24 de febrero

Non serviam

Deben de quedar en España una docena de hombres que se tomen en serio los periódicos y El Mundo cuenta a partir de hoy con uno de ellos. Es una excelente noticia. Tomarse en serio un periódico nada tiene que ver con la vanidad proyectada, el interés político o económico, y ni siquiera tiene que ver con el placer y la necesidad que experimenta el lector de periódicos. El hecho tiene que ver con la convicción de que un periódico es un artefacto cultural y moral que permite extraer lecciones decisivas sobre un momento concreto de una sociedad. De ahí que Santiago González ponga el máximo cuidado en hacerlos y en leerlos.

Hace algunos años que este hombre llama a mi teléfono de buena mañana, ya con todos los periódicos leídos y una voz de quejumbrosa retranca. “¿Has visto esto…?” Esto es siempre una grave alteración del sentido que ha localizado en el periódico y cuya responsabilidad suele ser de un político, de un periodista o de una jóvena. Otras veces le llamo yo con lo mismo, aunque algo más tarde y más declamatorio. A veces, cuando cuelgo el teléfono tengo la sensación de que dos cojos van avanzando por un camino infinito, aguantándose uno al otro, charlando sin tregua, aún intactas las ganas de reñir.

Santiago González lo ha pasado mal en esta legislatura aparentemente acabada. Ha ido solventando los días yendo al cine y entregado a su mayor defecto, que es el de cocinar y créerselo. La legislatura ha tenido un lema señorial: “Las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras”. Fueron pronunciadas por el Adolescente, cuando aún lo era, y son exactamente el último plan ético y estético que el nuevo columnista del periódico abrazaría. De hecho, creo que las consideró una suerte de declaración de guerra a la que ha respondido con elegancia, ironía y sentido del deber: tanto en su blog como en sus columnas la respuesta ha acabado convirtiéndose en uno de los grandes trabajos periodísticos de los últimos años. Las palabras. Dice Jean François Revel en El ladrón en la casa vacía, sus imprescindibles memorias: “La posguerra, dogmática e ideológica, sustituyó el arte de la conversación por la edad de la notificación”. O sea: las palabras ya no servían para comprender sino para dar cuenta, para “notificar” el lugar ideológico o político donde se situaba uno o donde situaba al otro. Exactamente: las palabras al servicio de la política. Es decir, su extinción.

Santiago González llega al periódico. La noticia es que la conversación diaria va a hacerse más inteligente, más libre y más feliz.

Comments are closed.

-->