1 de septiembre de 2010

Culpabilidad por herencia

Para un español no es fácil dejar de serlo. Hay que casarse con una extranjera, vivir durante bastante tiempo fuera, servir en otro Ejército… Quiero decir que no basta con querer dejar de ser español, esa tentación ciclíca que es una de las marcas de identidad del español clásico. Y qué decir de las aún más perversas y esclavizantes nacionalidades culturales. ¡Tantas veces que he querido dejar de ser catalán y no hay ni ventanilla! Tampoco es fácil dejar de ser francés. Aproximadamente rigen las mismas disposiciones. Ahora bien, en el caso francés las facilidades para dejarlo aumentan si uno es un nacional inmigrado. El código penal francés distingue, con gran nitidez e impudor, entre el ciudadano de origen y el ciudadano adquirido. Ejemplifiquemos. Puede que un terrorista francés pata negra se pudra en la cárcel el resto de sus días. De acuerdo, polvo será, mas tendrá sentido: nunca dejará de ser francés. Para el terrorista francés adquirido, sin embargo, la peor pena no será la cárcel. Dejará de ser francés, que es un castigo comparable al de ser ciego en Granada. De un gobierno francés debería esperarse algún avance positivo, derogatorio, en esta ley que contradice tan profundamente el derecho de suelo. Pero el viento sopla en sentido contrario: no en vano el crecido ministro Besson anunció ayer que extenderá la pérdida de nacionalidad a los mendigos que se comporten agresivamente.

La deriva del gobierno francés en su política hacia los extranjeros va tomando acentos cada vez más inquietantes. Hace unos días, por ejemplo, se oyó discutir a Alain Minc la autoridad del Papa de Roma. Está bien hecho, en teoría. Pero lo sorprendente eran los argumentos. «Un Papa alemán no puede discutir sobre el asunto de los gitanos. Porque él es, como todos los alemanes, un heredero; no un cómplice, pero sí un heredero». Étonnant, ciertamente. El sociólogo Minc pone a bailar a culpabilidad y herencia la macabra danza que ha provocado los peores traumas de Europa. El sociólogo Minc es consejero del presidente Sarkozy. Y sus palabras se adhieren perfectamente a los hechos del presidente. El político expulsa al grupo sólo después de su identificación previa por el intelectual disponible. Gitanos. Alemanes. Mendigos. En mendiants agressifs, que es la última aportación lexicográfica, puede detectarse, y hasta con un punto de humor siniestro, la larga distancia que separa la nacionalidad por origen de la nacionalidad adquirida.

La que separa al apestoso mendiant del orgulloso clochard, aquel plein air de Francia.

28 de agosto de 2010

La consagración de la inocencia

Querido J:

En mañanas como ésta me doy cuenta de cuánto me debes. Desde que dejaste de leer todo lo que te inf(l)amase, yo soy tu único contacto con el mundo. Tu procesador. Esta mañana he leído para ti Dos no se infectan si uno no quiere, una pieza mayor de la caza socialdemócrata. Trata de Nadja Benaissa, una cantante alemana, juzgada por haber contagiado el sida a un amante. En vez de a la cárcel, el juez alemán la ha enviado a hacer terapia psicológica. Aunque no se sabe qué es peor, la decisión ha sido muy discutida. La prensa socialdemócrata se ocupa del caso en ese texto y subraya que se reabre «el debate entre el derecho a la privacidad y a la salud». Estoy viendo tu cara: no sabías que esos derechos estuvieran sujetos a debate; ni siquiera que se hubiesen saludado: pero nuestra prensa tiene siempre una ambición fundacional. Volvamos al titular. Es excelente. Concreta, en su lograda doblez, la información del caso con la opinión que al periódico le merece. La información ya la conoces: una contagia a uno. La opinión tiene más interés: hay un culpable y no se trata de la chica Nadja. Al primer golpe de vista pensé que el titular sólo era una muestra de equidistancia entre víctimas y verdugos. Luego me di cuenta de que era un punto de vista ingenuo. El reportaje acaba con esta frase: «Porque la prevención es cosa de dos, y, como señala Udarriaga García, presidenta de la coordinadora estatal de VIH-Sida, no parece muy coherente “tener relaciones sin precaución y luego pedir explicaciones».

Es decir. Uno se acuesta con una, pactando tácita o explícitamente todos los protocolos, salvo el que se derivaría del conocimiento compartido de que ella tiene sida. La mujer Nadja ha ocultado esa información, pero el culpable es su amante: no por tener relaciones sin precaución (en lo que van empatados), sino por pedir, ¡hábrase visto!, explicaciones. La situación está descrita en un refrán vernáculo: «Qui no vulgui polls que no vagi a l’era.» Ya habrás visto que se trata de una adaptación personal de aquel que diu «Qui no vulgui pols que no vagi a l’era» (Quien no quiera polvo que no vaya a la era), donde polls es piojos y era una metáfora del vello púbico. ¡Estamos en pleno casticismo socialdemócrata! No tomar precauciones y luego pedir explicaciones, hábrase visto, es lo que ese diario dirá cuando violen a una mujer en un callejón oscuro a las 3 de la madrugada. Fíjate en un intersticio interesante. Tú y yo sabemos que una mujer no puede ir sola, de madrugada, por un callejón. Pero no que no deba. La diferencia entre el poder y el deber es, justamente, la que  nos permite castigar al violador. Pero nuestra prensa apunta al debe. No debe pedir explicaciones el que va a la era. De ahí que nuestra prensa crea que el juez ha hecho bien.

Como siempre con la infección socialdemócrata el grave peligro es a donde te lleva. Ahora mismo yo estoy en brazos del padre Benedicto XVI, y su cruzada contra la desvalorización del amor. Y todo porque una abogada Mirabet proclama en el reportaje: «¿Quiere eso decir que hay que estar contando al primero con el que uno se acuesta, y en cualquier caso, el estado de salud?». La pista es la lingüística, claro. «Al primero con el que uno se acuesta» es una frase deudora de la frase hecha «El primero que pasa.» La abogada Mirabet se acuesta con el primero que pasa (tropo) y por eso yo estoy en los brazos de Benedicto, y amoroso, seguro y bien. Por supuesto me importa una breva (no es aún plena temporada y tampoco quisiera pasar por machista frutal) el probable aspecto moral de la cuestión. Lo que me importa es el aspecto real. «Al primero con el que uno se acuesta» es una hipótesis de laboratorio. O de prostitución. O aplicable al pequeño número de individuos que ponen la actividad sexual en el primer plano de su vida: esos curas, esos celibatarios inversos, como los llama más o menos nuestra amiga Teresa Giménez en un libro interesantísimo que acaba de escribir sobre el sexo y las chicas. Por el contrario, la mayoría de las personas reales saben que acostarse con alguien es un acto delicado, que supone un desvelamiento, a veces incómodo, de la identidad. Yo no sé ahora, porque hablo desde mi molino, pero mis muchachas informaban suavemente, antes del deadline, de muchas cosas. ¡Incluso de si tenían la regla!: no recuerdo a ninguna diciéndome «¡Haber pedido explicaciones!» Quiero creer que habrían hecho lo mismo ante una grave enfermedad. Entre otras razones por la posibilidad de tener, a sabiendas, una experiencia más excitante que la de la ruleta rusa. Esa posibilidad que el silencio de la perversa Nadja le negó a su pareja y se negó.

Comprobarás que en cada palabra del reportaje hay una mina polisémica. Pero voy recto y asqueado hacia la responsabilidad. Cúbrete: «El secretario del Plan Nacional sobre el Sida, Tomás Hernández, [se niega a que haya] una figura penal específica para quien transmita el VIH. (…) Y añade otra consideración: “Sobre todo cuando se oculta la situación [de infectado] por miedo”. “En ese caso está clarísimo” que no puede perseguirse el no decirlo, dice. Jugando a la justicia-ficción, se plantean muchos aspectos que quizá son los que ha tenido en cuenta el tribunal alemán para condenar a Nadja a sólo dos años de cárcel que no tendrá que cumplir. La mujer tuvo relaciones con su agente, y su futura carrera musical dependía de este. Es sólo un ejemplo de las muchas situaciones en las que una persona puede preferir callar y confiar en que no va a pasar nada (miedo a ser rechazado, a perder un trabajo, a quedarse sin pareja).»

El miedo. Es decir, el origen de la mayoría de los crímenes; entre ellos, por cierto, muchos crímenes de pareja. El miedo, sobre todo, de que uno que pasa descubra quién es uno mismo. Este ejemplo de socialdemocracia espeluznante se cierra con el atenuante del miedo sin que una sola línea afronte las elementales consecuencias que puede acarrear el caso Nadja. O sea el refuerzo de la legalidad y la legitimidad de todo enfermo que opte por una conducta sexualmente criminal. Todo enfermo que no sólo yazca en los salones de inmunizados de Occidente sino también en las chozas africanas. Le reprochan al padre Benedicto que se oponga al preservativo, ¡ellos!, incapaces de identificar y de establecer la mínima preservación moral de una conducta.

El nombre de la ley que ha absuelto a Nadja Benaissa lo dejó establecido hace algún tiempo André Lapied, en el brillante título que le puso a su genealogía de lo politícamente correcto. La ley del más débil. Esta ley por la que sus elegidos son inocentes aunque se demuestre lo contrario.

Sigue con salud
A.

27 de agosto de 2010

Gitanadas

El presidente Sarkozy ironiza sobre los «humores mediáticos». No le falta razón. Al menos por lo que respecta a los gitanos deportados. Las autoridades francesas dicen que a lo largo de 2010 «han regresado voluntariamente» unos 8.000 gitanos. Pero es verdad que la noticia sólo ha emergido en la plena y cícilica traición del verano. Cada vez con insistencia más irritada, los políticos, pero no sólo ellos, exigen a la prensa el cumplimiento de una ley elemental de la objetividad: que hechos análogos tengan un tratamiento análogo. Pero la exigencia no es moco de pavo. Ya lo escribió Camba: «Hay muchas noticias y poco papel, y mañana, cuando haya más papel, habrá, seguramente, menos noticias.» Desde el primer día el periodismo ha tenido que tratar desigualmente noticias iguales. La superficie informativa (en papel prensa o en tiempo audiovisual) es del tipo suma cero: el espacio que gana una información lo pierde otra. La producción de noticias, por otra parte, no sigue un ritmo regular: hoy se dispone de ocho portadas posibles y mañana aguarda un agobiante desierto. Y lo más definitivo de todo: también es del orden suma cero la atención de los lectores. Sin embargo, la insistencia contemporánea en la amortiguación de ese diabólico mecanismo tiene razones. Por un lado internet ha roto, en alguna medida, el formato, de modo que los condicionantes industriales no son en teoría tan implacables. La red ha propiciado también una vigilancia mucho mayor sobre el discurso de los periódicos. Y en buena parte esa vigilancia nace de la facilidad con que pueden compararse, a partir de la gran hemeroteca digital, las diversas decisiones periodísticas: la comparación era antes mucho más difícil y especializada. Por lo tanto hoy parece más fácil que ayer escribir el gran periódico: ése que, luchando contra el azar y los condicionantes de la producción industrial, sabe darle a cada noticia su peso.

En las medidas decretadas por el gobierno francés contra los gitanos hay una que me parece particularmente despreciable, y es el dinero. Las noticias suelen esquivar que la gran mayoría de deportaciones de gitanos son pactadas y a cambio de dinero. Quizá debe de parecerles a los noticionistas que eso atenúa la inmoralidad, y no quieren regalarle atenuantes al villano. No es mi caso. Eso de que a uno le den 300 euros por largarse de un lugar me parece una humillación superior a la pura fuerza bruta de la expulsión. Envilecedor. De un modo análogo, en la profundidad oscura de las cosas, a aquel plan que puso en marcha el gobierno español. También daba dinero (la capitalización del subsidio de paro) a los inmigrantes (con papeles, al margen de cualquier delito, impolutos) que hicieran el favor de marcharse. Una oferta para dejar de ser españoles. Aquel plan que con tanta cortés indiferencia fue tratado.

25 de agosto de 2010

Nuestro gobierno

La otra noche fue emocionante oír hablar a Albert Vilalta, uno de los cooperantes secuestrados por los terroristas islámicos. No sólo por la evidencia de que era un hombre que acababa de escapar de la tortura y la amenaza de muerte. Es que dijo, además: «El gobierno español ha hecho un esfuerzo diplomático con todos los países de la zona y estamos muy agradecidos. El hecho nos hace sentir muy orgullosos de nuestro gobierno.» Sin duda, debe de ser una tesitura muy difícil para un hombre y es casi imposible ponerse en su lugar. El gobierno acababa de salvarle la vida; pero no mediante una acción heroica y precisa de comandos militares, que siempre tiene graves riesgos, como demostró el reciente asesinato del rehén francés Michel Germaneau. El gobierno le había salvado la vida por debajo de la mesa. Pagando, y lo que es más duro: forzando (pagando) a otro gobierno a que dejara en libertad a Omar el Saharaui, principal responsable del secuestro. Un tipo que, digamos, tiene un peculiar modo de vida principal. Yo no creo que el gobierno tenga graves dificultades morales para justificar su acción. Siempre hay razones para salvar de la muerte a cualquier hombre. Y frente al argumento de los secuestros futuros que podrían cometerse con el terrorista liberado y con el dinero entregado, el gobierno tiene a su favor el presente: el secuestro de Vilalta ya se había cometido y su asesinato era algo más que una hipótesis. El problema del gobierno, en estos asuntos, no es moral, sino político. Parecería estar obligado a trazar una línea recta de conducta. Quiero decir que si mañana ETA secuestrara a un hombre. Pero aun así el gobierno tendría margen para tomar la curva. De cuatro patas en el terreno de la negociación salvar a un hombre sólo depende del precio que pongan a su vida. El Estado ha podido pagar por la vida de Vilalta como no pudo pagar por la de Miguel Ángel Blanco. No hay nada sólidamente establecido: toda la jurisprudencia es el precio.

Mis emociones, en cualquier caso, no terminaron en la imaginación del forcejeo moral de un hombre que durante sus desolados meses de cautiverio habría tenido muchas oportunidades de pensar en estos asuntos. Es que Vilalta había dicho «nuestro gobierno». No sólo eso: su gobierno era el gobierno del Estado español. Y postdata: lo estaba diciendo en lengua catalana, que siempre es más dulce y donde el signo lingüístico tiene que hacer piruetas. ¿Cuantos años hace que no oía eso en boca de un catalán? Nuestro gobierno. ¡Y no como el que dice nuestra cruz! Mmmm… Nuestro gobierno. En fin, voy a dejarlo de repetir, no sea que pierda sentido.

Qué alto precio para sentirse español. O salvar hombres en el desierto o ganar la copa del mundo.

21 de agosto de 2010

Pan comido

Querido J:

Hace años me aclaraste el sentido de una expresión autóctona para mí muy misteriosa: «El pa que s’hi dóna» No he olvidado tu estupenda traducción libre: «Esto es lo que hay». La expresión catalana incide sobre la humilde inexorabilidad del pan, que ha hecho gran parte del camino del hombre. Al inicio de los años 70, y al menos en la muy húmeda y gomosa ciudad de Barcelona, el camino pareció acabarse. Ya conoces mi desprecio, sobre todo estético, por esos años. La ruina de la comida juega un gran papel: fueron los años cancerígenos de la brasa y el plástico, cuando se anunciaba a grandes voces futuristas que el destino alimenticio del hombre pasaba por las pastillas. Entre las compras a plazos, la televisión, el seiscientos y el apartamento en la playa la ceremonia del comer había perdido su antiguo sentido, incluso entre gran parte de las élites. Comer era un trámite, y algo engorroso, para una generación amenazada por el surmenage. El cambio que se ha producido en los últimos años respecto al acto de comer y, en general, a los placeres de la mesa es uno de los grandes misterios españoles y reclama que alguien se ponga concienzudamente a describirlo. Y pocas cosas revelan el cambio mejor que el pan. El pan que se da, literalmente.

Hasta hace pocos meses el cierre de panaderías era la norma. Una nota publicada en el diario El País, en 2008, informaba de que el 20% de las panaderías catalanas había cerrado. De que los españoles eran los europeos que menos pan comían: unos 40 kilos por español y año. Y pronosticaba que no se veía el arreglo. En efecto: la lírica catalana sobre el pan se había trastornado: ahora hacían piedras del pan. En el último siglo sólo se habían añadido dos ejemplos a la portentosa floresta cereal: el que empezó diciéndole a una que estaba más buena que el pan con nocilla, reflejo exacto de la nueva síntesis entre pan, erotismo e industria y que acabó rematándose con la aparición del sujeto bollycao, neologismo.

No creo que en ningún otro lugar del mundo, y en esta época, se haya comido peor pan que en España. Basta con decirte que hay un lugar, las Islas Baleares, donde se atreven a hacer el pan sin sal. De vez en cuando, ya sabes que suelo ir por ahí, se lo recrimino a las tenderas. Siempre me salen con la tradición. ¡La tradición del error! En fin: el pan era tan malo y tan lúgubre que durante una temporada me puse a hacerlo en casa: compraba levaduras en Inglaterra y participaba en foros internacionales de la máquina de hacer pan. Es lo que tiene la degradación de la convivencia: igual te obliga a hacer pan que política.

El arreglo de la situación era simple y difícil: trabajar. Se ha hecho, noticia. Sigue vigente, y fermentada, la costra nacionalista, pero al menos ya puede comerse. Anota: Turris, cualquiera de las tres tiendas, aunque no todas son iguales: su chusco de sésamo, su barra de cuatro puntas, su pan de olivas y bacon, aunque sólo en la tienda de Aribau es suficientemente aceitoso y maligno. Baluard, en el barrio de la playa: el mejor pan-pan de la ciudad, sea en su payés homérico o en su perfecto Barceloneta. Oriol Balaguer, en la plaza Artós: su pan de nueces. El Forn de la Trinitat, en el quinto pino: sus cocas y sus focaccias. Y este lugar de una sublime delicadeza: Cup&Cake, en Enric Granados (un lugar que aún no se menciona en el blog Cupcakes Take The Cake lo que sólo significa que ese blog no está al día), donde hay que sentarse y pedir un pan: algo que yo no hacía desde que dejé de ser pobre.

La regeneración panificadora ha llegado, como es natural, a los restaurantes. Esto es una verdad incuestionable, pero es también el nexo que me permitirá zanjar esta carta con las dos grandes noticias, del presente y del futuro, que ha traído el año a Barcelona. La del futuro, del próximo enero, es el bar que van abrir los hermanos Adrià en el Paralelo. Un bar de tapas. Por suerte no harán ensaladillas. Eso es cosa de Joan Martínez, que hace la mejor ensaladilla de Madrid, Vascongadas y Andalucía. Aún sabrá mejor ahora, una vez que le ha quitado a su bar el absurdo nombre de Inòpia y le ha puesto Lolita, tan grácil. Martínez seguirá ofreciendo el inverosímil pan de vidrio de Concept-Pa, que lo redime de esa vulgarísima extravagancia llamada pan con tomate, y el blanco clásico de Triticum. El bar de los Adrià estará al lado del Lolita y aún no tiene nombre, pero sí proyecto, como te insinuaba: tapas modernas. Es decir, lo que siempre ha hecho El Bulli. Será la bomba de nitrógeno. El Bulli, pero con pan, que lo quitaron. Adrià me ha prometido que tendrá molletes. Yo escribo molletes y se me humedecen los ojos. No hay otro pan más profundo en mi vida.

Otro que se hace el pan y que es la noticia gastronómica del ahora en la ciudad es Francesc Gimeno, del Bohemic. Muy cerca del Lolita y del bar de los Adrià, cercanías que es muy probable que configuren una nueva zona barcelonesa del comer bueno, bonito y barato. El Bohemic es un bistró. Ser un bistró no es nada sencillo. Para empezar la comida ha de ser muy sabrosa. No siempre ha de serlo (no siempre tiene uno la oreja pa ruidos), pero sí en un bistró. Un bistró ha de ser ecléctico: ha de ir gente del barrio y yo mismo. Esto se apreciaba muy bien en el mítico Bistrot 106 de Christian Izard: modelos y listos. Un Bistrot ha de proclamar la françoisserie, como cuando Christian se me acercaba a la mesa y me decía con su acento melancólico resbalándole por las barbas: «Saint Just, te voy a dar de probar un poco de onglet…» En el Bohemic la françoisserie guiña el ojo desde la decoración hasta el carro de quesos, pasando por la música, que oscila entre la Piaf y Carla Bruni. Un bistró ha de tener su espectáculo: es el que se produce, por ejemplo, cuando el joven Gimeno entrega a su tía o su madre el cofre candente con el cordero que humea y las dos mujeres, que llevan el pelo corto y amarillo y que atienden la sala con un punto de candidez y perplejidad puramente maravilloso, lo mecen por el lugar como un botafumeiro, cordero de dios. Por último, un bistró ha de ser heroico: yo he visto a este joven Gimeno cocinar solo, sin un limpiaplatos, en la minúscula cocina, con el restaurante lleno; yo le he visto doblegar semana tras semana un postre hecho con mimolette hasta lograr convertirlo en una grandísima obra del arte barroco y corrupto; y sí, lo siento por todos los que famosean sobre el asunto: el joven Gimeno cocina las mejores patatas bravas de Europa. Por si fuera poco es un moderno: ni su cordero ni su bistró saben a lana.

Así que esto es lo que hay, amigo mío. Espero que estés con hambre, señal de que he sabido explicarme. Recordarás, era una etapa difícil de tu vida, que en las averiguaciones sobre el pa que s’hi dóna acabaste citándome la definición del diccionario Alcover-Moll: «Saber quin pa s’hi dóna: tener experiencia de las dificultades o tribulaciones que se han pasado o se pasarán». Y añadías en tu carta: «Aunque yo creo que se utiliza más bien en el sentido de “esto es lo que hay”, de “saber de qué va la cosa”. Es cierto, sin embargo, que esta cosa, como insinúa la definición, no suele ser agradable.»

Es cierto. Por eso hay que andar a hostias con la vida.

Sigue con salud
A.

20 de agosto de 2010

She’s a Lady

Un líder republicano cuelga un vídeo que demuestra que las candidatas y simpatizantes republicanas son más calientes que las demócratas. El vídeo, divertido y malintencionado, no tiene réplica. Ni siquiera la réplica de los demócratas que lo tachan de «sexista». Tacha absurda: el vídeo no dice que las republicanas sean mejores candidatas porque estén más buenas: sólo dice que están más buenas: como si dijera más altas o más simpáticas. Cuestiones objetivas. La verdad es que paso un rato mirándolo, pensativo, sólo pensativo. El corresponsal de este diario ha traducido she’s hot por «son más calientes» Dicen que habría sido más ortodoxo traducirlo por «están más buenas». Pero el corresponsal Fresneda ha tenido un gran acierto. No sería novedad que las chicas de derechas estuvieran más buenas. La gran novedad es que ahora son también más calientes. Ya oigo al fondo de la sala uno que dice no generalice. Bien, comamos perdices. La temperatura corporal está directamente vinculada con la provocación. Cuando el esplendor en la yerba, la provocación estaba en la izquierda. Así se mostraban: sin sostenes y con pilule. Love pilule. Podemos hacerlo, decían. Quién iba a fijarse en la cara, pudiendo. Las chicas de derechas eran impenetrables, simplemente. Y lo peor: seguían siéndolo una vez penetradas. Las cosas han cambiado. Todas toman la píldora, antes o después. Pero las chicas de izquierdas son ahora las impenetrables. Ni una mala palabra aceptan: o denuncian a sus amantes o, la peor hipótesis, les ríen devastadoramente en el mismo centro del susurro crápula. El respeto (esa odiosa palabra de mi juventud) ya les pertenece enteramente. La corrección política es puro bromuro. No es un modo sostenible de dedicarse al amor. La libertad y el frenesí (canción) han pasado al otro lado. También los riesgos y los excesos, obviamente; pero así ha sido siempre.

Las chicas de derechas tienen, además, la gran ventaja de sus ideas. Hoy en día, que también a ellas les ha abandonado dios. El vídeo de Minnesota no deja de ser algo superficial: esas chicas son más calientes por lo que piensan que por lo que muestran. Las soluciones de la derecha siempre arrancan de un punto de excitación algo diabólico. El reprise. El zumbido de gasolina en la amígdala. Además: la verdad siempre es más erotizante que la razón. Algunas de las visiones de la derecha sobre la relación entre naturaleza y cultura, entre el esfuerzo y la recompensa, entre Occidente y el resto del mundo tal vez no sean razonables; pero secretan las feromonas de la verdad. Tampoco entonces era razonable la revolución; sólo era verdadera. El cantante Raimon describió aquel momento como nadie: lentamente los dos cuerpos se cerraban en un puño. Hoy las gauchistes sólo son una mano abierta.

18 de agosto de 2010

Guerreras sin fronteras

Hay algunas cuestiones a discutir en la foto de la soldada israelí –y en las otras nuevas que ha publicado el periodista Dimi Reider en su blog. La Autoridad Palestina ha dicho que las fotos son humillantes. Es un adjetivo inmediato; pero sólo puede aplicarse a la soldada. Respecto a los prisioneros la humillación no proviene del acto de la fotografía (tal vez ni se enteraron) sino de lo que se ve en la fotografía: un apreciable documento del trato a los prisioneros. El ejército israelí, que se ha apresurado a arremeter contra la soldada, debe ponerle un pie a esas fotos: qué, quién, cómo, cuándo y dónde. Y también debería comprometerse a una revisión de su programa deontológico. Hay más cuestiones vinculadas, que la fotografía comparte con otras de su clase. Una llamativa, y ya observada en la guerra de Irak, es la naturaleza de la nueva mujer: más Judith que Verónica.

Luego está facebook, el asunto. La soldada colgó las fotos el 3 de agosto. Pero sólo hasta el lunes 16 no hicieron efecto: la razón principal es que habló de ellas la televisión. Es decir durante 13 días las fotos no se movieron del ámbito personal de la soldada. Tiene una importancia relativa que se colgaran en su perfil público y todo el mundo pudiera verlas: todo el mundo no deja de ser una optimista teoría, muy del gusto del ingenuo exhibicionismo internáutico. Si alguien entre sus conocidos no la hubiese sacado del círculo, la foto seguiría calmadamente en su lugar. En términos analógicos habríamos descrito el suceso diciendo que la soldada estaba en su casa, enseñando el álbum de guerra, y alguien le robó una foto y la llevó a la televisión. Es llamativo que la soldada se aventurara a correr el riesgo de que la robaran. Puede que sea víctima del síndrome facebook: cuando, en paralelo al desvanecimiento de las fronteras entre la realidad y la ficción, tampoco ya se distingue entre lo público y lo privado. Ella se sentía en su casa, comentando su vida. Hay que reconocer que en este asunto concreto era difícil hacer las cosas de otro modo: ¿Cómo enseñar el álbum a los amigos, tal vez remotos, (y comentarlo, y troncharse) sin utilizar facebook? ¿Y cómo se controla, incluso en un grupo privado, que una copia no pueda circular libremente? ¡Ah, si los derechos de autor sólo fueran un problema de la SGAE!

Hay otra hipótesis: que no viera riesgo. Nada inmoral que ocultar. ¡Al fin y al cabo no salía desnuda! La hipótesis de que estas jóvenes guerreras sin fronteras no distingan entre un prisionero y una pieza de caza.

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