30 de noviembre
Los periodistas damos el nombre coloquial de historia a un relato fáctico, relevante y ordenado, que incluya el contexto, los antecedentes y las perspectivas de un hecho. Tener una historia, en fin, es acotar con sentido un área concreta de la realidad, sabiendo que no estarán allí todos sus detalles, pero sabiendo también que ningún detalle que el tiempo revele deberá contradecir los ya narrados.
Tener una historia es todo lo contrario de Wikileaks.
El éxito de esta web revela la fragilidad actual del paradigma periodístico. Por lo que conocemos un hombre ha entrado clandestinamente en un cuarto oscuro, ha abierto a tientas los cajones, ha sacado un montón de papeles indiscriminados y los ha extendido por el mundo. Dejemos a un lado los estupefacientes ¡oh! y ¡ah! con que la prensa de referencia saluda las impresionantes revelaciones, esto es, que Berlusconi hace fiestas, Zapatero es un izquierdista trasnochado, Sarzkozy merece vigilancia especial, Putin es un machista… o que Gadafi no viaja sin su media pechuga. Las onomatopeyas, aparte de ridículas, sólo prueban la dificultad de narrar con esos papeles. Es probable que en ellos haya datos para confeccionar mil historias; pero por sí sólos son humo de chusma. Nadie sabe, ni él mismo siquiera, lo que el ladrón dejó de llevarse. Cuántos, por ejemplo, de esos cables diplomáticos que completan, contradicen o desmienten los ya públicos, han quedado en el cajón, bien por descuido, bien, porque calificados de Top secret no han llegado al buzón de Wikileaks. Pero es que, además, el énfasis sobre la trascendencia de las filtraciones obvia una cuestión esencial sobre la utilización del secreto. El secreto no sólo sirve para exhibir la verdad de modo que pase inadvertida fuera del círculo privilegiado; el secreto también sirve para mentir, fiadas las mentiras a su propia condición oculta. Es decir, resulta sorprendente que el periodismo no aplique a las narraciones confidenciales los mismos protocolos que aplica a las públicas e identifique con un mecanicismo conmovedor, que refleja su gusto por las novelas y por las teorías de la conspiración, el secreto con la verdad. Y no digamos ya, tampoco, hasta qué punto el simple manar del chorro de la fuente sobre el público deja fuera de la consideración analítica las múltiples ocasiones que, en círculos reservados, uno dice dice algo «porque yo sé que tu sabes que yo sé que tu sabes que yo sé»: esas vueltas autorreferenciales que sólo pueden desarrollar un cierto tipo de primates.
Wikileaks espolvorea billones de letras sobre el escritorio del periodismo. Ok, no es la primera vez que pasa. Ha pasado billones de veces, aunque acepto que haya sido con algo más de dosificación. Ahora habrá que recoger con paciencia las letras una a una, juntarlas y escribir algo con ellas. Sí, habrá que trabajar; pero será lo único que pueda y merezca leerse.




