El descreído

Jaume Boix / Arcadi Espada


El último viernes, Mariano de la Cruz cenó croquetas de Jabugo, morcilla de Burgos y un exquisito cordero al horno, y bebió unos vasos de una buena reserva de Ramón Bilbao. Nunca pensó que fuera a ser la última cena. De hecho, aún no debe de estar muy convencido de haberse muerto. Pero por si acaso, y dado que arrastraba desde la primavera un cáncer mortífero, reunió aquella noche a alguna de la gente que más quería y los invitó a cenar donde Lázaro. Sentado enfrente tenía al psiquiatra y amigo de más de cuarenta años, Carlos Castilla del Pino, que había venido a Barcelona, desde Córdoba, para despedirse.

Por fortuna, todo fue como otras noches y no hubo artificio, ni diplomacia, ni piedad. Apenas arrancados los primeros platos, los dos colegas se enzarzaron en una tremenda disputa sobre las psiquiatrías catalana y española, sobre sus aportaciones y sus estafas. El cordobés avanzaba con su acostumbrado paso de panzer y el catalán iba matándolo a besos. El guión llevaba ya muchos años escrito. De pronto, en la cumbre de la refriega, Mariano de la Cruz miró fijamente a su amigo y le dijo: “A mí lo que me habría gustado en esta vida es ser tú”. Durante unos segundos, Castilla se quedó como esos monstruos cinematográficos a los que de pronto les quitan la electricidad, braceó perdido, buscó con los ojos una imposible fuente de energía y bajó rendido la cabeza con una sonrisa muy rara y muy tierna, de amistad a lo largo.

¿Le habría gustado? Es muy dudoso. Ser el otro le habría ayudado, desde luego, a complacer su vanidad, aunque cualquier vanidad es un pozo sin fondo. Pero el fornido sistema de evidencias con que Castilla ha construido una personalidad legendaria en la psiquiatría española era por completo refractario al corte de carácter de Mariano de la Cruz. Para empezar a descontar, éste no creía ni en sí mismo, y del rey abajo, ninguno. Sin embargo, si fue un gran psiquiatra y un hombre muy seductor se debió a una virtud que va desapareciendo: escuchaba como nadie. La misma curiosidad por el mundo que le llevó de los toros a la gastronomía, o de la pintura al teatro está en la base de su éxito profesional. Cuando el doctor Mariano de la Cruz explicaba un delirio, daba muestras de haberlo vivido. Esta ósmosis entre el enfermo y su sanador era posible porque el doctor creía en los efectos terapeúticos de la palabra y porque, metido en su gabinete, era otro: un sabio humilde, perplejo y humillado ante los desvíos de la vida, dispuesto a aprender lo que el enfermo quisiera enseñarle. En los últimos años, su desconfianza ante la conversión de la psiquiatría en una forma de la química había crecido. Siempre fue un pragmático y un hombre de su tiempo y nunca tuvo inconveniente en incorporar las pastillas a su arsenal de escepticismos. Pero lo que no aguantaba de la civilización del Prozac es la boba mudez a que condena a sus súbditos

De sus intensas y poco iluminadas horas de consulta, que le ocupaban la mitad del día, el doctor salía con un ímpetu extraodinario, dispuesto a vaciar la noche. Había procesado el lodo y era el momento de las cenas y tertulias inacabables, del placer a muchas bandas. En ese escenario se desplegaba otra de sus grandes virtudes: su capacidad para poner en contacto a inteligencias de mundos muy diversos, para anudar amistades insólitas y excepcionales. En la pràctica del entregent —una palabra catalana que entiende cualquier romano— sobresalía tanto su ojo clínico como su irreparable tendencia a la perversión: cuántas veces desde un extremo de una mesa cualquiera observaba con satisfacción infantil y gatuna cómo se estaban peleando a dentelladas dos que hasta esa noche se eran por completo extraños.

El último viernes se marchó sobre la una. Pronto para su costumbre. Caminaba con mucha dificultad y fue difícil acomodarlo en el coche. En la puerta del restaurante, el cortejo observaba la operación conmovido. Cuando el coche arrancó, el doctor saludó con la mano, muy lentamente. La conmoción aumentó entre los amigos, que lo saludaron a su vez. Hasta que el doctor, de la mano patriarcal, sacó el dedo corazón y lo elevó procaz al cielo, indicando con precisión académica cuál es el trato que un hombre debe dar a la muerte.



Enero de 1999