25 de agosto de 2010

Nuestro gobierno

La otra noche fue emocionante oír hablar a Albert Vilalta, uno de los cooperantes secuestrados por los terroristas islámicos. No sólo por la evidencia de que era un hombre que acababa de escapar de la tortura y la amenaza de muerte. Es que dijo, además: «El gobierno español ha hecho un esfuerzo diplomático con todos los países de la zona y estamos muy agradecidos. El hecho nos hace sentir muy orgullosos de nuestro gobierno.» Sin duda, debe de ser una tesitura muy difícil para un hombre y es casi imposible ponerse en su lugar. El gobierno acababa de salvarle la vida; pero no mediante una acción heroica y precisa de comandos militares, que siempre tiene graves riesgos, como demostró el reciente asesinato del rehén francés Michel Germaneau. El gobierno le había salvado la vida por debajo de la mesa. Pagando, y lo que es más duro: forzando (pagando) a otro gobierno a que dejara en libertad a Omar el Saharaui, principal responsable del secuestro. Un tipo que, digamos, tiene un peculiar modo de vida principal. Yo no creo que el gobierno tenga graves dificultades morales para justificar su acción. Siempre hay razones para salvar de la muerte a cualquier hombre. Y frente al argumento de los secuestros futuros que podrían cometerse con el terrorista liberado y con el dinero entregado, el gobierno tiene a su favor el presente: el secuestro de Vilalta ya se había cometido y su asesinato era algo más que una hipótesis. El problema del gobierno, en estos asuntos, no es moral, sino político. Parecería estar obligado a trazar una línea recta de conducta. Quiero decir que si mañana ETA secuestrara a un hombre. Pero aun así el gobierno tendría margen para tomar la curva. De cuatro patas en el terreno de la negociación salvar a un hombre sólo depende del precio que pongan a su vida. El Estado ha podido pagar por la vida de Vilalta como no pudo pagar por la de Miguel Ángel Blanco. No hay nada sólidamente establecido: toda la jurisprudencia es el precio.

Mis emociones, en cualquier caso, no terminaron en la imaginación del forcejeo moral de un hombre que durante sus desolados meses de cautiverio habría tenido muchas oportunidades de pensar en estos asuntos. Es que Vilalta había dicho «nuestro gobierno». No sólo eso: su gobierno era el gobierno del Estado español. Y postdata: lo estaba diciendo en lengua catalana, que siempre es más dulce y donde el signo lingüístico tiene que hacer piruetas. ¿Cuantos años hace que no oía eso en boca de un catalán? Nuestro gobierno. ¡Y no como el que dice nuestra cruz! Mmmm… Nuestro gobierno. En fin, voy a dejarlo de repetir, no sea que pierda sentido.

Qué alto precio para sentirse español. O salvar hombres en el desierto o ganar la copa del mundo.

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