La verdad, asunto de Estado

Francia va a castigar penalmente la negación del genocidio. No es el primer país que castiga determinadas mentiras sobre la historia. La gran mayoría de mentiras sobre la ciencias naturales tienen consecuencias tan inmediatas y drásticas que hacen inútiles los tribunales. Nadie discute los cálculos que permiten a un avión elevarse. Pero en las ciencias sociales siempre hay margen para mentir, con independencia de que las mentiras sean igual de redondas e irrevocables que las científicas. No todas las mentiras sobre la historia tienen el mismo efecto. Si alguien dijera hoy que Cartago destruyó Roma sería llevado al psiquiátrico y no a la cárcel. Pero no sucede lo mismo, para poner el ejemplo canónico, con los crímenes nazis: hay mentiras que operan dañinamente sobre la actualidad. Se argumenta, en nombre de la libertad de expresión, que los estados no deben perseguir las mentiras. Pero estas almas bellas no siempre se rebelan cuando desde los estados se propagan y se imponen las mentiras, y cuando con ellas se diseña la política de los gobiernos: de tan obvio y tan próximo, casi no es necesario subrayar hasta qué punto los gobiernos nacionalistas españoles se han identificado con esta conducta. La verdad es siempre vulnerable, aunque solo sea por inferioridad numérica: sobre cualquier hecho hay una sola verdad y mentiras innumerables. La situación se ha agravado con internet y el eco exponencial que obtienen los relatos falsos: la verdad no suele gozar de la plusvalía de la novedad y las mentiras suelen ser más excitantes que anodinas.

En estas condiciones la pregunta clave es si la verdad es un bien a proteger, como los tigres blancos o los glaciares, y si los ciudadanos tienen derecho a reclamar  protección contra las mentiras, empezando, claro está, por las mentiras fabricadas por los propios gobiernos. Pocas cosas tienen un sentido público tan necesario e indiscutible como la verdad. Ese sentido, por ejemplo, que ha alumbrado instituciones incluso privadas como la de la Enciclopedia Británica, y cuya vigencia debe defender cualquier propósito político razonable. Tentado estoy, dada mi filiación orwelliana, a reclamar un ministerio de la Verdad. Pero también me conformaría con una dirección general dependiente de un verdadero ministerio de Educacion. El ciudadano una y mil veces mentido, que no sabe muchas a veces a quién o a dónde acudir para saber a ciencia cierta, tiene derecho a disponer, también en este trámite, de su ventanilla. Única, desde luego.

(El Mundo, 31 de enero de 2012)

El sacramento de la política

      Querido J:

Sabrás que el nuevo gobierno, al mes de organizarse, ha querido ya dejar su particular marca del Zorro en la cansada piel ideológica de España. El encargado ha sido el ministro Gallardón y el motivo la ley del aborto. Al parecer los gobiernos no pueden pasar sin estas tomatinas. Un gran especialista en abrir conflictos, que aunque se agriaran nunca dejaban de ser pueriles, fue el presidente Zapatero. El gobierno popular no ha tardado en seguirle. Evidentemente en una España sometida a la EPA, al déficit y a la prima de riesgo, la ley del aborto y sus presuntos conflictos éticos y técnicos es un problema indistinguible en el fondo de armario estadístico. Pero no hay duda de que la apertura de estos conflictos tiene para los gobiernos dos virtudes: da fe de vida de la nueva época y procura aliento a la militancia (¡ya hemos pasao!) y afloja la presión sobre los verdaderos y arduos problemas de la coyuntura. Además el costo electoral de los subsiguientes debates es mínimo: sólo se ven involucrados los extremos de cada segmento (a la enorme bolsa centrista ni le van ni le vienen estos coloquios) y el periodismo, siempre cómplice de las alegrías pirotécnicas.

La vigente ley del aborto, cuya elaboración desencadenó hace un par de años el mismo debate que ahora va a producirse con resultados previsiblemente distintos, afecta a unas cien mil personas al año. La inmensa mayoría de ellas, sin embargo, no parecen ser abortistas por la nueva ley, por así decirlo. Bastará citar el número total de mujeres que se aprovecharon de la característica más llamativa de la nueva ley, y cuya reforma explícita ya ha adelantado el gobierno. Es decir, las mujeres que se beneficiaron de la posibilidad de abortar sin informar previamente a los padres: que fueron, exactamente, 151. Por lo tanto este, como el matrimonio homosexual, es uno de esos asuntos cuya capacidad de formar parte de la conversación no se corresponde con el número de afectados. Obviamente la audiencia no es el único criterio que debe regir la toma de decisiones políticas y morales; pero es pedagógico conocer cuántas personas hablan y opinan de un asunto sin rozarse ni siquiera con él. Por lo demás, ya sabes que me parece bien la decisión del anterior gobierno de darles a las mujeres de edades comprendidas entre los 16 y los 18 años la responsabilidad exclusiva de sus abortos. Porque creo que, por lo general, están maduras para ejercerla y porque creo que ningún padre puede imponer un nacimiento o un aborto a su hija. Yo soy partidario de la absoluta libertad para la embarazada, con la excepción de los matices que pueda aportar su espermatozoide de cabecera; o sea la degradada condición insuficiente, aunque lamentablemente imprescindible, de toda fertilización.

La descripción de los planes del gobierno en cuanto a la reforma del aborto ha coincidido en el tiempo con un hecho, en apariencia anecdótico, pero cuya vinculación con el sustrato ideológico de la reforma da una textura polémica interesante. Quizá sepas que al obispo de Valladolid (un tal Blázquez, decía Arzalluz), no le parece muy conveniente que una mujer que vive en concubinato (religioso) dé el pregón de la Semana Santa de Valladolid. Y no ha hecho variar su criterio el que la concubina sea vicepresidenta del Gobierno. El obispo esgrime que se trata del pregón de Semana Santa (y no de las Fiestas de Primavera de la ciudad, por así decirlo) y que, además, e ininterrumpidamente desde 1998, se celebra en la catedral de la ciudad. Desde ese año, por cierto, el pregón lo han dado sólo tres mujeres más, ninguna concubina: Paloma Gómez Borrero, mi santa preferida, y autora de un libro espléndido, casi diabólico, para cocinar pasta italiana (tú has gozado más de una vez de mis impresionantes espaguetis a la Sofia Loren, con laurel y tomate, y vienen de allí); Ana Botella, alcaldesa de Madrid, de la que recuerdo vivamente, para no hablar de política, la emoción que me produjo su posado en la playa de Oropesa, y Concepción Velasco, nuestra segunda doña Concha, que dio el pregón en 1999, casada, al menos en la vida real. El sosiego matrimonial de los pregoneros masculinos es también generalizado. Es cierto que el torero Roberto Domínguez no vivía con su esposa en el año de su pregón, pero entonces no constaba la materialización jurídica de semejante avatar. Por lo tanto, observada y analizada la lista, esta va a ser la primera vez que una concubina pregone en la catedral de Valladolid. ¡Para que se diga que el Partido Popular no va a cambiar las cosas!

Creo que el obispo tiene razón en su queja. La vicepresidenta no vive conforme a lo que espera de ella la religión católica y debería haber rechazado discreta y elegantemente la invitación. Es cierto que la que prescribe la jerarquía no es la única manera de ser católico; pero si uno tiene otra no debe participar en ceremonias donde la jerarquía está implícita y explícita. Porque imprimen carácter. Hay muchas maneras de ser conservador; pero una, específica, es la de ser militante del Partido Popular. Y en ese caso deben asumirse, lógicamente, las reglas. Hay algo más, y aún más delicado, que trasciende lo personal para hacerse arrebatadoramente político. Algunas de las decisiones ideológicas del Partido Popular están inspiradas en lo que se llama «una concepción cristiana de la vida». Nadie puede dudar que es la concepción (e incluso la concha) que inspira la reforma de la ley del aborto que planea el ministro Gallardón.

Los miembros de un gobierno que justifica algunas de sus decisiones morales en una concepción cristiana de la vida deben vivir con arreglo a ella. De lo contrario incurrirían en el defecto de esos príncipes que se casan con plebeyas o de esos socialdemócratas, catalanes y nacionalistas, que llevan a sus hijos a la escuela privada alemana. Es decir, incurrirían en un caso más, y muy práctico, de doble vida. Ser católico tiene cosas estupendas: permite agonizar con esperanza y da respuestas claves y rápidas a infinidad de dilemas morales. Eso sí, tiene algunas incomodidades y algunas de ellas revisten una inexorable forma sacramental. Pero, a lo visto, la vicepresidenta no sólo quiere vivir como laica y gobernar como católica, sino que encima quiere dar pregones de Semana Santa en la catedral, y de Valladolid. Una mujer poderosa, ciertamente.

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A.

La politización de la justicia

El propósito del ministerio de Justicia de devolver a los jueces la capacidad de autogobernarse es un acierto. Cualquier insistencia en desvincular la relación automática de la justicia con la soberanía popular es positiva. Por desgracia esta medida es condición necesaria, pero no suficiente para acabar con la politización de la justicia. España ha tenido una justicia subordinada a la política cuando el Parlamento ha elegido a los miembros del Consejo General del Poder Judicial y también cuando los han elegido los jueces. Los responsables principales de esta situación han sido los propios jueces y uno de los aciertos de esta devolución prevista es que deja en sus manos la solución del problema y los subraya con el dedo de la responsabilidad.

Pero no será fácil. Los jueces españoles están inmersos en un sistema cultural donde la objetividad de las decisiones está arruinada. Donde nadie, ni jueces, ni historiadores, ni periodistas ni políticos, y ni siquiera algunos científicos, se muestran dispuestos a reconocer la huella de lo real fuera del rígido zapato de sus convicciones. El problema no es únicamente español, pero no conozco otro paisaje epistemológico donde el desprecio a la objetividad sea tan evidente y ofensivo. No es una u otra decisión política la que nos ha llevado hasta esta situación, sino una cultura. Una cultura y, sobre todo, una pereza.

La objetividad es difícil. Exige más gasto cerebral. Y también económico. Cuanto más precarias son las comunidades más es el grupo un garantía de supervivencia. Y la politización de la justicia sólo es un intento de buscar la protección del grupo. Obviamente esa protección implica no contrariar las decisiones colectivas, y no contrariar las decisiones colectivas supone muchas veces renunciar a las propias. Cuando alguien se asombra de que en los partidos políticos no existan voces disonantes el asombrado soy yo: la voz disonante requiere de una cierta disponibilidad económica. No sólo en los partidos políticos: en cualquier institución poderosa. Cuando se dice, e incluso con ínfulas intelectuales, que la objetividad no existe, lo que se está diciendo en realidad es que no podemos pagarla. También les pasa a los periódicos: las opiniones son baratas. ¡Los jueces se politizan porque tienen que vivir!

En la politización hay, por último, poderosas razones psicológicas: la objetividad da soledad y frío.

(El Mundo, 26 de enero de 2012)

¡Tierra!

Sigilosamente, una serie de acontecimientos está cambiando el mundo. No es un cuento del abuelito Hessel. Sólo es que se está devolviendo a la palabra «mundo» su hondura semántica: la del conjunto de todas las cosas que existen. Este diario lo explicaba ayer con precisión y belleza: «Hay millones de ‘tierras’ ahí fuera.» Los cálculos de los astrónomos son contundentes: sólo en la Vía Láctea puede haber unos cien mil millones de planetas, repitan conmigo, cien mil. Mi generación, y muchas otras, cuadró su mente en torno a un universo donde había nueve planetas, una luna y un sol. Sabíamos que la materia (y hasta la antimateria) continuaba más allá. Pero le dábamos poca importancia: sólo se trataba del vacío, misterioso e impreciso, pero simple relleno. Nuestro pequeño barrio extraplanetario era el escenario, cada vez más desolado, de fantasías alienígenas. La fría realidad es que hollamos la luna y nadie salió a recibir; y estábamos seguros de que lo mismo sucedería si aterrizábamos en Marte. Se hizo entonces su poquito de lírica con la soledad del cosmos, el estremecimiento de nuestra unicidad y otros vahídos; pero nuestra provinciana visión sobre el mundo no dejaba de ser confortable. Se paró la carrera espacial; y en realidad no extraña, porque no había ningún lugar interesante a donde ir.

Hace menos de dos décadas, sin embargo, todo estalló. Para empezar el propio concepto del viaje. La carrera espacial estaba demasiado influida por los pies. Por el contrario, se podía viajar perfectamente con la mirada, que es lo que se dispusieron a hacer los grandes telescopios. En 2009 se desveló el maravilloso Kepler, que ya ha traído noticia de unos 1.500 exoplanetas, es decir, de tierra situada fuera de la órbita de nuestros ojos. Al mismo tiempo se han ido popularizando nociones como el multiverso o el universo inflacionario. La palabra «eterno» ha empezado adquirir peso. Decimos «eterno» y es como si supiéramos, quizá por primera vez, lo que queremos decir. Un espacio y un tiempo eternos. Sin borde ni principio.

Lo que está rompiéndose es una visión colonial, metropolitana del espacio. «Globalización» es otra palabra que ha adquirido la densidad de un agujero negro. Dice el cosmólogo Vilenkin que la hipótesis de que estemos solos aquí se ha vuelto mucho más frágil y que el cambio de mentalidad que eso comporta será comparable al del Renacimiento, cuando dios dejó de estar en el centro. La inmensidad de las posibilidades de réplica del hombre y de la vida hace más improbable pensar en nuestra singularidad. Pero eso no deja de ser una idea preñada del concepto de «sentido». Quizá tan cálido y anacrónico como los límites de nuestro sol vecinal.

(El Mundo, 24 de enero de 2012)

Cuando se mataba poco y mal

Querido J:

Algunas mañanas hablo con un periodista de leyenda. No es fácil. La crisis de las leyendas aún es más grave. El asunto central de nuestras conversaciones suele ser aquel Budapest de 1944, sobre el que ya sabes que escribo un libro. Él estuvo allí con 25 años. Era un viejo: con 17 ya había viajado a la Alemania de Hitler y de Eugenio Montes. Luego fundó El Caso. Luego desveló Matesa. Un periodista. Eugenio Suárez vive en la playa de Salinas. Tiene 92 años y para ayudarlos se da cada tanto un chute de oxígeno. Debe de ser el aire embotellado que le deja la cabeza tan clara y el ánimo tan limpio. Una mañana fui a verle a Salinas y creo que bebía algo de frutos rojos, campari.

Hoy lo llamé porque El Caso cumple sesenta años, Juan Rada acaba de publicar una antología de sus portadas con un informado prólogo, y la noche anterior, pensando ya en la carta, había leído los capítulos alusivos a la revista de su libro Caso cerrado. Memorias de un antifranquista arrepentido (Oberón, 2005). En ese libro (cuyo subtítulo habría mejorado llamándose Memorias de un arrepentido) hay páginas antológicas. Por ejemplo las que dibujan al policía Viqueira, por cuyo conocimiento se le ocurrió a Suárez fundar el semanario. Otea este Madrid del verano de los 50: «El convicto inteligente, la calle solitaria, el sol cayendo a plomo y veinte metros detrás el cazador paciente, infatigable, despiadado, Viqueira.»

Suárez quería hacer filosofía. Como Gaziel. Eso dicen todos. Trabajaba en el diario Madrid y un día le mandaron a ocuparse del crimen de Monchito, que había matado a la esposa de su patrón con un destornillador. Era raro que pasaran esas cosas, porque en España ya había pasado todo. Así conoció a Viqueira, el comisario del distrito centro, que se encargó de llevar a Monchito al pie del garrote vil. Habló con él muchas noches. Viqueira había sido policía durante la República y tenía una memoria turbia y remota. Así que Suárez se enganchó al asunto. Logró el dinero de los Montiel (los de el periódico Ahora, el de nuestro Chaves) y el 11 de mayo de 1952 salió el primer número de El Caso.

Hay varios textos sobre el semanario. Uno, el mejor, según el propio Suárez, lo escribió en francés Marie Franco, Le sang et la vertu, y lo editó la Casa de Velázquez. He estado hojeándolo y tiene una presencia magnífica. Está lo de Rada, reciente, que ya te he comentado. Y lo que ha escrito el propio Suárez en libros y periódicos. Pero yo tengo ahora su inteligencia vivísima y generosa al teléfono. Y sin concesiones. Si uno se exhibe de inicio, chicuelino, con una pregunta tipo qué España sale de El Caso, una de esas preguntas que pásese sea de las últimas, pero que jamás puede ser la primera, contesta:

—Qué sé yo de eso. Eso es como si tú le preguntaras al soldado qué es la guerra. Nosotros estábamos allí, en los cincuenta.
—Distribuyendo tajantemente el bien y el mal. No te creas que me disgusta, eh?
—No sé. Teníamos nuestro público. Dábamos mucho a los gitanos, es verdad. ¡Pero, chico, lo pedía el público!

A las cuatro semanas un tranvía se fue de vías en el Puente de Toledo. Murieron madrileños a docenas. Un fotógrafo de El Caso pasaba por allí. Todo lo fotografió. Impasible, como debe ser. Pero el alcalde, don José Moreno Torres, conde de Santa Marta de Babio, se plantó desde la primera sangre en el despacho del jefe de Censura. Cuando le desautorizaron texto y fotos, Suárez empezó a entrar y salir de los despachos, como una fiera. El último, el del director general de Prensa, Juan Aparicio, el mismo hombre que lo había mandado a Budapest para sacárselo de encima, según confesión propia y tardía. Fue abandonando airado y vencido el despacho de Aparicio cuando pronunció Suárez la frase inmortal:

—¡Y para esto hemos muerto un millón de españoles!

No sólo es graciosa. Es la clave que explica su éxito. Él era, entonces, un franquista arrepentido. Y conocía las costuras como el piojo. Hay cosas que sólo se pueden hacer desde dentro. Te bastará saber cómo consiguió doblegar al ministro Gabriel Arias Salgado en otra tarde de desespero. El ministro había decretado el cierre del semanario. En realidad, y según otra de las confesiones de Aparicio (a lo visto un hombre aún más descargado de conciencia que Laín Entralgo), sólo lo habían autorizado porque creían que no iba a leerlo nadie. El éxito les confundió y empezaron a poner problemas. Uno de los más sensacionales fue el cupo de sangre: primero les autorizaron dos asesinatos por semana, luego sólo uno. En este punto te habría gustado escuchar el lúcido cinismo de Suárez:

—En realidad eso del cupo nos salvó. Entonces, en España, se mataba poco y mal. Pero el cupo nos evitó el no saber a qué crimen quedarnos y concentrar en uno todas nuestras energías.

Cuando el cupo no les bastó se decidieron por el cierre. Volaba Suárez por los despachos. Hasta que se le ocurrió que lo único que podía hacer desistir al meapilas era el agua bendita. Se plantó ante el presidente del tribunal eclesiástico, don Moisés García Torres, y le dijo que El Caso quería someterse a la censura eclesiástica. El hombre meditó, rezó y aceptó. Voló Suárez de nuevo. Le dejaron el papelito eclesiástico sobre la mesa a Arias Salgado, éste lo leyó, levantó la vista y dijo que sí y que no le volvieran a hablar del asunto. El Caso fue a partir de entonces sangre bendecida.

De todas las historias, sin embargo, por las que Suárez viaja, ninguna como la de sus lectores agrícolas. Los archivos del semanario se perdieron y nadie puede traer esas cartas. Pero existieron, y más de una.

—Cuando se acercaba el tiempo de la cosecha recibíamos algunas cartas de suscriptores del campo. Piensa que El Caso llegaba a lugares donde nunca había llegado un papel escrito. Piensa que alguna gente aprendió a leer por él y con él. Piensa que el que sabía reunía a los vecinos y les leía la revista entera. Bien: lo cierto es que nos pedían darse de baja por seis semanas. Hasta que acabaran de cosechar.

Se deduce que comprar el semanario no era cualquier cosa. ¿Decía también tu madre aquello de la mía, cuando obtener el dinero para comprar ciertos placeres del espíritu era «sacárselo de lo boca»? ¿Cómo se le explicaría esto, y la experiencia del placer y de la exigencia que comporta, a un niño megaupload? Y luego. ¿En qué estado llegarían esas gentes a casa, tras una jornada de cosecha, que ni sentarse a la lectura podían?

Otros suscriptores eran Cela, Goytisolo y Robert Graves.

Sigue con salud
A.

Sopa con ondas

Unas cuantas grandes compañías dedicadas al negocio de internet, Google y Facebook las principales, participaron ayer en una suerte de apagón real o simbólico en protesta contra los trabajos que las dos cámaras norteamericanas llevan a cabo para aprobar leyes de defensa de la propiedad intelectual. Lo que se conoce como las leyes Sopa y Pipa, por sus siglas en inglés. La reacción de las compañías es lógica: ven peligrar parte de su negocio, porque, hablando en jíbaro, las dos leyes tienen como objetivo el estrangulamiento financiero de las webs que comercian ilegalmente con la propiedad intelectual. La legislación parece decidida, al fin, a actuar contra el dinero, una vez que la lucha contra las segregaciones morales de la piratería haya fracasado. En especial en las provincias subalternas: aún ayer mismo los dos jóvenes mangantes que llevaban una exitosa empresa de piratería audiovisual anunciaban bajo el respetuoso palio de los periódicos españoles (¡celebrantes de su genio empresarial!) la retirada a otras actividades aún indeterminadas, pero inexorablemente propias de su condición

El apagón, en cualquier caso, fue un doloroso trasunto y una nueva lección para las industrias de contenidos. El trasunto del imposible apagón, ciertamente nuclear, que se produciría si la inteligencia pirateada en forma de libros, música o cine desapareciera como por ensalmo de la red y situara a esos frágiles colosos en su lugar: el de unos camioneros, algo verbosos y chulescos, sin nada que transportar. Y del trasunto metafísico, la lección concreta. Google, Facebook, Wikipedia son capaces de ponerse de acuerdo para un día de oscuridad. Sin embargo, y después de más de una década de apropiación de sus contenidos, aún no ha llegado el día en que los medios hayan enseñado a internet lo que serían las búsquedas, la conversación y las enciclopedias si la producción de los periódicos no fuera infinitamente replicada en cada uno de los planetas del universo digital.

La inteligencia de la conducta periodística queda reflejada en la evidencia de que los medios empiezan a hablar masivamente de la SOPA sólo el día en que los enemigos (de la SOPA y de los periódicos) llaman a combatirla. Recuerdos del viejo Umberto Eco. Que no entendía que los periódicos pudieran dar noticias de televisión, porque eso era como si un camión de mudanzas llevara escrito en la chapa el nombre de su competidor principal. Entonces los periódicos publicitaban la televisión y la televisión se hacía poniendo filminas a lo que explicaban los periódicos. Sin pagar, claro. Antes y ahora la vanidad que trae ¡el eco! ha bastado.

(El Mundo, 19 de enero de 2012)

Un político fracasado

Cada día de mi vida oyendo hablar de Fraga, hasta la apoteosis final. No en vano fue el primer político español que supo construirse un personaje mediático, y que gobernó (importantísimo) para la foto. Su Palomares. Y sus zancadas, sus paradores, su bombín y sus garbanzos. Por lo demás siempre fue un hombre a punto de ser algo. A punto de ser un intelectual y no sólo un memorión. A punto de ser un demócrata: intentándolo durante cuarenta años. A punto de sacar una ley (ley) de prensa. A punto de ser presidente del Gobierno cuando Carrero. A punto de convertirse en Fragamanlis, el griego. A punto de tener un periódico, cuando El País. A punto, otra y última vez, cuando la elección de Adolfo Suárez lo desplazó a un arrabal de la Historia. Su participación en la redacción de la Constitución estuvo a punto de ser importante. Lo mismo que en la elección de su sucesor al frente del partido: a punto estuvo de acertar con Isabel Tocino: Aznar surgió con su asentimiento, pero ni con su promoción ni mucho menos con su entusiasmo. Realmente, con Fraga hasta la braga; pero ni un centímetro más.

Los cuatro principales enemigos que tuvo le pudieron siempre. Laureano López-Rodó, que salió mucho menos en los periódicos, pero cuya importancia política fue incomparable. El Rey Juan Carlos, que siempre lo vio envuelto en el aire bronco (¡y hasta republicanote!) del franquismo: cuando llegó la hora, mucho se guardó de pedirle a Torcuato que se lo pusiera en bandeja. Adolfo Suárez, que le derrotó dos veces: en el movimiento y en la democracia. Se dice, metaforeando, que Fraga metió a los franquistas en la democracia; puede ser: la sustancial diferencia es que Suárez metió a todos los españoles. Felipe González, su último enemigo, que lo mató a besos: el gracioso sevillano aseguraba que Fraga tenía todo el Estado en la cabeza, pero sólo para llamarle cabezón, jefe de la oposición.

El punto solo lo alcanzó cuando lo eligieron, muchas veces, presidente de la comunidad autónoma gallega, donde se hizo fuerte, y donde siguió incandescente e intrascendente, a la manera del bávaro Strauss. La auténtica estatura política de Manuel Fraga Iribarne, más allá de las anécdotas castizas, está descrita en la floresta necrológica con que lo han despedido. Allí destaca el adjetivo patriota. Porque, para decirlo con su propia alma de refrán, a falta de pan buenas son tortas.

(El Mundo, 17 de enero 2012)

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