Roma
Pesaba menos de 40 kilos. Sus brazos y piernas estaban permanentemente agarrotados. Tenía que estar siempre de lado, porque si la colocaban boca arriba corría el riesgo de ahogarse en sus propios jugos gástricos, producidos por un estómago atrofiado e incapaz de retenerlos. La cambiaban de posición cada dos horas, para evitar que su cuerpo se llenase de llagas. Pero, aun así, era inevitable que en algunas partes su piel tan fina como el papel de fumar se abriese y su cuerpo sangrase.
Apenas quedaba nada de Eluana Englaro en Eluana Englaro. La mujer que el lunes murió en la clínica de Udine, tras serle suspendidas tres días antes la alimentación e hidratación artificiales en estricto cumplimiento de una sentencia del Supremo, no tenía nada que ver con la joven guapa, alegre y rebosante de vitalidad que 17 años antes, cuando volvía a su casa de una fiesta, sufrió un accidente, al resbalar su coche en la calzada helada que la dejó sumida en un estado de coma.
«Eluana era irreconocible respecto a las fotos que todos conocemos de ella, y verla ha sido una experiencia devastadora». Eso aseguraba ayer Marinella Chirico, una periodista de la RAI a la que los padres de Eluana autorizaron el domingo a ver a su hija y que pasó tres horas en su habitación. «Me pidieron que viera a Eluana porque había críticas feroces y muy crueles que ponían en duda el estado real de Eluana. Esta polémica continuaba creciendo y Beppino (el padre de Eluana) estaba dolido y angustiado de que no le creyeran cuando decía que su hija estaba realmente en condiciones desesperadas».
Abrumado por las cosas que se decían de su hija (Silvio Berlusconi llegó a afirmar que le habían informado de que Eluana tenía buen aspecto, que incluso menstruaba y era perfectamente capaz de tener hijos), Beppino Englaro invitó al primer ministro y al presidente Giorgio Napolitano a acudir a ver a su hija con sus propios ojos. Pero Il Cavaliere no respondió siquiera al ofrecimiento.
En realidad, habría bastado muy poco para acallar gran parte del ruido generado en torno a Eluana Englaro. Tan sólo una foto, una sólo foto, mostrando el terrible estado en el que se encontraba la mujer después de 17 años en coma. Pero su padre siempre se negó a ello, por respeto a la propia Eluana. Y eso que era consciente de que una foto habría zanjado de raíz numerosas polémicas «Sería la bomba atómica, lo sé. Si vieran las fotos de Eluana como es hoy, muchas personas guardarían silencio. Pero no lo haré nunca», afirmó en alguna ocasión. Y jamás ha quebrantado su palabra.
Este hombre enjuto, de rostro afilado y mirada infinitamente triste, que ayer acudió a la clínica La Quiete de Udine a dar su último adiós a Eluana con escolta oficial (las autoridades italianas le han puesto guardaespaldas por el temor de que algún exaltado pueda tratar de agredirle), tiene la costumbre de cumplir sus promesas. Sobre todo, aquella que le hizo a Eluana un año antes de que ella se hundiera en las profundidades del estado vegetativo.
«Si algún día me quedo en coma, prefiero que me dejéis morir», asegura Beppino que les dijo su hija tras ver a un amigo suyo reducido a ese estado. Y lo mismo cuentan sus amigas: «Fuimos al hospital a visitar a Furia, que estaba en estado vegetativo.Cuando salimos de su habitación Eluana me dijo que fuéramos a la Iglesia a rezar para que el Señor se lo llevara», recuerda una amiga.
Beppino esperó un tiempo prudencial, agarrándose a la ilusión de que su única hija podría despertarse en cualquier momento del coma. Pero ese día nunca llegaba, por mucho que Saturnina, la madre de Eluana, se empañara en vestir a Eluana como una princesita y en cuidar su aspecto físico. Hasta que el cáncer de mamá empezó a ensañarse con ella.
Hace diez años, Beppino Englaro comenzó a ir de tribunal en tribunal para que le permitieran poner fin a la agonía de su hija. Otro, en su pellejo, habría optado por desconectar a Eluana sin hacer ruido, de tapadillo, con la ayuda de algún médico compasivo ante su drama Como hacen muchos. Pero él prefirió hacer las cosas de frente y por la vía legal, convencido de que hacía lo correcto.
Pero, ¿de dónde saca las fuerzas para luchar este hombre de aspecto demacrado y ojeras permanentes? «En los momentos más difíciles, he pensado en los campos de concentración. He pensado en los prisioneros, en su sufrimiento, y si aquella pobre gente ha apretado los dientes y soportado atrocidades inenarrables, quizá yo también podría resistir. Sé que no es una comparación justificada, pero me ha dado la fuerza para no rendirme».