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	<title>Diarios de Arcadi Espada &#187; Viajes</title>
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		<title>Hacia el Este (y XIII)</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Aug 2011 04:04:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Escala en Munich. Apenas un rato. Paseo por el aeropuerto. Silencio y limpia belleza. Por fin en casa. Occidente. Occidente. Occidente. Con que sucia y frívola banalidad pronuncian a veces esa palabra. Occidente. Este lugar que puede medirse y trazarse: donde las relaciones humanas no estan sujetas a la ley imprecisa y degradante de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Escala en Munich. Apenas un rato. Paseo por el aeropuerto. Silencio y limpia belleza. Por fin en casa. Occidente. Occidente. Occidente. Con que sucia y frívola banalidad pronuncian a veces esa palabra. Occidente. Este lugar que puede medirse y trazarse: donde las relaciones humanas no estan sujetas a la ley imprecisa y degradante de la propina.</p>
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		<title>Hacia el Este (XII)</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Aug 2011 08:17:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Borja me lleva a La Casa del Terror, en el centro de Andrássy. El edificio que fue durante el nazismo el antiguo cuartel de los nyilas. Otro museo del Este, formalmente impresionante, aunque le sobre algún rasgo, en efecto, de casa del terror, como la puerta de la entrada abriéndose misteriosamente al paso del visitante [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Borja me lleva a La Casa del Terror, en el centro de Andrássy. El edificio que fue durante el nazismo el antiguo cuartel de los nyilas. Otro museo del Este, formalmente impresionante, aunque le sobre algún rasgo, en efecto, de casa del terror, como la puerta de la entrada abriéndose misteriosamente al paso del visitante mientras suena una música monster. El museo recibe con una síntesis transparente: la cruz de los nyilas y la hoz y el martillo, entrelazadas. En la primera instancia ya está demostrado todo. El panel de la derecha proyecta vídeos de Hitler y adláteres, el de la izquierda de Stalin y los estalinianos. Las similitudes son impresionantes. Totales, exactamente. Aunque supura una pregunta incómoda: si para vencer la máquina nazi no era imprescindible organizar su gemelo. Luego adviene la natural pregunta española: ¿por qué no hay un museo de la guerra civil, con rojos y azules vinculados? La Casa del Terror va en serio. No solamente recorre la fachada exterior un zócalo fotográfico de víctimas. Es que la exposición acaba con una pormenorizada lista de todos los cómplices del terror, también fotografiados, y con los datos básicos de su vida anotados. La exhibición, el ajuste de cuentas, es posible, porque hay un tercero. El tercero son los demócratas húngaros. La Casa del Terror tiene un redactor y tiene un lector, ese tercero. Ahora bien. En España… ¿En nombre de quién se escribe una exposición así? ¿Y quién la lee? Carrillo y Fraga, por ejemplos paradigmáticos, abriendo esa lista. ¿Cómo podría imaginarse, si ellos dos, diputados desde la primera hora en las nuevas cortes democráticas, fueron miembros destacados del establishment que hizo la transición? Dos reconciliados y reconciliantes abriendo la lista de los torturadores?</p>
<p>Pero bien está.</p>
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		<title>Hacia el Este (XI)</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Aug 2011 08:16:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estaba Lutz, estaba Wallenberg, estaba Perlasca, en el friso de homenaje de la gran sinagoga. Estaban todos, menos Sanz Briz. Me vi obligado a presentar una queja formal en nombre de España. O quizá fuera en nombre de la roja. Me falta memoria en los momentos decisivos. El director del museo, muy amable hasta entonces, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estaba Lutz, estaba Wallenberg, estaba Perlasca, en el friso de homenaje de la gran sinagoga. Estaban todos, menos Sanz Briz. Me vi obligado a presentar una queja formal en nombre de España. O quizá fuera en nombre de la roja. Me falta memoria en los momentos decisivos. El director del museo, muy amable hasta entonces, no se tomó nada bien la queja. Murmuró hoscamente algo que nuestro anfitrión húngaro, el profesor Harsanyi, no supo bien cómo traducir. Luego me dio las gracias con sequedad. Lo interesante es que ni él ni nadie supieron explicar las razones de la ausencia del diplomático español en la zona candente del museo del Holocausto. Pero no hay más razón que España.</p>
<p>La historia del Budapest del final de la guerra, y las actividades del diplomático español <a href="../?s=%22%C3%A1ngel+y+giorgio%22">Sanz Briz y del agente comercial Giorgio Perlasca</a> es complicada. La explicaremos con detalle y brío en su momento. Pero por debajo y encima de todo está España. La pusilanimidad española. Sus complejos. Su irrisorio lugar en el mundo moderno.<br/><br/> </p>
<p><a href="http://www.arcadiespada.es/wp-content/uploads/2011/08/tomatina1.jpg"><img src="http://www.arcadiespada.es/wp-content/uploads/2011/08/tomatina1.jpg" alt="" title="tomatina" width="478" height="640" class="alignnone size-full wp-image-5137" /></a><br/><br/></p>
<p>Un hombre que tiene —documentada— la salvación de cientos, tal vez miles, de ciudadanos húngaros es echado para un lado en el propio Budapest a causa de su incómoda condición de administrativo franquista. Sanz Briz no es un héroe romántico, naturalmente. No lleva la gabardina bogartiana de Wallenstein ni desaparece como él en el misterio central de nuestro tiempo, allí donde se cruzan Auschwitz y el Gulag. No adoba (¡reader!) su aventura con los ingredientes de arrojo e impostura de Perlasca, <em> cavalier seul</em>. Da mal en las películas. Pero es un frío desafío racional: ¿cómo y de qué manera un aliado objetivo de Hitler quiso y pudo salvar a las víctimas del nazismo? Para que su trabajo de cabildeo y compostura, de compromisos y pacto, de atildado engaño, de todas esas maniobras, en fin, que se desvanecen con la luz pueda alcanzar la galería de los héroes de la sinagoga se necesita la fuerza motriz de un país que defiende a sus héroes, sea cual sea la retórica que usen. Algo así como Francia. ¿Alguen se imagina la furia de Francia si uno de los suyos fuera excluido así?</p>
<p>Como luego tengo cita en la embajada con el cordial y bien instruido encargado de negocios, Pablo Zaldívar, aprovecho para prolongar mi ira de expañol:</p>
<p>—Si no en nombre de la Patria, que sea en nombre de la Ciencia. Pero protesten ustedes, por favor.</p>
<p>Y lo descansado que me siento al salir al sol rosado que proyectan, frente a la embajada, los muros del palacio Podmanizcky, héroe y princesa.</p>
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		<title>Hacia el Este (X)</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Aug 2011 07:56:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La visita al museo del Holocausto acaba en la vieja sinagoga adyacente. Diáfana. El cicerone del museo echa una mirada de admiración y tristeza. —Muy bella, pero vacía. En efecto. Ya no hay culto. La comunidad que la levantó y la sostenía desapareció. El asesinato de los judíos húngaros fue un capítulo especialmente cruel y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La visita al museo del Holocausto acaba en la vieja sinagoga adyacente. Diáfana. El cicerone del museo echa una mirada de admiración y tristeza.</p>
<p>—Muy bella, pero vacía.</p>
<p>En efecto. Ya no hay culto. La comunidad que la levantó y la sostenía desapareció. El asesinato de los judíos húngaros fue un capítulo especialmente cruel y fulgurante de la matanza nazi. Medio millón de personas fueron exterminadas en Auschwitz, Bergen-Belsen y en campos húngaros. En solo semanas, con los soviéticos rodeando Budapest, los americanos en el continente y la guerra inexorablemente perdida. La crueldad en la propia ciudad fue devastadora y de una estética singularísima. Los miembros del partido nazi autóctono, los nyilas, iban a buscar a sus víctimas, las llevaban a orillas del Danubio, las ataban indisolublemente por parejas y les disparaban a la cabeza. Sólo a una: la otra caía viva al río. Al parecer morían descalzos, porque los zapatos eran un bien preciado. Este es el sentido del homenaje que se levanta, apenas unos centímetros del suelo, en uno de los muelles del Danubio. Anteayer fui a verlo. Ahí va, pero con resquemores. Fotografiar me resulta violento. Imaginar me resulta antipático y cada vez más inmoral. No sé qué voy a hacer en esta vida.</p>
<p><br/><br/><a href="http://www.arcadiespada.es/wp-content/uploads/2011/08/zapatosbudapest.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-5124" title="zapatosbudapest" src="http://www.arcadiespada.es/wp-content/uploads/2011/08/zapatosbudapest.jpg" alt="" width="206" height="153" /></a><br/><br/></p>
<p>El Budapest de los nylas, con los soviéticos apretando el cerco. Miles de judíos hacinados en las casas protegidas. Y un puñado de hombres, tratando de evitar su muerte. El sueco Wallenstein, el suizo Lutz, el italiano Perlasca, el español Sanz Briz. Ahí deben de estar todos ellos, en el friso de fotografías de la sinagoga que honra a los héroes y hacia donde el director del museo me lleva.</p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #00ccff;">•</span></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.emanaciones.com/863">Cortesías</a></p>
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		<title>Hacia el Este (IX)</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Aug 2011 13:11:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Durante un campamento comunista en el hermoso pueblo de Caprarola conocí a unas polacas. Las rodeaba una reticencia general a causa de su cristiandad, más o menos exhibida. No puedo asegurarlo, pero creo que al menos una de ellas vivia en Nowa Huta, de Cracovia. Las recuerdo mientras paseo por el barrio, uno de esos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante un campamento comunista en el hermoso pueblo de Caprarola conocí a unas polacas. Las rodeaba una reticencia general a causa de su cristiandad, más o menos exhibida. No puedo asegurarlo, pero creo que al menos una de ellas vivia en Nowa Huta, de Cracovia. Las recuerdo mientras paseo por el barrio, uno de esos donde iba a florecer el hombre nuevo. Domina el natural sentimiento melancólico. No demasiado distinto al que provoca el paseo por entre viejas mansiones burguesas abandonadas, todavía visibles la pérgola y el tenis. La diferencia es la derrota. En la década de los 30, Polonia tenía una renta per cápita de 2.000 dólares internacionales. Y España de 2.500. Un 25%. A finales de los 70 Polonia había llegado a los 6.100 y España a los 9.200. Un 50%. El comunismo. Este 25%. El décalage de Nowa Huta.</p>
<p>Al margen de la sangre y la ruina está el sarcasmo: que el comunismo se haya convertido en una mercancía de tour operators, es decir, en una cena medieval, es algo que nos habría sorprendido mucho a los últimos de Caprarola.</p>
<p>Llevo ya un par de días en Budapest. Ayer fui a ver a un viejo profesor comunista. Llegó a ser rector, premiado por el régimen. La casa donde hablamos es la misma donde vivió durante cuarenta años, y donde crió a sus dos hijos. Un apartamento de 50 metros cuadrados, en un suburbio. En España la ocuparía un inmigrante acabado de llegar. Bueno, no debo exagerar: dos inmigrantes. Se proclaman con gran alegría los privilegios de la nomenclatura y este hombre, a su modo, fue nomenclatura. Yo discrepo: creo el comunismo repartió su fabulosa miseria de un modo muy equitativo.</p>
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		<title>Hacia el Este (VIII)</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Aug 2011 09:10:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
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		<description><![CDATA[De los aproximadamente veinte mil judíos que vivían en Cracovia sólo quedaron vivos alrededor de 200. Pero su memoria está muy viva en la ciudad. El barrio de Kazimierz, donde la mayoría de ellos vivían, es uno de los lugares más agradables. Queda mucho por reconstruir y por limpiar, pero en unos años se habrá [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De los aproximadamente veinte mil judíos que vivían en Cracovia sólo quedaron vivos alrededor de 200. Pero su memoria está muy viva en la ciudad. El barrio de Kazimierz, donde la mayoría de ellos vivían, es uno de los lugares más agradables. Queda mucho por reconstruir y por limpiar, pero en unos años se habrá convertido en un pequeño Village, si las cosas van bien. Hoy todavía se ven escenas un poco estrambóticas como la de esa madre rolliza que puso a cagar a su niña, casi mocita, en un rincón cercano a la sinagoga Stara, luego le limpió el culo con cierto cuidado, la mocita se subió las bragas, grandecitas, y juntas entraron muy campantes en la sinagoga. Pero estas escenas ya digo que están a punto de desaparecer de Kazimierz.</p>
<p>Aparte del barrio, y de las rutas por el gueto, que arrancan de la plaza de las sillas (Zgody, Concordia), está la fábrica Schindler donde hace un año abrió un museo extraordinario dedicado a la vida en la ciudad entre 1939 y 1945. Un ejemplo moderno, libre y riguroso de reconstruir «un allí y entonces». E incluso popular. Sale uno de allí y no ha lugar a la habitual pregunta final de este tipo de exposiciones documentales: «¿Y bien, por qué no se habrán limitado a hacer una web, más barata y eficaz?». La realidad virtual de la exposición, hecha de objetos, periódicos, películas, voces, es eficacísima y emocionante y creo que uno se hace una idea verosímil de lo inimaginable. El museo, ya digo, ocupa la antigua fábrica del empresario alemán, cuya actitud salvó la vida de cientos de judíos. Y vive, claro está, del éxito impresionante de la película de Spielberg. Esa película que tiene el seco problema justamente señalado por Álvaro Lozano: en vez de morir casi todos se salvan casi todos. Yo soy un gran defensor de la vida extrauterina, pero, en efecto, ésa es una estafa formidable. Murieron. Y es lástima que los principales de sus verdugos también murieran a manos de la justicia vencedora. Qué grave error la pena de muerte. Con lo interesante que habría sido un Eichmann encerrado de por vida, examinado cada quince minutos por científicos, y sometido a la posibilidad de abrirse a la verdad que trae el enevejecimiento, ese aflojamiento general de esfínteres. Qué dilapidación la pena de muerte. Una de estas noches de viaje, de vueltas y duermevelas continuos, cuando se te queda en la cabeza una idea prendida obsesivamente, y quisieras quitártela y dormir como una blanca tabla rasa pensaba proponerle al mundo legal la obligación que tendrían todos los psicópatas de dar su cadáver a la ciencia. Que es la pena de muerte que necesita nuestro tiempo.</p>
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		<title>Hacia el Este (VII)</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Aug 2011 09:26:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El negacionismo tiene graves dificultades en Auschwitz. Si un hombre cualquiera se para en la solemne avenida de la muerte de Birkenau y comprueba que los trenes llegaban hasta el corazón mortuorio de la fábrica, y ese hombre pregunta para qué que no fuera la muerte fue construido todo esto, no encontrará respuesta. La respuesta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El negacionismo tiene graves dificultades en Auschwitz. Si un hombre cualquiera se para en la solemne avenida de la muerte de Birkenau y comprueba que los trenes llegaban hasta el corazón mortuorio de la fábrica, y ese hombre pregunta para qué que no fuera la muerte fue construido todo esto, no encontrará respuesta. La respuesta al negacionismo es todo el inmenso vacío de Birkenau. Otra cosa es el primer Auschwitz, con su cartelito sobre la bondad regeneradora del trabajo y sus miramientos preindustriales. El primer Auschwitz es todavía el castigo, que incluye la muerte, desde luego. Pero en Birkenau el castigo ya se ha hecho irrelevante y el asesinato adquiere el fluido carácter de la muerte natural. El museo de Auschwitz ha de convencer a los hombres de que Auschwitz existió. El negacionismo puede que sirva al mal, pero, en realidad, se alimenta de la buena voluntad de los hombres. Cualquier representación de Auschwitz ha de incluir la persuasión del crimen, porque los hombres, en principio, no se muestran dispuestos a creer en algo que rebaja su condición de modo insoportable. Por fortuna para la verdad el vacío persuade.</p>
<p>No lo hacen, en cambio, los discursos. La necesidad de plantar cara al negacionismo (y de no advertir, quizá, que se niega solo) ha llevado a algunos errores estragégicos. Veamos, por ejemplo, el convoy que llevó a Aly Herscovitz de Drancy a Auschwitz. Uno de tantos, pero es el mío. Se dice en los paneles: de las 730 mujeres que salieron de Drancy, 216 fueron inmediatamente gaseadas. La conclusión sólo es una deducción, que surge de la diferencia entre las mujeres que se registraron a la salida de Drancy y las que se registraron en Auschwitz. Una deducción que no entiende de los errores posibles en el registro, de las que pudieron morir en el viaje, de las que pudieron ser tiroteadas por cualquier razón o de las que fueron gaseadas mediatamente. No hay un documento que permita decir que 216 fueron gaseadas al llegar, de inmediato. No hay prueba ninguna que permita afinar hasta el punto de 216, inmediatamente, gaseadas. El somero análisis de las fuentes presentan esos paneles como tocados por una ilusión de precisión. Una ilusión que, además, se compadece mal con la vaguedad con que otras informaciones claves se ofrecen al público. Las fotos y dibujos del campo, por ejemplo, que se atribuyen a anónimos miembros de las SS o a prisioneros. Y de las que no consta en el museo mayor información sobre el camino que recorrieron antes de llegar a los ojos del espectador deslumbrado. Pero ya digo que está la soledad culpable de Birkenau. La evidencia de que habiendo desaparecido la muerte no queda nada.</p>
<p>En cuanto a mí, llegué a Auschwitz y cierto de que subió a un tren que se detuvo aquí pregunté por <a href="http://alyherscovitz.com/">Aly Herscovitz.</a></p>
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