Sin Dios

por Steven Weinberg
Nyrb, 25-09-08
(Traducción: Verónica Puertollano)

 

 

En su célebre discurso de 1837 ante la sociedad Pi Beta Kappa en Harvard, titulado «El estudiante americano», Ralph Waldo Emerson predijo que llegaría un día en que América concluiría lo que él llamaba «nuestro largo aprendizaje de los conocimientos de otras tierras». Su predicción se hizo realidad en el siglo XX, y en ningún área tanto como en la ciencia. Esto, seguro, habría complacido a Emerson. Cuando enumeraba a sus héroes incluía normalmente a Copérnico, Galileo y Newton junto a Sócrates, Jesús y Swedenborg. Pero creo que Emerson tendría sentimientos encontrados respecto a una consecuencia del avance de la ciencia, aquí y en el extranjero: que ha llevado al deterioro general de la fe religiosa.

 

Emerson apenas era ortodoxo –de acuerdo con Herman Melville, sentía que «si hubiera vivido en aquellos días en que el mundo se estaba haciendo, podría haber hecho algunas sugerencias valiosas»– pero fue durante algún tiempo un ministro ecuménico, y con frecuencia veía posible hablar favorablemente del Todopoderoso. Emerson lamentó lo que vio en su propia época como un debilitamiento de la fe, contra la mera piedad y la asistencia  a la iglesia, en América y en Inglaterra, aunque no puedo decir que lo atribuyera al avance de la ciencia.

 

La idea de conflicto entre ciencia y religión tiene un largo pedigrí. Según Edward Gibbon, el punto de vista de la iglesia bizantina era que «el estudio de la naturaleza era el síntoma más seguro de una mente no creyente». Quizás el retrato más conocido de este conflicto es el libro publicado en 1896 por el primer rector de Cornell, Andrew Dickson White, con el título Una historia de la guerra entre la ciencia y la teología en el cristianismo.

 

En épocas recientes ha habido una reacción contra el debate de la guerra entre la ciencia y la religión. La «tesis del conflicto» de White fue atacada en un periódico de 1986 por Bruce Lindberg y Ronald Numbers, famosos historiadores de la ciencia, que señalaban muchos errores en el estudio de White. La fundación Templeton ofrece un cuantioso premio a aquellos que argumenten que no hay conflicto entre la ciencia y la religión. Algunos científicos siguen esta línea porque quieren proteger la educación de la ciencia de los fundamentalistas religiosos. Stephen Jay Gould sostenía que no podía haber conflicto entre religión y ciencia, porque la ciencia sólo trata con hechos y la religión sólo con valores. Esta no era ciertamente la opinión que mantenían en el pasado la mayoría de los partidarios de la religión, y que muchos de los que hoy se dicen religiosos estén de acuerdo con Gould es una señal del deterioro de la fe en lo sobrenatural.

 

Pongamos que la ciencia y la religión no son incompatibles –al cabo, hay algunos (aunque no muchos) científicos excelentes como Charles Townes y Francis Collins que tienen fuertes creencias religiosas. Aun así, creo que entre la ciencia y la religión existe, si no una incompatibilidad, al menos lo que la filósofa Susan Haack ha calificado de tensión, que ha ido debilitando gradual y gravemente la creencia religiosa, especialmente en Occidente, donde la ciencia ha sido más avanzada.

 

Me gustaría trazar aquí algunos de los orígenes de esta tensión, y hacer después un breve comentario sobre la propia dificultad que plantea el declive de la fe; la pregunta de cómo es posible vivir sin Dios.

 

1. No creo que la tensión entre ciencia y religión sea fundamentalmente un resultado de las contradicciones entre los descubrimientos científicos y las doctrinas religiosas específicas. Esto es lo que preocupa sobre todo a White, pero creo estaba mirando en la dirección equivocada. Galileo decía en su famosa carta a la Gran Duquesa Cristina que «la intención del Espíritu Santo es enseñarnos cómo se va al cielo, y no cómo va el cielo», y esto no era tan sólo su opinión; estaba citando a un príncipe de la Iglesia, el cardenal Baronius, bibliotecario del Vaticano. Las contradicciones entre la escritura y el conocimiento científico se han dado constantemente y han tenido, por lo general, más acomodo entre los más progresistas que entre los religiosos. Por ejemplo, hay versos tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento que parecen indicar que la tierra es plana, y como advirtió Copérnico (citado por Galileo en la misma carta a Cristina), estos versos llevaron a algunos de los primeros padres de la Iglesia como Lactantio a rechazar la comprensión griega de que la tierra era esférica, pero hubo cristianos con estudios que habían aceptado la forma esférica de la tierra mucho antes de los viajes de Colón y Magallanes. Dante encontró en el interior de la tierra esférica un oportuno lugar para guardar pecadores.

 

Lo que fue en resumen un grave problema en la Iglesia primitiva se ha convertido hoy en una parodia. El astrofísico Adrian Melott de la Universidad de Kansas, en una batalla con los fanáticos que querían igualar las horas de creacionismo en las escuelas públicas de Kansas, fundó una organización llamada FLAT (Families for Learning Accurate Theories)[1]. Su sociedad parodiaba a los creacionistas demandando las mismas horas de geografía de la tierra plana, alegando que los niños debían observar ambos lados de la controversia sobre la forma de la tierra. Pero si el conflicto directo entre el conocimiento científico y las creencias específicas no ha sido tan importante en sí mismo, hay al menos cuatro fuentes de tensión entre la ciencia y la religión que sí han sido importantes.

 

La primera fuente de tensión surge del hecho de que originalmente la religión obtuvo buena parte de su fortaleza a partir de la observación de los fenómenos misteriosos –truenos, terremotos, enfermedades– que parecían requerir la intervención de algún ser divino. Había una ninfa en cada libro y un druida en cada árbol. Pero según pasó el tiempo, eran más los misterios que se explicaban de manera estrictamente natural. Explicar esto o aquello sobre el mundo natural no contraviene, por supuesto, ninguna regla de la fe. Pero si la gente creía en Dios porque no parecía posible ninguna otra explicación para toda una serie de misterios, y entonces estos misterios se iban resolviendo de forma natural, uno por uno, a través de los años, es de esperar, pues, que la fe sufra un cierto deterioro. No es casual que la aparición del ateísmo y el agnosticismo generalizados entre los ilustrados del siglo XVIII siguiera muy de cerca al nacimiento de la ciencia moderna en el siglo anterior.

 

Desde el principio, el poder explicativo de la ciencia preocupó a aquellos que valoraban la religión. Platón estuvo tan horrorizado ante los intentos de Demócrito y Leucipo de explicar la naturaleza en términos atómicos sin referencia a los dioses (aunque no llegaran muy lejos con esto) que en el Libro X de las Leyes reclama cinco años de confinamiento aislado para aquellos que nieguen que los dioses existen o que se preocupen por los humanos, y la muerte después, si el prisionero no se reformaba. Isaac Newton, ofendido por el naturalismo de Descartes, también rechazó la idea de que el mundo podía explicarse sin Dios. Por ejemplo, afirmó en una carta a Richard Bentley que no se podía dar otra explicación salvo Dios para las diferencias que observamos entre la materia luminosa (el sol y las estrellas) y la materia oscura (la tierra). Esto es irónico, porque por supuesto, fue Newton y no Descartes quien tenía razón acerca de las leyes del movimiento. Nadie hizo más que Newton por hacer posible la comprensión de lo que vemos en el cielo mediante explicaciones no deístas, pero el propio Newton no era, en este sentido, un newtoniano.

 

Naturalmente, no todo ha sido explicado, ni lo será jamás. Lo importante es que no hemos observado nada que parezca requerir de la intervención sobrenatural para su explicación. Hay quien se aferra a los restantes vacíos de nuestra comprensión (como nuestro desconocimiento del origen de la vida) como la prueba de un dios. Pero según pasa el tiempo y se llenan cada vez más estos vacíos, su actitud da la impresión de que la gente necesita desesperadamente mantener opiniones anticuadas.

 

El problema de la fe religiosa no es que la ciencia haya explicado un montón de cosas variopintas sobre el mundo. Existe una segunda fuente de tensión: que estas explicaciones han arrojado dudas sobre el papel especial del hombre como un actor creado por Dios para representar un papel principal en un gran drama cósmico de pecado y salvación. Tenemos asumido que nuestra casa, la tierra, es sólo otro planeta girando alrededor del sol; que nuestro sol es sólo una estrella de los cientos de billones en una galaxia que es sólo una de los billones de galaxias visibles; y puede que toda la nube de galaxias en expansión sea sólo una pequeña parte de un multiverso mucho más grande, cuyas partes sean en su mayoría completamente inhabitables. Como dijo Richard Feynman, «La teoría de que todo está ordenado como un escenario para que Dios observe el combate del hombre entre el bien y el mal parece inadecuada». Lo más importante, con diferencia, ha sido el descubrimiento de Charles Darwin y Alfred Russel de que los humanos provienen de los animales primitivos mediante una selección natural que actúa sobre las variaciones aleatorias hereditarias, sin la necesidad de un plan divino que explique el advenimiento de la humanidad. Este descubrimiento llevó a algunos, incluido Darwin, a perder su fe. No sorprende que, de todos los descubrimientos de la ciencia, este sea el que más sigue molestando a los conservadores religiosos. Puedo imaginarme cuántas molestias sentirán en el futuro, cuando al fin los científicos sepan cómo entender la conducta humana en los términos de la química y la física del cerebro, y no quede nada que necesite explicarse mediante la posesión de un alma incorpórea. Nótese que me estoy refiriendo a la conducta, no a la conciencia. Algo puramente subjetivo, por ejemplo, cómo nos sentimos cuando vemos el color rojo o descubrir una teoría física parece tan distinto del mundo objetivo descrito por la ciencia que es difícil ver cómo podrán conciliarse. Como Colin McGinn ha dicho en estas páginas:

 

El problema no es cómo integrar la mente consciente en el cerebro físico –cómo revelar una unidad más allá de su aparente diversidad. El problema es muy difícil, y no creo que nadie tenga buenas ideas sobre cómo resolverlo.

 

Por otra parte, tanto la actividad del cerebro como la conducta (incluyendo lo que decimos sobre nuestros sentimientos) se encuentran en el mismo mundo de fenómenos objetivos, y no conozco ningún obstáculo intrínseco que les impida ser integrados en una teoría científica, aunque está claro que no va a ser fácil. Esto no significa que podamos o debamos olvidarnos de la conciencia, y como hizo B.F. Skinner con sus palomas, preocuparnos sólo de la conducta. Sabemos, tan bien como lo sabemos todo, que nuestra conducta es parcialmente gobernada por nuestra conciencia, así que una comprensión de la conducta requerirá necesariamente explicar la correspondencia entre lo objetivo y lo subjetivo. Puede que esto no nos diga cómo lo uno surge de lo otro, pero al menos confirmará que no hay nada sobrenatural acerca de la mente. Algunos no-científicos se agarran a ciertos desarrollos de la física moderna que sugieren la incertidumbre de los fenómenos naturales, como la llegada de la mecánica cuántica o la teoría del caos como señales de un alejamiento del determinismo, en el sentido de que supondría una apertura a la intervención divina o a un alma incorpórea.  Estas teorías nos han obligado a afinar nuestro punto de vista sobre el determinismo, pero no creo en modo alguno que tenga implicaciones para la vida humana.

 

Hay una tercera fuente de tensión entre la ciencia y la fe religiosa, más importante en el islam que en el cristianismo. Alrededor del año 1100, el filósofo sufí Abu Hamid al-Ghazzali se opuso a la idea misma de unas leyes de la naturaleza en aquellas áreas en las que tales leyes le ataran las manos a Dios. Según al-Ghazzali, una pieza de algodón expuesta a una llama no arde ni se oscurece a causa del calor de la llama, sino porque Dios quiere que arda y que se oscurezca. Las leyes de la naturaleza pudieron haberse reconciliado con el islam, como un resumen de lo que Dios quiere normalmente que pase, pero al-Ghazzali no tomó ese camino.

 

Al-Ghazzali es a menudo descrito como el filósofo islámico más influyente. Me gustaría saber lo suficiente para juzgar el alcance del impacto del islam en su rechazo de la ciencia. En cualquier caso, la ciencia en los países musulmanes, que había guiado al mundo en los siglos IX y X, entró en declive un siglo o dos después de al-Ghazzali. Como augurio de este declive, el ulema de Córdoba quemó en 1194 todos los textos médicos y científicos.

 

Tampoco la ciencia se ha reavivado en el mundo islámico. Hay algunos científicos con talento que han venido a Occidente desde los países islámicos y que hacen un trabajo enormemente valioso aquí, entre ellos el físico paquistaní musulmán Abdus Mohammed Salam, que en 1979 se convirtió en el primer científico musulmán en ganar un premio Nobel por los trabajos que había hecho en Inglaterra e Italia. Pero en los últimos cuarenta años no he visto en ningún artículo, en las áreas que sigo de la física y la astronomía, que haya sido escrito en un país islámico y que valiera la pena leer. Se silencian miles de artículos científicos en estos países, y puede que me haya perdido algo. Con todo, en 2002, la revista Nature realizó una encuesta sobre ciencia en los países islámicos y descubrió sólo tres áreas en las que el mundo islámico haría una excelente ciencia, las tres orientadas a la práctica más que a la ciencia básica. Eran la desalinización, la cetrería y la cría de camellos.

 

Algo parecido a la preocupación de al-Ghazzali respecto a la libertad de Dios emergió durante algún tiempo en la Europa cristiana, pero con resultados muy distintos. En París y Canterbury, en el siglo XIII, hubo una ola de condenas a aquellos que enseñaban Aristóteles y que parecían limitar la libertad de Dios para hacer cosas como crear una vacuna, hacer varios mundos o mover los cielos en líneas rectas. La influencia de Tomás de Aquino y Alberto Magno salvó a la filosofía de Aristóteles en Europa, y con ella la idea de las leyes de la naturaleza. Pero aunque Aristóteles no siguió condenado, su autoridad ha sido cuestionada –por fortuna, ya que no se podía construir nada a partir de su física. Quizá fue el deterioro de la autoridad de Aristóteles por parte del clero reaccionario lo que abrió el camino a las primeras aproximaciones hacia las verdaderas leyes de la naturaleza en París, Lisieux y Oxford en el siglo XIV.

 

Hay una cuarta fuente de tensión entre la ciencia y la religión que podría ser la más importante de todas. Las religiones tradicionales han confiado por lo general en la autoridad, bien la de un líder infalible, como un profeta, un papa o un imán, o la de un conjunto de escrituras sagradas, como la Biblia o el Corán. Quizás Galileo no se metió en problemas sólo porque expresara puntos de vista contrarios a las escrituras, sino porque lo hiciera con tanta independencia, mucho más que la de un teólogo que actúa dentro de la Iglesia.

 

Por supuesto, los científicos confían en las autoridades, pero de una manera muy diferente. Si quiero comprender algunos puntos claves de la teoría de la relatividad, debería ir a buscar los artículos recientes de los expertos en ese campo. Pero sabría que los expertos pueden estar equivocados. Lo que probablemente no haría sería ir a buscar los artículos originales de Einstein, porque hoy, cualquier buen licenciado comprende la relatividad general mejor de lo que Einstein lo hizo. Progresamos. De hecho, en la forma en la que Einstein describió su teoría es hoy considerada sólo como lo que se conoce en el mercado como una teoría de campo efectiva; es decir, es una aproximación, válida para las escalas de larga distancia en las que ha sido probada, pero no bajo condiciones muy reducidas, como el big bang.

 

En la ciencia, tenemos nuestros héroes, como Einstein, que fue ciertamente el mayor físico del siglo pasado, pero para nosotros no son profetas infalibles. Para quienes respetan en su día a día la independencia intelectual y están abiertos a la contradicción, rasgos que Emersón admiró –especialmente llevados a la religión–, el ejemplo de la ciencia arroja una luz sobre la deferencia de la autoridad de la religión tradicional. El mundo siempre puede utilizar héroes, pero puede pasar con menos profetas.

 

El debilitamiento de la creencia religiosa es obvio en la Europa occidental, pero puede parecer extraño decir que esto suceda en América. Nadie que hubiese expresado dudas acerca de la existencia de Dios podría ser elegido presidente de Estados Unidos. Sin embargo, aunque no tengo ninguna prueba científica al respecto, y basándome en la observación personal, me parece que mientras que muchos fervientes creyentes americanos creen que la religión es algo bueno y se enfadan bastante cuando se la critica, aunque se sientan a menudo de esta manera, no hacen gran cosa en el sentido de la clara fe religiosa.

 

De vez en cuando, me encuentro hablando con los amigos que se identifican con alguna organización religiosa sobre lo que piensan de la vida después de la muerte, o de la naturaleza de Dios, o del pecado. Las más de las veces me dicen que no lo saben, y que lo importante no es lo que creas, sino cómo vivas. Esto se lo he oído incluso a un predicador católico. Celebro sus opiniones, pero son más bien un retiro desde la creencia religiosa.

 

Aunque no puedo probarlo, sospecho que cuando se les pregunta a los americanos en las encuestas si creen en Dios, en los ángeles, o en el cielo o en el infierno, sienten como un deber religioso decir que creen, al margen de que crean realmente. Y desde luego, apenas quedan hoy personas en Occidente que parezcan tener siquiera el mínimo interés en las grandes controversias –arrianos contra monofisitas contra monotelitas, la justificación mediante la fe o las obras– que suelen ser tomadas tan en serio que provocan desavenencias entre los cristianos.

 

Aquí he enfatizado la fe religiosa, la fe en los hechos respecto a Dios o la vida eterna, aunque soy muy consciente de que este es sólo un aspecto de la vida religiosa, y no es desde luego el más importante. Quizás resalto la fe porque como físico me preocupa profesionalmente averiguar lo que es verdad, no lo que nos hace felices o buenos. Para mucha gente, lo importante de su religión no es un conjunto de creencias sino de otras muchas cosas: un conjunto de principios morales, reglas sobre la conducta sexual, dietas, observancia de días sagrados, etc; ritos de matrimonio y luto, el consuelo de la filiación con otros creyentes –que en algunos casos extremos permite el placer de matar a quienes tienen filiaciones religiosas distintas.

 

Para algunos existe también una suerte de espiritualidad sobre la que Emerson escribió, y que yo no entiendo, descrita con frecuencia como un sentido de unión con la naturaleza o con toda la humanidad, que no implica ninguna creencia específica acerca de lo sobrenatural. La espiritualidad es clave para el budismo, el cual no llama a la creencia en Dios. Aún así, el budismo se ha apoyado históricamente en la creencia en lo sobrenatural, particularmente en la reencarnación. Es el deseo de escapar a la rueda del renacimiento lo que conduce a la búsqueda de la luz[2]. Los héroes del budismo son los bodhisattvas, quienes, habiendo alcanzado la luz, vuelven no obstante a la vida con el fin de mostrarle el camino a un mundo envuelto en tinieblas. Tal vez, también en el budismo se haya producido un declive de la fe. Un reciente libro del Dalai Lama menciona vagamente la reencarnación, y el budismo está disminuyendo en Japón, la nación asiática que ha hecho el mayor progreso en la ciencia.

 

Los distintos usos de la religión pueden seguir manteniéndose durante unos pocos siglos incluso después de la desaparición de la fe en todo lo sobrenatural, pero me pregunto cuánto puede durar la religión sin un núcleo de creencia en lo sobrenatural, cuando no aborda nada externo a los seres humanos. Para comparar lo grande con lo pequeño: la gente puede acudir a partidos de fútbol universitario, en su mayoría porque le divierten las animadoras y las bandas que desfilan, pero dudo que siguieran yendo al estadio los sábados por la tarde si las únicas cosas que sucediesen allí fuesen las animadoras y los desfiles, sin fútbol real, por lo que las animadores y las bandas de música dejarían de existir.

 

2. No es mi propósito argumentar aquí que el declive de la fe religiosa es algo bueno (aunque lo creo), o intentar persuadir a alguien de su religión con la elocuencia de los recientes libros de Richard Dawkins, Sam Harris y Christopher Hitchens. Hasta ahora, en mi vida, al defender que se gastara más dinero en la investigación científica o en una educación de mayor calidad, o contra el gasto en misiles balísticos o contra enviar a la gente a Marte, creo que he logrado el récord perfecto de no haber hecho a nadie cambiar de opinión. Más bien, sólo quiero ofrecer unas pocas opiniones, en la base de cualquier inexperiencia, para aquellos que ya han perdido sus creencias religiosas, o quienes puedan estar perdiéndolas, o teman que vayan a perderlas, sobre cómo se puede vivir sin Dios.

 

Primero, una advertencia: debiéramos cuidarnos de los sustitutos. Se ha señalado con frecuencia que los mayores horrores del siglo XX fueron perpetrados por regímenes –el de Hitler en Alemania, el de Stalin en Rusia y el de Mao en China– que mientras rechazaban algunas o todas las enseñanzas de la religión, copiaron las peores de sus características: líderes infalibles, sagradas escrituras, rituales masivos, ejecución de apóstatas y un sentido de comunidad que justificaba el exterminio de los ajenos a dicha comunidad.

 

Antes de licenciarme conocí a un rabino, Will Herberg, que estaba preocupado por mi carencia de fe religiosa. Me advertía que debíamos adorar a Dios, porque de lo contrario comenzaríamos a adorarnos los unos a los otros. Tenía razón sobre el peligro, pero yo sugeriría una cura diferente: deberíamos quitarnos el hábito de adorar cualquier cosa.

 

No voy a decir que es fácil vivir sin Dios, y que la ciencia es todo lo que se necesita. Para un físico, supone de hecho un gran disfrute saber cómo podemos usar las bellas matemáticas para entender el mundo real. Luchamos por entender la naturaleza, creando una gran cadena de institutos de investigación, desde el Museo de Alejandría a la Casa de la Sabiduría en Bagdad y a los actuales CERN y Fermilab. Pero sabemos que nunca llegaremos al fondo de las cosas, porque cualquiera que sea la teoría que unifique todas las partículas y fuerzas observadas, nunca sabremos por qué esa teoría describe el mundo real y no cualquier otra.

 

Peor aún, la visión que el mundo tiene de la ciencia es bastante escalofriante. No sólo no encontraremos ningún punto establecido por nosotros en la naturaleza, ni una base objetiva para nuestros principios morales, ni la correspondencia entre lo que pensamos que es la ley moral y las leyes de la naturaleza del modo imaginado por los filósofos, desde Anaximandro y Platón hasta Emerson. Sabemos incluso que las emociones que más apreciamos, el amor a nuestras esposas, maridos y niños, son posibles gracias a los procesos químicos de nuestros cerebros, que son lo que son como resultado de la selección natural que actúa en las mutaciones aleatorias durante millones de años. Y sin embargo, no hay que hundirse en el nihilismo o reprimir nuestras emociones. Vivimos mejor en el filo de una navaja, entre la ilusión y la desesperación.

 

¿Qué podemos hacer, entonces? Una cosa que ayuda es el humor, una cualidad que no abundaba en Emerson. Así como nos reímos con simpatía, y no con desprecio, cuando vemos a un niño de un año luchando por mantenerse erguido, podemos sentir una alegría comprensiva hacia nosotros mismos, tratando de vivir equilibrados sobre el filo de una navaja. En algunas de las mejores tragedias de Shakespeare, justo cuando la acción está a punto de alcanzar un clímax insoportable, los héroes trágicos son enfrentados a un «mecánico tosco» que aporta observaciones cómicas: un sepulturero, un guardián, un par de jardineros o un hombre con una cesta de higos. La tragedia no disminuye, pero el humor la pone en perspectiva.

 

Luego están los placeres ordinarios de la vida, que han sido despreciados por los religiosos fanáticos, desde los anacoretas cristianos en los desiertos de Egipto a los actuales talibanes y el ejército Mahdi. Visitar Nueva Inglaterra a principios de junio, cuando los rododendros y las azaleas brillan a lo lejos, recuerda lo hermosa que puede ser la primavera. Y no despreciemos los placeres de la carne. Nosotros que no somos fanáticos podemos regocijarnos en que el pan y el vino ya no sean sacramentos, en que seguirán siendo pan y vino. Están también los placeres que nos traen las bellas artes. Creo que aquí es donde vamos a perder algo con el declive de la fe religiosa. En el pasado ha surgido una cantidad de gran arte a partir de la inspiración religiosa. Por ejemplo, no puedo imaginar la poesía de George Herbert, o Henry Vaughn, o Gerard Manley Hopkins siendo escrita sin una sincera fe religiosa. No obstante, nada impide que aquellos que no creemos disfrutemos de la poesía religiosa, como no ser ingleses no les impide a los americanos disfrutar de los discursos patrióticos de Ricardo II o Enrique V.

 

Quizá nos entristezca que no se siga escribiendo gran poesía religiosa en el futuro. Ya estamos viendo que la pequeña poesía escrita en inglés de las décadas recientes no le debe nada a la creencia en Dios, y en algunos casos en los que la religión hace aparición, como en los poetas Stevie Smith o Philip Larkin, es su rechazo a la religión lo que les proporciona inspiración. Pero por supuesto, se puede escribir muy buena poesía sin religión. Shakespeare da un ejemplo; ninguna de sus obras me parece mostrar la más leve insinuación de inspiración religiosa. Dados Ariel y Próspero, vemos que los poetas se las arreglan sin ángeles y profetas.

 

No creo que tengamos que preocuparnos de que el abandono de la religión nos conduzca a un declive moral. Hay un montón de personas sin fe que viven vidas moralmente ejemplares (como yo, por ejemplo), y aunque la religión ha inspirado a veces estándares éticos admirables, también ha promovido los más horrendos crímenes. En cualquier caso, la fe en un creador omnisciente y omnipotente del mundo no tiene en sí misma ninguna implicación moral –es cosa de cada uno decidir si es correcto obedecer las órdenes de Él. Por ejemplo, incluso alguien que crea que Abraham se equivocaba en el Antiguo Testamento obedeciendo a Dios aceptando sacrificar a Isaac, y que Adán en el paraíso hizo bien al desobedecer a Dios y comer de la manzana después de Eva y así poder estar junto a ella cuando fue expulsada del edén. Los jóvenes que estrellaron los aviones en los edificios de EEUU o explotaron las bombas entre la multitud en Londres, Madrid o Tel Aviv no eran tan estúpidos de pensar que ésas eran las órdenes de Dios; incluso en el supuesto de que esas fueran las órdenes que Él daba, fueron malvados al obedecerlas.

 

Cuanto más reflexionamos sobre los placeres de la vida, más nos perdemos del mayor consuelo que solía proporcionar la fe religiosa: la promesa de que nuestras vidas continuarán después de la muerte, y que en la vida eterna nos reuniremos con las personas que hemos querido. Según afloja la fe, cada vez somos más los que sabemos que después de la muerte no hay nada. Esta es la cuestión que nos convierte a todos en cobardes.

 

Cícero ofreció consuelo en De senectute, sosteniendo que era estúpido temer a la muerte. Después de más de dos mil años sus palabras siguen sin tener el mínimo poder para consolarnos. Philip Larkin fue mucho más convincente sobre el miedo a la muerte:

 

Esta es una forma especial de tener miedo

No hay trucos que lo disipen. La religión solía usar,

Ese gran brocado musical comido de polillas

Creado para fingir que nunca moriremos,

Y la treta sofista que dice Ningún ser racional

puede temer lo que no sentirá, no verá

Es esto lo que tememos –no ver, ni oír

No tocar o saborear u oler, nada que pensar

Nada que amar o a lo que unirse,

La anestesia de la que nadie regresa.

 

Vivir sin Dios no es fácil. Pero su propia dificultad le ofrece a uno otro consuelo –que hay un cierto honor, o quizá sólo una enferma satisfacción, de enfrentarnos a nuestra condición sin desesperarnos y sin falsas ilusiones– con humor, pero sin Dios.

 

 

[1] Familias por la Educación en Teorías Exactas.

 

[2] La rueda es un símbolo budista relativo a la reencarnación. La rueda también era un método de tortura empleado antiguamente en Europa, muchas veces contra los «paganos». En el original, la frase parece tener una doble lectura mediante los términos rebirth (reencarnación/Renacimiento) y enlightement (luz/Ilustración).

 

Comments are closed.

-->