25 de abril de 2007

Hagamos, por una vez, el esfuerzo de tomarnos a Pasqual Maragall como un hombre serio. “Maragall afirma ahora que es el esfuerzo para reformar el Estatuto ‘no ha valido la pena”, dice El País de hoy citando una entrevista del expresidente en el semanario Europa. Las declaraciones son asombrosas, porque Maragall se apodera (y sin pagar) de todos y cada uno de nuestros argumentos, dándole al “nuestros” una consistencia elástica, pero restringida a lo que fue durante la campaña estatutaria el lado de la razón y no el de la irrisoria propaganda. Todo fue un error. Lo dice el que lo cometió primeramente. Ahora es el turno de los devotos: o inhabilitan a Maragall o se callan para siempre. Las declaraciones, a diferencia de otras veces, no son un amago metafórico e indolente. Resulta muy significativo este párrafo: “Tal vez habría sido mejor concentrarse en cambiar el artículo 2 de la Constitución, que crea la figura de las autonomías pero no las especifica”. Maragall recuerda que la Carta Magna no recoge ni los nombres ni los límites geográficos de cada autonomía. “Lo que se debería hacer es añadir en este artículo 2 el nombre de las 17 autonomías y especificar que 3 de ellas son nacionalidades históricas: Cataluña, Euskadi y Galicia”. Sabe lo que dice, sin duda. Como un coxis (es decir, como la melancolía del rabo) de este razonamiento queda en el actual Estatuto la afirmación de que la Constitución considera a Cataluña una nacionalidad. Una afirmación –falsa– contra la que el Tribunal Constitucional no tendrá otro remedio que actuar.

Y esto, como agua va: “Visto con la perspectiva de hoy, ¿valía la pena tanto esfuerzo? 287 artículos especificando las competencias de Cataluña una por una y en cada campo, la economía, la justicia… No, yo creo ahora que no valía la pena”. (Original completo de la entrevista. En italiano.)


Tipos

Un tipo se acercó ayer a una parada de libros y rosas que había instalado Ciutadans en la esquina de Diagonal y la calle Calvet, una zona que es lo más parecido al barrio de Salamanca (y a sus porteros) que existe en este mundo. Les dijo a los que allí estaban que desmontaran la parada o la cosa iría a peor. La cosa fue a peor: se presentaron una docena de tipos de riguroso negro uniformados y de manera muy profesional y silenciosa destrozaron en pocos minutos libros, rosas y tenderetes. Sólo se descontrolaron al golpear la espalda de una muchacha. Pero sería porque ésta se giró a destiempo o hizo algo que no debió. Los libros que se vendían en la mesa eran los primeros títulos de la editorial Tentadero. Uno lo ha escrito Xavier Pericay y el otro yo. Horas después de que los tipos los leyeran a patadas presentábamos los libros al público. En Madrid, amablemente. El contraste es sencillo y algo tosco, desde luego. Pero así es la vida; yo no me he inventado las patadas ni el uniforme del escuadrón. Ni mucho menos Madrid, como quien dice.

Esto de que pisoteen mis libros me preocupa especialmente. Yo soy una persona muy económica. Los libros cuestan de hacer. Forman parte de una trama de días, de incidentes y de esfuerzos y molesta verlos por el suelo. No es lo normal, francamente. Sólo hay que pensar en el día de Sant Jordi para comprobar la rareza. Miles de libros en las calles catalanas. Todos bien tratados, hasta con cariño, y unos pocos incluso vendidos. Es mala suerte que los dos únicos pisoteados entre miles fueran los nuestros. Viniste de culo, ché. Lo que no acabo de comprender bien es el tratamiento que los medios han dado a la rareza.

Significativamente no hablan de libros, sólo de rosas tronchadas, y hasta aceptan positivamente que los agresores acudieran uniformados de negro riguroso: no llevaban inscripciones de un partido político, dice un diario. Es muy tranquilizador. La relación que el periodismo mantiene con la rareza es curiosa. Ya estoy viendo cómo se justifican de la importancia misérrima que dispensaron al destrozo. “Es una anécdota. Un incidente aislado en el océano de felicidad de Sant Jordi.” Media vida hablando del hombre que muerde al perro, para explicar la querencia del periodismo por lo excepcional, y ahora que tienen la oportunidad –exacta– de explicar cómo valientes hombres de negro mordían perros se escudan en la tónica general. Qué contradictorios son. Buena gente, pero contradictorios.

Una de las parálisis reales de un escritor se produce cuando está escribiendo una cosa verdadera y medita sobre la evidencia de que dentro de poco, cuando se publique, ya no será suya. A mí me pasa, lo prometo. Escribo algo que quiero y me cuesta, y enseguida me viene a la cabeza la posibilidad de un tipo miserable leyéndola, con su aliento y sus dedazos. Iba yo a correr el riesgo, si no fuera por dinero. De qué, negros.

(Coda: “Querido papá, ya ves, en castellano”. Xavier Pericay, “Carta a mi padre” en Progresa adecuadamente. Editorial Tentadero, 2007)



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(Cortesías de Roberto Brodsky)

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