24 de abril
El deporte del poder
Jaume Boix-Arcadi Espada
Espasa, 1999
Querido J:
El costumbrismo barcelonés ha producido en la última semana algunos sucesos dignos de tu conocimiento. El primero fue la congregación en sede universitaria de una serie de jubilados que salieron en defensa del juez Garzón, del Estatuto de Cataluña y en contra de la normal actividad de la Justicia. Es probable que sepas que algunas actividades del juez están siendo investigadas por sus pares, como el mismo Estulto. Es muy extravagante, y un síntoma corrosivo de decadencia, que el populismo llano presione sobre la Justicia antes de que se pronuncie. Las sentencias judiciales pueden ser criticadas tanto como acatadas; pero no antes de que existan, si es que se quiere evitar el sonrojo lógico y moral. Actuar a gritos, o a susurros, mientras la Justicia medita presupone situar por encima de la ley a las personas o los textos sujetos a la investigación. Me perdonarás estas pueriles fichas didácticas, pero en España ya sólo se puede aspirar a la pedagogía básica. Comprobarás hasta qué punto es eso cierto cuando te diga, ¡ahora mismo!, que entre los jubilados estaban los fiscales que fueron Mena y Villarejo. Y no sólo estando, sino gritando. Su presencia fue doblemente perturbadora. No sólo porque, en apariencia, hubieran de tener memorizadas las fichas elementales de la Justicia que aplicaron durante tantos años. Es que hay algo más, personalmente exaltante. Mena y Villarejo fueron los fiscales del caso Banca Catalana. Y recordarás muy bien, porque entonces aún vivías aquí y aquí peleabas, que sobre ellos se desencadenó, mientras investigaban los pormenores de la presunta implicación de Jordi Pujol, una persecución política despiadada, que incluyó nítidas amenazas contra su vida, y que culminó en la grotesca manifestación que el entonces presidente Jordi Pujol mandó organizar a sus fieles, aquella tarde que se jodió el Perú. Esta persecución aún no ha acabado. Quiso el azar, tan estético, que dos días después de que Mena se desgañitara presionando a los jueces, recibiera de manos de don José Montilla la Cruz de Sant Jordi. ¡Y que los miembros de Convergència, exhibiendo una vez más su legendaria disposición a decretar quién cabe y quién no en la patria, se abstuvieran groseramente de aplaudirle!
La mala educación, concluirás. En efecto: de los fiscales, de los nacionalistas; pero aún no has visto toda la semana.
Mira ahora esto: la tarde del jueves, poco después de las siete. Ha concluido en la catedral de Barcelona el funeral de Juan Antonio Samaranch. El féretro, la Familia Real y los hijos de Samaranch van a ser los primeros en abandonar el templo. La gente se agolpa detrás de los cordones de seguridad. Cuando salen las Infantas se oyen los primeros gritos. Putas, putas. Cuando salen los Reyes, se precisa. Hijos de puta. Ladrones. Lladregots, exactamente: todos los gritos son en vernáculo. Es un momento impactante. El féretro está ya subido al coche, pero aún a la intemperie. Los Reyes están dándole el último pésame a la familia. Y las bestias pardas se encargan de la banda sonora. Los Reyes suben al coche rápido, sin mayor gesto. El cadáver tampoco se perturba. Siempre pensó que las masas sólo servían para el Estadio. Muchos años antes le habían gritado a dos pasos, en la plaza de Sant Jaume «Samaranch, fot el camp!», cuando era el presidente de la Diputación franquista. ¡Vaya si se fue! Sólo volvió para dejarles los Juegos Olímpicos y hacerles callar para siempre. Como sospecharás ningún medio ha descrito esta escena del último adiós del pueblo. Para empezar ninguna cadena de televisión retransmitió el entierro, lo que más allá de este tipo de inconvenientes técnicos, es una honra póstuma para el muerto. Y en cuanto a los periódicos de la localidad, hace mucho tiempo que tomaron la patriótica decisión de ignorar lo que les avergüenza: es por eso que ya no tienen nada que decir.
Fue una escena impresionante, créeme. Cuesta poco verla como el extremo raso de la mala educación. Al otro extremo están, por ejemplo, Mena y Villarejo. ¿Qué diferencia a los antiguos fiscales que ignoran la moral elemental de su oficio de esos bribones de la calle que insultan a los reyes? Grado, y no naturaleza. Volvía andando entre la llovizna e iba añadiendo ejemplos maleducados. No puedes imaginarte qué fácil era encontrarlos. El ministro de Deportes del gobierno de España, por ejemplo, que faltó al funeral. El capellán concelebrante, autor de un sermón de trámite, que ocultó en la mención de los cargos del muerto aquel (¡Contamos Contigo!) que le hizo justamente decisivo y famoso en la España de Franco: la decadencia de la Iglesia se advierte en la inanidad burocrática con que desarrollan sus ceremonias. Una vez le preguntamos Jaume Boix y yo a Samaranch por qué iba a misa, tanto como flojeaba en cuestiones de trascendencia. Nos miró con aquella indolencia suya con que liquidaba las cuestiones espinosas: «Sirve para pensar». Hoy sirve para pensar en cualquier cosa del orden de la lista de la compra. Por advertir desconsideraciones vinculadas ni siquiera la familia puede salvarse. Inmóvil durante un buen rato sobre las escaleras de la catedral observaba el ir y venir de los duelos en torno de Mo, la hija, cuyo parecido con su madre llega a perturbar. Nadie, ni capellán ni gentil, citó a Bibis Salisachs el día de la muerte de su marido. Aunque si hubiera de serte absolutamente sincero y no tuviera necesidad de cuadrar este catálogo de impertinencias, este olvido de la persona clave en el éxito del presidente olímpico me pareció un hermoso rasgo de justicia estética. Al fin y al cabo se trataba de la mujer que la víspera de su boda y por unas declaraciones demasiado libres al gran Del Arco frustró el acuerdo, ya pactado, de que la casara el obispo Modrego; la mujer que aplicó con suavidad implacable de gata de angora el temprano consejo de su madre, hija mía, if you can’t be good, be careful; aquella misma que, preguntada sobre su fantasía recurrente, decía querer verse como una extraño cruce de Deanna Durbin y Schwarzenegger. Entre todas las impertinencias la de su ausencia fue la única brillante.
Querido amigo, sería imperdonable no prevenir esta carta de su tema principal, alárgandola. Samaranch fue a muchos entierros. Decía que era un buen lugar para hacer negocios. Yo ayer ya hice el mío, del género poético.
Sigue con salud
A.




