29 de abril de 2004

Se pide el Premio Nobel de Literatura para Richard Dawkins. Idea excelente. Sólida iniciativa para la regeneración del Premio Nobel. Dawkins es un gran escritor. Tengo una amiga que en el trance de comer un higo recuerda siempre con qué emoción llena de lágrimas leyó en Destejiendo el arco iris la descripción del ciclo reproductor de esa fruta. Una literatura de higos y rinocerontes. La literatura postunicórnica de nuestro tiempo. Dawkins es grande. Grande entre muchos grandes. ¿Hay mucha literatura comparable a estos dos libros de Feynman, ¿Qué significa todo eso? y El placer de descubrir que Peregrín puso en mi mano como un santo y seña? Por cierto: ¿hay alguna tesis sobre el estilo de Feynman? ¿Hay muchos artículos que reúnan la perfección formal, el cruce entre intimidad y conocimiento, de Steven Weinberg en Pensamientos nocturnos de un físico cuántico y en otros tantos de su Plantar cara? ¿Hay un exceso de retratos literarios a la altura de los que Bunge dedica a Thomas Kuhn, Paul Feyerabend y Popper en ese tomito, obra menor, de Cápsulas? ¿Se ha dicho últimamente algo más tenso y emocionante sobre el arte que lo que dice Pinker en el último capítulo de La Tabla Rasa? ¿Y Gould? ¿Y Dennet? ¿Hay muchas novelas de intriga como las que escribe Sacks? ¿Dónde está la auténtica literatura de nuestro tiempo, la literatura y no los juegos de manos a los que se refieren los redactores de Edge? Nadie crea que estos escritores, y tantos otros ausentes de una cultura que todavía cree en el romántico choque de palabras como fuente de conocimiento, hacen “literatura de ideas”. La literatura de ideas es propia de novelistas anémicos y mendicantes. Todos los que nombro escriben, precisamente, contra esa torpe escisión.

Adjetivo de éxito. De mucho éxito.

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