Copia cien veces
Hay un lío intertextual entre la viuda de Borges y el escritor Fernández Mallo. Lo contaba una crónica de este periódico donde te echo las cartas. Esta frase, sóplala: «En unos tiempos en los que la tecnología comienza a desdibujar los límites de los derechos de autor…». La frase tiene el gran mérito de la nitidez. Hace mucho tiempo que la idea subyace en los mejores cerebros de nuestra generación.
Observa atentamente lo que dice un JD Lasica, new media expert: «En términos más generales, nos estamos transformando de una sociedad de consumidores a una sociedad de productores y usuarios. Cada vez que utilizamos herramientas de creación de contenidos digitales estamos participando en una experiencia compartida, y juntos estamos clasificando las reglas para la era digital. Las personas —especialmente los jóvenes— desean acceder, extraer y mezclar su cultura. No se puede volver de nuevo a las reglas y normas de la era analógica».
Ahora lee, despacio y repítetela, la inolvidable pregunta que le hicieron a Antonio Guisasola, uno de los patrones del Instituto Ibercrea, que con tanta afición dirijo, en aquel documental de la cadena pública, todo él como su título, ¡Copiad, malditos!: «¿Qué opina del principio jurídico que plantea que si una acción es repetida por la mayoría de la población de una forma habitual no debería considerarse delito?». Pregunta inolvidable no sólo porque fuera formulada por un ser pensante, sino porque, como suele suceder con todo material de derribo, revelaba secretamente la arquitectura, ¡y la solución!, del problema. En efecto: si todos los delitos de los hombres fuesen tratados con la pereza punitiva y el elogio moral con que se tratan los delitos contra la propiedad intelectual, la mayoría de la población robaría jamones hasta conseguir que cualquier sagaz pensador se preguntara si no era ya hora de asentar el principio jurídico jamonero.
Y anota, por último, esta otra cita de autoridad, ya muy antigua, de uno de esos faros que guían la actividad parasitaria, Richard Stallman. Dijo en 2001, visionario: «Las redes de ordenadores y tecnología de la información digital nos están llevando de nuevo a un mundo más parecido a la Antigüedad, donde cualquiera que pueda leer y utilizar la información puede también copiarla y hacer copias casi tan fácilmente como cualquier otra persona podría hacer. Son copias perfectas y son tan buenas como las copias que podría hacer cualquiera. Por lo que la centralización y la economía de escala introducidas por la imprenta y tecnologías similares está desapareciendo.»
Me interesa, en especial, lo de Stallman porque se vincula con el párrafo del periódico en aquello que es más demoledoramente falso: la especie de que el mundo digital esté acabando con el autor y la obra original. Lo cierto es que sucede absolutamente lo contrario. Nunca como en el entorno digital pudo el hombre distinguir entre el artista y el copista. Todos esos cabezudos que acuden a la Antigüedad o al Renacimiento para observar allí la retroutopía que rige nuestros tiempos digitales ignoran que la historia del autor de la obra de arte está trazada de modo lineal y en absoluto como un bucle. Es decir, que ese presunto Eldorado de la obra colectiva, fruto de la confusión y dificultad de precisar las autorías, pierde cualquier fundamento ante Google, herramienta que puede identificar, como nunca antes, a un autor con un texto.
Quizá recuerdes una vieja historia. En la primavera del año 2005, el periodista Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, hizo sonar las campanas anunciando que había dado a la imprenta un libro de entrevistas con Fidel Castro. El mundo se paró. A excepción, por fortuna, de algunos comentaristas del Nickjournal de mi blog que empezaron a leer el libro y a comparar algunos de sus párrafos con discursos de Castro. Pronto apreciaron que lo que Ramonet vendía como un tête a tête entre el viejo dictador y él estaba confeccionado, en buena parte, como un corta y pega de antiguos textos castristas. ¡Por supuesto que nunca fue tan fácil hacer de una vida un copypaste! Pero con una condición: la de quedar retratado como copista. Nunca fue tan fácil copiar y tan difícil hacerse pasar por creador.
Yo me dedico al columnismo, por no decir que toco el piano en un burdel. Antes era un oficio maravilloso. Sólo hay que leer a nuestro querido Paul Johnson, y a su Dios que está en el cielo. Hoy es un oficio terrible. Antes escribía uno algo genialoide, al final de la tarde, después de rumiar todo el día. La columna tenía una idea firme y robusta y dos brotes verdes deliciosos. Uno salía a pasear, opíparo de originalidad. The greatest, se decía, silbando. Hoy rumia. Cuando da con ella, pone la idea en el cajetín: Google, Twitter, Facebook, en mil foros. Allí está. Sí, podrida, tal vez. O mediopensionista. O en estado fetal. Pero ahí está, y no la has escrito tú. Naturalmente es difícil que entre millones de hombres, sometidos a estímulos comunes, sólo uno vaya a dar con la idea vertiginosa, atrevida, redonda. La opinión se ha desvalorizado extraordinariamente. Todo el mundo ha tenido siempre opiniones, incluso buenas. La novedad es que ahora puede difundirlas. Muchas de esas opiniones llegan antes que tu columna. ¡Y esa deliciosa mala conciencia que te asalta (dada la inmensa masa digital de opinión gratuita) de que sólo seas tú el que la cobres! Sucede a veces que la idea, el neologismo, me ha parecido tan original, que he corrido a marcarla a fuego en un blog, o en Twitter, a cualquier hora, sin esperar a la columna. El día que, por ejemplo, se me ocurrió E.cología para sintetizar las diarreas alemanas, los germinados de soja y los ecologistas: ahí corrí como un loco a marcarla a fuego vivo en la Red, después de comprobar que ni un solo twitter en el mundo había caído en ella.
Google ha aportado las pruebas de una sospecha extendida y milenaria: que por un artista original hay mil millones de copistas. No es de extrañar que ante esta desoladora prueba empírica los más cínicos y mediocres de los copistas profieran a los cuatro vientos que el autor ha muerto. Una forma como otra, ¡plenamente comunista!, de igualar por lo bajo. La originalidad, como la verdad, es difícil: por eso dicen que no existe. Nunca fue el autor más nítido que en nuestro tiempo y nunca como hasta hora tuvimos una herramienta semejante para encontrarlo. O sea: la tecnología precisa los límites del derecho de autor.
Muy otra cosa son los animales de bellota.
Sigue con salud,
A.
(El Mundo, 1 de octubre de 2011)





