13 de agosto

Tirones y desgarros

No oigo a los militantes (o incluso algún simpatizante, si queda, del Partido Popular) desgarrarse al grito de “¡España se rompe!” Ocasión única en pleno verano de ganar las portadas de los periódicos, que bien se sabe se venden al por mayor y al por desgarro. Las noticias son en verdad alarmantes, y justificarían cualquier pasión. Alicia Sánchez Camacho, la portavoz catalana del partido, se ha solidarizado con el consejero Castells (famoso por su dique: “Hay que poner límites a la solidaridad”) y ha declarado que Cataluña necesita más dinero. En Valencia, el presidente Camps ha apoyado la propuesta. Y no sólo eso. Ha dicho que Valencia necesita más dinero. Se esperan nuevos tirones en los próximos días. ¿Quién dijo que el Partido Popular no tenía una política de financiación autonómica? ¡Esta es la política! La política del Partido Popular y la política del Partido Socialista: tonto el último. Sea el diagnóstico por renta, por población, por insularidad, por deuda histórica o por número de bellotas, tonto el último.

Sin embargo, aún hay diferencias. El Partido Socialista, en un admirable ejercicio de honradez, hace tiempo que ha abandonado el doble lenguaje, lo que siendo raro en un socialdemócrata no puede dejar de subrayarse. En todas y cada una de sus actitudes ya se muestra como un partido cabalmente nacionalista. Sus caciques discuten acerba y abiertamente en los periódicos, y en el entusiásticamente llamado Comité Federal, y saben que la única razón de seguir haciéndolo, juntos y en el mismo ámbito, no es ideológica ni moral, ni sentimental, por supuesto, sino lógicamente vinculada con el comercio. De vez en cuando surge de sus filas alguna reconvención espiritual, que suele darla desde algún lugar enfangado, donde el nacionalismo es un lujo, la enjuta hermana Mtfdlvg. Pero es apenas una melancolía. Caso muy distinto es el del Partido Popular, cuya renovación avanza, pero lenta. Porque si bien es cierto que su comportamiento concreto y detallado (véanse los estatutos de Andalucía y Valencia, y su actitud ante las renovadas políticas lingüísticas de Baleares y Galicia) es ya el de un partido plenamente integrado en la premodernidad nacionalista, aún conserva algunos resabios hipocritones como el de la adhesión institucional y urgente al Manifiesto de la Lengua Común (adhesión, desde luego, que nunca pasó de institucional y urgente) o las esporádicas alarmas (cada vez más esporádicas) sobre la centrifugación de las que antaño fueron preocupaciones españolas.

Es hora pues de que el Partido Popular culmine su renovación. España necesita partidos nacionalistas fuertes.

(Coda: “El nacionalismo es la ley de los pueblos modernos”. Maurice Barrès, citado en La patria lejana, de Juan Pablo Fusi.)


Correspondencias /Aulet

Ah, disimulado en una columna corta de agosto está el dedo que señala la llaga, y que casi nadie quiere tocar. Escuece demasiado. Es la pasta, estúpidos. Hay que pedir sin parar, a cuenta de lo que sea. Por fin los partidos han encontrado el chollo, después de esquivar los peligros de una democracia saneada durante la transición. Podemos perder unas generales, pero siempre podremos ganar unas autonómicas, un consejo comarcal, una diputación foral, lo que sea. Y luego, a gastar la pasta. Nota bien, los expertos coinciden en que entramos en una crisis galopante, y todos estos (nos) piden más pasta. Todos piden para su nación, para su región, todos se sienten tan expoliados… Somos un país rico. Nadie propone gastar menos. Nadie propone cerrar alguna de las cinco cadenas de televisión (cinco)  o de las diez emisoras de radio costeadas directamente con dinero público en Barcelona, por ejemplo. Nadie propone racionalizar las múltiples policías, servicios sanitarios, sistemas educativos, agencias tributarias con toda su corte de funcionarios, contratados, fundaciones… no no no. Que no me quiten lo mío. Faltaría. Oye, además hemos encontrado un nuevo dogma de Fe: la nación, la identidad. Que a nadie se le ocurra cuestionar el dogma so pena de perecer en la hoguera mediática, del anonimato o del boicot más o menos evidente. ¿Quién se atreve a llevar la contraria a todo este bollo incomible?.

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