Sopa con ondas
Unas cuantas grandes compañías dedicadas al negocio de internet, Google y Facebook las principales, participaron ayer en una suerte de apagón real o simbólico en protesta contra los trabajos que las dos cámaras norteamericanas llevan a cabo para aprobar leyes de defensa de la propiedad intelectual. Lo que se conoce como las leyes Sopa y Pipa, por sus siglas en inglés. La reacción de las compañías es lógica: ven peligrar parte de su negocio, porque, hablando en jíbaro, las dos leyes tienen como objetivo el estrangulamiento financiero de las webs que comercian ilegalmente con la propiedad intelectual. La legislación parece decidida, al fin, a actuar contra el dinero, una vez que la lucha contra las segregaciones morales de la piratería haya fracasado. En especial en las provincias subalternas: aún ayer mismo los dos jóvenes mangantes que llevaban una exitosa empresa de piratería audiovisual anunciaban bajo el respetuoso palio de los periódicos españoles (¡celebrantes de su genio empresarial!) la retirada a otras actividades aún indeterminadas, pero inexorablemente propias de su condición
El apagón, en cualquier caso, fue un doloroso trasunto y una nueva lección para las industrias de contenidos. El trasunto del imposible apagón, ciertamente nuclear, que se produciría si la inteligencia pirateada en forma de libros, música o cine desapareciera como por ensalmo de la red y situara a esos frágiles colosos en su lugar: el de unos camioneros, algo verbosos y chulescos, sin nada que transportar. Y del trasunto metafísico, la lección concreta. Google, Facebook, Wikipedia son capaces de ponerse de acuerdo para un día de oscuridad. Sin embargo, y después de más de una década de apropiación de sus contenidos, aún no ha llegado el día en que los medios hayan enseñado a internet lo que serían las búsquedas, la conversación y las enciclopedias si la producción de los periódicos no fuera infinitamente replicada en cada uno de los planetas del universo digital.
La inteligencia de la conducta periodística queda reflejada en la evidencia de que los medios empiezan a hablar masivamente de la SOPA sólo el día en que los enemigos (de la SOPA y de los periódicos) llaman a combatirla. Recuerdos del viejo Umberto Eco. Que no entendía que los periódicos pudieran dar noticias de televisión, porque eso era como si un camión de mudanzas llevara escrito en la chapa el nombre de su competidor principal. Entonces los periódicos publicitaban la televisión y la televisión se hacía poniendo filminas a lo que explicaban los periódicos. Sin pagar, claro. Antes y ahora la vanidad que trae ¡el eco! ha bastado.
(El Mundo, 19 de enero de 2012)
Un político fracasado
Cada día de mi vida oyendo hablar de Fraga, hasta la apoteosis final. No en vano fue el primer político español que supo construirse un personaje mediático, y que gobernó (importantísimo) para la foto. Su Palomares. Y sus zancadas, sus paradores, su bombín y sus garbanzos. Por lo demás siempre fue un hombre a punto de ser algo. A punto de ser un intelectual y no sólo un memorión. A punto de ser un demócrata: intentándolo durante cuarenta años. A punto de sacar una ley (ley) de prensa. A punto de ser presidente del Gobierno cuando Carrero. A punto de convertirse en Fragamanlis, el griego. A punto de tener un periódico, cuando El País. A punto, otra y última vez, cuando la elección de Adolfo Suárez lo desplazó a un arrabal de la Historia. Su participación en la redacción de la Constitución estuvo a punto de ser importante. Lo mismo que en la elección de su sucesor al frente del partido: a punto estuvo de acertar con Isabel Tocino: Aznar surgió con su asentimiento, pero ni con su promoción ni mucho menos con su entusiasmo. Realmente, con Fraga hasta la braga; pero ni un centímetro más.
Los cuatro principales enemigos que tuvo le pudieron siempre. Laureano López-Rodó, que salió mucho menos en los periódicos, pero cuya importancia política fue incomparable. El Rey Juan Carlos, que siempre lo vio envuelto en el aire bronco (¡y hasta republicanote!) del franquismo: cuando llegó la hora, mucho se guardó de pedirle a Torcuato que se lo pusiera en bandeja. Adolfo Suárez, que le derrotó dos veces: en el movimiento y en la democracia. Se dice, metaforeando, que Fraga metió a los franquistas en la democracia; puede ser: la sustancial diferencia es que Suárez metió a todos los españoles. Felipe González, su último enemigo, que lo mató a besos: el gracioso sevillano aseguraba que Fraga tenía todo el Estado en la cabeza, pero sólo para llamarle cabezón, jefe de la oposición.
El punto solo lo alcanzó cuando lo eligieron, muchas veces, presidente de la comunidad autónoma gallega, donde se hizo fuerte, y donde siguió incandescente e intrascendente, a la manera del bávaro Strauss. La auténtica estatura política de Manuel Fraga Iribarne, más allá de las anécdotas castizas, está descrita en la floresta necrológica con que lo han despedido. Allí destaca el adjetivo patriota. Porque, para decirlo con su propia alma de refrán, a falta de pan buenas son tortas.
(El Mundo, 17 de enero 2012)
Argumento y prueba
Querido J:Como los misterios de la biología se me quedan pequeños leo ensayos cosmológicos. Lo mejor de estos libros, de una fascinación tan elevada, se produce cuando logro poner un pie en el suelo. Por ejemplo, esta frase de Alex Vilenkin, el físico ruso, de su hipnótico Muchos mundos en uno: «Un argumento es lo que convence a un hombre razonable y una prueba lo que convence, incluso, al menos razonable de los hombres». Ya sospechas que voy a hablarte del caso Camps, que está a punto de sentencia.
Llevo mucho tiempo interesado. Al principio me pareció digno de análisis por la desproporción entre el peso de las acusaciones y el alud informativo que desencadenó la prensa socialdemócrata. Luego me interesó esa figura del cohecho pasivo: una muestra de la capacidad irracional que puede adquirir el Derecho. Por último, y ya inmerso en el frente acusatorio de los periódicos, me pareció que el ex presidente había sido sometido a un juicio paralelo, donde no se advertían ni argumentos ni pruebas. Nada de lo que ha sucedido en estas semanas de juicio me ha hecho pensar distinto.
El examen de las actividades conocidas de Álvaro Pérez en torno al presidente Camps muestra a un comercial interesado en tratar bien a sus clientes y ablandarlos. Pérez vivía en buena parte del Partido Popular y agasajaba a aquellas personas que juzgaba importantes para el buen fin de sus negocios, fueran Francisco Camps, Rita Barberá o Ricardo Costa. Algo perfectamente al alcance de un public relations convencional, aunque tal vez ignorante del alcance perverso del cohecho pasivo. Nada —sus melosidades— que no se haya producido millones de veces entre comerciales, políticos y… periodistas. Sin embargo, hay argumentos poderosos para convencer a un observador ecuánime de que las untuosidades de Pérez no llegaron muy lejos con Francisco Camps.
En primer lugar, está el patrimonio. Una noche en Valencia me contó el ex presidente lo que después repetiría su abogado en el juicio: parte de su perdición había venido porque le cuesta gastar dinero, y los trajes de Milano estaban muy bien de precio. A pesar de su viciosa virtud, lo cierto es que el ex presidente salió de la Generalitat con lo mismo que entró, incluido lo puesto. Ésta es la conclusión, algo desagradable, con que se encontraron los que le han investigado hasta por debajo de sus uñas. Como, a pesar de todo, la cadena Camps corrupto da 197.000 googles, estoy esperando que alguien se haga responsable de la innoble contradicción.
La honorabilidad del presidente respecto a las melosidades de Pérez y adheridos tiene, pues, este argumento genérico (inaplicable, y qué feo es comparar, al caso del ex ministro Blanco), pero también alguno concreto: las conversaciones telefónicas entre Pérez y la familia Camps que interceptó la Policía. Es meditable que de esas conversaciones el pueblo sólo repita amiguito del alma, que es, en efecto, como le llamaba Camps a Pérez, con léxico de teleñeco. Yo comprendo que nuestra prensa haya querido ver en esa expresión el beso de Andreotti a Totó, y sobre todo su mal aliento; pero lo cierto es que esa sentimentalidad de mazapán queda muy tocada cuando en la segunda conversación (y última: en muchos meses de pinchazos en hueso, la Policía sólo interceptó dos diálogos navideños entre Camps y Pérez), la esposa del ex presidente le dice a Pérez que se ha pasado «varios pueblos» con sus regalos de Reyes y que, en consecuencia, «no me los voy a quedar.» Comprendo también que amiguito del alma te quiero un huevo tenga sobre No me los voy a quedar una gran superioridad rítmica; pero sólo dando por entendida la amarga verdad: el que nuestra prensa ya no fabrique titulares, sino politonos.
La conversación telefónica de la esposa demuestra, por lo demás, algo sustancial: que la familia Camps conocía dónde estaba el límite entre la función social y la función corruptora del regalo. Y es sorprendente que el instructor Flors no lo recogiera así en unos autos, creativos y gramáticos, que no vacilaban en aplicarse a la ontología profunda del regalo, la dádiva o el cargo.
Hasta aquí los argumentos básicos que convencerían a un hombre razonable. En cuanto a las pruebas que convencerían al menos razonable, la conclusión es inequívoca: las acusaciones no han probado que Francisco Camps aceptara «dádiva o regalo que le fueren ofrecidos en consideración a su función». Fueren trajes, zapatos, chalecos u otras fantasías. Cierto: hay un director de moda que, después de haber dicho otras veces lo contrario, declaró en el juicio que el ex presidente no pagaba y lo juró por Dios, creo que el mismo que el de Camps. Pero tu palabra contra la mía sólo se le admite a la violada y no parece el caso del buen mozo. Ni el suyo ni tampoco el de la cajera, que declaró algo cinematográficamente Y que cuando esperaba que Camps le diera el dinero sólo le dio la mano. Siempre les pierde el topos de novela: como cuando el sastre dijo que le dijo sácame de ésta y no te faltará de nada.
En cuanto a los documentos, sin duda prueban que entre las provincianas melosidades de Álvaro Pérez se encontraban las textiles. Pero en el juicio, y en relación al ex presidente, no se ha producido la exhibición que cualquier lego necesitaría. Esta sencilla secuencia ante un jurado ávido: aquí está este traje: aquí está su factura: aquí está el recibo del pago. Porque, arrancando de la premisa esencial, entre las evidencias más extraordinarias que este juicio grotesco y manqué procura, se halla la de que nadie ha dicho ni descrito ni mostrado de qué trajes concretos se está hablando. De la orgía conceptual destaca un solo hecho: Francisco Camps ya no es el presidente de la Generalitat valenciana.
Sin embargo, debo reconocer algo. Sí, debo echar de la boca el notición. El presidente Camps tampoco ha logrado demostrar su inocencia. Ya sabes que nunca leo un libro solo. Sobre todo si son de Alba. El de Vilenkin iba combinándolo con el de Thomas Levenson: Newton y el falsificador. La historia de cómo Isaac Newton, intendente de la Casa de la Moneda en los años que tocó tierra, llevó a la horca a William Chaloner, el más grande falsificador inglés. Chaloner era un canalla. Pero la implacable caza de Newton se va haciendo a cada página más odiosa. Uno espera que la descripción del juicio le libre, finalmente, de la aflicción. Pero el juicio sólo es otra instancia del crimen. Te bastarán estas líneas de Levenson. «A finales del siglo XVII, los procesos judiciales en Inglaterra eran brutalmente expeditivos. No había presunción de inocencia».
No. No la había. Pasa frecuentemente. Creemos que nuestras vértebras morales nos han sostenido siempre. Y no. Son recientes, frágiles, costaron mucho sufrimiento. Asombra nuestro frívolo derroche. Cierto, no hay que exagerar. Camps no irá a la horca. Ya ha ido.
Sigue con salud,
A.
(El Mundo, 14 de enero de 2012)
Cuatro muertos griegos
Cuatro años de crisis económica en Occidente, de la peor crisis después de la Gran Depresión y, según otros informados, de la peor crisis tout court que ha vivido la humanidad, han provocado cuatro muertos. A un muerto por año, y todos en Grecia. Evidentemente esto no prejuzga lo que pueda ocurrir a partir de esta columna. Pero lo cierto es que han quebrado países, bancos, algún índice de paro se acerca a la cuarta parte de la población activa, se han recortado los sueldos en proporciones cercanas al 20% y se han visto afectadas zonas claves del Estado de Bienestar como la educación y la sanidad. Cuatro muertos. Es verdad que en algunos países la crisis provocó la aparición de algunos patéticos simulacros de revuelta; pero se diluyeron con el final de las vacaciones, en España, y la llegada de la nieve, en América. A día de hoy, instalados en el fondo de la crisis, el duro ajuste económico no ha provocado reacciones incompatibles con la democracia. Es decir, solo ha provocado cambios radicales de Gobierno. Es impresionante observar, en este sentido, el caso de Francia, donde el ajuste ha convivido con un nítido Gobierno de derechas. No ya muertos: ni una sola manifestación relevante. Antes del estallido de la crisis, es decir, en pleno derroche próspero, en las periferias francesas se celebraba el Año Nuevo con la tradicional y masiva quema de coches. Las revueltas de banlieue dejaron incluso algún muerto. En Gran Bretaña, las protestas, más activas, contra los planes de austeridad no causaron ni muertos ni heridos graves, en llamativo contraste con las revueltas bárbaras (y pijas) del verano. Hay quien llama a esta paz y a esta ley resignación. Estoy de acuerdo: estamos perfectamente resignados a vivir bien.
(El Mundo, 12 de enero de 2012)
La elección
En la vieja anatomía de las cosas se aludía, en francés, a l’embarras du choix y en inglés al embarrassment of riches. Es decir, a la dificultad humana de elegir entre dos joyas iguales. Caso de Carmen Chacón y Alfredo Pérez Rubalcaba, ya se ve. Esta afección de «l’embarras» está puesta en cuestión por la neurociencia: la posibilidad de elegir es una ilusión y uno siempre acaba tomando la única decisión que era posible en razón de su carácter, entendiendo por él la suma de su naturaleza y de su cultura. Como todas las de su clase, esta evidencia científica proporciona una gran tranquilidad de espíritu. Susan Blackmore explica en La trampa del ego, el último libro de Julian Baggini, que cuando le afecta «l’embarras», sea para viajar o no a Las Vegas o para tomar café o té, se echa una sonrisita, se tranquiliza y se dice: «Bien, ella decidirá.» A excepción de que su animalito es hembra, yo hago lo mismo. «Es tu turno»: así acostumbro a darle paso. Y este es mi consejo, mi fraternal consejo, a los militantes socialistas.
No se embaracen el chois. En pocos casos tendría menos sentido. Chacón y Rubalcaba, el Enfrentamiento, sólo es el resultado de la irresponsabilidad de un ex presidente que se negó a hacer de fusible. De ahí que los fusibles sean ahora dos y se haya entablado una feroz competencia para ver cuál de ellos lidera la derrota. Es inexorable preguntarse por qué compiten dos ministros que participaron durante mucho tiempo en el mismo proyecto, en el mismo gobierno y cuyas ideas (o su ausencia) son exactamente las mismas. Lo más nítido y diferencial que cada uno de ellos ha dicho sobre el otro es «viejo» y «catalana». Son dos condiciones de aúpa, ya lo comprendo, pero no parecen suficientemente instaladas en el argumentario político.
La lucha intrapartidista, ¡las primarias!, tiene sentido cuando las diferencias políticas no son secundarias. En caso contrario lo que se obtiene de ella es una descarnada imagen: el poder en sí y para sí. Cualquier mirada no contaminada hacia el actual paisaje socialista recomendaría a esos dos que se repartieran la pieza, que ocupara uno la primera secretaría y la candidatura electoral la otra, y abandonaran la disputa pasional. Pero al parecer es imposible que Chacón y Rubalcaba cohabiten: ahí debe de estar todo el problema. El núcleo del profundo debate que agita a las bases socialistas me lo resumía anteanoche Thatcher Streep en la mejor de sus frases: «Estoy asqueada de los sentimientos en la política. Hoy todo el mundo siente y nadie piensa.» Así pues, socialistas, llegado el día, hagan lo que sientan. Consultadas la circunstancia y la ciencia, tampoco podrían hacer otra cosa.
(El Mundo, 10 de enero de 2012)
Más/Menos/Al par
No olvidaré fácilmente aquellos tres días en Madrid. Fuera, la prima de riesgo subía más allá de los 450 puntos y la prosa electoral, en su semana agónica, lo infectaba todo. Pero, dentro, en el CaixaForum de Atocha, se había organizado una pequeña Atenas antes del rescate. Abrías una puerta y allí estaba la elegante Patricia Churchland describiendo cómo funcionaba el cerebro creador. Otra, y se veía a Sabino Méndez, con su Martin, a punto de pasar de las palabras a los hechos y enseñarles a los chicos cómo se hace una canción. Llegabas al centro de un escenario y ahí estaba un Gassman de vuelta a la vida que hasta aquel momento había atendido al nombre de Ferran Adrià: y no hablando de cocina, sino de mérito, de trabajo y de alegría. Dabas la vuelta y en el laboratorio estaba Ginés Morata enseñando cómo hacer en pocos pasos un ala de mosca. En cualquier lugar resonaban los ecos del decálogo de Vizinczey: “No te drogarás. No serás modesto. No serás vanidoso. No tendrás costumbres caras…” Y había muchos más, yo habría dicho que miles, aunque ahora no me salgan las cuentas. Tardaré en olvidar aquella Atenas de Madrid.
Estuvimos cerca de un año preparándolo. Partíamos de algunas condiciones. La primera es que La creación del mundo (un título hermoso y enteramente copiado de un antiguo libro de la escritora Patricia Gabancho dedicado al teatro) iba a ser una exhibición de la creación. Doble. Por una parte iban a estar los autores hablando de su trabajo; por la otra sus representantes en las instituciones y en las sociedades de gestión: hablando de la recompensa.
El acto creador incluye obligatoriamente la recompensa y en términos parecidos a los de Eliot: es el lector el que acaba un poema. Como es bien y tristemente sabido la recompensa del autor está en discusión en nuestro mundo. Pero no hay que engañarse. Lo que realmente se discute es la creación. Se dice que no hay creación posible sin recompensa, ciñéndose al punto de vista del autor y a su necesidad de sobrevivir. Pero esa es solamente la parte más llamativa del asunto. En realidad tampoco para el lector (por utilizar un genérico) hay creación sin recompensa. La creación gratuita destruye por igual al autor que a su lector. No hay experiencia de la creación ajena sin el pago de un precio, sin desprendimiento.
Los ladrones digitales responden a dos tipologías principales. Está el adolescente, de narcisismo despiadado, al que le importa un comino cualquier suerte que no sea la suya y que considera que todo está pagado con que él dedique un minuto de su tiempo al aprecio de una obra. Y está el coleccionista de cabezas: el que descarga en una tarde miles de piezas, y toda su experiencia con ellas acaba en el propio acto, onanista y precoz, de la descarga. Ninguna de esas dos conductas tiene nada que ver con la experiencia profunda de un lector para la cual, insisto, es imprescindible el desprendimiento. Para ser lector hay que intercambiar, hacer negocio. La mejor sección de reseñas literarias de la prensa mundial es la que hace la revista El Ciervo. Fue una idea magnífica, profunda, de Lorenzo Gomis poner el precio de los libros y al lado tres posibilidades para el reseñista: Más/Menos/Al par. La vieja sentencia castellana: Vale lo que cuesta. Sin ese paso vil no hay posibilidad de aprecio estético verdadero. Pero no siempre es el dinero. En todas las épocas ha habido gente que ha robado libros, música, que se ha colado en algún lugar en busca de algo sin lo que no podía vivir pero que no podía pagar. Bien. Sin necesidad de hacer lírica ilegal hay que reconocer que en el riesgo había también desprendimiento. Un cierto intercambio de fluidos. Hace poco me preguntaron si robar era lo mismo que compartir, aludiendo a ese sintagma de la jerga digital boy scout. Y por supuesto contesté que no: que era mucho peor compartir porque al delito añadía el eufemismo. Y la cómoda y malcriada (añado ahora) ausencia de riesgo.
El coleccionista de cabezas siempre existió. Era el que compraba los libros o los discos a metros. Ha hecho un daño comercial muy profundo, porque los libros y la música eran también objetos de consumo, sin más complicaciones que las de satisfacer pequeñas necesidades sociales. Baste un ejemplo personal de hace algunos años cuando se presentó en una fiesta de aniversario una amiga con un cajita y dos cedés donde estaba (descargada ilegalmente) toda la obra de uno de mis músicos más queridos: “Integral” –sonrió y me dijo, en absoluto consciente del nivel de desprendimiento (dicho sea en puridad estricta) al que había llegado.
Ni ese adolescente digital de vanidad hormonado ni el coleccionista de cabezas, cuya potencia ha aumentado exponencialmente por la tecnología, tienen nada que ver con la creación y su experiencia. Sin embargo, son hoy los principales protagonistas del discurso contra la propiedad intelectual. Protagonistas, que no autores. Los autores son los abogados, los ingenieros y los informáticos. Son tres profesiones imprescindibles. Y hay hombres honrados que las practican. Pero también hay adolescentes modestos y jíbaros que tallan madera. Abogados, ingenieros e informáticos se caracterizan por un desprecio ontológico por los contenidos. Al abogado la verdad le trae sin cuidado; al ingeniero de telecomunicaciones, el carácter de lo que pase por sus redes: importa el tráfico. En cuanto al hombre Google… tiene suficiente trabajo con escanear lo que ha sido la cultura humana hasta este mismo momento. ¿Qué son YouTube, Google Maps o Google Books sino ese fascinante escaneo? El estado de lo que sea la cultura humana a partir de este momento no entra dentro de sus preocupaciones elementales. Esos tres profesionales han cultivado el narcisismo adolescente con gran miramiento y le han dado herramientas al jíbaro para ampliar positivamente sus récords en absoluto culturales, sino deportivos. Y han blindado sus actividades. Y sobre todo las suyas propias como rollizos parasites business de la cultura.
Planeamos La creación del mundo para poder hablar de todo esto. Para explicar hasta qué punto no ya un grupo social, ni una industria, ni siquiera un sector de la economía está en crisis: para explicar hasta qué punto está en peligro la irrenunciable noción del progreso. Aún nos pusimos otra condición irrevocable: la necesidad de acabar con ese concepto de creatividad que se limita a las Letras y a las llamadas Bellas Artes. Baste decir que íbamos a invitar a biólogos… pero también a informáticos e ingenieros. Plenamente conscientes, como luego diría con su profundo desparpajo Albert Boadella, de que crear es siempre desvelar.
Por si fuera poco mejoró la prima de riesgo y se disolvió la prosa electoral.
El diablo, abogado
No sé si conoces El precio de la verdad, una muy honrada película de Bill Ray sobre el caso del antiguo periodista Stephen Glass. La tienes a tu disposición en Filmin, por si quieres verla antes de seguir con la carta. Glass tenía 25 años cuando era editor asociado de The New Republic. Entre 1995 y 1998 escribió 41 artículos para la revista, dirigida primero por Michael Kelly y por Chuck Lane después. Glass tuvo cierto éxito: lo que automáticamente llaman una joven promesa. Sus crónicas, escritas en primera persona y minuciosas en los detalles, eran algo extravagantes y solían exhibir alguna doble cara inmoral de sus protagonistas, fueran las juventudes republicanas, los programas antidroga o las campañas de salud alimentaria. La veracidad de algunos de esos reportajes levantó sospechas, pero Glass salió siempre del paso, con el inquebrantable apoyo de Kelly. En mayo de 1998, un artículo suyo, Hack Heaven, sobre un congreso de hackers cuya estrella era un adolescente, sobresaltó a Adam Penenberg, redactor de Forbes y un experto en asuntos digitales. Se puso a investigar y descubrió que la crónica era completamente ficticia. Lane ya era entonces el nuevo director de la revista: alertado por Forbes, él también investigó. Los resultados fueron inequívocos y Glass fue despedido. Una posterior investigación interna de The New Republic descubrió que al menos 27 artículos de los 41 que Glass había firmado eran total o parcialmente inventados. Otras revistas en las que colaboró (Rolling Stone, Harper’s, The New York Times Magazine) hicieron investigaciones similares y obtuvieron los mismos resultados.
Hasta aquí la primera parte de la historia. Casi más interesante es lo que ha venido después. Lo explicaba el periodista Jack Shaffer en un artículo para Reuters. En 2002, Glass solicitó el ingreso en el Colegio de Abogados de Nueva York. Había superado las pruebas dos años antes, pero retiró su solicitud en 2004: el Colegio le había hecho saber que sus posibilidades de ingreso eran escasas. Las razones eran de índole estrictamente moral. Glass era un mentiroso y, al parecer, irredento. En 2007 probó suerte en el Colegio de Abogados de California. Al cabo de dos años, su petición fue rechazada por las mismas razones. Según el comité de examinadores, Glass no se había rehabilitado y la prueba que argüían es que durante los últimos años no había tenido la voluntad de identificar todas las estafas de su anterior etapa en el periodismo. Se inició entonces una cadena de apelaciones por ambas partes y el caso está ahora en manos del Tribunal Supremo.
Yo desconocía de qué modo había intentado rehacer su vida Glass, sus intentos para convertirse en un abogado honorable. La vida no parece haberle ido mal. Según explica Shaffer, ganaba 154.000 dólares al año trabajando para un bufete de California. A lo que deben añadirse los casi 190.000 que ganó con su novela El fabulador, aquel aprovechamiento editorial, dudosamente ético, que hizo con su estafa. Es muy significativo que Glass hiciera una ficción con ella. Significativo y perfectamente razonable: su carrera como escritor faction estaba acabada. Al escribir una novela, Glass se situaba en un terreno donde la verdad ya no ejercía jurisdicción. No demasiado diferente, en este sentido, del terreno en el que, después del periodismo, decidió instalar su vida profesional.
He de decirte que, a mi juicio, hay algo profundamente admirable y ejemplar en esta persecución sobre Glass, en esta obstinada resistencia de las instituciones y de los tribunales en no concederle la rehabilitación. En seguir recordándole que fue un mentiroso y que no hay pruebas de que haya dejado de serlo. Este calvinismo americano que sentencia que la mentira incapacita me parece, contra lo que piensa un cinismo muy latino, que es una de las condiciones de una higiénica vida social. Te recomiendo, en este sentido, que leas Lying, un ensayito reciente de Sam Harris. No es una cosa extraordinariamente profunda y novedosa, pero anima a vivir: «Las mentiras de los poderosos nos llevan a desconfiar de los gobiernos y las empresas. Las mentiras de los débiles nos hacen más insensibles al sufrimiento de los demás. Las mentiras de los teóricos de la conspiración plantean dudas sobre la honestidad de los delatores incluso cuando están diciendo la verdad». «Las mentiras», concluye Harris, «son el equivalente social de los residuos tóxicos: todos nos vemos potencialmente perjudicados».
Me parece indiscutible, desde luego. Sin embargo, planes tan perfectos necesitan sus desagües. Nadie puede dudar que los tribunales sean el gran escenario de la verdad contemporánea. Nadie puede dudar tampoco que en tal escenario los abogados sean los desagües. La relación con la verdad del abogado me ha parecido siempre un asunto complejo y fascinante: que en el lugar donde puede dirimirse la vida o la muerte de un hombre, a partir de la verdad de los hechos que se juzgan, opere una instancia crucial cuyo compromiso con la verdad es irrelevante, siempre me ha parecido una muestra nobilísima de la sofisticación de nuestro armatoste civilizatorio. Si hay algún lugar en nuestro mundo donde pueda operar prestigiosamente un mentiroso, es la abogacía. No porque los abogados sean siempre unos mentirosos profesionales, sino porque su función principal no está íntimamente relacionada con la verdad de los hechos. Para un abogado lo que cuenta es la coherencia del relato que la acusación ha escrito sobre unos hechos determinados. El Glass abogado puede saber que su cliente es culpable; pero no abrirá la boca para decirlo cuando un tribunal sentencie la absolución a causa de las debilidades del relato acusatorio, que tan hábilmente fueron subrayadas por el relato de la defensa. O sea que, a veces, el abogado publica relatos que sabe falsos. Nada demasiado distinto de lo que hizo el periodista Glass en su breve y famosa carrera.
De ahí que, a pesar de convocar mis simpatías, la actitud del legislador americano no me parezca razonable. No veo ninguna incompatibilidad moral entre Glass y la abogacía. Si acaso, sólo técnica: realmente no demostró ser un gran abogado cuando, urgido para ello, fue incapaz de defender sólidamente sus mentiras.
Sigue con salud,
A.





