13 de enero de 2004
La palabra Internet en el Diccionario. Una excelente noticia, que demuestra el afán de modernización de la ilustre institución, que data del dieciocho y que también a lo podrido lo llama pocho. La palabra Internet apareció por vez primera en un diario español (salvo corrección que reclamo) el 28 de febrero de 1984. La información se titulaba «Los tebeos de Moebius y Battaglia, en dos muestras venecianas». Salió en El País y decía:
El dibujante francés, Moebius y el italiano Dino Battaglia, fallecido el pasado mes de octubre, coinciden en dos exposiciones en Venecia, como reconocimiento y homenaje a dos maestros de historieta actual. Jean Gir, el nuevo Moebius, recoge en el Palacio Fortuny la última producción y su colaboración con el cine, mientras que Dino Battaglia (”Ilustración y cómics de un maestro veneciano”, en la Fundación Querini Stampalia), recoge una antológica de su amplia dedicación a los tebeos. El pasado sábado se inauguró la exposición de Jean Giraud, más conocido por el pseudónimo de Moebius, que representa unas 300 planchas, la mayoría de ellas inéditas, firmadas como Jean Gir. Para esta muestra el dibujante francés ha dibujado una nueva historieta, “Venezia Celeste”, realizada en California, donde trabaja en una película titulada “Internet Transfert”.
La palabra lleva veinte años en la calle. Como mínimo. Llegados a este punto sólo me permitiré reproducir un fragmento (traducido) de Filologia catalana, las memorias aún inéditas de Xavier Pericay: “En la época que yo me dedicaba a la filología —e incluso antes—, cuando alguien insistía sobre la necesidad de incorporar a la lengua de los medios alguna palabra nueva, algún neologismo, siempre se nos contestaba con la prudencia del lexicógrafo. La prudencia del lexicógrafo dice que ha de pasar un tiempo para ver si el neologismo arraiga. Una palabra arraiga, entre otras razones, porque designa una realidad nueva. Pero en el mundo de la filología catalana (tan pétreo, velado y cobarde), siempre había alguien que abrigaba la hipótesis de que la novedad pudiera desaparecer antes de que la palabra fuera aceptada. Ponían el ejemplo del autocine, como el que había en la playa de Castelldefels y que ya no existe, creo. Decían que había pasado de moda y que ya no era preciso incorporarlo a la lengua normativa. Es lo que debe de pasar con la palabra Internet. Aún no está en los diccionarios, porque los filólogos piensan, seguramente, que Internet puede acabar desapareciendo”.
•
Una excelente manera de poner la verdad a prueba (y el estilo: que es lo mismo: o si no que se lo pregunten a Gil Bera, el biógrafo de Baroja) es cambiando el sujeto de las proposiciones. Y poniéndole el de tu enemigo. Así lo hizo Gombrowicz: un día puso Alemania en un discurso donde los nacionalistas de su país escribían Polonia y la verdad resplandeció en todo lo alto. En nuestro tiempo y lugar el periodista Lluís Naix i Pereda (envejecido y mudo desde hace ya muchos años) reprodujo la estrategia del polaco, en un artículo en el desaparecido Brusi. Utilizó unas palabrillas de la diputada Pilar Rahola y donde Rahola decía Cataluña, él puso España. El efecto fue fulminante. Un discurso españolista de lo más necio y rancio.
Así, si yo leyera el párrafo que viene en el periódico me habría subido por las paredes. Las paredes por las que hoy tristemente desciendo: “Cuando el nombramiento parecía inminente siguiendo los peores guiones de la imposición —democrática, eso sí—, Pujol hizo gala de su personal manera de actuar. Siempre arriesgada, fallida en algunas ocasiones y con buenos resultados en otras. (…) El presidente de la Generalitat se expresó con franqueza, a juicio de determinados asistentes. Reconoció las discrepancias con Unió Democràtica y agregó que el hombre de su preferencia no era del agrado de sus socios gubernamentales. Pero, en todo caso, dejó en manos del consejo una delicada tarea. Fue todo un ejemplo de riesgo o de hacer de la necesidad virtud, ante el desacuerdo con sus socios. Al tiempo, Pujol desbordó a sus contrincantes políticos del Partido Socialista. En previsión de un marejada vaticinada por profetas de calamidades…”




