26 de noviembre
A mí me sucede lo mismo que al Papa de Roma: no soy relativista. De ahí que considere que la explicación del mundo que ofrece la religión tiene mucho menos valor que la que ofrece la ciencia. Esta conclusión no es en absoluto sofisticada, y está al alcance de cualquiera capaz de reconocer lo que ha aprendido rezando y lo que ha aprendido fijándose. A diferencia de las personas religiosas yo estoy siempre dispuesto a revisar mis convicciones; y las revisaré en cuanto un avión logre elevarse mediante el rezo y excluyendo la aplicación simultánea de determinadas fórmulas matemáticas. Hasta tal punto no soy relativista que considero que el cristianismo es superior a cualquiera otra variante de la religión o la superstición. Por cierto: que tengo que distinguir entre una y otra obligado por el diccionario de la Real Academia, tan escandalosamente relativista que define la superstición como “Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón” (como si razón y fe fueran dos paradigmas en igualdad de condiciones, frente a los que la superstición se define) y que en su segunda acepción, la de “fe desmedida” (gracioso pleonasmo), tiene la caradura de proponer el ejemplo “Superstición de la Ciencia”.
Es obvio para cualquiera dotado de ¡buena fe! que el espacio público de las democracias no es la suma de las creencias de sus individuos, sino el resultado de su ausencia. Algunos derechos elementales del hombre, como el derecho a la salud y a la educación, se gestionan ahí. El espacio público, además, no sólo es el que se gestiona con dinero público. Cualquier colegio es un lugar sujeto al consenso social: y su expresión es la inevitable homologación de las titulaciones: la sociedad exige pilotos que no suban los aviones con avemarías. Ningún colegio (privado o público) puede organizar su proyecto en torno a los paradigmas de que Cartago venció a Roma o que dos y dos depende. Del mismo modo es incomprensible que la religión sea una asignatura cuyo máximo objetivo pedagógico es oponer el Arca de Noé a Darwin. Estoy de acuerdo con los teístas más apasionados: la fe sólo puede sentirse, no enseñarse.
La ministra de Educación declaró anteayer que cada colegio puede hacer lo que le parezca con los crucifijos. Que depende del público. También en el sistema de convicciones socialista la verdad es un cálculo de probabilidades. Sólo que electorales.
(Coda: «¿Está el lado oscuro hablándonos? Una concatenación de sorprendentes resultados de la sopa de letras de los satélites y de experimentos diversos ha dado lugar a que un número creicente de astrónomos y físicos sospechen que están llegando señales de la materia oscura, que alcanza un cuarto del Universo y que hasta ahora ha eludido la detección.» Herald Tribune, 25 de noviembre.)
Correspondencias / Ángel Duarte
He leído con sumo interés su columna de hoy a propósito de la fe y la ciencia, y me permito hacerle una observación. Efectivamente, el avión no se alza del suelo impulsado por avemarías u otras letanías, pero… ¡la de viajeros que, discretamente, hacen uso de esta variante espiritual, y seca, de red bull para pasar el mal trago! Imagínese usted, por un momento, que al pasaje con angustias le diese por imitar a Melendi -una modalidad mucho más húmeda de pregaria. Incómodo, francamente incómodo.
Además, ¿ha tenido en cuenta usted la de niños, esos de la fila de atrás, que dejarían de dar la lata, berrear como posesos y dar pataditas justo a la altura de los riñones, si una madre piadosa les llamase a afrontar el despegue, las turbulencias o el aterrizaje rezando un padrenuestro?
Que uno haya dejado de orar, si alguna vez lo hizo, está muy bien. Es una opción. Lo que no es tan razonable es que lo haya hecho todo el mundo y menos, precisamente, en los aviones.
Me parece, vamos.
Saludos desde tierra
Correspondencias / Onagro
Estimado Arcadi:
«Como si razón y fe fueran dos paradigmas en igualdad de condiciones, frente a los que la superstición se define.»
Efectivamente razón y fe no son equivalentes en materia de certezas, y, precisamente, la grandeza de la razón está en que, llegado un punto, sabe cuestionarse a sí misma, sabe que no sabe y no acepta cerrar en falso el enigma (Leibniz) o, más religiosamente, el misterio. Aunque no todos lo aceptarán, es por medio de la razón que hemos llegado a sabernos materia y espíritu y, tras siglos de historia, a conocer también los crasos errores, los crímenes materialistas e idealistas, de sus mutuas radicales exclusiones. Difícil libertad, difícil tolerancia de un ascenso racional, nunca pleno, por una escalera (que, por lo visto, al final se tira) de cuatro escalones nebulosamente nítidos: político, moral, metafísico y trascendente.
Correspondencias / Ángel Carrasco
Estimado Arcadi,
El asunto del rezo y la aeronáutica fue tratado por Fernando Savater en una entrevista publicada aquí.
En cualquier caso, la reflexión más acertada que conozco acerca del significado del sentimiento religioso en situaciones difícil sigue siendo una que leí a Dawkins, y que si no recuerdo mal venía a decir: que no haya ateos en las trincheras no es un argumento a favor de Dios, sino en contra de las trincheras.
Un saludo
Correspondencias / Gonzalo Moreno
Estimado Sr. Espada:
Dice usted “Ningún colegio (privado o público) puede organizar su proyecto en torno a los paradigmas de que Cartago venció a Roma o que dos y dos depende” Pues bien, si vemos los axiomas de Peano sobre los números naturales, estos nos dicen que uno más uno es igual a dos. Esto es un axioma. Usted mejor que yo puedo dar la definición de axioma. Lo he mirado en esa vasta fuente de conocimiento y a veces de desconocimiento que es la Wikipedia. Y al hablar de axiomas matemáticos nos dice que “En lógica matemática, un axioma no es necesariamente una verdad evidente, sino una expresión lógica utilizada en una deducción para llegar a una conclusión” Traduciendo, aunque parezca un poco simplista, no podemos demostrar que uno más uno es igual a dos. Nos lo creemos. Axioma para la Ciencia, fe para los creyentes de cualquier religión.
Atentamente
Correspondencias / José Carlos
Estimado Arcadi:
Me ha parecido muy interesante su reflexión, pero me gustaría añadir, si me permite el atrevimiento, un pequeño estrambote.
¿Qué hay que pensar de aquellos que, muy en ejercicio del progresismo de salón, se oponen a los crucifijos ¡y hasta a los belenes! en el colegio de sus hijos, al tiempo que apoyan el derecho inalienable de las minorías étnicas y religiosas a preservar sus rasgos de identidad, como por ejemplo el velo islámico? Porque casualmente, suelen ser los mismos…
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Saludos
Correspondencias / Daniel Gamper
Escribe usted, Sr. Espada, que “el espacio público de las democracias no es la suma de las creencias de sus individuos, sino el resultado de su ausencia”. Más que de una descripción suena a wishful thinking, a confundir sus deseos con la realidad. El espacio público de las democracias será lo que los ciudadanos quieran que sea (siempre y cuando les dejen los medios de comunicación y sus jefazos). Nos gustará más o menos, pero en eso consiste la tolerancia y la democracia. y si resulta que gran parte de los ciudadanos se hallan bajo el supuesto engaño de una religión, pues no nos queda otra que aguantarnos, si es que nos molesta, claro está. I es que una cosa es que algunas religiones no sean democráticas y la otra es que los ateos militantes como usted se pasen al uso autocrático del poder para imponer “su verdad”. Ateos liberales es lo que se necesita, ateos dispuestos a reconocer el derecho de sus conciudadanos a ejercer su libertad religiosa de las maneras más estúpidas que imaginarse puedan.
Un saludo,




