5 de junio de 2004
De vuelta de ver el dignísimo y emocionante montaje de Homenaje a Cataluña. En parte lo ha pagado el Fórum. Estos actores ingleses que saben gritar. Orwell dijo todo cinco minutos antes que el resto de hombres y por eso es el escritor más importante del siglo XX. Hace calor. Contribuye el medio litro de vino de hielo. El montaje acaba con esta dedicatoria: “A los muertos”. A medio leer, en la mesa, un artículo de Jean Daniel. Una juventud traicionada. Los jóvenes norteamericanos que murieron en las playas de Normandía y los jóvenes norteamericanos que han muerto en el desierto de Irak. La muerte luminosa de Normandía frente al oprobio iraquí. Esta frase de que los jóvenes norteamericanos se sacrificaban para exportar el bien y la democracia. Las Cuatro Libertades en las playas normandas.
Hágase Fussell. Su padre y su madre le enviaban al frente libros y calcetines y por eso les dedica Tiempo de guerra. Conciencia y engaño en la segunda guerra mundial. Hágase concretamente el terrible capítulo X: El vacío ideológico. Cualquier párrafo: “Para la mayoría de los soldados y marineros norteamericanos, los Estados Unidos estaban llevando adelante la guerra exclusivamente para defenderse de los monstruos que habían bombardeado Pearl Harbour sin avisar. En julio de 1943, Randall Jarrell le escribe a un amigo que vive en Chanute Field, Illinois, y le dice: “99 de cada 100 personas en el ejército no tienen la menor idea del porqué de la guerra. Sus dos motivos más fuertes son (a) el nacionalismo y (b) el prejuicio racial; les desagradan los japoneses del mismo modo, aunque no tanto, que les desagradan los negros”. La venganza, Jean Daniel.
Otro párrafo: “Durante la guerra, Arthur Miller trabajaba catorce horas diarias en el astillero de Brooklyn y allí observó, como él dice, ‘la casi absoluta falta de conocimiento entre los hombres con los que trabajaba, de lo que significaba el nazismo; estábamos luchando contra Alemania esencialmente porque se había aliado con los japoneses, que nos habían atacado en Pearl Harbour”. Fussell cita luego a John Hersey, en Into the Valley, cuando pregunta a los marines: “¿Por qué pelean?’. ‘Un pedazo de pastel de arándanos’, le respondieron. ‘Whisky escocés’. ‘Mujeres’. ‘Libros’. ‘Música’. ‘Películas’. Hersey tradujo estas respuestas en la verdadera: ‘Para terminar el maldito asunto y volver a casa”.
No siempre fue así. Quizá no siempre fue así. Veinte años antes. “Al preguntársele en 1940 qué opina de la guerra, E.M. Foster responde: “No quiero perderla. No espero la Victoria (así, con V mayúscula), y no puedo sumarme a nada que se parezca a construir-un-mundo-nuevo. Uno se puede tragar eso una vez en la vida, pero no dos’. Prácticamente todo el mundo estaba de acuerdo. Como motivo para la inmolación, el patriotismo resultaba obsoleto, y así lo advertía un soldado canadiense: “¿Quién diablos muere ahora por el rey y por la patria? Esa idiotez se acabó en la Primera Guerra Mundial”.
A los muertos. El gran acierto de la dramaturgia sobre Homenaje a Cataluña es el de poner a los muertos en el centro del escenario. Los muertos que no lo fueron ni por el Rey ni por la Patria. La Revolución. En el centro del escenario, pero sin que los bañe la luz mítica de Jean Daniel. Los peores pecados coinciden con las mejores intenciones. Fuera esa luz cenital. Realzados simplemente sobre un talud de mierda.


