21 de junio

Achtung, Sippenhaftung!


sano.jpg  Querido J:

Hace años que disfruto con Pascal Bruckner, el gran ensayista francés. La tentación de la inocencia es uno de esos libros que parecen perfumes. Basta abrirlos por cualquiera de su páginas, o incluso pronunciar su título, para que de inmediato te nuble el sentido la visión precisa de lo que uno era entonces y de lo que uno fue luego de leerlo. Después de la Inocencia y de su visión aguda sobre nuestra era pueril, Bruckner escribió sobre el Dolor y la necesidad de encararlo. Hace pocos días se ha traducido su ensayo sobre la Penitencia y la constante exigencia de pedir perdón que los europeos se autoinfligen: La tiranía de la penitencia (Ariel). Lleva un subtítulo inequívoco: Ensayo sobre el masoquismo occidental. Me permitirás una alegoría culinaria, que escribo con hambre. Bruckner ve Europa como una liebre à la royale, decididamente faisandée, que pide perdón al cazador, al desplumador, al cocinero y al que va a comérsela. Querría para Europa algo del colmillo fiero y joven del habitante del Nuevo Mundo, su indiferencia cuando desgarra una Whopper XXL, su alegría feroz. El epílogo de su libro roza la cursilería visionaria cuando imagina y suplica un nuevo Nuevo Mundo con lo mejor de los dos. Y es incluso probable que Bruckner no sepa ver el lado más siniestro de este cilicio europeo, es decir la posibilidad de que la penitencia sea una sofisticada estrategia para asegurar el mantenimiento compacto de los privilegios, el bígamo e imprescindible contento del corazón y la cartera. Porque al fin y al cabo esa Europa llorona no tiembla al aprobar leyes, como esta última Directiva de la Honte que segrega de la especie humana el subproducto de inmigrantes.

Pero apenas importa, porque este libro expresa una idea fuerte: esta grosera observancia penitencial. Para ilustrarla pocos fragmentos habrá mejores que este de Louis Aragon, depuesto en 1925, cuando el níveo poeta rojo clamaba en una asamblea de estudiantes contra la guerra del Rif y el imperialismo franco-español. Escúchala, más que leerla: «Venceremos. Y en primer lugar arrasaremos esta civilización que tanto queréis, a la que os habéis amoldado como los fósiles al esquisto. Mundo occidental, estás condenado a muerte. Nosotros somos los pesimistas de Europa [...] ¡Sublévate mundo! Repara en lo seca y apropiada que es esta tierra para todos los incendios. Se diría que es pura paja. Reíd a gusto. Somos los que darán siempre la mano al enemigo.»

Formidable. Permíteme el anacronismo: una prueba más, vibrante y poética, de la profunda europeidad de Bin Laden. Me observaba leyendo este libro en uno de mis frecuentes desvaríos cuánticos. ¡Si sólo fuera el perdón por ser europeo! Amigo mío, en lo que llevo de vida creo que pocas cosas habré hecho con tanta insistencia como pedir perdón. Y por supuesto mi responsabilidad sobre el asunto objeto de penitencia nunca ha sido directa. Enrique Gimbernat escribía el otro día en este periódico donde te echo las cartas un potentísimo artículo sobre la ley de violencia de género que incluía este párrafo: «Según esa Sippenhaftung, la responsabilidad de quien había cometido un delito se extendería también a su estirpe (tribus, parientes), aunque estos últimos no hubieran tenido nada que ver con el hecho criminal, viniendo caracterizada esta responsabilidad medieval, por consiguiente, porque los parientes responden, no por lo que han hecho, sino por lo que ha ejecutado otra persona que pertenece a la misma estirpe.» Para todos los problemas hay una palabra en alemán. Sippenhaftung: responsabilidad por la estirpe. Yo soy un sujeto paciente del derecho germánico medieval. Por el pecado de Europa, lee a Bruckner. Por los otros léeme a mí.

Una primera penitencia remota es que yo era hijo de un muerto de hambre al que en Cataluña dieron de comer. En vano yo me defendía gato panza arriba desde joven, diciendo que nunca pasé hambre y que hablaran con él a ver cuánto se debía. No hubo manera y a su modo han seguido insistiendo hasta hoy, aunque sin conseguir nunca (¡eso jamás!) que yo haya presumido un solo día de ser un hijo de la calle con la misma ridícula insistencia con que otros presumen de ser hijos de rey. En el mismo plan, y respecto al mismo padre, se produjo otro problema. Un día, el gran estadista y español del Año por el Abc auténtico, Jordi Pujol i Soley, dispuso que la presencia del castellano en Cataluña era hija de una antigua violencia. Dado que al responsable de mi castellano lo habían dado por muerto de hambre momentos antes, no vi yo en qué consistiría la imposición y la violencia; pero los volví a remitir a él, aunque advirtiéndoles que hablaba un castellano licuado y puramente sobrevenido, como todo en su vida, del que difícilmente derivarían militancia. Esta policía de la penitencia es muy tenaz y dedica muchas horas a su trabajo porque está bien pagada en cuerpo y alma. De tal modo que también averiguaron que yo era hijo de un hombre que había servido en el ejército de Franco, y así me hicieron saber que debía pedir perdón por tal servicio a fin de que ellos pudiesen ganar finalmente la guerra civil
que ya iba por los setenta años. En este mojón del vía crucis me mostré crudamente esquivo, porque nunca las margaritas (y mucho menos las razones de un hombre) fueron hechas para los cerdos. Sin embargo, otra vez los mandé con él, y con lo que quedara de su máuser. Las últimas que se han presentado han sido las chicas: te hicieron hombre, debes arrepentirte. Una vez arrepentido te dejaremos como nuevo, renovada tu vieja masculinidad criminal.

No te niego, querido amigo, que he empezado a pensar con irritación en mi propio padre. ¡
Sippenhaftung, achtung! En fin. No debes de saber que el Parlamento de Cataluña acaba de aprobar una ley que impide que los maltratadores y maltratadoras puedan heredar de sus víctimas, sean su pareja, sus hijos o sus padres. Dudo que ese añadido al Código Civil catalán sea algo más que una complacencia retórica con el gusto de la época y que el horror de que un maltratador herede hoy de su víctima (sobre todo teniendo en cuenta que el Código Civil español ya impide que un asesino herede de su víctima); pero, en cualquier caso, no seré yo el que le haga ascos a la sofisticación del castigo para maltratadores y maltratadoras. En la citada reforma del Código hay un párrafo que me ha parecido muy luminoso, dada mi circunstancia: «La indignidad [del maltratador] es personalísima y no afecta a los hijos o descendientes del indigno que sean llamados a la sucesión.» Te confieso que estas palabras casi me han hecho saltar las lágrimas. Pero también me han dado alas, una vez repuesto, para plantear una iniciativa, incluso popular. ¡A lo que habré llegado, que pido ayuda al pueblo! La posibilidad de que el siempre moralizante parlamento catalán, y con él todos los adyacentes, examinen la posibilidad de despenalizar la estirpe, de una vez por todas y por completo. ¿Por que habría yo de apechugar con la herencia de un padre maltratador de la patria, de la lengua, de los buenos y del cromosoma XX?

Abriendo el libro de Bruckner te encontrarás con una cita espeluznante de Michelet: «He bebido demasiada sangre negra de los muertos».

Sigue con salud
A.

Links: Verónica Puertollano

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