13 de marzo

Poco gallego todo

 

captura-de-pantalla-2010-03-13-a-las-105935.png  Querido J:

Esta semana tuve que salir de casa para ir, nada menos, que a Galicia. Una aventura. La razón es un poco liosa. Arranca cuando la diputada Rosa Díez califica al presidente del Gobierno de «gallego, en el sentido peyorativo de la palabra». Prosigue cuando en una de mis agradables conversaciones radiofónicas con Julia Otero niego la mayor; es decir, que la utilización habitual del gentilicio adjetivo gallego (sinónimo de ambigüedad y astucia prudente) sea peyorativa, a diferencia de lo que sucede, sin ir más lejos, con catalán; y es más, niego que ese elogio del presidente Zapatero sea justo antes de concluir que la reacción de los que se han ofendido por las palabras de Rosa Díez (gallegos o no) es una muestra de estupidez aldeana. Y culmina cuando de Galicia se levanta un viento de fronda, en cuyo corazón incesante soplan los dos celtas sin filtro (de alto contenido en alquitrán), Rivas con su laralira y Susote (el etimológico) con su honda, ráfaga terrible que me lleva en volandas a la televisión gallega donde no tengo más remedio que decirle al amable Carlos Luis Rodríguez que la reacción ha sido una muestra de estupidez aldeana.

Y de vuelta leo a Julio Camba, el mejor escritor de Villanueva de Arosa, porque para eso sirven los muertos. Para eso y para hacer artículos, lo comprobarás. ¡Qué bobada ésa de que el periodista  deja de escribir artículos cuando muere!
«Encontrándome en América, yo me permití silbar el día del estreno una obra española, lo que me valió acres censuras por parte de algunos distinguidos coterráneos. En vano yo procuraba demostrarles que la obra era mala. Ellos sostenían que, representadas en el extranjero, todas las obras son buenas, aun las del propio señor Linares Rivas, y que al silbar aquélla me estaba conduciendo como un mal patriota. ¿Cómo convencerlos de que el mal patriota era el autor y de que el patriotismo consistía precisamente en silbarlo?»

«No creo que haya un idioma distinto del castellano. Lo que sí creo es que se podría inventar. Conozco lenguas medievales que se han fabricado en estos últimos treinta años, de acuerdo con todos los adelantos filológicos. Con una pequeña base se hace una lengua en menos tiempo del que se necesita para hacer un partido político.»

«La última vez que yo estuve en Galicia, Galicia era una de las más hermosas regiones españolas. Ahora ha ascendido a la categoría de nación. (…) Y en efecto, ¿por qué no? Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid.»

«El regionalismo gallego es de una cursilería desesperante. Hay que ser gallego “a mucha honra”. Y para mí no es honra ninguna ser gallego, porque considero que también es gallego Cao y Durán. Galicia es un país encantador, pero tiene un inconveniente: el galleguismo. ¡Gallegos que viven de ser gallegos y que llevan tantos o cuantos años de gallegos militantes! ¡Un gran gallego! Es decir, un hombre que es más gallego que los otros… No lo comprendo.»

«Pero usted —suelen decirme por aquí— no es un verdadero amigo de Galicia. No. No soy amigo de ninguna región ni de ninguna provincia. Yo creo que se puede ser amigo de una muchacha, de un compañero —que ya es mucho decir— y hasta de un senador vitalicio. Pero las amistades con las provincias me parecen demasiado presuntuosas. Jamás he comido con ninguna.»

Podría llenar páginas. En realidad es lo mejor que podría hacer, ahora y siempre. Has de saber que la broma peyorativa ha llegado al Parlamento y que los tres partidos vigentes, comenzando por el Partido Popular y que conste, han firmado una resolución de condena contra don Julio Camba. No lo nombran; ni a él ni a Rosa Díez, pero no hace la menor falta. Échate a un lado:

«La utilización del gentilicio gallego como apodo peyorativo no sólo ofende a miles de gallegos y gallegas y a otras personas sensatas, sino que constituye un tópico inaceptable por lo que contiene de prejuicio xenófobo, inadmisible en el único marco de debate en el que se deben defender las ideas.

Este tipo de prejuicios xenófobos se sustentan en un pensamiento débil y en la falta de cultura, y entraña un peligro potencial para la convivencia de las personas y de los pueblos.

El Parlamento gallego hace un llamamiento a ahondar en los valores cívicos de la tolerancia y el respeto al otro, y a abandonar el lenguaje que puede fomentar estas conductas, sobre todo por parte de personas creadoras de opinión, entre las que nos encontramos los representantes políticos.»

Es obvio que hemos retrocedido, inmensamente. A ver quién en esta Galicia se atrevería al sarcasmo de escribir que el gallego es un castellano mal pronunciado. Las apreciaciones de Camba no son hijas de las convicciones de su tiempo. Es decir no hay que ponerlas pudorosamente en su contexto. Son palabras necesarias hoy, en este ambiente intelectual y políticamente envilecido. Por cierto: en este orden. Porque la sonrojante resolución del parlamento es el resultado de la aplicación intelectual en el establecimiento y fortificación de paradigmas irracionales. Para poner uno: esa consideración, tan jaleada, de que el bilingüismo es una riqueza. ¡Riqueza! El bilingüismo será una condición con la que una comunidad haya de lidiar. Un dato inexorable de lo real, como los treinta y cinco bajo cero de Finlandia. Es decir, algo que llevar con resignación y tratando de limitar sus efectos. La proliferación lingüística no es una riqueza ni un patrimonio de la Humanidad: es un inconveniente humano y un obstáculo del progreso. Las rivalidades entre Villanueva de Arriba y Villanueva de Abajo (sustancia de esta polémica tan poco gallega) y cualquier otra forma de caciquismo sentimental son, asimismo, una rémora de la socialización. No sucede en todas partes. El joven De la Torre escribía el otro día con su habitual inteligencia:

«El uso de adjetivos eficientes para describir políticos y estilos de hacer política es una práctica muy frecuente en los Estados Unidos. Desde la llegada de Obama a la Casa Blanca, por ejemplo, se ha puesto muy de moda la expresión Chicago-style, en un sentido absolutamente peyorativo (que ya existía desde hace décadas, claro): se refieren a un estilo corrupto, sin escrúpulos y personalmente agresivo. Cosas de la economía lingüística, supongo. Sería posible, claro, expresar lo mismo con otras palabras (aunque casi seguro que no con tan pocas), pero ¿hay algún motivo razonable para hacerlo? No tengo noticia de que nadie en Chicago se haya sentido nunca ni remotamente ofendido por la expresión.»

Lejos de combatir sus rémoras los españoles las idolatran. Es así como el cacique (y su chantaje emocional) se ha convertido en el principal sujeto político del Estado.

Sigue con salud

A.

(Links: Verónica Puertollano)

12 de marzo

El mismo 11 de marzo

 

Que el gobierno diga que no ha pagado por la liberación de la cooperante supone un gran alivio para los ciudadanos. Es sabido que este gobierno español tiene una capacidad mágica para la resolución de los conflictos. Así ha sucedido con las reformas estatutarias, con la negociación con Eta y con la crisis económica. Los ciudadanos aprecian que la organización terrorista más letal de nuestro tiempo secuestre a una mujer y después de algunos meses la libere porque nuestro firme gobierno así se lo pide. Los ciudadanos no sólo están felices porque la cooperante haya regresado del horror sana y salva, sino porque ese regreso sin pacto les permite dejar de hacerse algunas preguntas fundamentales. Una de ellas, por ejemplo, está relacionada con el terrorismo local. ¿Los ciudadanos juzgarían con la misma vara el pago por la liberación si en vez de Al Qaeda fueran de ETA los criminales? Esta es una pregunta que incorpora una versión de la famosa teoría del kilómetro sentimental, según la cual los muertos importan menos cuanto más lejos se hallen de nosotros. Es una teoría humanísima, desde luego, pero que debería explicitarse más allá de toda fábula: el pago de la vida de uno de los nuestros es, probablemente, la vida de muchos de los otros. Las organizaciones criminales utilizan el dinero para realizar crímenes. ¡Así son los perturbadores mandatos de la lógica! Pero es que, además, la teoría del kilómetro sentimental no puede aplicarse estrictamente en este asunto.

Buena parte de los periódicos españoles se repartieron ayer sus portadas entre la liberación de la cooperante y el recuerdo del sexto aniversario de la matanza de Madrid. Fue una coincidencia infeliz y menos mal, insisto, que el gobierno veló por todos nosotros negando la posibilidad de que la liberación de la cooperante facilitara otras matanzas como esa. Una gran noticia, sobre todo, para la asociación de víctimas del 11 de marzo, cuya voz  imperiosa debería haberse oído en el caso de que el gobierno hubiese contribuido a financiar a los asesinos de sus familiares y amigos. Por fortuna nada se oyó. El hecho refuerza nuestra paz y la hace imperecedera. Porque si no se oye la voz de las víctimas patrias de Al Qaeda (que lo son de Al Qaeda: y lo peor de las tesis conspirativas y del Aznar asesino es que han contribuido a difuminar ese hecho) qué voz se va a oír en las cuatro esquinas morales de España.

10 de marzo

La pederastia y su cura

 

Los casos de los curas pederastas me inspiran una particular compasión. Ser pederasta es un grave problema; pero añadir la observancia de dios y de la regla al asunto debe de ser una tragedia morbosa poco comparable. Hay algo más: cada vez que traen a un cura prendido en alguna de esas escandalosas redes advierto un hilillo de sangre en las fauces de la prensa socialdemócrata. En el pueblo decimos, muy gráficamente, menjacapellans y ésta de la caída en las redes pederastas debe de ser una de las sutiles variantes modernas de la práctica ancestral. Por eso comprendo al portavoz vaticano cuando dice que acusar específicamente a la iglesia de pederastia es falsear la realidad: la pederastia se da con la misma intensidad (leve intensidad, valga la precisión) en otros ámbitos sociales.

El problema que tiene el portavoz vaticano es otro. Y lo refleja empíricamente un canónico estudio (1996) de Philip Jenkins: de la conducta de 2.200 sacerdotes se dedujo que alrededor de 40, menos de un 2%, había cometido algún tipo de abuso sexual; pero sólo uno de los 2.200 fue clasificado como pedófilo. El diccionario español distingue entre pedofilia (atracción sexual por menores) y pederastia (consumación de la atracción). Y al parecer también lo hace el estudio de la Universidad de Pensilvania: un «ser» pedófilo por 40 actos pederastas. Ignoro hasta qué punto es una distinción que todas las escuelas psiquiátricas aprobarían. Pero tiene al menos dos serios fundamentos: la convicción creciente de la influencia biológica en la atracción sexual por los niños y la evidencia de que ambientes clausurados (internados, cuarteles o conventos) facilitan conductas sexuales que en circunstancias abiertas no se producirían.

El problema del portavoz vaticano está en el ambiente. En el celibato obligatorio que desde Letrán, y sobre todo desde Trento, aflige al clero latino. Es plausible que la pedofilia no sea un rasgo de la personalidad más extendido en el clero que en otros colectivos; pero en ese caso la hipótesis razonable sobre el origen de la conducta pederasta (la mortificación de los sentidos que impone el celibato) afectaría al Vaticano con una problemática contundencia. Si la violencia del celibato engendra la violencia pederasta, la Iglesia afronta una grave elección moral. De la que también podemos pedirle cuentas los infieles. Porque suyas son sus castidades, pero de todos sus víctimas.

6 de marzo

La reputación, hoy

Querido J:

Imagínate, tú que no has perdido el don, que hace un par de décadas hubieran invitado a un artista, un escritor o un político a escuchar lo que se estaba diciendo de él, y de sus obras, en un salón donde resonara todo lo que en aquel momento se estaba diciendo del personaje en cafés, casas, restaurantes, aulas, templos, parques y burdeles. La única condición de la ceremonia sería que, a pesar de poder oír con nitidez los comentarios, el personaje nunca podría conocer la identidad de los opinantes. Imagínate y piensa cuántos de ellos habrían rechazado la invitación. Alguno lo haría, sin duda; pero descontados esos ejemplos de mortal vanidad, la gran mayoría accedería a penetrar en el inmenso salón de los espejos acústicos. Tú sabes bien cómo era la vida de un escritor hace no más de diez o quince años. Una vez al mes la carta de alguna lectora recién divorciada. Un elogio al semestre en alguna columna de periódico. Una vez al año, una crítica que demostraba conocer el tamaño, precio, número de páginas y editorial de nuestro libro. Una vida apagada, lo reconocerás. No digo que no permitiera hacer obras profundamente meditadas, desde luego; pero lo que es vivir, vivir… aquello no era una vida. Sobre todo por la lacerante sombra de la sospecha. No sólo era escasa la aparición pública del nombre; sino que constaba, por deducción lógica y por perturbadores indicios, que la tacañería pública nada tenía que ver con la pletórica cara oculta de la Luna. ¡Vaya si el escritor intuía hasta qué punto su nombre formaba parte de la comidilla en mil comidillas! Y le corroía por dentro no saber, o saberlo sólo por terceras personas piadosas, lo que de él, y sobre todo de su Obra, se decía.

El escritor, te digo. Pero ahora ve más arriba. Un Rey. O un Príncipe. Cercados sistemáticamente por un férreo cinturón de castidad discursiva. Atosigados de alabanzas. O lo que es peor: de alabanzas envueltas en el tocino rancio de la crítica por cualquiera de esos cortesanos que siempre acercan demasiado la boca, majestad le voy a decir la verdad del mundo. ¡Oh, si un Rey cualquiera pudiera penetrar en el salón de los espejos acústicos! Eso sería el poder. Y, otra vez, la vida. Y una dura y nobilísima prueba de iniciación para cualquier Príncipe. Ahora ve abajo: el oficinista, el estudiante, el profesor, el cocinero, ajenos al espacio público, desde luego, y que sólo el día de su nacimiento aparecieron en el periódico, en la página de la cigüeña de los almacenes Caprabo. Vida pública, no; pero sí privada; y maledicencias a la espalda: ¡cuánto no darían por escucharlas si el aula, la oficina, o la cocina fueran un foro! Y cuántos todos, escritores, príncipes, chanquetes, no hubiesen pagado por hablar también de forma anónima de los otros y el Príncipe, por supuesto, también en anónimo de sí mismo.
No dilataré más tu imaginación. Sabes que ese salón está hoy abierto. Cada minuto, y a partir del ingente movimiento de millones de foros internáuticos, un hombre puede saber lo que el mundo dice de él. Es decir, para qué vamos a andarnos con rodeos, un hombre puede saber quién es. El procedimiento tiene un gran interés. Volvamos al escritor, aunque sirva con ligeros cambios para cualquiera. A las doce de la mañana da la última puntada a su columna. La cuelga. Han pasado cinco minutos y ya reluce un amarillo hijodeputa. Hummm… La cosa se va sofisticando a medida que avanza el día. Es muy interesante evaluar la textura de los insultos y de las mentiras, las formas que adoptan y las que evitan. Y más excitante aún el poder designar la identidad de uno que dejó la prueba de un giro lingüístico inconfundible, de un hecho cualquiera que sólo él pudo conocer, de un razonamiento, antiguo, pero tan inolvidable, siquiera por lo sucio. Y las sorpresas maravillosas que causan esas identidades de pronto descubiertas, y que son capaces de vincular la discusión de una ley orgánica (el tema de la columna)  con aquella agria huida del que la dejó (el autor de la columna) compuesta y sin novio, o sin oposición o sin trabajo o sin elogio (la autora del «¡Miserable!»).

Una palabra sobre la veracidad. Desconfío de esos pares que equiparan el discurso público con la mentira y el discurso privado con la verdad. Es un rasgo totalitario esa desconfianza ante lo público. Y es verdad que uno no diría nunca en público muchas cosas que dice en privado; pero sólo porque son falsas. En esas opiniones internáuticas, por el contrario, hay un gran porcentaje de verdad respecto al sujeto que los enuncia. Ahí está, la gran mayoría de las veces, el sujeto a solas, cara a cara con su mierda, consumándola y observándola al instante en la pantalla iluminada, ya llena de vida. Para soltarla no tiene que negociar con nada ni con nadie; ni aparentar, ni convencer, ni seducir; sólo deponer anónima y dulcemente de sí mismo. Hay una poderosa verdad en el ejercicio.

Quizá no conozcas el artículo 12 de la Declaración de los Derechos Humanos: «Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su correspondencia, ni de ataques a su honra o su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.» La estridente comparación de ese texto con la vida internáutica ha llevado a replantearse cuestiones como el anonimato en internet y la moderación de los foros. La gestión de la reputación internáutica es una de esas nuevas profesiones con futuro. Reputation Defender, por ejemplo. Uno de sus directivos dice: «Cuando queremos que desaparezca una mención negativa, nos dirigimos a quien gestiona la web donde aparece. Decimos “Hola, somos de Reputation Defender, nuestra cliente se llama tal y tal, ¿podrías borrar esa referencia?” Normalmente, con eso basta». No digo que no me complazca que por los orejones de los ceporros con foro se deslice helado ese tonillo mafioso: «Hola, somos de… podrías…?» Y también comprendo a los nuevos emprendedores y su astucia comercial. Pero no hay que cerrar los salones de la difamación, ni siquiera perturbar demasiado su fisiología. Internet ha cambiado muchos paradigmas. Por ejemplo el de la inocencia. En la red todo es mentira hasta que no se demuestre lo contrario. Otros principios, en cambio, se mantienen felizmente: a mayor densidad de mentiras más pronta desaparición del cuerpo sumergido. Y qué decir del gozo de que el salón digital haya verificado las teorías de Chamfort: «No hay hombre que pueda ser, por sí solo, tan despreciable como una corporación, ni corporación tan despreciable como el público. Hay siglos en que la opinión pública es la peor de las opiniones.»

Es preciso mantener el lodazal activo y en tiempo real, yo te insisto. El hombre en red ha descubierto que las cosas están por dentro mucho peor de lo que se suponía. Una lección impagable que debe proseguir.

Sigue con salud

A.

5 de marzo

Tocar la gallegada

La diputada Díez se equivocó la otra noche cuando llamó gallego al presidente Zapatero. Y también cuando añadió «en el sentido peyorativo del término.» Llamarle gallego al presidente es aludir a una astuta ambigüedad que no creo defina las maneras de un presidente al que, cual perfecto adánico, se le ve absolutamente todo. El error respecto a la voluntad peyorativa es de otro género: hablando en la televisión (y sobre todo colaborando en la absurda práctica entrevistadora, ésa de que te echen un plato y haya que disparar un adjetivo) no siempre es fácil dar con la expresión precisa. Es probable que la diputada Díez quisiera haber dicho “estereotipado”; porque no hay sentido peyorativo en llamarle gallego a nadie. A menos que uno venga, lo que no creo sea el caso de la diputada, de Costa Rica, donde gallego es tonto, de El Salvador donde vale por tartamudo, o, last but not least, la de utilizar gallego como sinónimo de español, tal como hacen en Argentina y en algún otro país sudamericano. No me cuadra que la diputada Díez quisiera insultar al presidente llamándolo español. Aunque comprendo que para los nacionalistas gallegos sí sea realmente insultante la sinonimia.

Ahora bien: cuando no se ha equivocado ni un ápice la diputada Díez ha sido ahora. Es decir, cuando encarada a la febril reacción de los aldeanos y a la grotesca posibilidad de que el Parlamento (iba a decir gallego, pero igual si hoy es viernes, esto es Costa Rica) negocie una resolución de critica a sus palabras, se ha plantado y ha dicho: «Hay demasiado candidato a censor suelto». Es una reacción inteligente y libre: es decir merecedora de un editorial gallego cejijunto, al estilo catalán. Y está tardando.

Obviamente nadie en sus cabales puede tomarse en serio que exista lo gallego vinculado a un rasgo genérico del carácter local. En su variada sinonimia, lo gallego está repartidísimo. Y hay muchos gallegos (¡lo que hace el progreso!) que ya utilizan el ascensor. Aunque siempre hay alguna excepción práctica, desde luego. A mí, sin ir más lejos, me va muy bien decir «es que soy catalaaaán», con la más abierta y meliflua de mi letra a, cuando negocio un precio con foráneos. Mis interlocutores comprenden y ceden, ellos compasivos y yo bien guarnecido. Pero fuera de esas utilidades hablar de lo gallego sólo puede ser una broma.

Una broma que, naturalmente, se ha convertido en la siniestra broma que gobierna España.

3 de marzo

Cambio productivo

Hace un par de años el secretario de Estado de la Seguridad Social, Octavio Granado, decía: «Desde 2007, la construcción no ha creado empleo en términos de afiliación a la Seguridad Social, y el número de afiliados de las actividades sanitarias y de servicios sociales ha aumentado en un 10%. No hablemos de que va a venir un cambio de modelo productivo. ¡Es que ya ha venido!» Ayer el mismo secretario detallaba las primeras cifras positivas, en varios meses, de afiliación a la seguridad social. El máximo crecimiento corresponde a la construcción. Era un día después de que el Gobierno presentara un paquete de medidas para activar el empleo, con la construcción como único destinatario. Ya ha venido y ha vuelto.

Elcambiodelmodeloproductivo.com es un invento ugetista. Cándido Méndez insistió sobre el asunto, a partir del año 2004, primero ante el gobierno del Partido Popular y luego ante el socialista. Tal insistencia es directamente proporcional a la parquedad de detalles sobre lo que supone tal cambio, más allá de la obviedad de que conviene mejorar la productividad del trabajo y diversificar las fuentes de riqueza. El mantra de Méndez fue adoptado por el presidente Zapatero, que lo enriqueció por el procedimiento lírico habitual. Es decir, dándole un ladrillazo en la cabeza al PP, responsable de un modelo productivo que habría llevado a España a la ruina. Cuando leí cómo la vicepresidenta Salgado presentaba las razonables medidas de apoyo a la construcción sentí un calambre solidario. Decía la ministra: «Hemos querido acabar con el ladrillo especulativo, sí, pero no con el ladrillo.» Sólo la política obliga a estas terribles humillaciones de la inteligencia.
Sentaíto en la escalera, esperando el porvenir, el adánico presidente (especialista modélico: cambio territorial, productivo, civilizatorio) ha visto como el número de parados empezaba a amenazar, esta vez de verdad, el modelo productivo español realmente existente. Las medidas de ayer pudieron y debieron tomarse hace tiempo; justo cuando al secretario de Estado le había venido su ocurrencia. Pero la crisis siempre ha ido por delante del Gobierno, porque este Gobierno, viciado en sus ficciones, nunca ha sabido plantar cara a los hechos.
Es probable que España necesite ese cambio de modelo. Más bien en el sentido de aplicar imaginación y nuevas tecnologías a las viejas fuentes de riqueza antes que fantasear con otras nuevas. O sea atenidos al esquema realista que acabo de ver en el pecho de un gorila albino que subía por las Ramblas: «Triathlon Spanish: drinking, eating y fucking.» Aunque si hay algo lógico, puramente elemental, es que ese cambio sólo podrá plantearse en una ola de prosperidad. Donde haya gobierno y no surfismo.

1 de marzo

Cortesías

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