15 de noviembre
El periodista que nació y murió con la Gran Guerra
Como sabes, e incluso maldices, tengo en mi biblioteca los cuatro volúmenes de crónicas que Gaziel escribió sobre la Gran Guerra, e incluso tengo su remate, el quinto, aquella delicia sobre la Conferencia de Génova que puso fin a la guerra y principio a la siguiente, titulado El ensueño de Europa. Los libros están muy viejos y se comportan como un milhojas de hojaldre. Pero de cuando en cuando vuelvo a ellos. Esta semana, por ejemplo, ya que nadie conmemoraba en España el 90 aniversario del fin de aquella guerra atroz. Respecto del conjunto de las crónicas disponemos de una novedad extraordinaria, que no sé si conocerás. Como sabes, las que se recogen en los libros acaban a finales de 1916, con El año de Verdún. Pero la frustración ya puede remediarse desde que el diario La Vanguardia ha abierto digitalmente su inmensa hemeroteca, que es una de las mejores del periodismo universal y donde paso horas absorto y enardecido como un niño en un parque de atracciones.
Allí, a un fácil y limpio clic, está la totalidad del trabajo de Gaziel, tal como se publicó y hasta el final de la guerra. Leyéndole en su propio periódico, al que sirvió y quiso con obsesiva tenacidad y que convirtió en el primer periódico moderno de España, no dejaba de pensar en la extravagante anécdota de que su nombre no pudiese imprimirse en el periódico durante muchos años, por causa de las disputas y traiciones de la guerra civil que lo enfrentaron con su editor, Carlos Godó, y a las que daría publicidad y venganza en la célebre Historia de La Vanguardia. Hay un interesante ejercicio a hacer aprovechando las funcionalidades casi mágicas de la timeline, ese cardiograma digital que registra la aparición de un nombre en el tiempo. ![]()
Pon Gaziel entre 1887 y el día de hoy. Verás erguirse crecientes y orgullosas barras a partir de 1914 y hasta 1938. Y las verás despuntar de nuevo a partir de 1981. En medio un valle largo y desértico. Y entre 1938 y 1962 una sima abisal y muda. ¡24 años sin que el nombre de Gaziel apareciese en las informaciones del periódico! Es simbólico que el honor de rescatarlo, el 19 de julio de 1962, le correspondiera a un redactor anónimo que en una anodina reseña musical daba cuenta de los asistentes a un acto sardanista en Sant Feliu de Guíxols, la tierra natal del escritor. Tal vez el hecho alentase al crítico Juan Ramón Masoliver, que el 17 de abril de 1963 nombró de nuevo al prohibido en una columna literaria.
Ya que estás en la hemeroteca no te vayas sin echarle un vistazo al artículo publicado el 10 de noviembre de 1918, un día antes del armisticio, aunque fechado en octubre. Gaziel narra su paseo de alta noche por un París en tinieblas, donde sólo cabe palpar los muros y seguir caminando como entre la muerte. Es un artículo soberbio, inquietante, apenas iluminado por los pequeños reflectores de bolsillo que llevan algunos caminantes prevenidos y cuya luz repentina se lanzan recíprocamente a los ojos al cruzarse, como la exigencia crucial de un santo y seña. Escribe Gaziel sobre aquel París: «Tierra y cielo son una sola oscuridad tenebrosa. Pero nuestro instinto nos guía seguramente, como por entre las encrucijadas de un laberinto de sueño. El silencio es tan profundo que oimos a intervalos el rumor subterráneo del metropolitano, rodando como un trueno apagado, o el silbido de un remolcador del Sena, diluido en la noche, como un grito lejano de alerta.»
Gaziel advierte que ese París (¡ciudad de la luz!) es ininteligible. Pero la oscuridad que lo embebe rebasa la circunstancia de la capital de Francia. El paseo negro es una metáfora exacta de la Gran Guerra. Para comprenderlo hay que acudir a unas palabras encontradas en otro de los grandes libros sobre la tragedia, el escrito por Paul Fussell, La Gran Guerra y la memoria moderna. Allí está el párrafo memorable de John Keegan, un especialista en historia militar. Es largo, pero menos que una enciclopedia e igualmente nutritivo.
«La Primera Guerra Mundial es un misterio. Sus orígenes son misteriosos. Lo es también su desarrollo. ¿Por qué un continente próspero, en la cumbre del éxito como fuente y agente de poder y riquezas globales y en uno de sus mejores momentos intelectuales y culturales, quiso arriesgar todo lo que había conseguido para sí mismo y todo lo que había ofrecido al mundo en la lotería de un conflicto intestino, sanguinario y local? ¿Por qué cuando la esperanza de llevar el conflicto a una conclusión rápida y decisiva fue frustrada en todas partes a los pocos meses del estallido, las partes combatientes decidieron seguir con sus esfuerzos militares, movilizar para la guerra total y entregar a la totalidad de su juventud masculina a una carnicería mutua y esencialmente sin sentido?»
La prosa de Gaziel está tocada de una muy extraña melancolía, que es la clave decisiva de su encanto. Tenía veintisiete años cuando llegó a París para escribir su tesis doctoral. Se instaló en una pensión, donde oficiaba Madame Durieux, y allí le sorprendió el inesperado clarín de la guerra. Pronto empezó a enviar a La Vanguardia las primeras notas del que acabaría siendo su Diario de un estudiante en París. Si no hay error la primera fue el 10 de septiembre de 1914: «¿Qué haremos hoy en París? Todos los domingos salíamos al campo, hacia los bosques centenarios de Montmorency, donde lloraba sus desdichas J.J. Rousseau, o hacia las alturas frondosas de Bellevue y Meudon que encierran el estudio luminoso y tranquilo del escultor Rodin. Pero a la caída de la tarde, sobre las brumas cenicientas del río, regresábamos siempre a la vieja ciudad, y hoy sólo parten de París los que ya no saben cuando volverán a verlo.» Durante toda su vida trataría de atrapar, sin mayor éxito, este domingo robado. El estallido acabó con su vocación filosófica y lo arrastró hacia el periodismo. Así se lo explicaba, al menos. Como para cualquier otro ciudadano de su época la Gran Guerra sólo sería el primer escalón de sangre. Luego atravesaría la Guerra Civil española y la Segunda Guerra mundial. Pero él supo siempre que la destrucción del mundo se había producido, para decirlo en términos escolares, con los asesinatos del archiduque y su esposa en Sarajevo. La melancolía, cuyo fondo acaso ni él mismo supo explicarse, está contenida en el párrafo del historiador Keegan. ¿Por qué un continente en la cumbre…? Yo mismo la he sentido muchas veces atravesando los campos de Francia y llegando al pie del sempiterno monumento que en los lugares más remotos recuerda la destrucción de aquella juventud. Casi un millón y medio de muertos: el 10 por ciento de la población masculina y activa de Francia. Ningún otro país sufrió más. Y la mejor manera de medirlo son las víctimas de la siguiente matanza, la de la Segunda Guerra, que no superaron los seiscientos mil franceses. En cualquiera de las aldeas de la campiña, descifrando los nombres y las fechas grabadas en la piedra y rodeado por el paraje que antes de la destrucción y el saqueo del 14 era un inmenso Giverny, pletórico de nymphéas, es inexorable preguntarse por aquella guerra que iba fabricando su sentido al ritmo del derrumbe de los cuerpos gaseados.
El hondo, el melancólico, el manqué Gaziel, identificaba el mundo anterior a Sarajevo con la facilidad de atravesar países, ¡e incluso patrias!, sin que nadie pidiera cuentas de los orígenes o los deseos. Una Europa sin visados muy distinta a la que sancionaría el Tratado de Versalles. Nuestra Europa se le parece. Está Schengen y la libre circulación de los hombres. Están los imperios, aunque menos visibles. Está el nacionalismo criminal. Y está el acecho permanente de la ausencia de sentido, el siniestro submarino de la historia.
En realidad, sólo faltan Monet y Gaziel.
Sigue con salud.
A.
(Links: Verónica Puertollano)
Correspondencias / Xavier Pericay
Una carta preciosa. Del mateix any 1918, del mes de gener, crec, coincidint amb un d’aquests moments en què no passava res al front, Gaziel va tornar a Barcelona. Hi ha dos o tres articles que narren aquest retrobament amb la ciutat. Tot melancolia, és clar. Si busques a l’hemero del diari, els podràs llegir. Jo crec que aquestes cròniques de Gaziel i les ciutats on va viure -que, per ell, són dos, bàsicament: Barcelona i París-, constitueixen tot un gènere. Un d’aquests llibres que s’haurien de fer i que ningú farà.
Per cert, dues coses sobre el que dius a la carta. No coneixia això de Keegan. Està molt ben vist. Ara, l’explicació la dóna Benda a les seves memòries: ni tan sols aquest benestar general va ser capaç de frenar l’embat del nacionalisme. De l’alemany, en primer lloc; però també del francès, on es barrejava la legítima defensa i el desig de venjança per la derrota de 1870. I l’altra cosa que et volia dir és que el Diario no són cròniques enviades des de París, sinó falses cròniques redactades a Barcelona per indicació de Miquel dels Sants Oliver i a partir dels apunts que Gaziel havia pres a París. D’aquí, el décalage entre la data en què estan escrites i aquella en què surten publicades.
Et c’est tout. Només em queda tornar-te a agrair la carta d’avui. No sé per què, però la melancolia de Gaziel sempre em conforta. O diguem que m’acompanya. No ho sé, deu ser allò del vell periodisme.
Una abraçada,
Correspondencias / Juanjo Jambrina
Grandísimo su Gaziel. Lo que nos puede el deseo y la admiración.
Un saludo.
Correspondencias / Claudio Ortega
Acerca del absurdo de la guerra o de algunas guerras. El adjetivo absurdo me parece demasiado a menudo una manera de decir ‘no lo entiendo’ o ‘no me basta con lo que creo entender’. Me parece que éste puede ser el caso de Keegan, un autor valioso pero dado a substituir la cantidad por la calidad y con deficiencias en momentos de análisis. La primera guerra tuvo, claro que sí, su lógica. En un librito sobre esa guerra, en el que cada frase está pesada con toda exactitud, Michael Howard, un autor al que prefiero sin duda a Keegan, venía a decir (cito de memoria): Hasta que no se entienda que el resultado del asesinato del heredero del Imperio Astrohúngaro, asesinado en los Balcanes, tiene como primera consecuencia que Alemania invada Francia a través de un país neutral (Bélgica), no se ha captado la lógica de la guerra.
Saludos,
Correspondencias / Juan Claudio de Ramón Jacob-Ernst
Estimado Sr. Espada:
La I Guerra Mundial es, en efecto, fascinante, y el acontecimiento fundacional de nuestro presente. No se habla tanto de ella porque es está enmascarada por toda la ruidosa imaginería alrededor de la segunda.
Sobre sus causas no hace falta caer en el derrotismo cognitivo. Basta con distinguir, en buena filosofía de la historia, entre condiciones de posibilidad, que hacen la guerra inteligible (militarismo alemán, diplomacia secreta, imperialismo económico…) y causas desencadenantes, que hacen la guerra necesaria. Y en este último sentido, al cabo de todas las consideraciones, la guerra fue consecuencia de las decisiones de tres hombres:
El Conde Berchtold, ministro de asuntos exteriores austriaco entre en el momento de estallar la guerra, que no quiso aceptar la muy razonable respuesta de Serbia al ultimátum lanzado por Austria-Hungría.
Bethmann-Hollweg, que aseguró al Conde Berchtold que Alemania respaldaría la represalia armada de Austria sobre Serbia (antes de la entrada alemana en Bélgica hubo el bombardeo de Belgrado) y
Alfrad Graf von Schlieffen, Jefe del Estado mayor alemán, autor del Plan Schlieffen que determinó que de haber una guerra Europea esta tendría que librarse en dos frentes (Francia y Rusia).
Ya está. Tres hombres. Sus decisiones. Uno de ellos (Schieffen) ya estaba muerto en 1914. Apretó el gatillo desde la tumba (Taylor).
Esto nos llevaría a discutir sobre determinismo e individualismo en la historia. Habría mucho que decir aquí. Lo haremos mientras llega 1914 y el centenario. 100 años. Ayer.
Un saludo,
Juan Claudio de Ramón Jacob-Ernst


