9 de abril

Escuela 3.0

 

Una de las características del paisaje digital en los países subalternos es el corte entre los mundos. Es decir, los alfabetizados clásicos ignoran el cambio tecnológico. Y viceversa. No me obliguen a precisar la viceversa. Acaba de aparecer el iPad (la cuartilla digital de Apple) y el debate se ciñe a si debería soportar o no el lenguaje flash o tener puertos usb. El iPad admite mucha discusión (yo le discuto que no pueda leerse en la playa); pero ninguna sobre su contribución al aprendizaje escolar. Se trata de un ingenio que debe cambiar la vida de la escuela: no en vano, y si no hubiese sido por un conflicto de patentes, se habría llamado iSlate (es decir, «pizarra»).

La cuartilla digital pesa 680 gramos. Mi portátil, muy ligero, llega a los 1.300. Un netbook que anda (prácticamente solo) por la casa, 1.080. El instinto del arte, de Dennis Dutton, que estoy leyendo ahora y llevo a todas partes, 490. Y la carpeta de inglés de una de mis hijas pesa 1.070. Nadie se tome a broma el peso: ha amargado la vida de innumerables generaciones de alfabetos. El iPad va a acompañar la vida del escolar como los antiguos plumiers: dentro de muy poco será inconcebible una mochila que no lo lleve y tomar apuntes en cualquier otra superficie: quizá en los pupitres deba haber teclados físicos como antes había tinteros. Al igual que con otro cacharro conectado a internet con el iPad será posible acceder a todas las fuentes de conocimiento; pero es que, además, las aplicaciones específicas que pueden crearse son un desafío metodológico para la industria cultural y para la escuela. Sería sorprendente que las editoriales sigan produciendo libros de texto en vez de aplicaciones. Los interesados deberían echar un vistazo a un vídeo de Theodore Gray, uno de los promotores del buscador Wolfram Alpha, en el que muestra lo que puede hacer el iPad con la tabla periódica de elementos. Lo que puede hacer es impresionante y fácil de resumir: el iPad, armado con sus distintas potencias, disminuye exponencialmente la distancia entre el objeto de conocimiento y su representación. Para entender claramente esto sólo hace falta imaginar lo que para la geografía supone el paso del Atlas a Google Earth.

El iPad acaba de llegar al mercado, y aún no he escuchado al ministro Gabilondo decir algo que tendría mucho sentido: y es que la aparición de las pizarras obliga al ministerio y a las comunidades autónomas a reformar el proyecto Escuela 2.0, que prevé la introducción de ordenadores en el aula. Un proyecto que, entre sus tiernos atrasos (disco duro de 60 gigas que permita usar «software educativo de última generación»), exige en el aula «un mueble con bandejas para guardar los ultraportátiles».

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