20 de febrero
Este misterioso carácter público que toman nuestras cartas ha provocado un aparatoso incremento de la correspondencia relativa a las vigilancias de Gabriel García Márquez en Cuba. Aunque también es cierto que alguna carta no ha llegado. En especial, la de García Márquez: hice llegar mi ruego a través de su representante en la tierra, Balcells, pero debe de ir mal el correo. Ha escrito bastante gente, aunque alguna no debo nombrártela por si se repite el misterio y esta también ésta en manos ajenas. Entre los nombrables vuelve a estar el cordial diplomático John J. Taylor. Leyó la descripción de su encuentro con García Márquez que hacía Norberto Fuentes.
«La historia es fascinante. La gente del Minint [Ministerio del Interior de Cuba] —y había miles de ellos— hicieron muchas cosas estúpidas. Añadiría que García Márquez ni dijo que fuera un peligroso enemigo de Estados Unidos ni dio a entender cualquier tipo de contrapartida. Describió su problema personal y sus esperanzas de que la situación no fuese explotada.»
Su problema personal, ¿recuerdas?, se llamaba Antonio Valle Vallejo. El 25 de junio de 1988 había iniciado su exilio, aprovechando un viaje a Cartagena de Indias donde la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, cuyo presidente era García Márquez, organizaba un festival. Valle Vallejo era un hombre de confianza del escritor. Y según narra Fuentes estaba al tanto de muchos de sus secretos, en especial de los secretos de sus alcobas cubanas, también perfectamente conocidos por la orwelliana policía castrista. Del súbito exilio de Valle Vallejo temía García Márquez lo que describe Taylor con tanta precisión diplomática: temía que su situación fuera «explotada». Valle Vallejo vive ahora en Nueva York. Se dedica a la enseñanza. Esta semana me ha escrito con mucha generosidad.
«Yo nunca manifesté que pensara destapar los secretos de alcoba de García Márquez. Lo más que dije una vez fue que yo conocía, desde luego, muchas cosas de la vida privada de Gabo, pero que no pensaba hacer declaraciones al respecto», escribe en uno de los primeros párrafos de sus cartas. Luego hay otro, algo largo, aunque clave: «El mantenimiento de una buena imagen de Gabo en el extranjero constituía una prioridad para el gobierno de Cuba. A Gabo no se le vigila tanto por él mismo como para asegurarse de que nada de lo que se le acerque pueda dañar su imagen. Yo fui impuesto por él en su medio y estaba demasiado cerca para el gusto de todos, e inevitablemente, oyendo todas las conversaciones y presente en todas las ocasiones. De ahí que cuando comprendieron que estaba tratando de escaparme en Colombia no escatimaron esfuerzos para tratar de atraparme. No porque yo fuera a destapar los secretos sexuales de Gabo en sí, sino por lo que eso podría significar para la intachable imagen de él que tanto les interesaba, afectándose así los negocios que el gobierno de Cuba trataba de cerrar utilizando el nombre o las influencias de Gabo y su fundación como imán o tapadera; muchos de los cuales, como los de la industria del cine, violaban total o parcialmente las restricciones de la Ley de Embargo de los Estados Unidos sobre Cuba.»
Sí, eran los años en que Gabo era el gran embajador cubano, los años de Gorbachev y de Robert Redford, de Jane Fonda y Ted Turner (como fueron luego los de Oliver Stone). Largos fines de semana en La Habana con las estrellas, donde no faltaba Fidel ni tampoco el acomodo en la casa de los Crusellas. Cuando Valle Vallejo llegó a América hizo unas declaraciones a Merle Linda Wolin, que estaba escribiendo un reportaje sobre la Fundación para la revista Premiere. La señora Wolin era de izquierdas, pero aún más de la verdad. Y Premiere rechazó su texto, «porque nuestros lectores de izquierdas no iban a creérselo.» Acabó publicándolo New Republic. Este párrafo: «”Todos tenían muy claro cómo usar el arte —el cine— para lograr sus objetivos políticos”, dijo Valle. También confirmó lo que habían dicho los diplomáticos: que casi todos los cubanos de la fundación eran agentes del Ministerio del Interior, colocados allí para “proteger y promover los intereses cubanos”. “Es política cultural”, dijo, “que sirve para exportar su ideología mediante el arte.»
Al final, las cartas de Valle Vallejo trajeron una sorpresa amarga. De cómo el vigilado se convirtió en vigilante. Sucedió antes de que García Márquez se entrevistara con Taylor para tratar de que el asunto no fuera explotado. Sucedió a los pocos días de que tuviera la irreversible constancia de que su asistente se había exiliado. Escribe Valle:
«Mientras el Departamento de Estado de los Estados Unidos analizaba mi caso fui puesto en conocimiento de que el propio Gabo, con Fidel Castro sentado a su lado, había llamado personalmente al presidente de Colombia, Virgilio Barco, pidiendo mi captura e inmediata deportación a Cuba. Se llegó incluso a manejar que se había dicho la frase “lo queremos aquí cuanto antes, vivo o muerto”. Alguien del gobierno tratando de desmentir esa acusación en Colombia acabó confirmándola al decir que esa parte la había dicho Castro y no García Márquez.»
Barco ha muerto. Su hija es hoy la embajadora de Colombia en Estados Unidos. He tratado de hablar con ella, de momento sin éxito. Cuba y Colombia no tenían en aquel momento relaciones diplomáticas por lo que me extrañó la versión de Valle. Pero un artículo de Rafael Pardo, entonces consejero de Paz y luego ministro de la Guerra de Colombia, enjugó mi extrañeza. El artículo, del 2 de noviembre de 2008 y publicado en la revista Cambio, empezaba así: «Conocí a Fidel en la casa de Gabriel García Márquez, en La Habana, poco antes de iniciar las conversaciones de paz con el M-19, en 1988. El presidente Virgilio Barco tenía interés en mantener informados al respecto al Nobel y al Jefe de Estado cubano. Colombia y Cuba no tenían relaciones diplomáticas, pero los dos mandatarios tenían comunicación permanente y ocasionalmente Colombia acudía a la ayuda de Castro.» ¡No dirás, amigo mío, que el artículo no estaba esperándome!
Ahora medio me río, pero las explicaciones de Valle acabaron por desmoralizarme. Yo había empezado a escribirte un cuento donde García Márquez era la víctima y ahora había pasado a perseguidor. Aunque una de los últimos párrafos de Valle me animó:
«Antes de terminar quiero ponerte aquí el texto de la dedicatoria de Gabo a mi ejemplar de Cien Años de Soledad: “A Tony, el hijo que Nohema se llevó, con un abrazo de su papá perdido en los laberintos de la nada”. (Nohema era mi esposa y acabábamos de casarnos cuando él lo escribió).»
Hummm. Ya lo ves. Aún hay un rayo de luz y de disculpa. Puede que García Márquez considerara a Valle un traidor. Pero afiliado a otro tipo de traición.
Sigue con salud.
A.




