3 de mayo de 2006

Carmen Broto, con su amante en los toros
Entre los libros de los que no se habla, sección imprescindible en las librerías catalanas, este de Manuel Trallero y Josep Guixà: “La invención de Carmen Broto”. Tiene defectos, claro que tiene defectos. Digámoslo pronto y pasemos a lo que interesa. Es un ejemplo de investigación obsesiva, agobiante, enferma: es decir, tiene la primera condición de un reportaje. La obsesión se manifiesta, físicamente, en la propia escritura, con estos epígrafes ritornellos, donde yo escucho la voz beoda del que ha quedado atrapado para siempre por una historia, y al que ya sólo escuchan las farolas. “Periodista, maestro de periodistas…”. “Los hechos, simplemente los hechos, no necesitamos más…”, “Las autoridades deberían advertir que la literatura…” Sólo la obsesión garantiza el resultado. Estos dos hombres, por ejemplo, localizan una interpretación de “El Correo Catalán” sobre el asesinato de la rubia. Un fruto tardío de la inmoralidad roja, dice el carlista. Satisfechos, pero no conformes acuden a la prensa clandestina. ¡A la prensa clandestina buscando huellas de la rubia! Las encuentran. El ciclostil de Esquerra Republicana. El asesinato, fruto de la inmoralidad franquista. El reportaje detalla asuntos muy difíciles. El apellido de Virginia, por ejemplo. Virginia y sus pupilas, decía siempre Manuel Ortínez, del que me acuerdo. Operaba en Parellada, Virginia, y surtía a los burgueses con los que Pla nunca logró entenderse. Quiero decir que las páginas sobre la dulce posguerra barcelonesa son lo más completo que se ha escrito nunca. Pero la importancia del libro está en cómo la pelan. La invención, digo. Desfilan Marsé, Sagarra, Martí Gómez y otros cuentistas. Valga el mínimo y precioso ejemplo del año en que los tacones de aguja llegaron a la ciudad. Los autores utilizan un pelador de verduras para la inmensa y fibrosa calabaza. Demuestran una gran paciencia. Pero llegan triunfantes al corazón. La sorpresa es inmensa: no había nada. Esa nada queda ligeramente empañada por el final del libro. Tras demostrar que Carmen Broto no existió deberían haber evitado la pequeña hipótesis. Aunque comprendo muy bien que no hayan podido resistirse. Del libro no se habla porque muestra un catálogo muy completo del señoritismo local, incluidos en sus vicios las putas y la estética.


