18 de enero

Intimidad, enfermedad

Me detallan confidencialmente la grave enfermedad de una figura pública. Odio cualquier artículo donde el periodista le diga a su lector que sabe algo que él no sabe; pero no me atrevo a romper la intimidad del enfermo y confío en poder armar una columna sin su nombre. Es cierto que para escribir lo que planeo podría evitar la propia anécdota; pero una columna tiene que aguantarse en el suelo. (Y otear el cielo). Es seguro que actúa también el veneno del oficio: siempre hay que dar una noticia: aunque sea la noticia de que alguien enfermó. Por último: es probable que algunos lectores no pasen de aquí: ¡pero al menos habrán llegado hasta aquí!

La emoción y la plegaria para que supere la enfermedad dejan luego paso a las habituales idas y venidas en torno de la vida pública y privada. La persona enferma tomó y sigue tomando decisiones que afectan a la vida pública. No hace falta remitirse a las hemorroides de Napoleón (cuyo apogeo en vena viva coincidía, al parecer, con la pérdida de batallas) para subrayar que una grave enfermedad influye en las decisiones de cualquiera, por muy alejadas de la intimidad que esas decisiones estén. Así, pues, la cuestión, sucintamente planteada, es esta: ¿hasta qué punto un personaje público puede negarse a dar cuenta de asuntos privados que tienen trascendencia pública?

La confidencia coincide en el tiempo con la exhibición pública de un enfermo muy famoso, Steve Jobs, el mítico responsable de Apple. Es sabido que su organismo lucha contra el cáncer desde hace años. Ayer anunció que deja temporalmente el gobierno de la compañía para concentrarse en sus terapias. Ayer era festivo en Estados Unidos. No había Bolsa. Teniendo en cuenta que las acciones de Apple bajaron un 7% en Francfort, la elección del día del anuncio parecía justificada. Pero, sobre todo, lo que la Bolsa dice y justifica, por activa o por pasiva, es que la enfermedad cotiza.

En estas circunstancias creo que el ejemplo anglosajón marca la pauta moral. Está perfectamente reflejado en el último párrafo de la carta de Jobs a los trabajadores de Apple: «Quiero tanto a Apple que espero volver tan pronto como me sea posible. Mientras tanto, mi familia y yo agradeceríamos profundamente que se respetase nuestra intimidad.» Véase: la intimidad sólo recupera su pleno derecho cuando se ha quebrado, poco antes, en beneficio del interés público.

Es decir. Creo que los soldados de Napoleón tenían también su derecho.

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