14 de febrero

Ya llegará el invierno

 

 

Querido J:

Desde hace mucho tiempo llevo en la cabeza la idea de un cortometraje. Me aterra su simpleza, pero aún más que no me abandone. Los cuatro primeros minutos mostrarían, alternativamente, a dos hombres que se levantan por la mañana y/o desayunan, se duchan, atienden al teléfono, se demoran alentando a su hijo al que espera un examen, pierden por una décima de segundo el ascensor, el semáforo verde, cuatro minutos de mil incidentes cotidianos donde el tiempo es el protagonista para perderlo o ganarlo. En los últimos segundos se ve a cada uno de los dos hombres acercándose a una esquina por lados distintos. Ya puedes imaginar que la película acaba en un choque frontal al doblar la esquina y que los únicos temas son el tiempo y el azar.

José Guindulain se suicidó a una hora indeterminada de este 25 de enero, domingo, en su despacho de la Vía Augusta, disparándose un tiro en el lado izquierdo de la cabeza. Para la forense no había dudas sobre el acto voluntario del hombre, aunque parece que la bala fue mortal por cuestión de milímetros. Falta de práctica. Guindu, como abreviaban, tenía 51 años y era un hombre de negocios. Unos lo llamaban intermediario y otros subastero. Los más cariñosos, empresario. Había ganado y perdido mucho dinero y le pasaba más o menos lo mismo con la felicidad. Tengo a mano una crónica del Diario de Ibiza, del 11 de julio de 2007, escrita por Gema Castellano. Este tipo de crónicas prueban el error de la afirmación metaperiodística según la cual tus exclusivas de hoy envolverán el pescado de mañana. Hay crónicas que son perfectamente banales en el día que fueron escritas, pero que se agigantan y encuentran un último sentido con el paso del tiempo. Así pues.

«Al más puro estilo de los emperadores romanos, el empresario José Guindulain anunció fastos de tres días de duración para celebrar su 50 aniversario, al cual asistieron, mediante rigurosa invitación, más de cuatrocientos invitados procedentes de diferentes puntos del planeta. Un completo fin de semana en el que no faltó de nada, incluidas salidas en catamarán y lanchas rápidas para degustar un suculento ágape en Formentera, paseos en velero, cenas en los restaurantes más “chic” o diversión a bordo de impresionantes motos de agua, entre otras muchas actividades. Guindulain, “Guindu” para los más allegados, es todo un personaje en la isla -uno de los más mimados gracias al positivo impacto económico de sus largas estancias- y su fiesta, en esta ocasión, la más esperada, porque abría la temporada de suntuosas soirèes que los potentados e ilustres con residencia de lujo celebran de una manera salpicada cada verano.

Guindu eligió el local más de moda en Ibiza, el Blue Marlin de Cala Jondal para soplar las velas; un lugar idílico (…) La princesa Soraya, Nuria March, Cristian Pérez, Ferrán Monje, la empresaria Rosa Carcas, Xavier Bertrán, la modelo Natasha o el promotor de espectáculos, Pino Sagliocco, fueron algunos de los rostros conocidos que acompañaron a “Guindu” al cumplir un medio siglo de existencia que no ha hecho sino estimular, aún más si cabe, su energía vital y capacidad para poner en marcha nuevas ideas. (…) El empresario, secundado en todo momento por su esposa, Susana, y sus tres hijas Raquel, Susana y Alicia utilizó a tan ilustre y selecto foro para anunciar una nueva actividad en sus negocios; el servicio de alquiler de bienes de lujo, que gestionará la empresa Luxury & Rentals con sede en Barcelona. (…) Nadie habló de política en el cumpleaños de “Guindu” porque en la Ibiza veraniega no hay de eso. ¡Qué vulgaridad!. Ya llegará el invierno.»

«Ya llegará el invierno» decía la cronista Castellano. ¡Cómo se puede sostener que esta frase huela a pescado! La fiesta de Ibiza costó 400.000 euros. No hay demasiada gente que entierre los cincuenta con esas paletadas de billetes. Guindu se justificaba diciendo que vivía de la apariencia. La única vez que lo vi me lo probó, en efecto. Después de comer con átona frugalidad me llevó a visitar su cueva de Aladino, en el barrio alto, donde guardaba una docena de coches irreales. Maserati, Ferrari, Morgan, el McLaren-Mercedes de la Fórmula 1 y un Excalibur como el que llevaba John F. Kennedy. Era la cueva de Luxury Rentals. Su idea era que cualquiera que llegara a la ciudad con un deseo pudiese alquilarlo. Coche, comida y compañía. De la cueva, a modo de estalagmitas, brotaban impresionantes tipazos de mujer. Bastaban unos minutos para darse cuenta de que todo era mentira, pero eso aún incrementaba el brillo. Durante la comida Guindu me habló de que había adelgazado sesenta kilos en seis meses. Siempre me han interesado los fenómenos y le pregunté.

—Adelgacé con un papel y un lápiz. Tiraba una línea de arriba a abajo y a la izquierda ponía las calorías que había ingerido y a la derecha las que había sudado. Se trataba de ir controlando.

Parece que tomó la decisión final de adelgazar por una pregunta de su hija. Ya no lo recuerdo con entera precisión, pero una noche se encontró una vieja foto suya colgada de la puerta del cuarto. Guindu era en la foto un hombre guapo y estaba muy lejos de los ciento cuarenta kilos. Sobre el retrato la hija había escrito: «¿Dónde está mi padre?»

He visto una última foto de él. De este verano. Fue tomada el jueves 5 de junio a las 19.21. Llovía mucho, pues fue el junio en que el consejero Baltasar rezó. Guindu aparece sentado en la terraza de la cafetería Tenorio, del paseo de Gracia. Últimamente pasaba todo el tiempo allí, hablando por teléfono. La terraza está cubierta por unos frágiles parasoles, pero no parece muy razanobale permanecer debajo: el és el único cliente. Iba a cenar y pidió que le pusieran un mantel y una copa de cava. El frío amarillo del cava refulge. Todas las fotos llevan pie y voy a hacerte ahora uno bien garrapiñado: un capitán, ya sólo de sí mismo, en trance de bajarse limpiamente del barco.

Guindu murió con muchas deudas. Su oficio siempre fue comprar y vender y, en la vida subprime, ya no era posible hacer nada de eso. También murió definitivamente divorciado: la semana de su muerte había firmado el contrato. Esto, ya me conoces, no aspira a dar cuenta del porqué. Guindu, que yo conozca, no dejó escrita una exposición de motivos. No hay porqués: sólo son los qué que conozco. Atiende al último.

José Guindulain Oliveras murió el 25 de enero de 2009 de un tiro en la cabeza. El 12 de diciembre el Tribunal Supremo sentenciaba un viejo asunto: la propiedad del parque de atracciones del Tibidabo. Te ahorro los detalles. Sólo lee estas dos notas de los periódicos. Una del año 2000: «El acuerdo alcanzado por el Ayuntamiento de Barcelona y la Seguridad Social permite a la Administración ejercer el derecho de tanteo sobre la instalación y adjudicársela por los 791 millones de pesetas que tenía previsto abonar el subastero José Guindulain Oliveras, que actuaba en nombre de Chupa Chups.» Y ahora esta otra del año 2009: «El Tribunal Supremo ha anulado la decisión de la Seguridad Social del año 2000 de adjudicarse y ceder luego al Ayuntamiento de Barcelona los bienes subastados de la antigua propiedad del parque de atracciones del Tibidabo.» La decisión del Supremo supone que los ganadores del contencioso judicial negociarán con el Ayuntamiento y la Seguridad Social una compensación económica, ya que no se discute la propiedad municipal del parque. Los ganadores quieren empezar a negociar a partir de 35 millones de euros. De esos ganadores formaba parte José Guindulain Oliveras. Los cinco millones que le podrían haber correspondido no alcanzarían a secar su pozo de deudas. Pero habrían mejorado su humor.

Sigue atendiendo: el deudor murió el 25 de enero de 2009 de un tiro en la cabeza. La sentencia del Supremo se dictó ocho años después de iniciarse el proceso, el 12 de diciembre de 2008. Pero ¡hasta el 2 de febrero el Colegio de Procuradores de Barcelona no la notificó al procurador! Casi dos meses entre la Justicia y la Anunciación. La hermana de Guindu es jefa de una sección de la Audiencia de Barcelona. ¡Para que luego especulen con las influencias!

Faltaría una firma. Aquella mañana se pararon los ordenadores con la sentencia en medio. Algún oficial no vino a trabajar y ya quedó para después de Reyes. Quizá el atraso secular. Un hombre sale de casa, dobla una esquina, en fin.

Sigue con salud
A.

(Versión digital: Verónica Puertollano)

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Cortesías

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Correspondencias / Francesc Palerm

Querido Arcadi: tu relato del 14 de febrero, muy bien, como siempre. Sólo una pequeña enmienda. La crónica de julio de 2007 en Diario de Ibiza no existe. Esa crónica, con apariencia de publireportaje, no se publicó en ese periódico sino en www.informativos.net. Los detalles, siempre los detalles.

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