¿Es innata la moral?

La ciencia está trazando las raíces biológicas de nuestro sentido de la intuición sobre lo que es correcto e incorrecto.

Marc D. Hauser, Newsweek, 13-9-08.


El 2 de enero de 2007, una gran mujer entró en las cavernas Cango de Sudáfrica y se quedó atascada en la única salida, atrapando a los 22 turistas que tenía detrás. Desenterrarla no parecía ser una opción, lo que dejaba un terrible dilema moral: ¿sacrificamos la vida de la mujer para liberar a los otros 22, o la dejamos morir junto al resto de turistas? Es un dilema porque nos obliga a decidir si salvar la vida de muchos usando la vida de otro como medio para ese fin.


Una nueva ciencia de la moral está comenzando a descubrir cómo las personas en las diferentes culturas juzgan tales dilemas, identificando los factores que influyen en el juicio y las acciones que le siguen. Estos estudios sugieren que la naturaleza proporciona una gramática moral universal, diseñada para generar rápida, intuitiva y universalmente sólidos juicios acerca de lo que es correcto e incorrecto. Considere ser sujeto de estudio de la  Encuesta de Jucio Moral, una web que ofrece dilemas como estos: ¿Conduciría su barco más rápido para salvar del ahogamiento la vida de cinco personas, a sabiendas de que una de las que van a bordo se caerá y se ahogará? ¿Dejaría de darle un medicamento a un paciente enfermo, sabiendo que morirá sin él, pero cuyos órganos podrían ser usados para salvar la vida de otros tres pacientes? ¿Asfixiaría a su bebé berreante si ello pudiese prevenir que soldados enemigos les encontraran y les mataran a los dos, junto a los otros ocho que se esconden con usted?


Estos son dilemas morales porque no existen respuestas claras que obliguen a un deber hacia una parte sobre el resto. Lo que es destacable es que las peronas de diferentes contextos, incluyendo a ateos y creyentes, responden de la misma manera. Es más, cuando se les pregunta por qué tomaron sus decisiones, la mayoría de las personas no tienen ni idea, pero se sienten seguras en sus elecciones. En estos casos, la mayor parte dice que es aceptable acelerar el barco, pero duda sobre dejar de medicar al paciente. Aunque muchas personas respondieron inicialmente que es impensable asfixiar al bebé, a menudo dicen después que es permisible en esa situación.


¿A qué se deben estos patrones? Los casos 1 y 3 requieren de la acción y, el caso 2, de la omisión de la acción. Los tres casos resultan un claro triunfo en términos de vidas salvadas: cinco, tres y nueve vidas sobre una muerte. En los casos 1 y 2, se empeora la situación de una persona, mientras que en el caso 3, el bebé muere sin importar la opción que se elija. En el caso 1, el daño infringido a uno surge como un efecto colateral. El objetivo es salvar a cinco, no tirar al uno y que se ahogue. En el caso 2, el objetivo es acabar con la vida del paciente, ya que él es el medio para salvar a los otros tres.


Sorprendentemente, nuestras emociones no parecen tener mucho efecto sobre nuestros juicios sobre lo que es correcto e incorrecto en estos dilemas morales. Un estudio de las personas que tienen dañada el área del cerebro que vincula las emociones con la toma de decisiones descubrió que, enfrentados a una serie de dilemas morales, estos pacientes hacían por lo general los mismos juicios morales que la mayoría de las personas. Esto sugiere que las emociones no son necesarias para tales juicios.


Nuestras emociones tienen, no obstante, un gran impacto sobre nuestras acciones. Lo que juzguemos correcto o incorrecto puede ser bien distinto de lo que elegimos hacer en cada situación. Por ejemplo, podemos estar todos de acuerdo en que es moralmente permisible matar a una persona con el fin de salvar la vida de muchos. Sin embargo, cuando se trata de sacrificar realmente la vida de alguien, la mayoría de nosotros flojearía.

Otro ejemplo del rol que las emociones tienen en nuestras acciones parte de los recientes estudios de las psicopatías. Tome a los villanos retratados por Heath Ledger y Javier Bardem en «El caballero de la noche» y «No es país para viejos» respectivamente. ¿Saben tales psicópatas lo que es correcto y lo que no? Ahora, los estudios preliminares sugieren que esas psicopatías diagnosticadas clínicamente distinguen el bien del mal, como demuestran sus respuestas en dilemas morales. Lo que es diferente es su comportamiento. Mientras todos nosotros podemos enfadarnos y tener pensamientos violentos, nuestras emociones suelen reprimir nuestras tendencias violentas. En contraste, los psicópatas carecen de tales restricciones emocionales. Actúan violentamente aunque sepan que está mal porque no sienten remordimiento, culpa o vergüenza.

Estos estudios sugieren que la naturaleza nos ha entregado una gramática moral que alimenta nuestros juicios intuitivos sobre el bien y el mal. Las emociones juegan su papel más fuerte influyendo en nuestras acciones ─reforzando los actos de virtud y castigando los de vicio. No cometemos generalmente actos incorrectos porque reconocemos que son incorrectos y porque no queremos pagar el precio emocional de hacer algo que percibimos como incorrecto.

Así que, ¿mataría a la gran mujer atascada en la cueva, o dejaría que muriera con los otros? Si es como otras personas que han hecho la encuesta de jucio moral, diría que es permisible sacrificar su vida porque no su situación no empeora. Pero ¿lo haría realmente? Por suerte, hubo una solución más sencilla: fue sacada a las diez horas con parafina.