado de autoestima que hasta un gesto insólito, maleducado e imprudente del Rey de España, mandando callar en público a un jefe de Estado (venezolano, desde luego, que no francés) fue celebrado como el retorno de una testosterona puramente espartera que nunca debió faltar. A la situación se añadía el contraste del gobierno de Aznar que, según el publicismo, había situado al país en lo más alto (la mano de Bush sobre el hombro en las Azores/los pies de Aznar sobre la mesa, en el rancho Crawford) del escenario internacional. Una y otra vez, durante la larguísima campaña electoral que lo llevó al poder, el candidato Rajoy emplazó a los españoles a recuperar su orgullo perdido.

De ahí que tengan mayor importancia que la que se deriva de los hechos objetivos los últimos sucesos de Argentina y Bolivia: revelan una insensible falta de cooperación con los planes de psicología patriótica del presidente del Gobierno. Y, precisamente, por parte de aquella hermandad de lengua y cultura con la que la retórica oficialista suele llenarse la boca. Los incidentes prueban, naturalmente, lo que algunos listos ya sabíamos: que un idioma no supone la generación de cosmovisión alguna y que compartirlo, en consecuencia, no procura una cosmovisión común; y que un argentino o un boliviano son hoy para los españoles muchos más extranjeros que un francés o un alemán. La extranjería es, sobre todo, un asunto de reglas morales y, en este sentido, es francamente difícil imaginar que un oficial del ejército francés invadiera las oficinas de una sede comercial española para llevársela entera al cuartelillo.

Sé cuál habría sido el hervor de la retórica conservadora si las dos confiscaciones de los países hermanos se hubiesen producido durante el gobierno Zapatero. Y comprendo la moderación de la respuesta socialista. El PSOE ha cargado duramente contra los incumplimientos y mentiras del gobierno conservador. Pero esta es la peor de las mentiras y es demasiado profunda. Una mentira ¡de rescate imposible! incluso en forma de crítica. La mentira de que España es una gran nación.

No se puede engañar así a la gente.

(El Mundo, 3 de mayo de 2012)

Un mal rato

Leo con el natural sobrecogimiento las crónicas del asesinato de un chaval de 16 años en Madrid, en el Puente de Vallecas. De la primera a la última palabra sobrecogido, empezando por el lema que le costó la muerte, ese ¡Arriba la Patria! que se negó a gritar antes de caer desangrado por dos balas y tras dar los pasos del malherido. Entre los agresores, y contándose presuntamente entre ellos el que disparó, hay dos menores, de 12 y 13 años. Uno de esos menores, por ejemplo, que la repulsiva hipocresía al uso no quiere ver en las páginas de busca y captura de la policía catalana, porque ni siquiera los menores que destruyen escaparates, golpean a la policía o disparan a sus iguales pueden salir de su casa sin su píxel. Los periódicos respetan escrupulosamente la identidad de los sospechosos de Vallecas: no se conocerán ni su cara ni su nombre, ni siquiera al cauto nivel de sus iniciales. Pero tal privilegio no acompañará al muerto: ahí está el chavalito tendido, bajo la luz de bilis de la noche, con su brazo exangüe y sus calzones de topos. Muerto y sin píxeles.







Las crónicas indican que cinco de los siete menores (los que sobrepasan la edad penal de 14 años) serán internados en un centro para los de su clase. Las crónicas incluyen la habitual exuberancia de bullshit que gasta el poder cuando pretende que los ciudadanos se queden tranquilos: «…el equipo técnico del centro, formado por un educador-tutor, un psicólogo, un trabajador social, un médico y un profesor, tratará de recoger toda la información relacionada con la situación personal, familiar, psicológica y escolar del menor. Con esa información se elaborará un modelo individualizado de ejecución de la medida. En este programa quedarán reflejados unos objetivos y actividades que deberán realizarse con estos menores.»

Uf.

Busco a los otros dos. Los menores menores. Todo controlado, por suerte. Los periódicos dicen, con una tranquilizadora naturalidad, que ya están en casa, con sus padres. Para más tranquilidad incluso dicen que uno de los dos es español. Busco el rastro, pero no aparece en este caso nadie dispuesto a elaborar un modelo individualizado de ejecución de la medida.

A finales de abril, lilacs out of the dead land, mixing, la situación es esta. Cuando una madre abofetea a su hijo con la mano abierta el Estado entra en su casa, se lleva al niño y si no mete en la cárcel a su madre es solo porque no tiene antecedentes. Cuando un niño mata a otro con una blow class serie 8 el mismo Estado lo coge de la mano, sin apretarla mucho, y lo lleva a su casa, señora aquí traigo al niño, cuídelo, que ha debido de pasar un mal rato.

(El Mundo, 1 de mayo de 2012)

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