25 de junio
Más de una vez en mi experiencia de abajofirmante he sugerido la conveniencia de que junto a los nombres de las personas que apoyan unas ideas o unas acciones determinadas se incluyan los de aquellos que se han negado a apoyarlas. Nunca he tenido éxito, por las inexplicables supersticiones morales de mis interlocutores. La lista B tendría un interés grandísimo. Tomaré, naturalmente, el último ejemplo del Manifiesto por la lengua común, que se presentó anteayer en Madrid. Es un texto muy razonable, cuya máxima insurgencia está, precisamente, en esa reivindicación del adjetivo. Tras décadas de énfasis en la singularidad, hay un determinado número de españoles que sugieren, por razones éticas, económicas o sentimentales, la necesidad de echar un vistazo al sustrato que comparten. Una postura, en fin, opinable, pero capaz de obtener el asentimiento de muchos, como lo demuestran las más de 35.000 personas que hasta ahora han tramitado su apoyo a través de este periódico. Pues bien, tan razonable…, pero a este manifiesto le faltan algunas firmas que se buscaron con la confianza de obtenerlas y cuya exhibición por ausencia sería altamente salubre y pedagógica. Estoy hablando, naturalmente, de personas a las que uno se dirigió alentado por sus opiniones privadas y hasta por algún alambicado gesto público; personas de las que se creyó que compartían lo sustancial de las ideas expresadas. Porque de los muchos que no se fueron a buscar ya habrá profusa noticia en los próximos días, en forma de repudio, insulto y amenaza. No. La lista B debería ser, exclusivamente, la de nuestros resbalones. Quizá hasta la de nuestros abusos de confianza. No creo que a una iniciativa de ese orden se le pudieran aplicar las renuencias morales del outing. No se trataría, ni mucho menos, de sacar a nadie del armario y echarlo a los perros de la opinión. Todo lo contrario. Yo pienso que para algunos de los desdeñosos podría tratarse de un timbre de gloria ante sus patrones y hasta de una forma probable de rehabilitación tras lo que, ¡indudablemente!, habían sido interpretaciones confusas de su pensamiento. Tanto es el beneficio, que pudiera darse el caso de personas, en las que inicialmente los promotores no pensaron, que se dirigirían a ellos solicitándoles el envío del manifiesto, a fin de no firmarlo y que así conste. Esta columna no va a negar tampoco su oculto interés en proporcionarle tema a más de uno. «¿Por qué no firmé el manifiesto por la lengua común?» es una bonita meditación, y tiene la ventaja de que, en este caso, la firma cobra.
Aviso que a partir de ahora mi condición de abajofirmante dependerá de la inclusión, en forma y fondo adecuados, del apéndice nominativo disidente. ¡Que se vea bien a las claras que nosotros no tenemos listas negras!
(Coda: «Desde hace algunos años hay crecientes razones para preocuparse en nuestro país». Manifiesto por la lengua común, primeras 12 palabras.)
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Correspondencias /Josep-Abel González
Apreciado Espada
Hay motivos para firmar el manifiesto por la lengua común, y supongo que lo haré, por la situación en algunas comunidades en las que el nacionalismo está empeñado en recortar libertades. Sin embargo, algunos aspectos no me convencen. Así, lo de la “lengua de tanto arraigo histórico en todo el país” me recuerda demasiado a lo de la lengua propia de los territorios.
Por otra parte, las reformas propuestas en el manifiesto me parecen poco “liberales”. Personalmente estaría más por eliminar las obligaciones constitucionales y estatutarias de conocer lenguas, sean oficiales o no. Por poner un ejemplo, muchos alemanes, en Mallorca, ni las conocen ni las usan, ni falta que les hace mientras paguen sus impuestos y cumplan las leyes. Lo mismo, entiendo, debería ser para los demás. El concepto de lengua oficial debería, en mi opinión, estar sólo ligado al uso por las administraciones y en el currículo educativo público, y poco más. Es que además no he encontrado ninguna constitución, aparte de la española, que establezca explícitamente la obligación de los ciudadanos de conocer una lengua oficial. Creo también que una medida liberal como la eliminación de obligaciones constitucionales y estatutarias de los ciudadanos respecto a las lenguas sería una carga de profundidad contra los objetivos nacionalistas de homogeneizar culturalmente los territorios de los que se sienten dueños.
Saludos cordiales
jose.gonzalez@udg.edu




