28 de noviembre

Don José Montilla, pijoaparte

(Para Jordi Bernal)

En el célebre poema de Jaime Gil de Biedma Barcelona ja no és bona , el de aquellos versos triunfales de mala conciencia reventada: «Sean ellos sin más preparación/ que su instinto de vida/ más fuertes al final que el patrón que les paga/ y que el saltataulells que les desprecia/ que la ciudad les pertenezca un día», está en bella homeopatía lo más relevante de la narrativa de Juan Marsé. Un escritor dueño de un mundo y creador de aquel Pijoaparte, hasta tal extremo potente que aparece aun sin haber sido invitado en todas sus novelas, y que ha acabado confundiéndose, muy exageradamente, con su propio autor. El Pijoaparte, personaje central de Últimas tardes con Teresa es uno de esos chavas del sur a los que Gil de Biedma animaba a apoderarse de la ciudad. Aunque al final resulte menos fuerte que el patrón que le paga.

Sólo en la novela, desde luego. Porque en la vida, en la vida catalana de hoy, el Pijoaparte ha triunfado hasta confundirse con el propio patrón. Comprendo que para Marsé (lejano, en materia de héroes, de Maupassant y de Stendhal) debe de ser duro observar cómo su principal héroe no se despeñó por el barranco ni murió de amor en un puerto. Es duro que nuestro héroe romántico se convierta en presidente de la Generalitat. Pero así están las cosas. Si el Pijoaparte existe, se llama don José Montilla (él es aquel joven, igualito, «de alma enérgica y valiente, clara razón y fuerza diamantina» de los versos de Espronceda que dibujan en la primera página el perfil de nuestro pijo) y gobierna apoyado en saltaulells, que hoy como ayer (aquel ayer de Esquerra i caviar del que hablaba Josep Pla) militan en Esquerra Republicana de Catalunya.

Lo que ha hecho la vida con Marsé. Lo pienso a menudo. No sólo don José Montilla avanzando hacia la verbena y el cuerpo de confetti de Teresa «por el sendero cubierto de grava, las manos en los bolsillos, aparentando una total indiferencia». Lo pienso también a propósito de la mejor novela que escribió, sin el sabor a fruta verde de Ultimas tardes…, y con su realismo erecto, sin las pudorosas deconstrucciones (¡en la vida moderna uno puede ser de todo menos realista!) de Si te dicen que caí. La novela es Un día volveré (¡qué titulos excelentes en las novelas de Marsé!), lleva unos inolvidables versos de Odyseus Elitis («Yace sobre su destrozado capote…») y cuenta la historia de un Jan Julivert que es la síntesis de todos los vencidos, incluyendo entre los vencidos a los vencedores. Otro triunfo apoteósico. Hoy Jan Julivert excava fosas por España y en encontrando un occipital agujereado llama a pie de obra por el móvil (se lo han comprado sus nietos) al juez Garzón. Un día volveré no era solamente una obra maestra de la memoria. También el lacre de sangre que sellaba un elaborado pacto entre adultos.

La adolescencia jaranera y gratuita del Gobierno no sabe quién es Jan Julivert. Ni espera saberlo. Pero Juan Marsé, escritor formidable y responsable de nuestra última sed de novelas, no tiene la culpa de lo que ha hecho la vida española con sus libros.

Cortesías

¿Cómo es posible?

Llamó anteayer el señor Vicente Carbona, uno de los fundadores de Cultura 3.0, versión española del movimiento por la Tercera Cultura. Es un hombre tranquilo, bostoniano, pero daba muestras de una sin

gular agitación:

–Oye, que me han escrito del ministerio de Igualdad. Una carta insólita.

Me cogió en la calle y hasta un par de horas después no pude leerla. Decía la carta: «He visto la presentación del estudio Cultura 3.0 a través de la página web de Edge. ¿Cómo es posible que en el equipo de trabajo sólo haya una mujer? Le agradecería su respuesta. Atentamente.» Esta fría exigencia de explicaciones, tan burocráticamente amenazante, iba firmada por Ana Moltó, y había sido enviada desde la dirección anamolto@migualdad.es. La señora Moltó figuraba como Directora de Programas en el Instituto de la Mujer, un organismo del ministerio dirigido por Bibiana Aído.

Llamé a Carbona y le dije que no se preocupara, y sobre todo que no picara en el anzuelo. En España abundan los bromistas, eso le dije. Y la red los favorece. Pero que para quedarnos seguros no costaba nada saber si la señora Moltó existía, en los términos anunciados, y si lo había hecho.

Existe, y lo hizo.

Pasada la primera euforia que siempre produce la constatación de la estulticia ajena me quedé sombrío. Cultura 3.0 es un proyecto cuesta arriba. Estimulante y necesario, pero sostenido por la voluntad y el trabajo gratuito de un puñado de personas. Su corte radical frente a la superstición en sentido lato no le augura relaciones excelentes con el establishment. Ni siquiera con el autodenominado establishment progresista. Otro cosa sucedería si en vez de obstinarse en salvar fosos de conocimiento, se dedicara a excavar fosas. A los pocos días de su presentación una alta funcionaria pública se dirige a un miembro de la iniciativa. No le ofrece ayuda, sino exigencias. Que por qué hay sólo una mujer entre los cinco miembros del Consejo de Redacción. ¡Una funcionaria ocupando su trabajo (y pagándola, nous) en detectar incumplimientos de paridad a este asombroso nivel! Carbona, que es educado, no le refregó los números de la Junta Directiva, donde él es el único hombre entre cinco fenómenos naturales. Ni la animó a alistarse: ¡y a que trajera chicas!, como en los guateques.

Siempre arrugo la nariz ante la exageración semántica. Así me pareció excesivo que se llamara orwelliano al ministerio del Concepto. Nada hay más infalible que una palabra grande para tapar un hecho oprobioso. Pero no es la única razón. Se trata, sobre todo, de que la naturaleza imita al arte. Y basta llamarles orwellianos para que se pongan a hacer honor a su nombre.

(Coda: «La ciencia es el gran antimeme, porque no contempla restricciones basadas en supremacías, identidades y etnias.» Vicente Carbona. Cultura 3.0)


Correspondencias / Juan Carlos Rodríguez

Estimado Arcadi,

Soy científico. Me dedico a la ciencia, quiero decir. También poseo una importante avidez hacia el conocimiento de las humanidades, de alguna forma creo que “naturalmente” relacionado con mi formación científica, aunque no me parece que sea de lo más habitual, o al menos en mi campo. En cualquier caso, es evidente que al conocer la formación de esta nueva plataforma, Cultura 3.0, me ha provocado una gran ilusión y estoy expectante de todo lo que pueda salir de ella. La he conocido a partir de tu blog en El Mundo y los correspondientes enlaces a tu página personal (por cierto, aprovecho para darte la enhorabuena por tu tarea con tu periódico). A lo que iba. He intentado acercarme a esta plataforma, sus orígenes, pretensiones, etc, y sí que me ha provocado incluso emoción, como te comentaba antes, pero igualmente he sentido cierta inquietud que quiero trasladarte por tu condición de voz y alma de este movimiento que, a mi entender, clama la necesidad de una sinergia entre las ciencias y las humanidades.

Como te comentaba, me dedico profesionalmente a la ciencia, más concretamente en el campo de la biología celular y molecular, investigación bastante básica pero trabajando con modelos de estudio relacionados con la oncología, crecimiento de células tumorales, etc. Una sensación que me aparece constantemente, pronunciándose aún más por esa querencia mía a las humanidades que ya te introducía, es precisamente la de lejanía respecto a la sociedad. Me observo, tanto a mí mismo como a mis colegas, en una especie de élite sin ánimo de comunicarse de una forma fluida por ninguna de las dos partes. Paradójicamente, o al menos desde mi punto de vista, hay un sentimiento generalizado de que la ciencia cada vez se acerca más a la gente a través de los medios de comunicación, pero en la mayor parte de los casos se presenta una ciencia sensacionalista, o aspectos que se acercan de alguna forma al “más allá”, transmitiendo el poder casi ilimitado del científico y depositando una fe ciega en él (¡ya se habla de la ciencia como una nueva religión!). Incluso a nivel profesional, entre la misma comunidad científica, se aprecia el afán de llegar al resultado más espectacular dejando, en multitud de ocasiones, unas bases poco consolidadas que, si acaso, ya se encargará algún científico mediocre de intentar consolidar. Posiblemente sea importante resaltar que esta problemática ya se viene discutiendo en algunas de las publicaciones científicas de mayor prestigio.

Ahora veo lo de vuestra plataforma, y me ha hecho reflexionar sobre los correspondientes humanistas, en algunos contextos conocidos como intelectuales. Un análisis, seguramente demasiado somero, de las manifestaciones de estos profesionales de las humanidades me están provocando que mi primera y automática ilusión ante el conocimiento de la i niciativa de Cultura 3.0 se convierta, por momentos, en el hallazgo de otra potencial fuente de elitismo, con inquietudes totalmente loables por ese afán de acercamiento o “cross-talk” entre la ciencia y las humanidades, pero todavía guardando una distancia ¿insalvable? con el ciudadano de a pie. Evidentemente hay que mantener un discurso intelectual con el más alto nivel que no provoque el desahucio de las ideas conseguidas y transmitidas a lo largo de la historia de la humanidad, pero creo que aún se peca muchísimo de un elitismo en la generación del pensamiento. Al tener conocimiento de vuestra iniciativa me he preguntado si sois también conscientes del alejamiento que hago referencia con respecto al ciudadano de la calle, o de la inevitabilidad de ese distanciamiento, incluso de su necesidad ¿pretende esta Tercera Cultura eliminar estas barreras? ¿tendremos que ir en busca de una Cuarta Cultura?

En mi tarea diaria, trabajo con células de origen humano, o murino, o de rata, incluso de mosca, en muchas ocasiones de manera indiferente ya que su comportamiento en una placa de cultivo es bastante similar. Una similitud que da mucho que pensar. En el desarrollo de cualquier ser vivo es necesaria una especialización de las células -¡se podría tachar de elitismo a este fenómeno!-, siempre regulado por las señales adecuadas, un determinado microambiente, y acompañado de unas células de soporte con una amplia gama de funciones. Nada, dejo lo de los sí miles, es muy peligroso, con este juego de células y palabras puedo llegar tanto al ser más bello y delicado de la naturaleza como al más agresivo de los tumores.

Por último te transmito mi apoyo por vuestra iniciativa y deseo que se desarrolle en la mejor dirección posible (que imagino que dependerá de quién participe y las discusiones que se generen). Sí que quería recomendarte un link a una sección que acaba de aparecer en la revista Nature. Se llama Being Human y se propone ir publicando ensayos de científicos de distintas áreas, siempre a partir de la pregunta: ¿Por qué nos comportamos de la manera que lo hacemos? Parece ser que los científicos tienen mucho que decir en este tema.

Un cordial saludo

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