20 de febrero de 2007

Lieder
(IV)
Treptow es el cementerio de los soldados rusos caídos en la toma de Berlín. Un pacto no sé si explícito entre Gorbachov y Kohl obliga a la conservación y cuidado de todos los monumentos rusos en Alemania. Treptow está muy bien atendido. Debe de ser el único lugar del mundo donde relucen las citas de Stalin, esculpidas sobre la piedra de los mausoleos. Me las leen con gran paciencia alemana. Son plúmbeas, lo que tratándose de Stalin y de veinte millones de muertos es algo defectuoso. Berlín y Alemania viven con la evidencia terrible de que el estalinismo contribuyó decisivamente a librarlos del nazismo. Lo ideal hubiese sido una limpia victoria con sangre, sudor y lágrimas. Se añadió hiel. En el vestíbulo del Reichstag, y concretamente en el anillo que resume la historia del edificio, no veo la famosa fotografía del soldado soviético clavando la bandera roja. En su lugar hay otra de un grupo de jóvenes rojos, conmovedoramente jóvenes, armados y contemplando desde la altura del Reichstag tomado la ciudad de Berlín quemada. En el Reichstag hay una de las pruebas más memorables que haya visto nunca del gusto alemán por el detalle. Una placa de metacrilato, semiescondida al pie de una de las columnas exteriores, cuenta en tres líneas la historia, como un titular de periódico. El artesano que fundió en bronce las letras Dem Deutschen Volke (Al pueblo alemán), grabadas debajo del friso del parlamento, murió con toda su familia en Auschwitz. Al pueblo alemán.
Todo son historias. Berlín es las mil y una noches –noche y noche— de este lado del tiempo y del mundo. Una de alemanes, de muro y de libros que me cuenta Cristina en el camino de Treptow. El cierre total de la frontera pilló a muchos berlineses desprevenidos. Y entre los asuntos pendientes estaban los libros prestados por bibliotecas del Este que estaban en poder de ciudadanos del Oeste. Ya no podían devolverlos. Pero los guardaron con sus papelitos. Pocos días después de caído el Muro había colas en muchas bibliotecas, y las formaban alemanes pacientes y fieles a sí mismos. El relato mínimo prueba que había dos calles: una llevaba a la eternidad y se basaba en el hecho consumado. Esta solidez del hecho sobre la que se apoyaba el gran Honecker. El muro durará cien años declaraba a los periódicos el 20 de enero de 1989. Cien años, en efecto. Sólo que pasaron entre el 20 de enero y el 9 de noviembre.
Para quitarme de la política, fui a ver la casa de Corbusier en el barrio olímpico. La guía hablaba de una casa de gran amenidad. Llevaba meses de malas relaciones con el arquitecto, fundamentalmente inducidas por Sebreli y alguno de sus venenosos comentarios. Por ejemplo esto de que Corbusier, gran escritor, construía una casa y luego escribía sobre ella seis libros. Mentiras. La Corbusierhaus es una maravilla. Un bloque para dos mil vecinos, poderoso y altivo, incrustado en un parque y a cuatro vientos. Y en efecto: sus placas de colores le dan una amenidad elemental, casi mironiana. Pero el proyecto es fundamentalmente político: “Dans ce village vertical de 2000 habitants on ne voit pas son voisin, on n’entend pas san voisin (…) Au plan de groupe social c’est le benefice des services communs confirmant la liberté individuelle”
Por lo menos la utopía (máxima, mosquetera, todos para uno y) se confirmó en un edificio.
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Correspondencias / Carlos Avilés
Estimado senyor Espada,
Cada vez que tiene lugar una nueva edición de la Berlinale puedo leer, por fin, en los diferentes blogs que frecuento, información de primera mano sobre la ciudad en la que vivo desde hace tres anyos. La Berlinale, porque supongo que será ella la responsable, hace brotar en pleno invierno en los rincones menos esperados y en los momentos más solitarios, el paisaje que dejé atrás y que es tremendamente fácil de reconocer porque circula apocado y fuma cuando nadie más lo hace. De esta manera puedo ver cuán desplazado tengo el punto de mira, es decir, cuanto he aprendido.
Le escribo, y espero que lo lea, para agradecerle que sus dedos acertaran en crear esto: “(…)siendo hecha para seis, viven tres, y entre las cosas realmente desagradables de la vida está la densidad. Y sobre todo porque su música, sus museos, sus jardines y su arquitectura siguen siendo para seis.(…)”. Llevo pensado eso mismo desde que aterricé en Schoenefeld por primera vez, dejando Barcelona atrás, que el camí feia pujada i m’en vaig anar a peu. Y por fin puedo leerlo: ergo sum. Si Berlín y Barcelona se sumaran tendríamos como resultado un precioso cero.
Soy un pésimo guía pero me siento tentado de recomendarle lugares más berlineses que la propia KaDeWe, la Pariser Platz o el Currywurst. Coja el U2 hasta la estación de Senefelderplatz. Desde allí, hacia el oeste, llegará a la Zionskirche Platz. En esa misma plaza hay un Kneipe en el que sirven una ensalada de atún enorme y campechana como el rey Juan Carlos. Fíjese en lo preciosas que son las casas. No deje pasar la ocasión de entrar en los patios. Nadie le dirá nada. Esas casas se construyeron a principios de siglo para alojar a gente adinerada que quería crear un nuevo concepto de zona residencial. Luego llegó la industrialización y las fábricas echando humo que, como en todas las ciudades, se dirige siempre al este. La gente adinerada tuvo que dejar el barrio por la mala calidad del aire pero las viviendas quedaron. Enormes, deslumbrantes. Durante la RDA siguió siendo un barrio obrero y ahora, si es que ha podido realizar la ruta, ya ve en lo que se ha convertido. Perdiéndose por las tranquilas calles llegará a la Arkonaplatz (que siempre la asocio con Arkonada) y siguiendo hasta el norte llegará al Mauerpark, el parque del muro. Atraviéselo hasta el otro extremo, hacia norte, siguiendo la ruta que hacían las tropas que vigilaban el muro (que en realidad eran dos), y llegará a la Gleimstrasse. A su izquierda el Gleimtunnel, Wedding y Berlín oeste. A su derecha la Gleimstrasse, Prenzlauerberg y al final de todo, cuando llegamos al cruce con la Schoenhauser Allee, está el cine Coloseum. Uno de los primeros locales de Europa que estaba dedicado exclusivamente a proyectar películas. Entre. El Hall original es digno de ver aunque la parte reformada parece un estudio de cine. Baje por la Schoenhauser Allee hacia el sur y llegará a la Rosenthaler Platz. Un poco más al sur está el cine Babylon, la Karl-Liebnecht-Haus y el teatro Volksbühne, construido a principios de siglo para dar vida a un barrio lleno de borrachos, putas y ladrones.
Un saludo,
Carlos
P.D.: Disculpe las faltas de ortografía. El teclado juega contra mí.
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Correspondencias / Ganso Mandarín
Universal Bullshit Detector Watch by Joey Skaggs
When Street Tech started, besides “Hardware beyond the hype,” our other
mottoes were: “We have a website and we’re not afraid to use it” and “A
well-honed bullshit detector.” (sigue…)
‘ve always been a fan of novelty watches. I’ve had (to name a few) a Jetsons
watch, a Beatles watch, two Charles S. Anderson watches, and a giant rubber
LCD watch (hey, whatya want, it was the ’80s?) This is a novelty watch, but
when you put it on, it’s not as cartoony/goofy as you might think. It’s got
a gunmetal case with a silver ring around the face and a black rubber band.
The face is a wine red (darker than it appears in this image). On the face
is a cartoon bull taking a tremendous, steaming dump. But because the
background red is dark, the bull doesn’t stand out that dramatically – until
you light ‘er up and the pooin’ starts.
The watch case has two buttons, one typical one for setting the time, and
one for the BS Detector. There’s also a little speaker grille on the case,
When you press the button, the bull starts mooing, three times, as an LED
below the poo pile flashes to illuminate the whole face red (from the
bottom, up). After the moos comes a very satisfying raspberry that removes
all doubt about the message behind the watch. I haven’t had an opportunity
to use it in response to an actual social situation where BS Detection is
called for. It would be fun to have it in, say in a room of people watching
a politician or other professional lier on TV, or over the holidays when my
brother-in-law and I inevitably go to the mat over, well, just about
everything.




