Domingo, 25 de mayo de 2008. Año: XVIII. Numero: 6733.
CRONICA
 
POLITICA / EN EL CEREBRO DE RAJOY
EL ENEMIGO DEL CORCEL IMPETUOSO
UNA SEMANA EN EL DIVAN El líder del PP padece el «efecto Crespi». Consiste en la asimilación de la derrota convirtiéndola en victoria. Así interpreta el psiquiatra Adolf Tobeña la singladura de Rajoy, en la semana en la que Ortega Lara dio el portazo y a ETA se le vieron otras caras
POR ADOLF TOBEÑA

El mar de fondo que ahora sacude con fuerza al PP se gestó en las cavilaciones de Rajoy durante la noche del 9 de marzo y los maitines plácidos y hogareños de las jornadas siguientes. No se ganó aquel día pero se hizo un gran papel. Formidable, en realidad. Hubo calor y cariño sincero, además. El conyugal en directo ante el mundo, en el balcón de Génova, y el de los allegados más fieles en el orgullo de haber culminado, con nota, una empresa dificilísima. Porque marrar la victoria en un final apretado era la segunda mejor hipótesis para Rajoy. O quizás la primera, ante el panorama que se avecinaba. Porque el vértigo del trono siempre inspira dudas en los espíritus sosegados y acomodaticios, y Rajoy, recuérdese, es fumador de habanos en butaca y detesta degustarlos montado en corceles demasiado impetuosos.

Sutilezas del efecto Crespi. Porque la derrota fue balsámica. Higiénica, salutífera y reconfortante ya que todo jugaba en su contra. «Con ese semblante fláccido, esa mirada desvaída, esas barbas y esas lentes tan vetustas, esa voz atiplada y ese aire de alto funcionario provinciano que aterrizó en Madrid, desde el casino pontevedrés, llegar donde ha llegado es tarea mayor. Que la contienda vaya empatada no lo hubiera augurado nadie. La suerte suprema se librará los días venideros, ante las cámaras, en primeros planos feroces. En ese terreno, la frescura es definitiva. No pueden traicionarte la epidermis, el sudor o la raya del peinado. Su contrincante lleva todas las de ganar: es más joven, más guapo, jamás exhibe argumentos y ha fichado a los mejores publicistas». Eso escribía yo mismo, en EL MUNDO, unos días antes de los cara a cara en la última contienda electoral.

A pesar de todo, Rajoy culminó un largo sprint con un vigor y un empuje magníficos, hasta el punto de obligar a sus adversarios al cierre de filas y a ayudas clamorosas (léase los hundimientos de IU, ERC, andalucistas y otros), para conseguir aupar, en volandas, al hueco líder socialista. Por eso fue balsámica la derrota. A pesar de los lastres (propios y de las mochilas heredadas), se cerró el envite con una demostración de fuerza. Plata con una carrera merecedora del oro y con incertidumbre hasta el final. Eso siempre supone una inyección de moral si se parte, como era el caso, de posibilidades de batacazo. Esas oscilaciones afectivas que surgen en los trasiegos entre expectativas y resultados, en cualquier inversión con horizontes de ganancia o pérdida, tienen tradición en Psicología. Se las denomina efectos Crespi por los estudios efectuados en roedores en la década de los 40 del siglo pasado. [Leo P. Crespi fue un psicólogo experimental americano nacido en 1916].

Los efectos Crespi admiten tonalidades diversas (la manida saga de victorias amargas, derrotas dulces, triunfos pírricos o inesperados), y tienen efectos inmediatos y demorados. Rajoy y su equipo de cachorros vivieron aquel resultado como una consagración, el preludio de futuras carreras donde seguir jugando un papel crucial. Pero, claro, no es lo mismo vivir un Crespi en directo, como protagonista, que sufrirlo como aliado y atenerse a las consecuencias. Es decir, apechugar con la derrota por más balsámica que resultara para el jefe y sus acólitos.

Lastres, escoramientos y temperamento. Ahí radica la génesis de la accidentada travesía que emprendió el PP el pasado 9 de Marzo. Para Rajoy y su equipo, el diagnóstico era meridiano: hay que mandar a la reserva a los arietes amortizados y a los excesivamente briosos e iniciar una navegación más suave y tranquila a la espera de los errores rivales que irán cayendo como fruta madura. En cambio, en los cenáculos madrileños más combativos de la galaxia pepera quedó claro, desde la misma noche de la derrota, que el lastre principal era el propio Rajoy. Que era él, su personalidad y su ejecutoria particular, el factor determinante del trecho que separa la plata de la púrpura. Que con semejante líder se estaba ofreciendo a los adversarios un Sagasta para ir trufando quizás, muy de tarde en tarde, los largos períodos de hegemonía del PSOE.

Esa es la raíz de la ebullición fratricida que vive el PP: una disensión de todo punto irreconciliable como postefecto del Crespi. A partir de ese punto comienzan maniobras que se cuecen a otro nivel porque los rescoldos de las sensaciones de victoria o derrota se van difuminando y se impone el día a día.

PERSPECTIVA RAJOYANA

Esos avances responden, sobre todo, a los estilos temperamentales de los protagonistas. A las maneras de gestar el presente y de propiciar el futuro de cada cual. Desde la perspectiva rajoyana los Zaplanas, Acebes, Pizarros y similares quedaban descartados, de entrada, pero había que ir desgranando los ingredientes sorayos con la cachaza y el sigilo requeridos para cocinar el nuevo guiso. Es decir, había que emprender el cambio de rumbo con la prudencia y la exactitud que requieren las maniobras de los grandes paquebotes. Por el contrario, en los hervideros madrileños y en los vascuences ha quedado claro que sobran los impetuosos dispuestos a las salidas de tono, los desplantes y los portazos. Y en ésas estamos: sobresaltos a diario y el corral hecho un cisco.

Acabe como acabe la contienda, llegará un día en que se escribirán panegíricos sobre la templanza marianista. En los cuatro años durísimos de la legislatura anterior tuvo que aguantar andanadas sin cuento por parte de los escribanos gubernamentales que a menudo se regodeaban en el insulto personal y la infamia. Ahora llueven chuzos desde las propias filas y él sigue impertérrito. Como réplica máxima a los sucesivos desplantes, acusaciones y descalificaciones recuerda que «yo sigo siendo el mismo de siempre pero, de vez en cuando, en la vida hay que moverse porque las circunstancias así lo requieren». Todo un poema como enseña de combatividad proferido, además, en voz queda. Como una matización que de ningún modo implica censura a los que andan desgañitándose al notar que, efectivamente, el paquebote se mueve y que el capitán mantiene el viraje sin haber fijado el rumbo ni haber clarificado el escalafón en las responsabilidades de la tripulación.

Es una curiosa manera de gobernar que, en los trances complicados, tiene los costos que vemos: desconcierto y desgarros que ojalá no acaben en fracturas mayores o en el sálvese quien pueda por mor de la impaciencia de unos pocos. Rajoy confía serenamente en el tiempo. Es hombre de fraseos largos, de cadencias dilatadas y ritmos vaticanos. No se lanza jamás al regate inesperado o a los movimientos abruptos, de partida, como le exigen los que le reprochan ausencia de liderazgo. No lo hace simplemente porque no los domina. Lo suyo es el guiso paciente, la espera y el toque final. El aprovechamiento de los reflujos de la mar, una vez capeado el temporal. Tiene como maestro supremo a un francés de gran nivel en el manejo de la demora y el reflujo en política: Mitterrand, quien tenía, a su vez, como guía al príncipe en esas suertes, Talleyrand. Nótese que Rajoy, con Chaves, es el político en activo con una trayectoria más larga en pleno candelero. Tiene tan interiorizado el lema «en política, resistir es vencer», que forma parte de su piel.

FACTOR CATALAN

Resistir, esperar a que escampe, apoyado en el soporte del poder regional. Valencia, Andalucía, Castilla, Murcia y Galicia como puntales para lidiar con la cascada de arreones vascomadrileños. Esos son los ases de Rajoy. Todos lo saben y de ahí que vaya a resultar difícil, muy difícil, tumbarle. Está convencido de que toda la inquina que recibe deriva de un falso dilema. De un grave error de apreciación. Con el PSOE siguiendo ahora, al milímetro, las recetas del PP en Basconia, ése es un frente bien guarnecido y al que hay que dedicar menos de vigilancia (de ahí los sarpullidos, comprensibles, en figuras destacadas de la resistencia cívica vascongada).

Rajoy no olvida, en cambio, que perdió las elecciones en Cataluña. Zapatero fue batido por Rajoy, en la pasada contienda, si se prescinde de los resultados catalanes. Repito: Rajoy ganó esas elecciones en España si obviamos el resultado, apoteósico, de Carme Chacón. Fue ella y no ZP quien derrotó a Rajoy. Eso es crucial. En Génova y en la Generalitat de Valencia lo han estudiado a fondo y han diseñado un plan de reconquista del voto moderado catalán ahora cautivo de los parásitos del miedo al PP. Buen plan. Conviene a todos los españoles.

UN VETERANO

Mariano Rajoy Brey, gallego de 53 años, registrador de la Propiedad. / En 1986 llega al Congreso como diputado del PP por Pontevedra. / Cinco meses después es nombrado vicepresidente de la Xunta. / Aterrizó en Madrid de la mano de José María Aznar, quien, ya presidente, lo nombra ministro de Administraciones Públicas en 1996. / Luego se haría cargo de los ministerios de Educación y Cultura, Presidencia e Interior. / Fue también vicepresidente primero y portavoz del Gobierno. / En 2003 Aznar lo nombra sucesor y candidato «popular» a la presidencia del Gobierno. / El 9 de marzo perdió sus segundas elecciones generales...

Adolf Tobeña, catedrático de Psicología Médica y Psiquiatría, es autor del libro «Cerebro y poder».

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