17 de diciembre
La mamarrachada del periodista iraquí que tiró sus zapatos al presidente Bush ha desencadenado una alegría prácticamente general. Una alegría similar a la de los disturbios griegos, que como tantas otras veces es inversamente proporcional a la distancia cercanía de los alegres, y de su hacienda, respecto al lugar de los hechos. Porque un zapatazo en plena cara, como efecto colateral de los probados reflejos del presidente Bush, tornaría ipso facto el alegrón en justa ira razonada. El fallido zapatazo ha puesto a prueba una vez más la milagrosa capacidad retórica de la sinécdoque («Irak despide a Bush a zapatazos»); ha permitido que los occidentales reciban una nueva lección de orientalismo kitsch (“No hay peor agravio para un árabe que tirarle los zapatos”, han dicho las crónicas como si Bush fuera árabe) y en la boca supremamente inmoral de los más apasionados se ha celebrado la emergencia (¡al fin, tras decenas de miles de muertos!) del héroe que va a simbolizar el rechazo a Bush, a la invasión y a la matanza.
En la habitual orgía hipócrita no se ha oído una sola palabra, como es natural, acerca de la razón principal por la que el incidente pudo producirse. O sea, sobre el oficio del ofensor. Muntazer al-Zaidi le tiró sus zapatos a Bush porque llegó a colocarse a pocos metros de él, y el acceso a esa distancia, tan confianzuda y campechana, se lo dio su oficio de periodista. Hasta tal punto la agresión se produjo cuando al-Zaidi ejercía sus funciones periodistícas, y hasta tal punto es inexplicable sin ellas, que espero que Reporteros sin Fronteras intervenga de inmediato en su defensa, porque no hay duda de que se trató de un incidente en acto de servicio. De un incidente y de una traición, por supuesto.
En mis treinta años de oficio yo no habría salido de la cárcel de haberme comportado con el mismo lujo desinhibido que mi colega. No me faltaron (ni me faltan) ganas. Pero, obviamente, el periodista que en una rueda de prensa se instala ante mentirosos, corruptos o asesinos no debe quitarse los zapatos. Está ahí gracias a un acuerdo entre los ciudadanos y el poder y su actuación debe atenerse escrupulosamente a las cláusulas. Cuando un periodista muere en un campo de batalla no se lamenta la muerte del combatiente. Se lamenta la de un hombre que estaba ahí para contarlo. De ahí que los periodistas reclamen legítimamente su invulnerabilidad en la batalla, porque en el fondo se trata de la invulnerabilidad de la democracia.
La otra tarde Muntazer al-Zaidi no hizo otra cosa que quebrar un sagrado principio de su oficio: la imposibilidad de convertirse en noticia. Y por cierto: construyéndola él mismo con su propia acción calculada. Despreciando el fact (hecho) y abrazando su corrupción, el factoide: un hecho que sólo existe si se exhibe.
(Coda: «Pero qué coraje, en verdad.» Hugo Chávez, sobre el gesto de Muntazer al-Zaidi. Reuters, 16 de diciembre)
Correspondencias / Josep-Oriol Magrans
Gracias Arcadi,
Estoy de acuerdo contigo, el zapatazo Muntazer es una traición al oficio periodístico. De todas formas, gracias a él (y a tu extraordinario artículo) los que no somos periodistas podemos apreciar la gran profesionalidad y el estomago que muchos tenéis. Si Pujol decía que un político tenía que desayunarse cada día una rana, supongo que los periodistas os tragáis un par de sapos. Hasta leer tu artículo nunca había entendido como nunca un periodista les había lanzado un zapato o una cámara (por poner un caso) a los batasunos en sus ruedas de prensa (mas cuando no han faltado víctimas de vuestro gremio). Siempre pensé que era por miedo, pero supongo que el hombre más poderoso del mundo debe de asustar más. Tu artículo me ha dado una explicación mucho más satisfactoria y noble. Gracias.
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Correspondencias /Teresa Giménez
Felicitats per l’article d’avui. És fàcil tirar-li qualsevol cosa a Bush, a Sarkozy o a la Merkel. Pero no tindria nassos de tirar-li les sabates a un dirigent islamista, qui apreciaria de veritat el valor ofensiu del fet.
Petons
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Correspondencias /Juan José Areta
Estimado Arcadi:
Su «periodismo descalzo» choca directamente con las explicaciones que dan algunos a su profesión (su de suya, su de ellos). Maruja Torres, por ejemplo, ha demostrado qué entiende por periodismo con una crudeza equiparable a la de otros ejemplos recientes de diarrea verbal mezclada con deseos de dar el paseo y mmm pagar a una monja con su propia medicina (en este caso el su es su de ignorancia). Naturalmente esa visión emic de la profesión, tan relacionada con la Verdad, la Justicia y la Fe, contrasta son la suya (la de usted, señor Espada), aburrida y civilizadamente etic. Y la diferencia fundamental tiene que ver con la solución de continuidad. Dª Maruja no ve problema en imaginarse a Bush con un buen lazo al cuello. Luego dirá que todo era metafórico. Hasta los zapatos.
Un saludo
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Correspondencias /Juanjo Jambrina
Querido Arcadi; he leído con retraso tu magistral columna. Lo que siento es que no haber sabido de ella el lunes a la tarde cuando el Nobel Soyinka declaraba, en este Avilés que mira al Siglo XXI desde la proa del centro Niemeyer, que el periodista Muntazer había sido ante Bush “un hombre cabal y muy educado”. El Nobel Soyinka se fue con su happening de levedad ideológica a otra parte pero sería muy oportuno saber qué piensa del mismo hecho hoy cuando sabemos que el periodista descalzo intenta borrar las huellas de su birriosa performance.
Un abrazo
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Correspondencias /Santiago Herrero
Sr. Espada
“Una alegría … inversamente proporcional a la distancia de los alegres, y de su hacienda, respecto al lugar de los hechos”, dijo usted.
No quiso decir más bien “directamente”, o “a la cercanía” (alternativamente, no a la vez)?
No tiene mayor importancia gramàtica que salir con un calcetín del revés. Si me atrevo a comentárselo es porque me recuerda la cantidad de veces que he leído en la prensa sobre la persecución de un ente fabuloso: el “mínimo común denominador”. Tan menudo, sutil y esquivo resulta que basta buscarle entre más de uno para no encontrarlo. Parece tener un pariente muy lejano, el “máximo común múltiplo”, imponente y desaforado, al que nadie osa cercar.
Saludos.




