El perdón político
Hace tiempo que los nacionalistas vascos exigen que el Estado español pida perdón por el bombardeo de Guernica. Esta semana aprovecharon el 75 aniversario de la matanza para tratar de conseguir una declaración formal del parlamento vasco. Por un voto, y gracias a la alianza entre el Partido Socialista, el Partido Popular y UPyD, no lo consiguieron. Los aviones de la Legión Cóndor mataron a unas 150 personas y fueron enviados por el gobierno de Alemania, que era entonces un aliado crucial del general Franco. Creo que tú y yo siempre hemos estado de acuerdo en lo que podríamos llamar «la continuidad del Estado», y recuerdo una correspondencia donde hablábamos de ello a propósito del Valle de los Caídos y de la necesidad de los gobiernos de asumir la historia, al modo, perfectamente gráfico, como cuelgan de las paredes de los ministerios los retratos de sus ministros, sin distinguir entre los que sirvieron a dictaduras o a democracias. Yo creo que el Estado español ha de hacer suyos los crímenes de la Legión Cóndor, como por cierto, lo hace el Estado alemán. Y debería hacerlos suyos, incluso, en la hipótesis ucrónica de que el gobierno republicano hubiera ganado la guerra. Cuando un Estado fracasa en la misión de proteger a sus ciudadanos es plausible que pida perdón. La cuestión clave es a quién debe pedirlo.
Solo a las víctimas, simbólicamente, y a sus familiares vivos, les debe ese perdón. Una a una y con toda la solemnidad que se requiera; pero solo a las víctimas. Cualquier otra sinécdoque es improcedente: ni a la ciudad de Guernica, ni al pueblo ni al Gobierno vascos debe el Estado pedir perdón. En Guernica y en el resto del País Vasco habitaban personas que, aun horrorizándose de ese bombardeo y de tantos otros, los aprobaron. Y que luego colaboraron con la larga dictadura que sobrevino a las bombas. Las sinécdoques llevan al extraño punto de tener que pedir perdón a los verdugos. O lo que es peor: a los hipócritas.
No repugna a mi razón que algún gobierno español hubiera pedido perdón a las víctimas de la guerra civil. Siempre que fuera a todas las víctimas. La gestión de la memoria histórica del presidente Zapatero se ladea, precisamente, por este punto: la corazonada de que aquel presidente pretendía que el Estado distinguiera entre víctimas. Como lo hizo el franquismo. Ese innoble momento en que el Estado se convierte en una facción.
En cuanto al gobierno vasco, qué decir. Lo profundamente significativo de la proposición que debatió el parlamento es que el gobierno vasco no quedaba incluido en la exigencia de perdón. El gobierno vasco que gobernaba en Guernica el 26 de abril de 1937. El actual gobierno vasco que representa la continuidad del Estado tanto como el actual gobierno español. Nadie tiene que pedir perdón al gobierno vasco por las bombas de Guernica. Es él el que debe pedirlo.
Verás.
Como tantos otros asuntos vascos todo esto se entiende bien a la torva luz de los crímenes de ETA. Como era su obligación, y aunque tarde, el gobierno vasco pidió perdón a las víctimas de ETA. Ibarretxe, 2007. Nadie pudo pensar, entonces y ahora, que el jefe de gobierno vasco pidiera perdón por un crimen que él hubiera cometido. Los asesinos eran otros, pero el sentido del Estado acabó determinando su decisión: el gobierno vasco no había dado a sus ciudadanos una protección eficaz. Ibarretxe podía ponerse, sin grandes dificultades, del mismo lado moral que las víctimas. Y argumentar, también, que él mismo y su partido habían sido víctimas. Aunque en su declaración hablase retóricamente de deberes morales (como sugiriendo una oscura connivencia pasiva con los criminales) su nítido pecado era, por así decirlo, técnico. Y está descrito en estas palabras de su mensaje institucional: «Las instituciones hemos trabajado con todas nuestras fuerzas para defender la seguridad de la personas, pero en muchos casos no ha sido suficiente.» En efecto: no cumplieron con la obligación sagrada del Estado. Que yo sepa ningún político español exigió de Ibarretxe que pidiera perdón al entonces presidente Zapatero por los crímenes de ETA. Ibarretxe no pidió perdón ni al gobierno ni tampoco al pueblo español. Es natural. ¡Ibarretxe era un gobernante español y su gobierno formaba parte del Estado español! Por supuesto, tampoco pidió perdón al pueblo vasco. Sabía que entre los vascos había muchos que aprobaban, aunque fuera por pasiva (refleja) los crímenes de ETA. Al igual que había vascos que habían aprobado los crímenes de la Legión Cóndor. Ya hemos hablado del peligro de las sinécdoques. La clave del perdón político es la siguiente: son los Estados los que deben pedir perdón a las víctimas. Ningún asesino puede aspirar a la legitimidad de ser perdonado.
Poco tiene que ver el perdón político con el que pueda vincular a víctimas y verdugos. Ciertas personas, formadas sobre todo en alguna tradición religiosa, llegan a considerar un deber el perdón de sus enemigos. No tengo mucho que decir sobre este asunto. Leo las crónicas del encuentro entre terroristas y víctimas, y lo cierto es que me inspiran una estremecida curiosidad humana. Es verdad que no acabo de comprender la publicidad que se da a estos encuentros, porque me parece que el perdón forma parte de una delicada trama íntima entre partes. Entiendo mejor la publicidad del verdugo: tal vez quiera aspirar a alguna forma de perdón colectivo. Más difícil de entender me parece la exhibición de las víctimas. Pero yo qué sé.
En cualquier caso, estoy de acuerdo con el Gobierno en despreciar, como herramienta de decisión política, la exigencia de que los verdugos pidan perdón a sus víctimas. Exigir ese perdón es abaratarlo. Pida usted perdón y en dos minutos estará en la calle. Mucho más razonable me parece la obligación de mostrar (¡y no declarar!) el perdón por la vía de los hechos: exigir de los aspirantes a reinsertarse en la humanidad la información de que dispongan sobre su pasado tumefacto, sobre las cuentas pendientes, sobre las complicidades, sobre los crímenes no resueltos. Celebraría que el gobierno no cayera en la literaturización de la circunstancia. Más datos y menos psicoanálisis.
En cuanto al perdón político, de vuelta a él, creo que los ciudadanos españoles estarían dispuestos a concederlo a un gobierno que en nombre del Estado y su continuidad pidiera perdón por no haber sabido proteger la vida y la hacienda de miles de sus ciudadanos durante cuatro décadas infames.
Sigue con salud
A.
(El Mundo, 28 de abril de 2012)
Cráneo sin cerebro
Comparto, cómo no, algunas de las cosas que dice Mario Vargas Llosa en su nuevo libro, y que lleva diciendo hace tiempo en sus artículos. Pero me preocupa que el balance final incida, agravándolo, en el principal problema de la civilización digital: los que saben se alejan y los que todo lo ignoran se afianzan a los mandos. Cualquier interesado por las máquinas observará una descomunal desproporción entre la sofisticación de las máquinas (hardware) y la banalidad de su cerebro (software). Dos ejemplos del iPad: sus mejores programa de escritura (iWriter: limpio, sencillo, eficaz y iBooks Author: ultimismo y multimedia) no saben poner pies de página. Y el segundo: la abrumadora mayoría de las ediciones de periódicos y de revistas son fotocopias exactas de las versiones impresas. Y no puedo extenderme aquí y ahora sobre la sucia pobreza formal de los e-books. La civilización digital es una inteligencia básica de ingenieros que han creado máquinas de la belleza y sofisticación del iPad. Han puesto a disposición de los creadores posibilidades expresivas puramente extraordinarias. Pero nadie ha escrito todavía el manual de instrucciones. Entre otros motivos, porque los grandes creadores como Vargas Llosa no presionan lo suficiente: prefieren denunciar la banalidad. No pasó lo mismo en los albores del cine: ningún director de fotografía fue ni ha sido nunca más importante que los realizadores y los actores. Si lo digital es banal es porque los Vargas no meten el dedo. Ni en la llaga ni en el enchufe.
(El Cultural, 27 de abril de 2012)
¡Haga como yo!
Tengo una pregunta, y es quién se dedica a la política en el Gobierno y en el partido del gobierno. Sabemos que a la política no pueden dedicarse, por ejemplo, los ministros Guindos y Montoro. Ellos se dedican a cuadrar y a cuadrarse y es imprescindible que sigan en ello. En cuanto al presidente Rajoy, es verdad que los gallegos no se meten en política («¡haga como yo…!»); pero aún así. El caso de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría merece mayor atención. Después de cinco meses en el gobierno, ejerciendo un poder en teoría omnímodo, aún se espera de ella que haga su primera declaración política: sobre todo, porque la coordinación entre sus ministros, visto el espectáculo, no debe de ocuparle mucho tiempo.
Quizá, y venciendo la vergüenza, haya que explicar qué supone hacer política. En primer lugar supone la práctica del generalismo. No es la ministra Mato, sacando y metiendo la tarjeta sanitaria, ni el ministro Wert apagando y encendiendo los semáforos de la reforma educativa ni el ministro Margallo en sus Argentinas, dubitativo entre los barcos y la honra, ni los ya citados ministros económicos manejando sus arañas aritméticas. Hacer política es insertar todos esos movimientos en un relato claro, coherente, justificado y hasta orgulloso. Hacer política no es tuiteo sino escritura.
Hacer política es también la exhibición de las convicciones; gozar del escrúpulo del principio de la realidad, pero sin olvidar que un político es parte inexorable y activa de ese principio. La realidad, por ejemplo, es que en Andalucía y en Cataluña el gobierno afronta mayorías políticas regionales peligrosamente contrarias a sus propósitos. Pero la impresión dominante va mucho más allá de este dato objetivo. La impresión dominante es que allí el gobierno no gobierna ni piensa gobernar. El PP ha perdido las elecciones andaluzas pero eso no le da derecho a guardar un depresivo silencio sobre el exceso andaluz que va configurándose (bajo la mirada complaciente e irresponsable del líder de la oposición) y del que la sesión de constitución del nuevo parlamento fue su preludio dadá. El PP no gobernará nunca en Cataluña, pero ni siquiera las comprensibles aspiraciones de su líder catalana a llevar una vida regalada justifican la pasividad con la que el partido está encarando la continua deslegitimación del Estado que llevan a cabo, con obsesiva pertinacia, los dirigentes nacionalistas. Para hablar del País Vasco será mejor esperar unos meses. Tétricos.
Cualquier gobierno tiene un relato. Pero yo no había visto aún ninguno que estuviera siendo escrito en solitario por sus enemigos.
(El Mundo, 26 de abril de 2012)
Dos vueltas
No es extraño que un país del orden sexual del francés haya interpretado en términos de polvo salvaje y unción matrimonial (en todo caso siempre a la francesa) la existencia de una primera y segunda vuelta de la elección de presidente de la República. Entre lo que le pide el cuerpo y lo que le conviene, el francés acaba construyendo un sistema político sofisticado, retórico y generalmente estable. Esta vez la primera vuelta ha sido más brava que nunca y el francés se ha entregado en casi un 19 por ciento a los brazos de madame Le Pen, hija de. Ha habido euforia, pero la fecundación será escasa: a diferencia de lo que logró su padre, madame Le Pen no pasará a la segunda vuelta. Sin embargo, su resultado ya ha puesto la acostumbrada cejilla en el guitarreo: «Inquieta la subida de la extrema derecha»
No debería inquietar a nadie. Lo primero, y fundamental, porque no es solo extrema derecha. Madame Le Pen se parece tanto a la extrema derecha como al 15-M. Lo que dice sobre los bancos es lo mismo que dice en España un divertido capellán anticapitalista que usa mi nombre; y lo que dice sobre los negros es lo que piensan y hacen, aunque no lo digan, los feroces anticapitalistas de la paradisíaca clase obrera francesa. En términos aritméticos, además, parece más útil tener ese 19 por ciento en el regazo de la buena señora que en el de la abstención, que es más o menos la opción española. Por si fuera poca transversalidad, del discurso lepenista, de su colección de insultantes bobadas, ha desaparecido la sumisión dolosa de la mujer.
Los pequeños deben saber y los viejos con fruición recordar que una de las mujeres de Le Pen, una Pierrette, apareció un día en aquella revista asombrosa (a veces creo que soñada) llamada Interviú, con el culo aire y fregoteando el suelo de la casa, todo ello para denunciar ilustradamente el machismo de su ex y la calidad de nuestras fantasías. Las cosas han cambiado y el discurso lepenista se ha hecho aún más transversal, pura y simplemente (medítese), porque lo encarna una mujer.
De modo que ya es hora de dejar de asociar únicamente con la derecha las extremidades lepenistas (si eso fuera cierto Sarkozy ya tendría ganadas las elecciones y aún las tiene que ganar), que forman parte del corazón puramente antisistema de nuestras opulentas sociedades. Tan autosuficientes que incorporan ellas mismas, sin necesidad de acción exterior, los anticuerpos de una destrucción cuya capacidad de hacerse efectiva es, de todos modos, muy improbable. Sobre todo en Francia, ese hermoso e inteligente país que ha ideado el mejor método para que toda la fuerza electoral se les vaya a los «extrememos» por la boca.
(El Mundo, 24 de abril de 2012)
Bula singularis
Querido J:
Como sabes llevo una vida dura. Leo periódicos. Díez al día como mínimo. Y hay semanas que debo doblar. Esta última, por ejemplo, debido a los asuntos de caza del Rey. Ha sido un momento grande para disfrutar de ellos. De sus pactos con la realidad. De sus eufemismos. Del sobreentendido. De su lengua de madera. Es una lástima que tu fatigado desdén te aleje de todo esto: aún se viven días extraordinarios con la prensa. La ceremonia mediática de expiación de nuestro Rey ha tenido momentos sublimes. Este asunto, por ejemplo, de un Rey que pide perdón por un pecado que no ha descrito ni confesado. Ah, ah. Pero deberé centrarme en un aspecto de la cinegética. Mira este párrafo, no importa de quién ni de dónde, publicado después de que el Rey abandonara la clínica: «Don Juan Carlos mantendrá una mayor discreción con respecto a las amistades personales que le acompañan en sus actividades particulares y desplazamientos. No obstante, añaden fuentes oficiales, el Rey no renunciará a sus amistades, que incluyen la que mantiene hace años con la princesa alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein, empresaria y organizadora de safaris, que también acompañaba al monarca en la cacería de Botswana.»
En este párrafo, que aspira a la Historia, destacan palabras como amistad, discreción, renuncia, actividades particulares y hasta desplazamientos. No fue sino después de leerlo muchas veces cuando comprendí que este párrafo cabía relacionarlo con el mantra ampliamente divulgado por muchos políticos y publicistas durante esta semana crítica: hay que modernizar la Monarquía.
Algunos de los actuales problemas del Rey no van más allá de una canción de Perales. El tiempo libre. Lleva una temporada enamorado de otra y correspondido. El Rey tiene 74 años y mi madre y yo mismo diríamos que a la vejez viruelas, si fuera asunto nuestro. Pero, en fin, la vida lleva hoy muchas vidas. Este enamoramiento topa con el habitual problema del hombre casado, y ha dado como consecuencia que nuestra Reina ya no viva prácticamente en Palacio y que incluso la novia alemana pase allí algún día que otro con sus noches. A esta situación cabe añadir los problemas que han traído las hijas, con sus amores frustrados y sus negocios dudosos. Por tanto la familia borbónica es hoy una más de los miles de familias rotas y vueltas a pegar y tal vez para siempre cojeantes que es, por así decirlo, la familia tipo en España. A ti no tendría ni que decírtelo, pero este desorden me horripila. La pareja, su adorable estabilidad y sus fascinantes rutinas, su redondo y creativo aburrimiento, fue inventada para que el varón dejara de pensar obsesivamente en mujeres, y pudiera dedicarse ¡a la caza! sin que el león se lo comiera. La pareja es la condición, asimismo, de cualquier productividad que se precie. Como decía aquel gran cazador de leones que es imposible escribir mientras se está enamorado, baboso, quería decir Hemingway. Pero, como es natural, el que a mí me horripile el desorden y hasta me parezca de una inconveniente debilidad este noviazgo de anciano, no tiene más importancia que la derivada de que yo sea el amo y señor de mi crónica como lo es el Rey de su casa. La cuestión clave, ya digo, es la modernización. Se puede modernizar un rey que fusile elefantes. Mire, señor, la gente no lo ve bien: cace perdices o vaya a los toros, donde al menos la muerte tiene su tomate. Pero para qué modernizar a un Rey infiel, que ya ha hecho decir a sus voceros que no piensa renunciar a hablar de lo que pudiera callarse (¡a ver si voy a ser el único wittgensteniano de semana en España que no va a darse un desahogo!) ¿Modernización? Lo que yo creo, en realidad, es que la familia real, en relación con las de su clase, es extraordinariamente moderna. Para empezar ya no es una familia, con lo que cumple la modernidad cardinal. Por el contrario yo creo que las familias reales, y en general toda familia que viva de dar ejemplo, más que a la modernidad debe optar al clasicismo. Es decir, a una cierta costumbre decantada y probada. De vez en cuando uno puede casar con el «príncipe de gales» una corbata amarillo limón (y nuestro Rey suele); pero solo para reafirmarse de inmediato en los formidables valores de la costumbre gris.
Esta semana, amigo mío, para relajarme un poco en el fragor, me dediqué a hojear de nuevo mi ejemplar de Los borbones en pelota, que me regaló poco antes de morir el inolvidado republicanote Mariano de la Cruz. Ya sabes que el libro recoge una serie de acuarelas de los hermanos Bécquer, depositadas en la Biblioteca Nacional, que reproducen la licenciosa vida íntima, supuesta aunque muy comentada, de la tatarabuela de nuestro Rey, la reina Isabel II, y sus más próximos, entre los que destacaban el rey consorte Francisco de Asís, el favorito Carlos Marfori, el primer ministro González Bravo, el benemérito Padre Claret y la piadosa Sor Patrocinio. Todos ellos actúan, por ejemplo, en la sincrética acuarela número 40, introducida, como suele ser habitual, por una letrilla cañera: «Pio nono agradecido/a los dones de Ysabel/la da bula singularis/para que pueda joder.» La historia de esas acuarelas, pintadas entre 1868 y 1869, al aire libre de La Gloriosa, y un ejemplo canónico de sicalipsis política, es realmente interesante y está llena de enigmas. Entre ellos la compatibilidad de la militancia conservadora de los Bécquer, fieles a Narváez y protegidos por el propio González Bravo, con estas acuarelas disolventes y gozosamente amorales. Luego está también el enigma más convencional: cómo aquel espíritu alado (golondrinas sus nidos a colgar) pudo revolcarse en el fango sicalíptico: pero eso solo es un enigma para los que no han entendido que un día da para mucho. El libro tiene también curiosidades contemporáneas: no conozco su historia editorial (fue editado en 1991), pero sospecho que ha sido azarosa y que algún día deberá contarse; lo significativo es el rastro que ha dejado en las hemerotecas: apenas tres o cuatro alusiones menores después de 20 años, aunque este periódico donde te echo las cartas puede enorgullecerse de haber dado la noticia más larga entre los de su clase e influencia.
Como podrás comprender me shocka mucho que las fantasías en torno a la tatarabuela hayan sido pudorosamente veladas por un establishment que ahora nos anuncia la inexorable decisión real de seguir con las dos. A mi humilde modo de ver la vida sentimental de un Rey debe dar pábulo a toda clase de leyendas y hasta de sicalipsis. Pero, francamente, no creo que sus contornos, exactamente sus contornos, deban llevarse, empujados por el afán modernizador, al Boletín Oficial del Estado.
Sigue con salud
A.
(El Mundo, 21 de abril de 2012)
Responsabilidad
Este Breivik, todo el día en los periódicos y en las televisiones, con su traje claro, su corbata brillante, su ritmo capilar estratégico, rodeado de gentes que parecen correctas y serias, magistrados, fiscales, abogados, ujieres, tal vez algún policía de paisano. Algunas imágenes lo descubren en lo que parece una conversación con su abogada, él parece decirle algo casi al oído, y ella está sonriendo discreta. Todo es de una perfecta normalidad noruega. Nuestro ejecutivo mató a 77, y ahora anda en trámites. Normales. Los propios de un asunto. Ha declarado que actuó en defensa propia y que lo volvería a hacer. Ha llorado también. Y ahí han corrido los medios a interpretar el moco. ¡Santa omnisciencia! Los periódicos siguen preguntándose si es un criminal o un enfermo. Una distinción absurda. Breivik es un enfermo criminal, y deberá estar aislado el resto de su vida de los otros. De algún modo es un convencionalismo social el que lo esté en una cárcel o en un hospital. Es probable que una cárcel noruega sea más confortable y friendly que un hospital psiquiátrico argentino.
El concepto de responsabilidad va difuminándose. De un modo distinto a lo que era usual en el raso pasado marxista y jeanette: si antes se trataba de que yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, ahora son los genes, o cualquier otra forma de la biología, los que deben asumir la responsabilidad. Y mucho más que eso: en realidad, lo que vacila, y de un modo perturbador, es el propio yo. Como me escribió enseguida con su finura mi correspondiente Chema Pascual nuestro Rey ha dicho «no volverá a ocurrir» en vez de no lo volveré a hacer. Ha hecho bien. Ni siquiera un yo real puede asumir ya una responsabilidad semejante. La última autoridad en pronunciarse ha sido Obama. Su programa contra las drogas partirá de la base de que el cerebro del drogadicto no presenta «fallas morales sino mentales». Una frase mucho más polémica de lo que parece, donde pueden discutirse profundamente cada una de sus cuatro palabras, y que el presidente jamás se habría atrevido a extender, por ejemplo, a la homosexualidad.
Todo el programa moral de la Humanidad está basado en que el hombre puede elegir sus actos. Y que cuando no puede es un enfermo. Pero la ciencia está impugnándolo: el tipo de biografía que dibuja el futuro es la de un hombre cuyos actos no pudieron ser distintos de lo que fueron. Pero eso no supone, desde luego, la eliminación del castigo: únicamente lo desplaza desde la esfera moral a la práctica. Breivik tiene que vivir como un cero solo. Y para empezar con su nuevo plan sería estupendo que la retórica mediática dejara de presentarlo como un señor con problemas.
(El Mundo, 19 de abril de 2012)
¡Vaya cadera!
Yo no creo que haya un país que desprecie la verdad como España. Deben de ser las dictaduras. Tantas décadas sin la experiencia moderna de la libertad han dado como resultado un tipo de ciudadanos y de instituciones resabiados, decantados hacia el cinismo, que saben perfectamente que nada veraz pueden esperar del discurso político y social y que se han acostumbrado a usar en sus transacciones una suerte de caja B de la moral. Del uso social de la hipocresía y la mentira dieron ayer dos rutilantes ejemplos el líder de la oposición, Pérez Rubalcaba y un senador del Partido Popular, Jesús Aguirre. El primero se negó a desvelar a los ciudadanos lo que le diría al Rey sobre su extraño y fatídico viaje a Botswana, como si las circunstancias de ese viaje, que lleva tres días en las portadas de los medios, fueran un asunto ¡a tratar entre hombres! (ni siquiera el flagrante paso a la oposición ha acabado con el pinturero aire de Lavapiés del exvicepresidente), al margen del interés público. El segundo no le ha ido a la zaga: ahora que no estamos en campaña electoral es el momento de decir la verdad sobre la sanidad pública, ha declarado en un acto intelectual y no destinado a burros votantes.
Las palabras del líder de la oposición, a las que podrían añadirse las no muy distintas sobre el caso de la señora Cospedal, también partidaria de tratar al Rey como un asunto privado de los políticos, inciden en el zarzuelero escándalo del fin de semana, pero, sobre todo, diagnostican lo que un ciudadano español puede conocer sin que le haga daño. Un ciudadano de nuestro tiempo puede conocerlo ya todo sobre la muy privada cadera del Rey: que se trata de la derecha, que se ha roto por tres partes, que se le ha colocado una prótesis con reconstrucción de fractura femoral; puede, incluso, si era aficionado, haber asistido a la retransmisión en directo del la implantación y acomodo de la prótesis: ¡ya dobla al 90%!, ¡ya dobla al ciento por ciento!, ya ve la tele y lee periódicos, asombrosa cadera. Ahora bien: las personas que acompañaron al Rey a la cacería, su costo, quién la pagó, cuándo, dónde y cómo se produjo la caída y cuántos colmillos se llevó a palacio, todo eso, a diferencia de la bonita cadera nueva (la vieja estaba además corroída por la artrosis: ¡ha sido una bendición del señor el batacazo!) pertenece a la vida privada del Rey. A las 85 horas de la caída de abril la Casa del Rey solo ha acertado a balbucear Rey, cadera, elefante, boom. El manejo español de la verdad.
Y en cuanto a ese hablar de indios, la impronta colonial.
(El Mundo, 17 de abril de 2012)
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