30 de noviembre de 2007
Una doble vida
(I)
Voy a hablarles de un hombre de cuarenta y cuatro años que conozco y del que no importa su nombre. Nació en la ciudad de Barcelona donde aún vive, y en su tiempo, fue lo que suele entenderse por un niño guapo: un angelito de rizos rubios y ojos muy azules con una cara de salud franca y redondeada. Se crió en un barrio viejo y húmedo y en una familia modesta, pero nunca le faltó nada sustancial. A lo que no llegó fue porque no quiso: sus padres estuvieron siempre dispuestos a pagarle sus estudios, pero él se aburría mucho estudiando. Así que en cuanto pudo dejó el colegio y empezó a trabajar de aprendiz en una fábrica, aunque sin un propósito claro. Por sus palabras de entonces, nada le gustaba demasiado.
Era hijo único y en la casa vivían, además de los padres, dos mujeres ya ancianas: la abuela Amparo, madre de su padre, y la hermana de aquella, la tía Genoveva. Creo que Genoveva era de las dos mujeres la que coleccionaba monedas antiguas. Él, que era ya un adolescente, se las iba robando. Se las robó durante meses, al principio con prudente lentitud y cada vez más rápido. Un día, la mujer echó en falta sus monedas. Aún le quedaban, pero muchísimas menos de las que recordaba tener. La tía Genoveva convocó con cierta solemnidad a la familia y dijo que alguien le estaba robando.
Cuando le preguntaron, él negó que hubiera cogido nada de la tía abuela. Como los días pasaban y las monedas no aparecían el ambiente en la familia empezó a estropearse. Todos sospechaban de él, pero él seguía negándolo, igual ante las súplicas que ante las amenazas. Hasta que una tarde, su tío, el hermano de su madre, se presentó en casa. Era un hombre decidido y sincero y más de una vez había opinado sobre el mal camino que llevaba aquel niño, malcriado por una madre banal y por un padre pusilánime. Por lo tanto, no era extraño que después de que los padres, sumidos en el desconcierto, se hubiesen decidido a explicarle lo que pasaba, el tío estuviese ahora en la casa dispuesto a sacar del sobrino toda la verdad sobre el feo asunto.
—Mira, tú y yo vamos a ir dar un paseo juntos.
Así se lo dijo y es improbable que él no imaginara los motivos del paseo, ni sospechara lo que se le venía encima. Nunca había tenido demasiada confianza con su tío y desde luego nunca habían ido solos a ninguna parte. Sin embargo, aceptó ir con él, aunque fingiendo extrañeza con la mirada y desde luego no optó en aquel momento por confesarse.
El paseo duró lo suficiente y no puede decirse si fue mucho o si fue poco. Las magnitudes objetivas de nada sirven en estos casos. Cada uno llevaría por dentro su tiempo. Sea como fuere, se parara el tiempo o echase a andar, algo trascendente sucedió con él cuando los dos llegaron a un descampado de los que aún eran frecuentes en el noroeste, al pie de las lomas anodinas que puntean esa zona de la ciudad.
—Tú has cogido las monedas de la abuela.
—Yo no.
Aunque él dijo siempre que no le había tocado, la verdad es que el tío le atizó un tortazo nada más le oyó negarlo. Las monedas que robaba las llevaba a un mercadillo especializado de la plaza Real y allí las vendía al precio que le parecía justo. Él no entendía nada de monedas. Con el dinero que iba sacando, compraba en el estanco cartones de tabaco rubio americano. Y con los cartones de tabaco se iba algunas mañanas a la empresa donde trabajaba de aprendiz y ofrecía paquetes a los compañeros, tengo tabaco rubio, barato, de contrabando. Los compañeros apreciaban la ganga, porque aquel tabaco les salía mucho más barato, incluso, que el que conseguían a veces de contrabando y le animaban a traer más.
—¿Tú eres tonto o qué? —le dijo su tío en el descampado.
—Yo no.
Después desandaron en silencio el camino y volvieron a casa.
(II)
Se hizo adulto entre muchos trabajos sin sustancia. En el tránsito le acompañó una novia muy paciente con la que pasó bastantes años. Sin embargo, al final, acertó a casarse con una administrativa que tenía un contrato fijo. Los dos se fueron a vivir a la casa donde él había nacido y que los padres habían abandonado años antes. Tuvieron un hijo. Los niños, cuando nacen, son guapos, fuertes e inteligentes y aman y respetan a sus padres. Después de unos pocos años se separaron, sin violencia, y con naturalidad. Ella volvió a casa de sus padres con el niño y él también volvió con los suyos, aunque solo, y ésa fue la forma como los dos rehicieron su vida.
Con sus padres encontró una cama, ropa limpia y comida hecha. En el día, iba y venía de sus trabajos. El que más le duró fue el de portero, que era, curiosamente, el mismo oficio de su tío. Durante años guardó la puerta de un garaje con pocos coches y ningún conflicto, y el largo período de trabajo dio a sus padres una sensación de estabilidad que casi nunca habían tenido. No ganaba mucho, pero bastaba para sus necesidades y el sueldo pagaba correctamente su esfuerzo. El garaje estaba cerca de su casa y el trayecto lo hacía andando por calles sombreadas y con poco tráfico. Cuatro veces al día hacía ese camino y el horario le daba, incluso, para una siesta que no hacía nunca en la cama. En verano, dejaba el trabajo una hora más tarde, pero entraba en casa con luz de día.
Solía cenar con buen apetito y bebía vasos de vino tinto con gaseosa, de los que algunas veces se quejaba porque le llenaban demasiado el estómago. Si la madre vacilaba a la hora de llevarle a la mesa el segundo plato, le daba tiempo a encender un pitillo de la marca Fortuna, del que fumaba la mitad pero aspirándolo hasta muy abajo. El tabaco se había convertido para él en una obsesión muy llevadera, porque a pesar de que era un hombre informado no había reparado, al menos en voz alta, sobre los peligros del hábito y la dificultad de dejarlo. Tampoco nunca había dicho nada sobre el placer. Fumaba, eso era todo, y frecuentemente entre platos. A la cama se volvía después de que acabaran la película o el concurso en la televisión. Dormía muy bien y al despertar encendía otro pitillo.
Los domingos traía su hijo a casa, y comían y veían la televisión juntos. A media tarde jugaban, unos años al parchís y a las cartas y más tarde con alguna máquina portátil que el niño llevara consigo. Antes de cenar lo dejaba con su madre y él se volvía en el mismo autobús. En el mismo, exactamente, porque el autobús tenía su origen y final delante de la casa de los suegros y él lograba subir, saludar y dejar al niño, y afrontar victoriosamente el reto mientras el conductor cumplimentaba los trámites del control de paso. Durante la temporada en que estuvo vigilando coches no tuvo vacaciones: solía decir que el garaje no perdona, aunque la verdad es que no había querido que le pusieran un suplente. Así ganaba un dinero extra. La consecuencia es que sólo podía ir a la piscina con su hijo los domingos de verano. El niño se lo pasaba muy bien, aunque no pudiera jugar en el agua con su padre, que no sabía nadar y que tenía la piel demasiado blanca como para exponerse abiertamente al sol. Iban muy pronto por la mañana y así él podía ocupar un asiento en la terraza del bar antes de que fuera imposible por la aglomeración. Desde allí, primero en la compañía de un café-cortado, más tarde de una coca-cola y luego de otra, ésta última ya con patatas chips, observaba a su hijo, que entraba y salía del agua y se le acercaba a veces para salpicarle con los chorreones de su cabeza.
A mediados de los años noventa, dejó el trabajo en el garaje. Los domingos había empezado a acompañar a un conocido que hacía fotos en bodas y bautizos y luego de aprender con él se animó y ya fue solo. Y luego, y en vista de que las cosas le iban bien y cada vez había más demanda, decidió que trabajando los fines de semana y los días festivos podría dejar la portería con más dinero y más tiempo libre.
Pero con el asunto fotográfico tuvo problemas al cabo de poco tiempo y entonces regresó a donde solía: a los contratos esporádicos y a las largas e improductivas temporadas en casa. A pesar de todo, alguno de esos contratos fue mejor que otro y alguno provocó incluso que su padre, un hombre habitualmente muy callado, que se jubiló prematuramente por el cierre de la empresa donde siempre había trabajado, le dijera una mañana con insólito y repentino entusiasmo que a ver si ahora se labraba finalmente un porvenir. El porvenir aparecía vinculado a Telefónica y a los nuevos negocios de telecomunicaciones que por aquellas fechas empezaban a llenar de expectativas las páginas de los periódicos. Por el momento, en ese Eldorado, él se ocupaba de orientar a los comunicantes que llamaban al servicio de información del 1003, gracias a los contratos temporales que firmó con diversas empresas asociadas a la compañía.
Fue poco después de firmar el último de estos contratos cuando su padre enfermó. Los médicos diagnosticaron cáncer de próstata y dieron pocas esperanzas a la familia, porque el mal se había extendido. Durante largas y dolorosas semanas él se cuidó de acompañar a su padre a las consultas de los diversos especialistas que trataban de salvar su vida. Los trámites médicos se convirtieron en su ocupación principal y por ellos justificó, incluso, la pérdida de algún trabajo. Decía que su padre era lo primero y decía también que al tratarse de contratos esporádicos y flexibles podía hacer de más y menos. Se lo decía a su madre, a su propio padre enfermo y a la madre de su hijo, que eran los únicos a los que rendía cuenta de su cotidianidad. Una tarde, el médico que coordinaba la terapia del enfermo lo llamó y le dijo que su padre iba a morir, que el cáncer se había apoderado de la cabeza, la sangre y los huesos, y que la cuestión ahora era evitarle el sufrimiento. Le anunció una extinción lenta, sin plazos concretos, pero irreversible.
Los hechos, en efecto, se fueron produciendo tal como aquel médico había anunciado. Un día su padre empezó a quejarse de dolores en las piernas y dijo que le costaba mucho andar. Otro día ya no salió de casa. Otro hubo que empezar a acompañarle al lavabo y cuidar de su equilibrio. Otro se metió en la cama y ya no se levantó. Otro tuvieron que darle la comida porque su mano temblorosa acertaba sólo por casualidad en el agujero de la boca. Otro ya era incapaz de incorporarse en el lecho. Otro empezó a rehuir algunas palabras que parecía querer decir porque le costaba pronunciarlas. Otro ya no decía más que sí o no. Otro desviaba la mirada cuando alguien entraba en la habitación y sonreía de un modo vacío cuando el visitante le preguntaba si es que ya no le conocía. Otro empezó a delirar y sólo se le oía decir mala, mala. Otro ya le apagaron la televisión que hasta entonces había estado permanentemente encendida en el cuarto.
En alguno de esos días, él y su madre fueron a la oficina bancaria que guardaba el dinero de la familia. El dinero, una decena de millones, eran los ahorros que el padre había reunido a partir de su trabajo, y, sobre todo, de una herencia que había fertilizado a través de una prudente y sostenida inversión en Bolsa de muchos años. El dinero estaba a nombre de los esposos, pero la enfermedad aconsejaba ponerlo también al suyo. La madre no puso ningún inconveniente, porque era una andaluza fatalista, y muy poco instruida, que sostenía que por mucho que hiciera la iban a engañar igual, su hijo, el hombre del banco o cualquiera.
La muerte que la familia esperaba era la del padre. Pero el que murió primero fue el tío. Una tarde del mes de mayo cayó al suelo, con su corazón maltrecho ya definitivamente destrozado. Él, muy serio, acudió a velar al hombre que tan abruptamente, en el descampado, lo había bajado, muchos años antes, de su sueño de contrabandista de tabaco. Objetivamente hablando, estaba por fin solo.
La enfermedad y la muerte llenaron de actividad la primera mitad de 1999. Sin embargo, la vida volvió luego a sus movimientos habituales. Continuaba trabajando para Telefónica, con contratos que a veces duraban tres días, llamado para cubrir bajas del personal en nómina. Lo mismo, y en las mismas condiciones, hizo más tarde para Retevisión, el operador privado. Se produjo un cambio en su vida doméstica: muchas de las horas que pasaba ante la televisión las dedicaba ahora al ordenador. Aprendió infinidad de juegos. Fui a despedirme de su padre cuando estaba todavía consciente. El estaba en la casa: había engordado y llevaba unas gafas finas. Le pregunté si estaba conectado a Internet y me dijo que no, que Internet era aún muy lento. Luego sonrió y dejó entender que sólo faltaba Internet para no sacarle jamás de aquella habitación.
En la Navidad del año pasado se presentó ante sus padres con una bonita cesta y una gran sonrisa: regalo de Retevisión, aseguró. El siguiente regalo, al cabo de unas semanas, fue una línea suplementaria de teléfono: la empresa consideraba imprescindible que la tuviera y corría con todos los gastos. Así lo aseguró. Con esa línea conectó su ordenador a Internet. Entonces empezó a decir en casa que las cosas le iban bien, incluso francamente bien dijo.
Lo acababan de nombrar supervisor de instructores, explicó. Eso suponía mucho trabajo y bastante dinero. Tendría que viajar por España para seleccionar al personal idóneo. Su madre lo escuchaba con atención y con alegría. Su padre ya había perdido la conciencia. La noticia se fue extendiendo a su mundo inmediato. Lo supieron su hijo, su ex mujer, los vecinos del piso de abajo, que tan amablemente colaboraban a mover el cuerpo ya prácticamente inerte de su padre, y la mujer de su tío muerto que iba dos veces por semana a la casa, a consolar y a buscar consuelo. Una mañana compró un jamón y lo subió él mismo a pulso. Intentó convencer a su madre que en cuanto a los congelados lo mejor era almacenar provisiones abundantes. Le exigió que hubiera siempre raciones suficientes de un tipo de gamba roja, muy grande y carnosa que le volvía loco, y de un cangrejo ruso que devoraba con grandes bolas de mayonesa. Contrató a una peruana para que ayudara en la casa. A un masajista para que su padre no se llagara. Él corría con los nuevos gastos.
Ahora apenas salía de casa. Bajaba a buscar tabaco, que consumía con la fuerza y la obstinación de un condenado, y ayudaba en algún recado menor, como la compra de medicamentos. Por lo demás pemanecía en su habitación, frente al ordenador, e incluso llegó a espaciar notablemente las visitas a la habitación de su padre. Una tarde abrió la puerta y se sentó con gesto feliz ante su madre y su tía. Merendó con ellas.
—Tengo una asturiana, ahí… —iba diciendo, mientras señalaba su habitación.
La asturiana estaba en el ordenador, en lenguaje Java. A las dos mujeres les costó entenderlo porque tenían del chateo una idea completamente premoderna, mezclada con serrín y jugo de berberechos. Días más tarde les enseño una fotografía de la asturiana, que había llegado por el correo electrónico. Era rubia, guapa y en torno a los cuarenta años. De inmediato dijo que tenía que salir de viaje, que se trataba de su primer viaje. A Asturias, precisamente. Serían unos días, los necesarios para montar la infraestructura de Retevisión en la zona.
—Vaya, vaya —le dijeron la madre y tía, que aquella tarde también estaban allí—; y luego del trabajo…, con la asturiana —y él sonrió discretamente.
Salió en tren una noche, en el expreso “Estrella del Norte”, ocupando un plaza en el coche-cama. Ya había anunciado que nunca viajaría en avión, porque le aterrorizaba. Y que tampoco iban a verle por el sur porque hacía mucho calor. Antes de dormirse en el tren llamó dos veces por el móvil a su madre, comprobando que podía hablar con ella, y con quien quisiera, a más de cien kilómetros por hora, atravesando la noche, por un camino de raíles. Estaba solo, viajaba, y llegaría a la ciudad de Gijón poco después de las diez de la mañana.
Regresó al cabo de unos días quejoso y exultante. Se quejaba de que la mayoría de la gente a quien había tenido que seleccionar no daba la talla. Que era muy difícil encontrar personal, dijo. Exultante, porque había comido mariscos a manos llenas y había probado vinos inolvidables.
–Tía, he bebido un vino fantástico con el marisco. Se llama Viña Esmeralda. Y otro día, con chorizo de ciervo, me dieron el Marqués de Riscal que no puedes figurarte lo que es eso.
Les trajo a la madre y a la tía chorizo, embutidos varios, quesos y sidra. La madre le dijo, hijo mío, ¿no gastarás mucho?, y él contestó con alegría que nunca era mucho, que su jefe lo que le decía, precisamente, es que gastara y como ninguna de ellas lo entendía, tuvo que añadir:
—Lo tengo todo pagado. Hasta el tabaco. Hasta los regalos. Cuanto más gaste, mejor les va para Hacienda.
A la tía, además, le hizo un regalo suplementario: un juego de café que le habían dado en el banco. Como ya disponía de firma sobre los ahorros de su padre, había empezado a liberarlos de la inmovilidad en que habían vivido largos años. El juego de porcelana era la consecuencia leve de ese movimiento: un detalle bancario, por ingresar medio, ciento, un millón en una determinada cuenta. Desde hacía bastante tiempo se había aficionado a los juegos de ordenador y hasta él mismo reconocía que le distraían más de la cuenta. Pronto pasó a jugar en la Bolsa con el dinero de su padre, que ya controlaba. Tenía mucho cuidado, sin embargo: lo llevaba de un lado a otro, pero nunca arriesgaba. El placer era moverlo. Por supuesto, jamás había pisado el parqué bursátil ni había confiado a nadie su dinero. Lo mismo que nunca había cruzado con decisión la pista de baile en busca de una muchacha. Ni en este momento, cuando llevaba ya bastantes años divorciado, ni antes, en su juventud. Ahora le bastaba un clic en su ratón de ordenador: el riesgo de fracasar con el dinero o con las mujeres era el mismo. Pero en cuanto al rubor: no sube nunca a la cara de un hombre solo.
Recién vuelto a las meriendas familiares empezó a hablar de Benidorm. Era su próximo destino, anunció. Había problemas, sin embargo, con el hotel. Está lleno, está todo lleno, iba repitiendo mientras entraba y salía de la habitación.
—Tengo ahí una de Benidorm —dijo volviendo a señalar al puerta.
Su madre y su tía sonrieron. Llegaron a pensar al unísono, ahora que habían entendido cómo se hablan entre sí los hombres y las mujeres modernos, que una vez conocía su próximo destino se afanaba a buscar compañía en las ciudades elegidas. Por eso sonreían y le miraban con ojillos cómplices.
Cuando yo supe todo esto, pensé lo contrario: que daba tumbos por el chat hasta que caía en el colchón muelle de una palabra, Benidorm, digamos, una palabra que alguna chica escribía entre emoticones de risa, incluso de mucha risa, alargando con exageración las últimas letras de la palabra, ooooooooooooooooooooooooooooooorrrrrr
rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrmmmmmmmmmmmmmmm, hasta que la palabra llegaba a alguien y lo atravesaba, él por ejemplo. Y que solo después de anudar el contacto elegía el lugar de trabajo.
Porque podía elegir la ciudad donde trabajar, en efecto, con independencia absoluta de la estrategia y las necesidades de Retevisión. Los papeles de una investigación rápida, discreta y elemental, revelaron tres datos: que un instructor de supervisores necesitaba una formación que él nunca tuvo; que su nombre no constaba en Retevisión ni en ninguna otra empresa asociada a ella y que su último contrato laboral, extendido por una empresa de telemarketing, databa de diciembre de 1998 y había tenido cuatro días de duración.
Así, subía a un tren, casi siempre de noche. Allí cenaba, después de acomodarse. De vuelta a su departamento, desplegaba el ordenador portátil y ponía en marcha su telefóno móvil, dotado de conexión infrarrojos. Una joya tecnológica, pequeña y plateada, que deslumbraba en el hueco de sus manos. Por su ventana pasaban velozmente las estaciones y los eriales, los túmulos de ciudades a lo lejos, pero la velocidad que obtenía la alianza de sus ojos y sus dedos era incomparablemente mayor. Dormía poco y despertaba con los ojos enrojecidos. A primera hora de la mañana llegaba a un lugar donde nunca había estado. Se trataba siempre de ciudades de provincias. En Madrid se habría movido como un boxeador noqueado y nunca puso los pies allí. Todos los hombres que nacieron y vivieron en ciudades hoy crecidas e inabarcables pasaron su infancia en una ciudad de provincias, amortiguada. Digo que tal vez fuera esa paz lo que buscara.
Cogía un taxi al pie de la estación y daba la dirección del hotel al conductor. El hotel era razonable y céntrico. Ni lujo ni bohemia ni envilecimiento. Al reservar la habitación sólo se aseguraba de que podía conectar el ordenador a la línea telefónica. Colgaba la ropa y distribuía los objetos en el baño. Tomaba una ducha rápida, se vestía muy liviniamente y llamaba por teléfono a la muchacha de la ciudad. Había llegado sin novedad. El hotel estaba bien. Ahora tenía que salir inmediatamente porque le esperaban para una reunión. Comería con los del trabajo y la verdad es que no sabía cuándo acabaría. Pero podrían cenar juntos, si es que no surgía algún problema de última hora. No, no habrá ningún problema. Luego llamaba a su madre, estaba bien, se iba a trabajar y cómo se encontraba su padre.
Encendía el ordenador y allí se estaba quieto, fijo y fumando. Cada hora se levantaba para estirar las piernas y ventilar la habitación. Si el hotel tenía cafetería, comía allí mismo. Si no, se acercaba hasta la esquina, pero no más allá. Volvía a la habitación, se tumbaba en la cama y prendía otro cigarro. Le entraba sueño, y a veces se dormía sobre el instante justo de apagarlo: una breve siesta, de memoria, con baba y con ceniza en la boca. Cuando despertaba bajaba a tomar café y luego regresaba a la habitación con un litro de leche que le duraba hasta el anochecer. Llamaba a su madre, he acabado de comer y vuelvo al trabajo, mi padre sin novedad, espero. Llamaba a la muchacha, ningún problema, pasas tú mejor por el hotel, porque yo no conozco bien la ciudad. Al anochecer se encontraban. A veces ella venía sola o a veces con una amiga. Cenaban en lugares cercanos al mar, y él explicaba su trabajo en Retevisión y daba detalles del personal con el que acababa de lidiar. Solían despedirse a la puerta del hotel y quedaban para el día siguiente si es que él podía zafarse de una cena de trabajo.
Su padre se moría muy a poco a poco. Las novedades de sus retornos a Barcelona se centraban en si abría o no los ojos cuando le llamaban. En sí decía no, esporádicamente, o si aún abría la boca cuando su mujer le acercaba la cuchara con el alimento. El observaba todo aquello y le decía a su madre.
—Sigue su curso. Llegará el día en que no podrás darle nada para comer y habrá que ponerle el suero.
La madre le pedía que no la dejara sola. Le recordó que antes de empezar con los viajes, muchos días dejaba de ir a trabajar para estar con su padre y cuidarle y ayudarle. Le advirtió que podría morirse en cualquier momento e intentó que se sintiera culpable. Él movió la cabeza.
—No puedo, es mi trabajo.
Y añadió que, incluso, no iba a tener vacaciones. Retevisión, y más ahora que tenían una ministra en el gobierno, eso le dijo a su madre y a su tía, en otra merienda, crecía de forma imparable y abría oficinas por doquier. No daba abasto para seleccionar al personal. Claro que él empezaba a poner sus condiciones. Para el próximo viaje se habían acabado los trenecillos lentos y cascarrabias que, una vez llegado a su destino principal, lo llevaban de un pueblecito a otro, cada día, a trabajar en la expansión de las comunicaciones. Para el próximo viaje anunciaba cambios radicales: un coche con su chófer lo recogería a la puerta del hotel y lo transportaría por montañas y valles, al aire de un ademán propio.
Las historias verdaderas no acaban, sólo se interrumpen. Yo he hablado hoy aquí, bajo el cielo del sur que él tanto aborrece. Sé que hoy, a esta misma hora, él teclea en una habitación de hotel. Sin verse, ni notarse, impostor perfecto.




