26 de enero de 2008

 


 

La vía láctea

Querido J:

He de anunciarte que he dado con la clave del problema. Por supuesto no soy Craig Venter ni te hablo de algo sencillo como la creación de vida artificial. Se trata de la polémica de las lenguas en España, y más concretamente en Cataluña. Dado que el opositor Rajoy pretende cambiar los fundamentos de la política lingüística catalana y establecer que se enseñe también en castellano, la lengua va a ser uno de los más vistosos cuerpos retráctiles (y cavernosos) de la campaña electoral. Mejor dejarlo todo escrito y dispuesto. Óyeme. El problema parte de la hipocresía de considerar que la proliferación lingüística es un bien a gestionar. Todo lo contrario. Es una mal auténtico, irremediable. Se trata de ver cómo se gestiona un problema y no de cómo se administra una riqueza. El opositor Rajoy ha propuesto que los estudiantes catalanes puedan estudiar en la lengua oficial del Estado. Es muy difícil contrarrestar la cortante claridad del enunciado. De ahí que los nacionalistas le hayan replicado con metáforas indecentes como la del tsunami, o acusando torpemente al opositor de crear guetos lingüísticos, es decir, atribuyendo a los hablantes castellanos interesados en la propuesta una infamante condición de guetistas.

Sin embargo, eso tiene poca importancia y sólo confirma el nivel de los políticos catalanes. Lo interesante es que la propuesta electoral plantearía muchos inconvenientes técnicos. De organizarse dos circuitos lingüísticos habría que pensar en los problemas logísticos y económicos (nada menudos) que semejante alternativa comporta. Otra posibilidad, la de impartir unas materias en una lengua y otras en otra sólo es razonable a partir de bien entrada la primaria; para los cursos iniciales, donde el concepto materia es aún difuso tal vez sería aconsejable utilizar la variable temporal, es decir, una parte del día en cada lengua. Cualquiera que fuese la solución que se emplease en la reforma sería costosa y supondría problemas en un sistema educativo que, desde luego, no se distingue ni por su eficacia ni por su ductilidad, y que acumula fracasos muy documentados en las estadísticas.

Lo que debe subrayarse, sin embargo, de la respuesta nacionalista, encabezada por don José Montilla (un hombre de hechos y no de palabras) es que no recurra a las evidencias pragmáticas para descartar por cara, compleja e inútil la posibilidad electoral del Opositor. Podría hacerlo, y sin más dificultades que las que derivan de sí mismo. Cualquier alumno escolarizado en Cataluña abandona el sistema manejándose (¡como puede manejarse un español!) en castellano y en catalán, y ése es el único objetivo que cabe exigir a la organización escolar de las lenguas. Nadie ha demostrado que las deficiencias (múltiples y hasta dramáticas) del sistema sean achacables a la inmersión lingüística. Tú conoces mejor que yo los intentos de vincular los malos resultados al hecho de que la mitad de los escolares catalanes aprendan en una lengua distinta de la materna. Y sabes tan bien como yo que no tienen base científica. Una conclusión de esa trascendencia necesita una finura analítica que están muy lejos de dar las proyecciones mecánicas a la polémica lingüística de los datos del informe Pisa, como hizo Convivencia Cívica, a grandes brochazos, con los resultados del informe de 2003.

No veo razones técnicas para invocar la reforma lingüística de la escuela catalana. La legitimidad de esa reforma se sustenta en el ejercicio de los derechos individuales y en la rotunda evidencia del Estado español como garante de esos derechos. Ciertamente, el Tribunal Constitucional ha ratificado la pertinencia del modelo lingüístico catalán. Como cualquier sentencia es discutible; pero en cualquier caso no extiende su imperio hasta negar la posibilidad de que el modelo lingüístico de Rajoy se acople igualmente al mandato constitucional.

Sin embargo los derechos y su ejercicio, a un lado y otro de la polémica, conviven con la fenomenal hipocresía de estos dos mantras: la riqueza del bilingüismo y la trascendencia de la lengua materna, ésta última ya situada al nivel profiláctico de la leche. ¡A por ellos! El bilingüismo no sirve para nada. No hablo de los hablantes. A los hablantes el don de lenguas les sirve para sobrevivir mejor en una selva donde entre las bestias más ladinas destacan las lingüísticas. Intelectualmente sólo recuerdo aquella ventaja apuntada por Miquel Siguán: el niño bilingüe reconoce mejor la arbitrariedad del signo lingüístico cuando sabe que a una ventana se le puede llamar window y, lo que es más curioso, finestra. La inutilidad se refiere, en todo caso, a los países pomposamente bilingües. Qué fatalidad. Todo repetido. Un país doblado. Cataluña, sin ir más lejos: como si no bastara con una. El bilingüismo es una maldición que hay que sobrellevar como se pueda. Todo sería más fácil y razonable con una lengua, en San Feliu de Guíxols y en el universo mundo, como bien sabía el dios envidioso que destruyó Babel. Los políticos no se sientan a discutir cómo llevan, organizan y soportan esa carga, sino que tratan de encontrar la mejor manera de que crezca lo que suponen un orgullo. El orgullo lo expresan de un modo minimalista, mejor que nada, estos carteles que en castellano y en catalán dicen: Entrada/Entrada. En cuanto a la leche materna… Tengo un amigo que está dispuesto a apoyar las tesis de Paco Caja sobre la relación entre la leche materna y el nivel cognitivo. Aunque reconozco que su razonamiento es algo alambicado. A su juicio el nivel cognitivo de la clase política catalana estaría directamente relacionado con la evidencia de que en la mayoría de los casos no estudiaron con leche materna. Lo que falla es el caso de don José Montilla. La leche materna. Imagínate, por un momento, que el sistema público catalán ofreciera la posibilidad de una línea escolar de inmersión en el idioma inglés. Ya verías cuánto durarían las ñoñerías lácteas. A ver quién iba a elegir el castellano o el catalán de lengua vehicular de la enseñanza. A ver quién acompañaba a los hijos del cónsul inglés.

Cualquier observador de estas cosas nuestras sabe que para los nacionalistas catalanes la extinción del catalán, que es la fórmula que usan en su dramático profetizar, supone un dolor tangencial respecto al que de veras importa, que es el dolor de que el catalán se extinga a manos del castellano. Mientras la extinción a manos del inglés la considerarían ley de vida la del castellano sería ley de la política. Una intolerable opresión. Precisamente, el móvil de la propuesta de Rajoy responde, lo sepa o no, a la oscura distopía de una Cataluña en que el castellano no fuera ni lengua de intimidad ni tampoco de negocio. El negocio está perdido, en Cataluña y en España, y bastarán unos años para que se aprecie la definitiva sanción anglosajona. Fíjate. Sólo queda por disputar la intimidad. De ahí que entre todos los bilingüismos posibles el nuestro sea el más infeliz. El de dos lenguas hermanas que vencidas en sus andanzas por el mundo vuelven a la casa disputándose a dentelladas cada rincón, sin codiciar ya nada más que una buena muerte.

Sigue con salud.
A.

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