31 de mayo
¿España…?: ni siquiera el número de la Seguridad Social
Querido J:
Elena, a quien conoces, pasó la semana pasada por un mal momento, camino de Málaga. Parece que durante el viaje ya se sintió mal y al llegar a la parada de taxis se desmayó. Por suerte iba con una compañera de trabajo, que pudo mal que bien sujetarla antes de que cayera al suelo de golpe. Recuperó rápidamente el conocimiento y esperó, primero tumbada y luego sobre una silla del vestíbulo, la llegada de la ambulancia. En la cola de los taxis aguardaba un médico y había podido examinarla: el pulso estaba algo bajo. Entró en el hospital con un cuadro que en urgencias calificaron de grave, aunque lograron estabilizarla en poco tiempo. A partir de entonces sólo cabía esperar su evolución y el resultado de varias pruebas. Un médico vino a verla a última hora de la tarde; le hizo algunas preguntas y le explicó lo que sabía sobre su enfermedad y también lo que sospechaba. Le ofreció quedarse unos días en el hospital, pero tampoco le prohibió que regresara a Barcelona, si así lo prefería: su cuerpo podía soportar perfectamente el viaje.
Sin embargo, optó por quedarse. En el hospital la habían atendido con diligencia y aunque no era especialmente cómodo menos lo era el ir y venir. Había ido a Málaga por asuntos de trabajo y pensaba pasar allí una semana: con suerte, pensó, aún podría aprovechar un par de días. Su marido, que también estaba de viaje, no llegó hasta la medianoche y, por supuesto, con más susto que ella. Insistió en quedarse en la habitación, sobre un sillón bastante doloroso. Antes de las siete de la mañana, y sin haber dormido un sólo minuto por contraste de la estentórea placidez con que lo había hecho el otro enfermo, le dijo a su mujer que iba a buscar hotel, a ducharse y a desayunar, y que luego volvería. No tardó más de dos horas. Todo ofrecía mejor aspecto, y ella en primer lugar. Empezó a dar instrucciones a su marido, entre las que descollaban los imperiosos trámites de la burocracia hospitalaria.
–Mira, ahí en la cartera está la tarjeta de la Seguridad Social. Coge también el carnet de identidad. Tienes que ir a admisiones, que creo que está en la primera planta.
Como sabes, el marido de Elena es un hombre calmado, aunque ese tipo de encargos dibujan, según me contó, su personal visión del infierno. Así que decidió que iba a ocuparse de la admisión hospitalaria con prioridad, ahora que se sentía saludable y animado y que aún faltaba tiempo para que la noche le pasara factura. Guardó la cola, mientras hacía unas llamadas y limpiaba de mensajes superfluos el móvil, o al menos eso es lo que habría hecho en su lugar. Lo cierto es que ya estaba delante del funcionario.
–¿Tiene la tarjeta de la Seguridad Social?
–Sí, y el carnet.
–Basta con la tarjeta.
–Pues tenga.
–Ah, es de Cataluña…
Ni por asomo habría pensado nunca que estuvo a punto de soltarle un «sí, ¿y qué pasa?», típico de catalán herido y que sospecha. Pero se contuvo.
–Sí, vivimos en Cataluña.
–Ya, el mismo problema… ¿Tiene usted el número de la Seguridad Social?
–Bueno, el número está en la tarjeta.
–No, no está.
–Pero ¿cómo no va a estar?
–No está. Las tarjetas de Cataluña son las únicas de España que no llevan el número. Ya se imaginará que no es la primera vez que nos pasa.
Al llegar a este punto me contó que le empezaron a temblar las piernas, y luego pensó si habría sido del cansancio, de la perplejidad y la ira, o del coupage. Lo cierto es que tenía a su mujer con un grave accidente de salud en el hospital y que no podía arriesgarse a armar el escándalo que su puto país (así lo dijo) merecía. Se acodó frente a la funcionaria, cara a cara.
–¿Qué puedo hacer?
–¿Tiene una nómina de la paciente?
–No, no tengo una nómina. Esto ha sido una urgencia completamente inesperada. ¿Cómo voy a tener una nómina!
–Allí viene, en la nómina viene. Tendrá que llamar, que se lo den.
–¿Adónde?
Estuvo dando muchas vueltas entre robots, hilos musicales y algún intervalo humano. Al final, y ya temiendo que le hubieran de ingresar, aunque reconfortado (todo hay que decirlo) por la cercanía de los quirófanos, llamó a Tesorería, eso recordaba vagamente. Una voz de mujer, fina y catalana, descolgó. Le explicó, me lo imagino perfectamente, con su habitual afán pedagógico, que su mujer estaba ingresada, que necesitaban su número de la seguridad social para facturar la estancia y que el número no estaba en la tarjeta. La mujer parecía saber perfectamente de lo que le hablaban, porque le hizo preguntas como siguiendo un protocolo de certezas.
–¿Su Dni…?
–…
–¿Nombre de los padres…?
–…
–¿Nacido en?
Después de esta pregunta la mujer bajó repentinamente la voz. Algo estaba diciendo.
–¿Perdone…?
Estaba dictando algo, lentamente, y después de aplastarse el teléfono contra la oreja el marido de Elena entendió que eran números, y que le mandaba tomar nota.
–Le oigo muy mal, pero voy a ver si puedo apuntar. Diga.
–2, 4,…
–¿No puede hablar un poco más alto?
Entonces la mujer subió un poco la voz y desde luego el tono.
–Es que no puedo hablar alto. Es que tengo prohibido hacer esto. Pero es que estoy harta de esta pandilla de gilipollas, y de que me llamen cada día personas como usted con problemas, los problemas en los que nos meten estos gilipollas. Intente tomar nota, por favor.
Cuando colgó se habría arrodillado ante aquella funcionaria enérgica y ejemplar que había cumplido con su obligación saltándose las normas. Pero le dio como asco pensar eso. Era España entera la que debía arrodillarse ante él. Subió hasta la habitación y antes de entrar se arregló la cara para decirle, cariño, que todo estaba en orden.
Cuando por la noche llegó al hotel abrió su ordenador y escribió en google «tarjeta sanitaria catalana». De inmediato se encontró con el blog de la familia Fernández-Franch y el descubrimiento puede ser comparado a la hipótesis de que Alonso Quijano hubiese dado con un compañero para hablar de gigantes. Escribía aquel héroe civil, y nuestro amigo lo iba repitiendo en la abandonada noche de Málaga:
«En Cataluña tenemos unos gobernantes que son listísimos y se preocupan más de joder a los catalanes que de ayudarlos; así que se sacaron de la manga una tarjeta sanitaria donde sólo aparece el número de afiliación a “CatSalud”. Con esta tarjeta no te darán cobertura de la Seguridad Social en ningún lugar de Europa, incluido el resto de España. El resto de comunidades sigue manteniendo el número de afiliación en la tarjeta; pero los catalanes tenemos que hacernos la Tarjeta Sanitaria Europea, que sí tiene el número, para que nos atiendan en toda Europa, incluida el resto de España, pero no así en Cataluña, ¡donde no es válida! y en la mayoría de ambulatorios no saben ni lo que es. No me extraña que no paremos de recibir visitas al Centro de Atención e Información de la Seguridad Social (CAISS), donde trabajo, de madres y padres solicitando la tarjeta sanitaria europea porque sus hijos se van de viaje de fin de curso escolar fuera de Cataluña.»
Elena, bien, recuperada.
Sigue con salud
A.
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Correspondencias /Marc
Per si no ho ha vist, avui mateix,
Bullfighting Is Dead! Long Live the Bullfight!
El NYTimes parlant de toros i d’en José Tomàs en un llarg reportatge. Amb alguns passatges impagables.
Salut,
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Correspondencias /Maite Díaz
Querido Arcadi, hermosos fragmentos las citas de los toreros Cayetano y José Tomàs, con palabras sencillas, verdaderas resumen la tradición y la filosofía que encierra la fiesta. He visto muchas corridas en la televisión, pero la experiencia no es la misma, como diría Beaudrillard la hiperrealidad de la narración, desvirtúa el sentido de la fiesta. He estado una sola vez en Las Ventas. No recuerdo el cartel, durante una feria de San Isidro, recuerdo quería ver a Ponce que era mi preferido, pero no pudo ser, me invitó Luisa, una amiga «gata» madrileña. No tuvimos suerte, pero la experiencia del espectàculo desde las gradas, la afición, las descripciones agudas de los conocedores, el diàlogo del público con el torero, la gente discutiendo, bebiendo vino, el silencio, sentir la respiración del toro en la plaza, entrar a matar y luego el descontento y los cojines volando tapizando el ruedo.Pienso en la corrida y su arraigo, imagino la piel del toro extendida y comienzo a dibujar las vísceras al centro, el rojo corazón batiendo, rojo a la altura de Las Ventas en Madrid, las vísceras todas, arriba y abajo y el sexo del toro, al sur, màs caliente y menos rojo, el mapa de una pasión que se dibuja con sangre.Hay una vocación en la que un hombre del norte, comparte su corazón al centro y al sur, por unos secretos misterios de ésta geografía inexplicable, por una fascinación por la muerte y un disfrute del ritual, de la danza primigenia de la fusión del hombre al animal.En la fiesta, las tres figuras, el picador, el banderillero y el torero, transforman sus cuerpos en un ritual de fuerza, de simbiosis, de fusión. Así el picador es un centauro, el banderillero en su danza, -como en un espejo-, eleva sus brazos lentamente, se mide con movimientos acompasados, hipnóticos y va dibujando las punzantes banderillas como afilados cuernos, es luna y gràcil novillo retando al toro, y llega el torero de espaldas verde y oro, bordado el apretado cuerpo, rosas sus piernas, su montera dos cuernos truncos que aguardan durante el duelo la llegada de la afilada espada. Es un ritual masculino en el que por protección se invoca y se reza a la virgen, se le grita al torero: !Viva la madre que te parió ! y en la que toda una estética, un código de colores y unas suertes nos hablan de una feminidad latente entre la seducción, la intuición, la danza y la muerte, así el capote rosa y oro, danza, envuelve, seduce, es manto y protege, con suavidad en los pases.
Abrazos, Maite.
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Correspondencias /Ángel Duarte
Apreciado Arcadi,
¿Podrías hacerte eco de mi caso, aunque sólo sea para contrastar?
Trabajo en Gerona. Allí cotizo. Allí estoy dado de alta. Por cuestiones de amor -ai-làs!- vivo en Tomares, en el Aljarafe sevillano. Pues bien, hace meses que me sirven las recetas que mensualmente preciso -que son bastantes- sin el menor problema. Excepto, claro está, las esperas que aquí como en cualquier parte de España son de rigor. Vamos, como que el viernes pasado, a pesar de ser San Fernando y librar en Sevilla capital, que no en Tomares, me hicieron las correspondientes al mes de junio. Por lo demás, me derivaron al Hospital de San Juan de Dios, en Bormujos, para el día 9 de junio a las 8,45 de la mañana. Ya sabes… de tanto en vez tengo que revisar el PIO (presión intraocular). Si quieres pruebas estaré en el servicio de oftalmología… con mi tarjeta en la mano. Quedas citado. Después te invito a desayunar.
En este país hay problemas, problemones y… problemáticos
Cordialmente
Ángel Duarte
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Correspondencias /Jesús de Baldomá
Apreciado Arcadi.
Mi primera reacción ha sido “¡No me lo puedo creer!”. Así que, raudo y veloz, cojo la cartera y miro mi tarjeta sanitaria. He alucinado con lo que me he encontrado.
Resulta que tenía 2 tarjetas sanitarias del CatSalut: una que caducaba el 11/2006 y que sí que tenía información del NASS (Número de Afiliación a la Seguridad Social) y otra que la sustituye y que, por lo visto, no caduca nunca pero y que no tiene el NASS. ¿!?. ¡Me he quedado estupefacto!
O sea, antes sí que lo tenía y ahora no. ¿La razón? Que alguien la explique porque no la entiendo. Para evitar males mayores, y a riesgo de que me la invaliden, ya me he apuntado el NASS en la tarjeta nueva.
No haré más comentarios al respecto, pero ya les vale.
Saludos cordiales
Jesús de Baldomá
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Correspondencias /Goslum
Hola, Arcadi:
Leída la carta en tu blog, te envío esto.
Un saludo.
Goslum
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Correspondencias /Daniel Tercero
Hola, profesor Espada:
Le remito la dirección web en la que hemos recuperado el vídeo de nuestro vicepresidente autóctono admitiendo que la tarjeta sanitaria del CatSalut es con lo que nos movemos los catalanes.
Un saludo.
Siga igual de libre.
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Correspondencias /J. Oriol Magrans
Gracias Arcadi por tu denuncia, una vez más, acertada.
Independientemente de las consecuencias prácticas (que algunos te discuten; y que, gracias a la diligencia de muchos funcionarios y a la inagotable disposición del Gobierno de España por satisfacer los más infantiles caprichos del nacionalismo catalán, son incluso probablemente más insignificantes que las relatadas en tu carta) lo de la ausencia del numero del INSS tiene una evidente intencionalidad política y ciegos son o ciegos nos quieren los que lo niegan. Por algo será que Carod propone la tarjeta sanitaria catalana como documento de identificación en el referéndum de independencia de 2014:
También tú, sigue con salud,
J. Oriol Magrans
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Correspondencias /Aulet
Estimado Arcadi:
Certera tu carta sobre el número de la SS. Es la vertiente administrativa. Ahora la vertiente médica: Cataluña fue referencia para la sanidad española. Miles de pacientes venían aquí a operarse o visitarse. Cada vez menos: las barreras administrativas para pasar de una comunidad a otra son ingentes y multilaterales. Como en otros ámbitos, lo que debiera ser solidaridad y buscar la mejor atención para el paciente, se convierte en una caótica guerra de guerrillas entre Autonomías. Parte del desgarrador “agravio catalán” está en que los enfermizos mesetarios tienen el mal gusto de venir a pasar las vacaciones al oasis y luego ponerse malos. Por no hablar de otros que tenían la pésima constumbre de venir a operarse a Cataluña pues consideraban que aquí había mejores profesionales. ¿Cómo se les había ocurrido? Vaya cutrez. El término administrativo para definir a estos insensatos ciudadanos no puede ser más humillante: “desplazados”. Algo similar a unos refugiados ruandeses. Resulta que los “desplazados” son los causantes de todos los males, y no, por ejemplo, los miles de informes inútiles que encarga la consejería. Durante un tiempo atendí a algunos “desplazados” en un hospital público y cada vez les ponían más trabas para venir a visitas de control, y no digamos para operarse. El ejemplo catalán ha cundido: las comunidades de origen les ponen todas las trabas posibles para venir.
En algún momento se dijo que, parte del problema de los desplazados, era debido a la ineficacia de los gobiernos autonómicos para reclamar el pago de dichos servicios. Así me lo han certificado (de palabra, nunca por escrito) gestores que trabajan en ello. Porque ya hemos aceptado que hay 17 sistemas de Sanidad que tienen que competir entre ellos.
Lo grave no es que haya 17 sistemas dispares. Ni que sean impermeables a la libre circulación de profesionales.En el sistema público, me es más fácil ir a trabajar a Londres que a Vigo, Bilbao o a Sevilla. No. Lo más grave es que a nadie parece importarle demasiado.
Y aún así, sorprende que sigamos con salud.
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Otros comentarios e informaciones sobre el asunto

