10 de febrero de 2004


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El premio Godó de Fotoperiodismo ha pasado de la “indiferencia de Occidente” a la “deferencia de Occidente”. Yo lo celebro, dado que soy Occidente y más gustan los mimos que los bocaos. Pero lo que en realidad celebro son estas palabras del autor de la foto, Francisco Carrasco Cortés, publicadas en La Vanguardia el 6 de febrero: “Él es un joven soldado de un cuartel cercano al lugar del desembarco. Se llama Alberto y es de Jerez de la Frontera. Estaba impresionado por la situación. Ella era una chavalita que se encontraba semiinconsciente. Tiritaba y respiraba con dificultad. Él trataba de darle calor y le hablaba para tranquilizarla”. No sé si esta foto saldrá en la portada del New York Times. Ni si aparecerá en los libros de texto como ejemplo de la solidaridad humana. Ni si colgará de los muros oenegés. El camino arquetípico que recorra me es completamente indiferente, aunque se lo auguro más sobrio y discreto que el fabricado por Javier Bauluz con sus dos zoquetes de hielo. Sólo sé que, siguiendo la útil distinción de Susan Sontag, Francisco Carrasco Cortés tomó (to take) esa foto mientras que Bauluz la hizo (to make). (La distinción entre tomar una foto y hacer una foto ya no rige en el español de España: hay países que van muy rápido). Que Carrasco Cortés tomó esa foto lo prueban sus palabras. “Él se llama Alberto y es de Jerez…” Estas mínimas palabras verdaderas. Aún espera la afición que Bauluz haga hablar a sus fantasmas.

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