26 de julio
Querido J:
El movimiento es una borrachera fenomenal, y el principal rasgo de nuestra época. Paradójicamente cuando mejor se aprecia es en verano, estación que pasa por asociarse a la vida floja y sedentaria. Pero el calor no inmoviliza. Ponte delante de una web (hay varias y fascinantes) que muestre el flujo de aviones en algún aeropuerto, tipo Palma de Mallorca. O hazte con la webcam de cualquier nudo estratégico de carreteras que vayan a la playa. Sueña (otra cosa no podrás) con las viejas ciudades italianas que casi conociste vacías y desdeñosas. Algunas noches alucinatorias pienso en lo que sucederá cuando los chinos empiecen a hacer turismo en serio. Y así he vuelto, de Italia precisamente, con una idea en la cabeza, que ya es mucho y presunción. La ha fabricado el viaje. Ya conoces uno de los rasgos de mi carácter: quieto no se me ocurre nada. ¡Estate quieto!, me decía mi padre con gran tino. La crisis también ha colaborado en la manufactura. ¡No puede haber parados en la Era del Movimiento! Y, por supuesto, la idea tiene que ver con el aspecto general de Europa, que sigue siendo, del Atlántico a los Urales, con escala en Nueva York, el mejor lugar del mundo. Recordarás que un sábado de principios de otoño, en París, paseaba por la Rue Jacob, al lado de Saint Germain. Todo era tan claro, tan limpio y tan hermoso que pensé que aquella calle y aquel momento (sin énfasis, en absoluto heroicos) señalaban el punto más alto de la civilización humana. Nadie había llegado más lejos. En fin: la Europa non stop es la idea.
Hace unos días en Vinci, el pueblo de Leonardo, coincidí con una exposición sobre el maestro. Forma parte de una serie dedicada a los grandes pintores italianos en la que han colaborado severísimas instituciones. El sentido de las exposiciones es presentar al público una reproducción de las principales obras maestras mediante una técnica que proporciona una impresionante nitidez. El resultado era en verdad muy llamativo y superior al de cualquier otra técnica que yo conozca. Pero, como puedes figurarte, la iglesia de Vinci donde presentaban el prodigio era aquella tarde de julio el único lugar vacío de Italia. La Reproducción, aunque exponencialmente elevada a la construcción de hipotéticos parques temáticos que presentasen las sucesivas siete maravillas arquitectónicas, pictóricas o paisajísticas, está condenada al fracaso. Las gentes quieren encararse con la obra original, entre otras razones porque el interés prioritario no es la obra, sino ellos mismos delante de la obra original. Las condiciones en que la experiencia se produzca no tienen importancia alguna, siempre y cuando ellos regresen vivos de la experiencia y puedan contarlo. Y desde luego es completamente superflua cualquier disquisición en torno al carácter original que tengan en nuestros días lugares como la plaza de San Marcos, la Perspectiva Nevski, Notre Dame o la Gioconda blindada. Infestados de turistas y de franquicias podría pensarse que estos lugares han sido arrancados a su tiempo. Pero esos lugares son lo que son porque están fuera del tiempo. Fuera del tiempo, eso es: no hay otra solución para su futuro que acomodarse en todo punto a su característica grandiosamente atemporal.
Es obviamente imposible la ampliación de San Marcos. Y completamente inútil la construcción de réplicas eficaces y efectivas. Mucho menos podría hacerse con la plaza de la Cisterna de San Gimignano. En la capilla mayor de la Iglesia de San Francisco, en Arezzo, sólo veinte personas a la vez pueden contemplar la inolvidable vigilia del soldado de Piero. Los espacios no pueden ampliarse. Pero sí puede ampliarse el tiempo. En realidad entre las máximas conquistas de la civilización moderna está una que es muy sencilla de especificar: la luz artificial ha conseguido que, en efecto, el día dure veinticuatro horas. ¡Gracias a ello hay partidos de fútbol! Te saco el ejemplo con toda la briosa intención, para ponértelo en contacto con los problemas de la reproducción de la obra original de la que te hablaba. La razón más solvente del inimaginable éxito de la experiencia deportiva es que ha dejado de tener su original. El día que las pantallas gigantes se instalaron en el Estadio (¡para que pudiesen ser gozadas por el público vivo y en directo!) quedó certificada una verdad mayúscula: el ojo catódico (es decir el ojo reproductor) da una visión más interesante de la experiencia que el ojo natural. No ha sucedido con nada: ni con la música ni con el teatro ni con los toros ni con cualquier otro suceso de masas. Sólo con el deporte; y muy especialmente con el deporte del fútbol. Y no ha sucedido, desde luego, con el viaje. El viaje no puede retransmitirse en directo, porque el viaje trata del viajero.
La razón por la que el debate sobre la ampliación del tiempo en los lugares sagrados de Europa ni siquiera se ha abierto es clara: en su abrumadora mayoría esos lugares están en manos de las instituciones públicas. De los funcionarios. De la burocratización. De la llamada cultura sindical. No ocurre lo mismo con los lugares del comercio. La tienda Apple de Manhattan, sagrada catedral de algunos de los objetos más bellos que ha producido el hombre, está abierta veinticuatro horas. En el mismo plan un día le preguntaron a Ralph Lauren por qué no cerraba sus tiendas. Contestó con una gran humildad que entre la cantidad inimaginable de politos que se venden en el mundo, ya era una casualidad insolente que se vendiera algún polito suyo; y que no había que ponerle dificultades a gente tan atenta. L’Atelier, uno de los buenos restaurantes de París, y sobre todo uno de los más bellos y acogedores, está en manos de Joël Robuchon y da de comer entre las doce y las doce, aproximadamente, con una minúscula grieta de cierre, supongo que para l’amour l’après-midi. No es una novedad en el sector; pero sí lo es que afecte a un restaurante de élite. El ejemplo me parece especialmente adecuado, porque las horas de las comidas suelen considerarse intocables. Bien: tal vez lo sean, y deban seguir siéndolo, en las circunstancias de la vida cotidiana: pero lo son mucho menos en un viaje. En el viaje adviene una nueva vida, con experiencias ya olvidadas como merienda y resopón. Un último ejemplo local: la presidenta de la comunidad de Madrid ha decretado libertad de horarios en su jurisdicción. Sólo por eso ya valdría la pena vivir allí. Pero me pregunto si se habrá planteado ensanchar el tiempo de los espacios públicos que controla; si predicará con el preclaro ejemplo.
Hay que ganar para Europa todas las horas del día. A las tres de la madrugada debe poderse visitar el Museo del Prado. A las cuatro ha de ser posible tomarse un apaciguador bellini en el Florian, tras haber pasado una hora recorriendo Los Plomos. La calidad de un amanecer debe poder evaluarse desde el interior de la catedral de Reims. Nunca entenderé por qué no iluminan la playa de Los Genoveses. Hay que poner en marcha una enorme revolución de los hábitos de consumo y de las condiciones laborales. Hoy los espacios sagrados de Europa son, y ya en cualquier época, un autobús atestado. Angosto, desagradable y sudoroso, donde incluso la experiencia del yo está en trance de morir aplastada. No hay otra alternativa que el ensanchamiento de las horas y la consideración de que el día y la noche ya no cuentan a efectos de la experiencia turística. Europa no puede cerrar. A riesgo de hundirse como una Venecia pasada por un chiste de chinos.
Sigue con salud.
A.
(Links: Verónica Puertollano)




