31 de enero
Últimas conversaciones con Pablo Porta
Querido J:
La necrología es uno de los géneros más delicados del periodismo. Sobre todo porque de la mayoría de los muertos será la última vez que se hable en el periódico. Dado que es el último titular hay que tener cuidado al cuadrarlo. El cuidado que caracteriza los obituarios de los grandes periódicos. Están los clásicos y célebres de The Times, aunque los ingleses son, en general, grandes maestros en el adiós a la vida. Y justo es decir también que este periódico donde te echo las cartas produce las mejores mortajas de la prensa española, sobre todo si el muerto es un periodista y/o bebedor y las escribe Julio Valdeón desde algún respiradero neoyorquino que eche humo de nieve. La cuestión, en fin, es que esta semana se murió Pablo Porta y le despidieron cantando a coro «Pablo, Pablito, Pablete», como si el que hubiese muerto fuera el solista.
Traté a Porta en sus últimos años para hacer dos libros. El primero, la biografía de Samaranch que escribí con Jaume Boix Angelats, y el de los anfitriones catalanes de Franco, del que te hablé la semana pasada y que está por escribir. Era un hombre muy interesante. Conocía como nadie la historia barcelonesa del último medio siglo, también en sus aspectos decorosos: fue un abogado muy potente y nada venial. Su imagen característica era sentado a una mesa cubierta de papelillos. Probablemente al teléfono. Cada papelillo guardaba una confidencia o un cuarto de ella. Tenía un gusto puramente biológico, carnal, por la información. En España sólo hubo un gusto comparable y también perteneció al deporte. Fue el de Raimundo Saporta, el legendario vicepresidente del Real Madrid Madrid, del que Porta aseguraba que era el auténtico bastión del régimen en el club. «Franco nunca se fió de Bernabeu, al que consideraba, en el fondo, un republicanote.»
Entre las especialidades del abogado estaba un nutrido anecdotario de Franco. Hay que reconocer que las anécdotas de los dictadores son supremas y que ningún otro tipo de poder alcanza su virtud mohosa y enigmática. Esta anécdota por ejemplo: Franco de vacaciones. Adolfo Suárez, entonces gobernador, lo recibe a pie de frontera provincial. Hablan brevemente. Franco le pregunta si no hace vacaciones. El le dice que no puede, que no puede de ninguna manera. «Pues va bien para el cuerpo», le contesta el general, «y usted debiera hacerlas». Pasan varios meses. Franco va a pescar con Vicente Gil, su médico. Suárez vuelve a estar allí. Pero parece incómodo. La razon es que se orina. Se está orinando de un modo terrible, pero no se atreve a moverse del río. Se lo dice a Gil. Gil le contesta que el Caudillo comprenderá perfectamente que se ausente un momento. Y sobre todo comprenderá el motivo. «Pero habrá que decírselo», le anima Gil. Suárez asiente cabizbajo. Aún aguanta un poco más. Aguanta [¿Estás viendo, ahí, querido amigo, la tiranía misma, concentrada, homeopática, junto al río?: ¡ésa es la tiranía y no los buzos, tan presuntos, que le ponían los salmones en el regazo!] Casi abruptamente el joven gobernador se llega, al fin, donde Franco y le pide permiso para orinar. Él se lo da con leve gesto displicente, y sin sacar la cabeza del río. Después de que le haya dado las gracias y cuando ya se está yendo, Suárez oye: «Ya le dije que es bueno para el cuerpo hacer vacaciones».
Dada mi inclinación una tarde le pregunté a Porta si el Real Madrid CF ganó alguna vez gracias a Franco lo que perdía en el pasto. Me habría molestado mucho, la verdad. Pero aseguró que nunca pasó. Le pregunté, acto seguido, si había sido el Barcelona el que había perdido, por Franco, lo que estaba ganando. Ni hablar, afirmó con idéntica seguridad. Entonces añadió algo más interesante: «Lo que sí hacíamos era televisar partidos a propósito el primero de mayo u otras fiestas de guardar. Se trataba de evitar los pequeños incidentes que pudiera haber al salir de misa, de un baile de sardanas o incluso después de un partido de regional. Los clubs cobraban bajo mano y nos asegurábamos su silencio y su colaboración. Por eso hubo partido la semana de la muerte de Franco. Por cierto: Franco enfermó de flebitis a causa de la televisión. Era un hombre absolutamente fascinado por el invento, que se lo tragaba todo. Y por cierto, también: siempre creyó que Fraga aparecía demasiadas veces en los intermedios.»
Como es frecuente en los viejos su memoria era más fértil y brillante cuanto más atrás. Su narración de los días remotos con Pierre Laval era muy viva. En mayo de 1945 el primer ministro de Vichy huyó de Alemania y obtuvo refugio en España. Franco, sin embargo, se negó a darle asilo político, mandó detenerle y lo encerró en el castillo de Montjuïc. Hasta allí, muchas tardes, subía el jovencito Pablo Porta. Entonces, con 25 años, era jefe del Seu en Barcelona. Boxeaba, y se reconocía violento, pero con reglas. «Siempre sacan a relucir aquello mío de las bofetadas. Lo que pasó es que pusieron una bomba que destrozó el local del Seu. Y yo dije que en vez de una bomba aquello se hubiese resuelto con unas hostias cara a cara.» Aparte de músculos tenía cultura y hablaba muy bien el francés. El gobernador Correa Veglison le encargó que diera conversación a Laval. Así lo hizo. Unos dos meses. Hasta que Franco mandó montarlo otra vez en el mismo avión que lo había traído. Un juicio ignominioso en París fue el prólogo de su fusilamiento, que se realizó con hórridos esfuerzos, después de que el preso se hubiese tomado una dosis de cianuro caducado.
El gobernador Correa fue durante bastante tiempo su cariñoso protector. Pero negaba que fuera homosexual. «Le aseguro que yo estaba de muy buen ver, entonces, pasábamos mucho tiempo juntos y él tenía un natural ascendente sobre mí. Y nunca hubo la menor insinuación. En cambio del lado de las mujeres sí le conocí problemas. Y digo problemas dado que había alcanzado un cierto grado de los dominicos y había hecho voto de castidad. Su homosexualidad fue un invento falangista. De aquellos exaltados que en un local del barrio de Guinardó fusilaron el retrato de Franco cuando anunció que España era una democracia orgánica.» Entre los días del gobernador destacaba en el recuerdo aquel viaje al monasterio de Montserrat, que explicaba con tanta malicia. «Los monjes habían pedido ayuda a Correa contra el maquis. Un día luminoso de 1945. Estaba Marcet, estaba Brasó, estaba Escarré. Maravillosa comida a base de platillos, guisantes y habas, todo del huerto. Carne, pescado, dulces. 1945. De pronto nos hicieron pasar a un salón: se abrió el escenario, llegaban unas voces. Era el coro de la escolanía, que cantaba como en un sueño. El abad se acercó al gobernador: «Les hemos dicho que canten a media voz para que no alteren las digestiones de sus señorías.»
Cada noche, en toda estación y hasta muy alta edad, Pablo Porta se duchaba en la terraza de su casa, a plena intemperie. Los papelitos en la mesa los tenía porque hubiese querido hacer política, que era su pasión. Te voy a decir algo: al legendario presidente de la Federación Española no le gustaba el fútbol. Sólo, y como en el amor, los prolegómenos y el cigarro de después.
Sigue con salud
A.
(Links: Verónica Puertollano)
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Correspondencias / José Luis González Quirós
Querido y admirado Arcadi:
Creo que textos como el de hoy son los que devuelven su sentido a la escritura, aunque la mayoría de los que lo hacen se conforme con que no lo tenga. Descubrir que tras una máscara bufa se escondía alguien (aunque no pueda ser de otro modo) es un ejercicio de heroísmo en bastantes casos. Me alegra de que te sientas tan seguro de tu libertad (que siempre es el valor) como para no temer mezclarte con lo que tantos tienen por excrementos, sin caer en la cuenta de que ellos también la cagan cada día.
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Correspondencias / J. Oriol Magrans
Querido Arcadi,
Como admirado lector tuyo te felicito una vez más por esta extraordinaria columna. Sin embargo, en la anécdota de Adolfo Suarez, Franco y el pis, veo reflejada más una imagen de la sumisión que de la tiranía (ambas, por supuesto, caras de una misma moneda) y me parece más una anécdota sobre Adolfo Suarez que sobre Franco. No tendría más importancia si no fuera que Adolfo Suarez es padre de la patria que ahora tenemos.
Conociendo la anécdota, no extraña que ésta sea una patria sumisa a tantas tiranías…
Sigue con salud




