¡Plop![1] Por qué las burbujas son buenas para la economía.
Daniel Gross
Miércoles, 9 de
mayo de 2007
Si se pulió los fondos para el
colegio de los niños en acciones de Pets.com en 2000, o pagó 800.000 dólares
por esa casita en Phoenix que sabía que alcanzaría
los 1.4 millones, probablemente no me crea cuando digo: las burbujas de
inversión son buenas para la economía. Sí, esos arrebatos de locura inversora,
que degeneran inevitablemente en venalidad, corrupción e hirientes pérdidas
─¡América las necesita!
En mi nuevo libro, Pop! Why Bubbles Are Great for the Economy, explico por qué los americanos no han interpretado bien las histerias, las manías y las estampidas de las que periódicamente somos presas. En ese mundo mágico conocido sólo por unos pocos economistas, en el que los recursos se distribuyen con eficacia y los consumidores actúan de forma racional, las burbujas serían siempre e inequívocamente negativas. Provocan todo tipo de distorsiones y de comportamientos estúpidos y contraproducentes (pagar 400 dólares por Amazon.com). Pero ese no es el mundo en el que vivimos, especialmente en Estados Unidos. No contamos con la bendición de una población plenamente compuesta de individuos hiperracionales. Y el gobierno no maneja un despliegue de revolucionarios inventos. Por tanto, las nuevas tecnologías y las nuevas formas de hacer negocios son siempre puestas a prueba por rachas. Es más, la emoción de una nueva tecnología interactúa con algunos de los elementos más inestables del carácter de América ─optimismo sin límites, tendencia a las iniciativas emprendedoras, tolerancia de la destrucción creativa y la avaricia─ para producir una especie de manía. De modo que, siempre que aparece una flamante tecnología (como el telégrafo o internet), los americanos pierden colectivamente la cabeza ─y luego las camisas
Al revisar los últimos 150 años,
surge un patrón familiar. Una maravillosa y nueva tecnología o una idea
económica aparecen en escena. Unos pocos años buenos de sólido crecimiento
ayudan a generar la sensación de que las cosas son diferentes y se aplican
nuevas reglas. Se publicitan prometedores pronósticos ─desde la predicción de
Irving Fisher en 1929 de una «meseta permanentemente alta» al Dow
36.000─ que justifican la inversión a niveles
estratosféricos. La tendencia, anteriormente reducida a la comunidad
empresarial, atraviesa la cultura popular. Todo el mundo compra acciones,
invierte capital riesgo, refinancian la hipoteca y se pone
lámparas
fluorescentes compactas. Y entonces ¡plop! La burbuja
estalla, los héroes se convierten en villanos y la bancarrota se extiende.
Como la corrupción y la venalidad quedan expuestas, el autodesprecio y las
recriminaciones son el pan de cada día. (Véase
hipotecas
basura, primavera de 2007.) Y entonces es cuando se escribe
toda la narrativa moralizante sobre la tragedia de las burbujas.
¡Pero esto es sólo la mitad de la historia! Después de todo, el proceso de crecimiento e innovación no termina cuando la burbuja estalla. En 2002, no se desenchufó y se cerró internet. De hecho, una vez que se obtiene una pequeña perspectiva histórica de las burbujas, se ve claro que algunas burbujas ─algunas, no todas─ dejan detrás algo que es un poquito aburrido pero extremadamente útil: infraestructura. Las burbujas que han dejado detrás infraestructura comercial han contribuido de modo increíblemente importante al notable rendimiento económico a largo plazo de América.
Dicho de forma simple, las burbujas son como nuevas infraestructuras comerciales que se construyen en este país. En los años 1840 y 1850, los gobiernos europeos colgaron telégrafos de una gran ciudad a otra gran ciudad. Pero en Estados Unidos, los empresarios borrachos de burbujas arrasaron el campo colgando cables competidores y a menudo innecesarios que se anticipaban a la demanda. La mayoría quebró. En los años 1880, se construyeron redes de ferrocarriles sumamente competidores y a menudo innecesarios más allá de la demanda. Para 1894 cerca de una cuarta parte estaba en bancarrota. Los 90 vieron una orgía de infraestructura comercial construida para internet. Todos sabemos cómo acabó.
Pero los americanos se recuperan del fracaso muy rápidamente. Toda esa infraestructura no se vino abajo ─fue consolidada, adquirida por los inversores con bases de costes más bajas, y reutilizada. El telégrafo, barato y generalizado, llevó al predominio de los americanos en el mercado nacional e internacional en materia de información ─y a negocios duraderos como Associated Press y Chicago Board of Trade. La red nacional de ferrocarriles, barata y generalizada, llevó a un mercado integrado de bienes y productos básicos ─y a negocios duraderos tales como los grandes almacenes, minoristas por correo como Sears y marcas nacionales desde Coca-Cola a Procter & Gamble. El plop de internet nos ha dejado la Web 2.0 ─Facebook y Skype, MySpace y You Tube, y, sobre todo, Google. Cada una de estas empresas comenzó o ganó masa crítica después de que estallara la burbuja de internet. Cada una logró su tremenda escalada de la noche a la mañana gracias a todos los baratos excedentes de capacidad construidos durante la burbuja de los 90.
Durante las burbujas, se construye
un segundo tipo de infraestructura, también: la infraestructura mental. El
dinero reunido durante las burbujas no va a parar sin más a la incineradora.
Se gasta en marketing, publicidad, promociones, campañas y conciencia de
marca[2].
Las empresas en tiempos de burbuja, desesperadas por tener tráfico, aplican
frenéticamente descuentos, pagan bonificaciones, ofrecen envíos gratis y
dirigen sus empresas con márgenes negativos ─todo como parte de un heroico
esfuerzo por engatusar a los clientes y las empresas para que gasten su dinero
de manera fundamentalmente distinta. Los ferrocarriles rebajaron las tarifas
de carga para competir con los canales y los ríos, y entre sí. En los 90, todo
el sector del comercio electrónico se dedicó frenéticamente a persuadir a las
empresas y consumidores para que dieran el salto de fe y compraran cosas
─acciones, libros, billetes de avión, comida para animales, alimentos,
diamantes, medicinas, lo que sea─ online.
La mayoría de las empresas de
internet pioneras en tiempos de la burbuja fracasaron como negocio. Pero
lograron que millones de personas creyeran que dirigir negocios online era
seguro, eficaz y deseable. Esa infraestructura mental no desapareció tras la
quiebra. La gente no dejó de repente de comprar cosas online en 2001. Según
Forrester Research, el comerció electrónico se ha más que duplicado entre 2001
y 2006, hasta los 211.4 billones de dólares. Los innovadores posteriores a la
quiebra fueron capaces de aprovechar tanto una infraestructura comercial
física (banda ancha casi universal) como una enorme base instalada de
clientes. Así, empresas que nacieron muertas durante el boom (Webvan, un sitio
de vídeos apoyado en la publicidad) pudieron prosperar tras la quiebra
(FreshDirect, You Tube).
Hoy, los servicios dirigidos por y
para la economía de Estados Unidos están mostrando una notable capacidad para
volar y desinflar las burbujas rápidamente. Con la ayuda del presidente de la
Reserva Federal, Alan Greenspan, hemos transitado suavemente de la burbuja de
internet a la burbuja inmobiliaria a la burbuja de la energía alternativa en
sólo seis años. Eso hace que la infraestructura mental sea más importante que
nunca. Tome la burbuja inmobiliaria que acaba de estallar. A millones de
personas les dolerá ─y les dolerá mucho─ cuando los precios de los pisos
caigan y las hipotecas se encarezcan. Siempre es difícil ver lo bueno de las
burbujas cuando hay quiebras. (Levante la mano si en 2001 y 2002 pensó que una
empresa de búsqueda por internet y de anuncios por palabras valdría 146
billones de dólares en 2007). Pero las infraestructuras mentales y comerciales
del crédito inmobiliario permanecerán. La cultura de la refinanciación, que
proporcionó una gran ayuda a la economía durante los años 90 y la primera
mitad de la década actual, se quedará con nosotros. Así que, también,
importantes servicios de tiempos de la burbuja, como
Zillow,
que fortalecen a los consumidores.
Estos esfuerzos por hacer virtud de algunas de las peores tendencias del carácter de la economía americana pueden parecer un ejercicio ingenuo de esperanza por encima de la experiencia. Pero en mi libro, la experiencia debería darnos esperanza ─incluso cuando la burbuja inmobiliaria siga causando estragos en la economía y el espacio de la energía alternativa se convierta en una burbuja. Es posible, incluso racional, ser pesimista a corto plazo y optimista a largo plazo. Aquellos que creen que la experiencia del país con las burbujas es toda gris y nublada sin un resquicio de esperanza necesita preguntarse dónde estaríamos ahora sin la irracional exuberancia. Sin los desastres de Global Crossing y Worldcom ¿seguiríamos teniendo Google?
[1] Pop, en el original. Significa «estallar».
[2] Estado en el que el consumidor sabe el nombre de la marca, conoce el producto, sus características y disponibilidad.