4 de junio

Velocidad y tocinos

Las estadísticas del acceso a Internet han sido desde el principio pésimas para España. Sólo en las descargas ilegales es un líder claro y sin complejos. La situación ha quedado refrendada por el reciente informe, devastador, de la OCDE sobre la banda ancha: cara y lenta. El fracaso político y social que señalan las repetidas estadísticas es indiscutible. A diferencia del tejido industrial o del ferroviario, o de cualquier otra infraestructura pesada, el tejido internáutico era relativamente fácil de desarrollar, aun en las ibéricas condiciones de atraso secular. Habría bastado voluntad y pedagogía política, e inteligencia civil. Por desgracia no ha habido ni uno ni lo otro. Desde el principio, y aún es así en ciertos ambientes (entre los que destaca el de la racial intelectualidad del ajo), internet ha sido visto como una extravagancia más o menos esnob, como un lugar de perdición donde no convenía llevar a los niños y, sobre todo, como una peligrosa sarta de mentiras. Y lo que es más sorprendente, y especialmente grave en tiempos de derrumbe económico: en España jamás se ha percibido con justeza la relación entre internet y el modelo y la capacidad de desarrollo. La ceguera es tan inconcebible como la que excluiría a carreteras, vías férreas o aeropuertos de cualquier planteamiento económico. Ni siquiera el léxico ha podido influir positivamente; y eso que desde el principio se le llamó a todo esto, con sana alegría, las autopistas de la información. En el imaginario español internet es todavía un simulacro. Y ningún gobierno, ni popular ni socialista ha hecho esfuerzos por acabar con la absurda broma (que ya ha durado demasiado y con letales consecuencias alfabetizadoras) de que internet alude a un mundo puramente virtual, pseudo.

Desde luego, ni el mal ni el bien suelen hoy circunscribirse a un territorio determinado. Los problemas españoles son también, en parte, problemas de otros países. Un corresponsal me remite una información, que es casi una apoplejía, acerca de un grupo de estudiantes belgas sometidos a una estadística sobre sus modos de búsqueda de información en la red. Una de las preguntas era: «¿Cómo reconoce la calidad de una información en internet?» La respuesta mayoritaria fue: «Por la velocidad con que se descarga la página.» La tentación de metaforear con esta respuesta es potente y múltiple. Pero hay que abstenerse. Entre otras cosas porque después de una década de uso más o menos generalizado lo que sobra sobre internet son metáforas. Por el contrario lo que se echa en falta es una pétrea inscripción en lo real. Al nivel, como mínimo, de los dos artefactos más plenamente reales en nuestra especie, que son el lenguaje y el dinero.

(Coda: «Hace poco fui al médico con una analítica un poco preocupante y el hombre me dijo muy serio: “¡Sobre todo no busque información en internet!» María)

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