12 de enero de 2008, San Arcadio
Querido J:
Habrás oído, aun vagamente, amortiguada la noticia por la nieve que ya habrá rodeado tu casa, la noticia de que Manuel Borja-Vilell, el director del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, ha abandonado su puesto de trabajo, camino del Reino Sofía de Madrid, donde seguramente le pagarán más y mejor. Las circunstancias concretas del cambio no creas que tengan demasiada importancia, o si la tienen, serán puramente privadas. El señor Manuel Borja nació en Burriana, que es un pueblo de la provincia de Castellón, estudió en Valencia y emigró profesionalmente a Barcelona, donde se convirtió en un especialista en Tàpies y en director de su fundación. Quiero decirte que como cualquier persona encuadrable en los términos de la normalidad el señor Manuel Borja prospera y va respondiendo bien en la lucha por la vida para alegría de los que lo quieren. La prosperidad, en el último movimiento del señor Borja, parece indiscutible. El museo que ha dejado recibe menos de quinientas mil visitas al año y el que ocupa ahora dos veces más. Ya sé bien que la audiencia no indica nada: ni la calidad ni el placer ni la felicidad. No indica nada, con la excepción del Arte Contemporáneo. En el Arte Contemporáneo, a diferencia del fútbol contemporáneo, la audiencia lo es todo. Absolutamente todo, enfatizo y callo.
La decisión del señor Borja, sin embargo, ha sentado muy mal a algunos vecinos de Burriana. Se habían encariñado con su Borja, como es natural, y parece como si, incluso, estuviesen dispuestos a cortarle las alas para no verlo volar. Una prueba, y síntesis, de este enfado vecinal tan absolutamente pintoresco está en los artículos que escribieron dos de ellos en la prensa local. El primero está firmado por el señor Antoni Puigverd. Es un artículo muy sentido, como suelen ser los de este vecino, y se titula “Apagar la luz”. El artículo está hecho en la modalidad cola de pez y en la última línea se produce, en efecto, el apagón, lo que aún siendo algo tautológico no le resta emotividad. El señor Puigverd observa los muros de la Burriana mía y carga contra aquellos familiares y amigos del señor Borja que se han congratulado de su ascenso profesional, económico y social: “Parece inexplicable que incluso en aquellos medios acusados de estar dominados por una costra nacionalista se narrase con tanta ilusión la fuga de un cerebro”. Que el nacionalismo arraigue en Burriana, aunque sea a nivel de la costra, de la costra nostra, no será para ti ninguna novedad. Pero yo quiero que te fijes en la frase cerebral. La fuga de un cerebro. No, desde luego, porque yo quiera ironizar sobre el cerebro del señor Borja. No, no. Es la fuga lo grandioso. Así pues cuando un vecino de Burriana es llamado de la capital para distinguirle, los burrianos consideran que su vecino se fuga. A tu fino ofalto perdiguero no se le habrá escapado, además y para mayor inri, que la palabra que fuga atenúa es traición; ni tampoco y al mismo tiempo, lo juro por éstas, que fugarse es abandonar un lugar donde uno está preso. Pero más allá de estos entretenimientos lo que destaca es el amor que siente Burriana por el hijo Borja. Imagínate, para compararlo, que cuando nombraron al señor Juan Antonio Samaranch presidente del Comité Olímpico Internacional, Burriana entera se hubiese alzado en armas, gritando traición y hablando de la fuga de un cerebro. Y lo mismo con otro hijo ilustre del pueblo, el ecológico señor Federico Mayor Zaragoza, nombrado director de la Unesco, ante cuya promoción ningún vecino chistó como no fuera para celebrarla. Tanto el señor Samaranch como el señor Zaragoza trabajaron, desde sus respectivos destinos, por el bien de Burriana (¡vaya si lo hicieron, y el primero especialísimamente) y no se les ocurrió nunca olvidar a su patria chica que, toute proportion gardée (quiero decir en su tamaño), no cambiarían por nada del mundo. O sea que el reproche tendría sentido (aunque tampoco justicia) si el señor Borja tuviera en Burriana lo que ha encontrado en Madrid; pero sólo a un iluso cronista local se le ocurriría comparar un pueblo grande con una capital, y dejo el pareado para que se vea el paredón.
El otro burriano se llama Ferran Mascarell, y es más conocido porque llegó a concejal del pueblo, donde, por cierto, lo hizo tan bien que acabaron enseguida con él, víctima de esos odios mezquinos que se instalan en las sociedades cerradas, y que dan al traste, ay, con lo mejorcito. Muy otro su destino sería si el señor Mascarell se hubiese conducido como el señor Borja, y no se hubiese resignado a ser un cerebro… local; que oportunidades tuvo para bajarse del barranco y dejar su pueblo blanco. Pero no pudo ser, como dicen en el fútbol. Lo primero que quiero destacar de su escrito es esta pregunta retórica: “¿Qué razones pueden explicar que no se haya retenido a Manolo Borja”. Es una pregunta impresionante. Y sólo tiene una respuesta. Ahora querría estar escribiéndote la carta en el formato digital y traerte ese anuncio tan gracioso de la tienda Media Markt, donde un pitufo, con el índice perforándose la sien, y ante los ventajosos precios, exclama: “¡Yo no soy tonto!”. Los de Burriana son burrianenses y no burros. Por cierto: que preparándote la carta cómo mereces pregunté sobre Burriana al joven Gascón, nuestro amigo, tan inteligente y me remitió este párrafo terso, magnífico, que tan bien aclara todo: “Burriana mira más a Valencia que a Castellón y se considera una capital importante y respetable muy superior a la mediocre Castellón. Burriana, París, Londres, decían y pintaban en la pared los burrianenses. Se cuenta la historia, y creo que es verdad, que los vecinos más orgullosos iban a Burgos a comprar los coches para lucir en la matrícula el BU en lugar del CS de Castelló. Burriana representa un blaverisme arrabalero, independiente y gallito, una especie de Ulster respecto de Inglaterra.” El señor Mascarell introducía esta otra apreciación, sobre el nuevo destino del que llama Manolo, sin duda por la confianza vecinal, particularmente llamativa: “Es un avance para una idea de la cultura española que estira de los mejores profesionales del Estado.” He visto muchas cosas en la vida (todas mal vistas, desde luego, por miope y por cabrón), pero ninguna cultura que no acuda a sus culturandos. ¿Es que hay acaso, y dónde, una ontológica posibilidad de ser no siendo?
La provincia es peor que el apagamiento de la razón. ¿De dónde, si no de las mil burrianas, iba a obtener el Estado sus cerebros? Y en cuanto a nuestros florilegios: fíjate cómo el señor Mascarell opone cultura española a Estado ¡Como si Burriana no fuera las dos cosas!
En fin, yo espero, y deseo, que la fiebre pase pronto y las aguas vuelvan a su cauce. Siempre es difícil con estos orgullos aldeanos. Pero que se fijen en lo bien que lo hicieron otros: en cómo, y con qué modestia, los del nord enllà pasaron de Barcelona a Barcelona Atlètic. Ya reaccionarán. Al fin y al cabo el ser cantera también provoca un legítimo y robusto orgullo, y es verdad que Burriana dispone de hombres y mujeres muy capaces de subir al primer equipo. A condición, siempre, de no encegarse. De no encegarse.
Sigue con salud.
A.




