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	<title>Diarios de Arcadi Espada &#187; El Mundo/Extras</title>
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		<title>Maria Schneider</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jan 2012 05:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mundo/Extras]]></category>

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		<description><![CDATA[Conocí a Maria Schneider una noche de lluvia en Roma, por primavera. Yo me sentaba en la butaca de un cine casi vacío, cerca del Vaticano, donde se fumaba. Ella estaba desnuda en el suelo de un desolado apartamento de París mientras Marlon Brando la sodomizaba con ayuda de un tarro de mantequilla. Cito la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Conocí a Maria Schneider una noche de lluvia en Roma, por primavera. Yo me sentaba en la butaca de un cine casi vacío, cerca del Vaticano, donde se fumaba. Ella estaba desnuda en el suelo de un desolado apartamento de París mientras Marlon Brando la sodomizaba con ayuda de un tarro de mantequilla. Cito la mantequilla rápidamente porque, pasados los años, cualquiera creería que fue un <em>macguffin</em>. Es verdad que permitía el avance de la trama en un sentido muy literal, pero visto lo que aquello supuso en la olivácea España de entonces, estoy tentado a pensar que el macguffin fue todo lo demás, empezando por el tango, tan discutible, de la hermosa banda sonora del Gato Barbieri.</p>
<p>Curioso sobrenombre. Tengo que ser sincero, y mucho más evocando a Maria Schneider en el año de su muerte, pero la mantequilla fue la estrella de esa película. Casi 40 años después es difícil hacerse una idea del impacto que el recto uso de esa grasa tuvo en España. Es justo decir que no sólo España. Al fin y al cabo Brando fue inmediatamente conocido como Marlon <em>Butter</em>, curioso apellido si se tiene en cuenta que <em>butter</em> es mantequilla y <em>butt</em> una de las formas anglosajonas  de llamarle al tarro. Me falta cultura y no puedo decir si la mantequilla fue un amoroso invento de <em>El último tango</em>… o la película se hizo eco de una práctica más o menos refinada. La sensación dominante en España (olivácea, debo repetirlo) es que los franceses se las sabían todas.</p>
<p>A Maria Schneider nunca dejó de perseguirla la sustancia de <em>El último tango</em>… y yo le recuerdo frases muy duras sobre aquellas escenas, sobre Brando, sobre la violación, incluso, a la que la habrían sometido Bertolucci y sus secuaces. No tengo mayor información sobre el asunto. Pero cualquiera de sus opiniones sobre la película no lograrán velar lo fundamental. Ella fue la primera estrella accesible, casi doméstica, del cine. Las diosas habían muerto, ¡aunque habían resistido a Nietzsche!, y por primera vez aparecía en la pantalla alguien que podía ser nuestra novia. Una chica normalita, guapilla, pero no intimidante, un poco viciosa y tan doméstica como la mantequilla… en Francia. Hundido en la butaca de aquel cine romano, menos excitado que calculador y curioso, creo que aquello me complació sobremanera. Imbuido de mi natural optimismo pensé que poder tener una novia que hiciera películas era una cosa realmente fenomenal. Como es lógico, ni por un momento se me pasó por la cabeza el envés. Es decir, la que acabaría siendo la gran aportación y profecía de Maria Schneider: que ya cualquiera podría salir en una película.</p>
<p>Es posible que <em>El último tango</em>… sea una abrumadora metáfora, tensada por dos saxos, sobre la soledad y la incomunicación humanas. He visto la película varias veces a lo largo de la vida y alguna vez me ha dado un pinchazo. Pero su género es el de la anticipación: ahí ya vibra la cuerda del porno doméstico y el Youtube, con sus enternecedoras chicas corrientes enfocadas, semifelices y semidesgraciadas, pero siempre semis.</p>
<p>(<em>Magazine</em>, 25 de diciembre de 2011)</p>
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		<title>Ciencia en la vida</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Dec 2011 04:59:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mundo/Extras]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[intelectuales]]></category>
		<category><![CDATA[Pinker]]></category>

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		<description><![CDATA[En mi caso personal, pero creo que perfectamente transferible, Pinker supuso la entrada del método científico en mi vida. Hasta el año 1995, fecha de la traducción (extraordinaria) de El instinto del lenguaje, yo tenía la idea de que el método científico servía para que despegasen los aviones o para cocer un huevo duro perfecto. [...]]]></description>
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<p>En mi caso personal, pero creo que perfectamente transferible, Pinker supuso la entrada del método científico en mi vida. Hasta el año 1995, fecha de la traducción (extraordinaria) de <em>El instinto del lenguaje</em>, yo tenía la idea de que el método científico servía para que despegasen los aviones o para cocer un huevo duro perfecto. Pero a partir de ese libro luminoso y radical, donde aprendimos que el hombre segrega el lenguaje como la araña su tela, el método científico se instaló con naturalidad tanto en mi juicio sobre la literatura como en mis opiniones morales o políticas, unos dominios donde hasta entonces había reinado despóticamente la metáfora. Es probable que Pinker no fuera el único intelectual armado de propósitos similares; pero sí fue el que llegó en la circunstancia justa, cuando el mundo ya llevaba unos años derrumbado y cabía la peligrosa tentación de enamorarse obsesivamente de sus ruinas. Su lección llegó, además, a través de una escritura clara y combativa, aunque afable; repleta de empirismo y analogías, cuya cumbre, por ahora, y a falta de la traducción española de <em>The better angels of our nature</em> (anuncia Paidós que a finales de 2012) es <em>La Tabla Rasa</em>, compendio de esa incrustación de la ciencia en la vida a la que me refería, y el mejor ensayo escrito contra el siglo XX. Un libro seminal, cada uno de cuyos capítulos alienta a escribir varios libros más. El dedicado a las Artes, por ejemplo, estuvo probablemente en el origen de la obra maestra de Denis Dutton, El instinto del arte. Y es indudable que estos <em>Ángeles</em>&#8230; que ahora se anuncian son deudores del capítulo sobre la violencia cuyo influjo se deja ver también en las obras de Matt Ridley y Mark Stevenson y en el, aún tímido, pero firme optimismo con el que algunas gentes de nuestra época plantan cara a la vida&#8230; y al periodismo.</p>
<p>(<em>El Mundo</em>, 2 de diciembre de 2011)</p>
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		<title>Lugares de la memoria planiana</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Aug 2011 05:00:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mundo/Extras]]></category>

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		<description><![CDATA[Para ver a un escritor en su paisaje es probable que haya que empezar por su cuna y por su tumba. El niño Josep no nació en el ya famoso Mas Pla sino en la calle Nueva de Palafrugell; pero el escritor es todo de esa hermosa y un punto severa masía del cercano villorrio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para ver a un escritor en su paisaje es probable que haya que empezar por su cuna y por su tumba. El niño Josep no nació en el ya famoso Mas Pla sino en la calle Nueva de Palafrugell; pero el escritor es todo de esa hermosa y un punto severa masía del cercano villorrio de Llofriu, donde eligió vivir poco después de la Guerra Civil, coincidiendo el drama colectivo con la frustración íntima del fin de su matrimonio con Adi Enberg. Pla pasó allí cerca de 40 años, alternando la casa con viajes más o menos improbables y alguna estancia en Barcelona.</p>
<blockquote><p>«Era una casa grande, algo desmantelada, inmensa. Es la típica casa romana: una gran sala central, con una chimenea de campana al fondo y las habitaciones alrededor. En esta casa he vivido un montón de días -miles de días- en completa soledad. He pasado en ella todo tipo de momentos. En invierno, más allá del fuego de la chimenea, la casa es muy fría. En verano es una delicia. El vientecillo del sur, en la gran sala en penumbra, hinchando la cortina de la malla de la puerta, el leve cric-crac de las cañas de la otra cortina… A mi madre nunca le gustó la casa: la encontraba demasiado holgada. A mí, en cambio, me gusta, porque es como si fuera capaz de proyectar la soledad en forma física: las grandes habitaciones vacías, mudas; las puertas siempre algo entreabiertas; el silencio, roto por un instante por el crujir de una carcoma en un mueble, el tintineo lejano de un reloj de caja, un mueble reflejado en un espejo… El mejor momento de la casa es cuando llueve —y sobre todo cuando llueve toda la noche».</p></blockquote>
<p>El cementerio está cerca. La tumba del escritor no presenta siempre el aspecto que merece. No le sorprendería. Pla era un realista y conocía los efectos de realce que proyecta el tiempo sobre el desdén. En cualquier caso está enterrado donde quiso. Fue un escritor muy viajero. Raro en España. A veces se autocompadecía y escribía que él no tenía las cualidades principales de esa clase de personas. Entre ellas un buen estómago. Pero no era cierto. Tenía un estómago muy pasable, cuyas funciones las facilitaba una ingesta más bien escasa de alimento: si Pla fue un <em>gourmet</em> no fue nunca un <em>gourmand</em>. Y un estómago tuvo, en fin, que resistió grandes cantidades de whisky, un líquido que apreciaba sobre todo por la orina clara y fluida que daba. Tuvo otra gran cualidad de los viajeros: podía vivir en soledad. O mejor en una soledad matizada por la grafomanía, por «la diabólica manía de escribir» como enfáticamente llamó alguna vez a su vicio. Pero el viaje no le separó nunca del Bajo Ampurdán, que era, como dijo mil veces, su país y el lugar donde obligatoriamente habría de extinguirse.</p>
<blockquote><p>«Solo les pido que me hagan enterrar en el cementerio de Llofriu, que es mi parroquia, sin nadie que no sean los de casa, sin comunicar la noticia a nadie y con el párroco correspondiente para recitar la poesía en lengua latina: el <em>Dia irae, dies illa</em>».</p></blockquote>
<p>Así fue. Con alguien más que los de casa. Aunque tampoco muchos. Ahora las cosas se han ido atemperando. Pero es sabido que Pla murió en plena reticencia catalana, cuando el que llamó «milhombres» justo empezaba a gobernar la autonomía.</p>
<p>El cromo planiano nos lo presenta como un viejo con boina, algo escaldado y de una sonrisa irónica que podía virar rápidamente hacia una ternura infantil. Pero Pla fue joven, y apuesto, y moderno, y airado. El lugar de su juventud fue la playa del Canadell, en Calella, a no más de 10 kilómetros del Mas. Aún hoy es un lugar de una belleza extraordinaria, especialmente en los días limpios y vacíos del invierno.</p>
<blockquote><p>«Íbamos a Calella, a la playa, a pasar un mes. Mi madre había heredado la casita que el señor Casadevall y su esposa doña Beatriz se habían construido en el Canadell. Pasábamos un mes delicioso -un mes que duraba un instante- pescando, bañándonos, remando y saltando por las rocas. Teníamos un bote que se llamaba <em>Nuestra Señora del Carmen</em>, con matrícula de Palamós. Nos gustaba, sobre todo, remar. Era un ejercicio que podíamos practicar horas y horas, sin cansarnos apenas. El sol nos llagaba y nos hacía cambiar de piel. Después quedábamos tostados, morenos, negros, y los ojos se nos volvían tan pequeños que apenas se nos veían».</p></blockquote>
<p>El lugar es el símbolo de la felicidad planiana. No sólo por esa primera juventud, lenta como un verano antiguo. Algo más tarde, a principios de los años 30, fue el escenario de una intentona amorosa, concentrada en el libro de cartas <em>Un amor al Canadell</em>. Pla ya estaba vinculado a Adi Enberg, pero durante aquellos meses de 1932 parece que pudo librarse de ella. No soy yo el que habla así de Adi, sino él mismo, en algunos de sus intercambios epistolares con una Lilian Hirsch suiza. Lo cierto es que en aquel regazo y en aquella playa Pla pudo tener la tentación de quedarse:</p>
<blockquote><p>«Acabo de recibir, cara bambina, tu acuarela. Si la querías, ¿por qué me la has enviado? La he colgado en la pared al lado de mis libros. Es muy sensible de color, de un realismo y un encanto triste. Conozco un poco la tragedia de las estaciones de ferrocarril. Hasta ahora no he hecho otra cosa en mi vida: marchar. Quién sabe si es mi destino. Ya comienzo a estar cansado. Las estaciones son las mejores facultades de filosofía y metafísica del mundo. Se ve la miseria humana, la fragilidad de nuestra naturaleza, la absurdidad de todo y de todos. En las estaciones se dicen frases vacías y altisonantes, se hacen solemnes promesas, se llora o se ríe. Nada».</p></blockquote>
<p>Hay abundantes líneas de Pla dedicadas a la abrasadora luz mediterránea. Así que el viajero del mediodía está autorizado a dejar la playa y refugiarse en la iglesia de Palafrugell. Se trata de un áspero símbolo. En abril de 1936 Pla dejó Madrid y volvió a Cataluña. Aún no se sabe bien por qué. Es probable que tuviera informaciones sobre la inminencia de un golpe militar. Pero aun contando con su legendaria cobardía no parece esa huida la actitud natural de un periodista. Lo cierto es que regresó, y que un grupo de anarquistas de Barcelona fue a buscarlo en los primeros días del Alzamiento. «Para matarle por fascista», según le dijeron a Pere Pey, el jefe de la CNT local que les negó la pieza que buscaban y que incluso puso protección al escritor. En esos días bárbaros, con la vida colgando, Pla sufrió una imagen inolvidada. Forma parte del antológico artículo <em>Retorno sentimental de un catalán a Gerona</em>, publicado <a href="http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/1939/02/10/pagina-3/33121137/pdf.html">en <em>La Vanguardia Española</em></a> pocos días después de la entrada franquista en Barcelona.</p>
<blockquote><p>«Aquí nacimos, aquí fuimos bautizados, aquí hemos vivido los años de adolescencia, aquí tenemos a nuestros antepasados soñando el sueño eterno. Aquí vimos, desde un pequeño monte de los alrededores del pueblo, arder las iglesias de otros siete pueblos. ¡Qué día! Fue el 19 de julio de 1936. Fue quizá el día de más emoción de nuestra vida. ¿Por qué quemaron estas iglesias? ¿Por qué incendiaron el altar mayor de Palafrugell, que está en todas las historias del arte como uno de los especímenes del arte barroco, churrigueresco, más brillantes y más típicos del mundo? El espectáculo de la destrucción inútil nos anonada, nos aplasta. ¿Por qué estos hombres han hecho esto? Siete pequeñas iglesias, pues, ardían el 19 de julio de 1936 y yo presencié el espectáculo de esta destrucción, impotente. Todas estas iglesias tenían a su lado unos minúsculos cementerios, con viejos y agudos cipreses sobre sus paredes doradas y antiguas».</p></blockquote>
<p>El retablo barroco de Pau Costa quedó completamente destruido. Y lo que hoy queda del conjunto del altar es un frontal de plata, que se escondió durante la guerra, y que fue costeado en el siglo XVIII por un señor de Guatemala.</p>
<p>Acabada la guerra Pla atravesó unos años de profundo desconcierto. Había llegado a Barcelona junto a Manuel Aznar y otros vencedores para hacerse cargo de <em>La Vanguardia Española</em>. Pero no se fiaron de él y prefirieron contratar a Luis de Galinsoga. Nada más llegar al periódico este recio murciano escribió un artículo: <em>Un catalán en Barcelona</em>. Y es fama que Pla comentó entre dientes: «<em>Ja n&#8217;hi ha un</em>». Decepcionado volvió a Llofriu, a hacerse cargo de su pasado. Probablemente fue Galinsoga el que lo convirtió en un literato. Inmediatamente produjo dos libros extraordinarios, <em>Viaje en autobús</em> y <em>Cadaqués</em>. Pero creo que él no era del todo consciente de su valor. De hecho creo que durante un rato fantaseó con abandonar la escritura y dedicarse a extraños oficios, como la pesca y el contrabando. Todo estaba en movimiento, incluida su vida íntima, a lomos entonces de la lúbrica y misteriosa Aurora Perea, que después de muchas noches en L&#8217;Escala y en el Hotel Viena de Barcelona acabó marchándose a la Argentina. Hay un paisaje mítico de aquellos años de madurez e incertidumbre, donde situó precisamente su cuento formidable, <em>Contraban.</em> El Jonquet, en el camino del cap de Creus.</p>
<blockquote><p>«Que El Jonquet es una de las caletas más finas y agradables del Mar d&#8217;Amunt de Cadaqués —cuando menos, a mi modesto entender-, me parece que todo el mundo podría compartirlo. Es un pequeño fiordo situado al norte de Portlligat, que tiene en ambas orillas unos montones de pizarra considerables, de un color plomizo muy oscuro, que se proyectan sobre el mar. La caleta está resguardada de toda clase de vientos, excepto del viento de levante, al que está encarada. A mí me gusta más que cala Bona, que cala Jugadora, que cala Fredosa, y ya con el golfo de León muy abierto, que Culip, El Culleró y cala Portador, ya en el término de Port de la Selva. Ahora bien: El Jonquet tiene un defecto, su falta de profundidad, lo que la excluyó del sistema de pesca cuando en Cadaqués se cumplieron las ordenanzas de este sistema. La mejor prueba de ello es que no existe ninguna barraca comunal, ni derruida ni en pie. Salta a la vista que en esta caleta ningún falucho de luz convoyó el pescado azul -anchoa, sardina, caballa o escombro-, faluchos que en aquella época se iluminaban con la luz de las antorchas vegetales, y que los bancos de pescado se pescaban con las jábegas tiradas desde tierra».</p></blockquote>
<p>El viajero tendrá hambre. La buena literatura da hambre. Vaya a comer al Motel Empordà, que celebra ahora su medio siglo. Pla pasó sus últimos meses en su restaurante, discreto. Bebía mucho y era el primer productor de <em>collonades</em> de la comarca. Cuando no tenían nada mejor que hacer, los periodistas de entonces se acercaban a ver qué soltaba el viejo. Fue triste. Pero corto e irrelevante.</p>
<blockquote><p>«Cuando se llega a una masía y se pide por alguien, muchas veces responden: la persona que busca ha ido a dar de comer a las gallinas&#8230; ¡Magnífico! ¡Es la mejor noticia que puede darse!».</p></blockquote>
<p>Al atardecer busque el viajero el paisaje de estas líneas, que fue lo último que escribió. En algún lugar deben de estar esa masía y esas gallinas. Hay que encontrarlas.</p>
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		<title>22 de mayo de 2011</title>
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		<pubDate>Sun, 22 May 2011 05:00:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mundo/Extras]]></category>
		<category><![CDATA[solecismo]]></category>

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		<description><![CDATA[El periodismo de calle. Una vuelta por Rialto. &#160; —¿Cómo se llama usted? —Anna #acampadabcn —Está muy ronca. —Estoy fatal. —Se habla mucho en estos sitios. —Claro, claro. —¿Cuántos años tiene? —56. —¿Trabaja? —Sí, soy diseñadora gráfica. —¿Cuándo llegó a la plaza? —El lunes. —¿Por qué? —Nos sobran los motivos. Esto no es democracia. Es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://quiosco.elmundo.orbyt.es/">El periodismo de calle. Una vuelta por Rialto.</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>—¿Cómo se llama usted?</p>
<p>—Anna #acampadabcn</p>
<p>—Está muy ronca.</p>
<p>—Estoy fatal.</p>
<p>—Se habla mucho en estos sitios.</p>
<p>—Claro, claro.</p>
<p>—¿Cuántos años tiene?</p>
<p>—56.</p>
<p>—¿Trabaja?</p>
<p>—Sí, soy diseñadora gráfica.</p>
<p>—¿Cuándo llegó a la plaza?</p>
<p>—El lunes.</p>
<p>—¿Por qué?</p>
<p>—Nos sobran los motivos. Esto no es democracia. Es una dictadura.</p>
<p>—¿Cuándo se irá de aquí?</p>
<p>—¿Cuando lo diga la Asamblea?</p>
<p>—¿Y por usted, cuándo se iría?</p>
<p>—Cuando  logremos concienciar a la gente de que esto es un robo, un atraco  diario. Cuando cambiemos la ley de Vivienda y nacionalicemos la Banca.  No sé cómo decirle.</p>
<p>—Eso llevará tiempo.</p>
<p>—Lo que lleve.</p>
<p>—Ya.</p>
<p>—Esto es una lucha indefinida contra los corruptos. De momento hasta el 22.</p>
<p>—¿Ha dormido en la calle?</p>
<p>—Sí, varias noches.</p>
<p>—Incómodo, claro.</p>
<p>—Ya.</p>
<p>—Es que usted ya no es joven.</p>
<p>—No, pero es que lo tengo tan claro… Mi vida es una máxima: hasta la victoria, siempre</p>
<p>—¿Tiene hijos?</p>
<p>—Dos.</p>
<p>—¿Y?</p>
<p>—¿Y qué?</p>
<p>—¿Qué opinan de su madre?</p>
<p>—Me apoyan mucho.</p>
<p>—¿Y su marido?</p>
<p>—Estoy separada. Pero nos llevamos muy bien con mi ex. El está luchando también.</p>
<p>—¿Militó?</p>
<p>—Sí, hace tiempo en la Liga Comunista Revolucionaria.</p>
<p>—¿Y lo dejó?</p>
<p>—Más bien… me dejó ella.</p>
<p>—Y ahora.</p>
<p>—Ahora estoy en Revolta Gobal.</p>
<p>—Humm…</p>
<p>—Muy majos.</p>
<p>—¿Votará?</p>
<p>—No creo. Si votara, votaría a las CUP. Son muy legales.</p>
<p>—¿Qué pasará?</p>
<p>—Puede que nos masacren.</p>
<p>—Lo veo improbable.</p>
<p>—Puede  que coloquen provocadores disfrazados. Tiran una piedra y luego sacan  la porra extensible. Y que entonces nos masacren. Pero si nos masacran,  volvemos. No sé dónde y cuándo, pero volveremos.</p>
<p>—¿Y si no?</p>
<p>—Daremos flores a la policía.</p>
<p>Vieja ella. Viejo yo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>17 de febrero</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Feb 2011 08:02:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mundo/Extras]]></category>
		<category><![CDATA[Cercas]]></category>
		<category><![CDATA[faction]]></category>
		<category><![CDATA[fiction]]></category>
		<category><![CDATA[periodismo]]></category>

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		<description><![CDATA[De vuelta del burdel Tenía un hombre que días antes, y a propósito de una columna mía, había escrito una carta a este periódico cuyo único argumento era llamarme mentecato, haciendo uso del lenguaje recto. Y un hombre que, sobre todo, había escrito en el diario El País un artículo con una serie de proposiciones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://orbyt.es">De vuelta del burdel</a></p>
<p style="text-align: left;">
<p><a href="http://www.arcadiespada.es/wp-content/uploads/2011/02/Captura-de-pantalla-2011-02-17-a-las-09.03.28.jpg"><img class="alignnone size-thumbnail wp-image-4111" title="Captura de pantalla 2011-02-17 a las 09.03.28" src="http://www.arcadiespada.es/wp-content/uploads/2011/02/Captura-de-pantalla-2011-02-17-a-las-09.03.28-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>Tenía un hombre que días antes, y a propósito de<a href="http://www.arcadiespada.es/2011/01/25/25-de-enero-3/"> una columna mía</a>, había escrito una carta a este periódico cuyo único argumento era llamarme mentecato, haciendo uso del lenguaje recto. Y un hombre que, sobre todo,<a href="http://www.elpais.com/articulo/opinion/Rico/paredon/elpepiopi/20110213elpepiopi_4/Tes"> había escrito en el diario </a><em><a href="http://www.elpais.com/articulo/opinion/Rico/paredon/elpepiopi/20110213elpepiopi_4/Tes">El País</a> </em>un artículo con una serie de proposiciones entre las que destacaba, justo al comienzo, esta frase de Hitler como paradójico (y potente) argumento de autoridad: «Exigimos una campaña legal contra quienes propagan mentiras políticas deliberadas y las diseminan a través de la prensa».</p>
<p>Luego venía su pasmoso corolario lógico: «¿Quién escribió eso? Adolf Hitler, en 1920. ¿Qué significa eso? Significa, al menos, que hay que desconfiar de los cruzados contra el embuste, porque el énfasis en la verdad delata casi siempre al mentiroso.»</p>
<p>Y luego: «El mejor lugar donde asediar la verdad factual del presente es el periódico. ¿Quiere esto decir que hay que exigir que todo lo que se cuenta en el periódico responde a la verdad de los hechos? A mi juicio, no.»</p>
<p>Y luego: «Se dirá que todo esto atañe solo a una parte del periódico, a esas secciones donde, como en las columnas o en los artículos de opinión, son admisibles ciertas licencias, y no al resto, donde lo que debe imperar es la verdad factual; es cierto, pero añado una reflexión a esa certeza. Si aceptamos que la historia es, como dice Raymond Carr, un ensayo de comprensión imaginativa del pasado, quizá debamos aceptar también que el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente. La palabra clave es <em>imaginativa.</em>»</p>
<p>Y luego. Y luego.</p>
<p>Eran sus absurdas excrecencias de siempre. Pensé que merecía <a href="http://www.arcadiespada.es/2011/02/15/15-de-febrero-2/">una lección y que iba a dársela.</a> La lección consistiría en aplicar sus premisas a un caso concreto. A una ficción concreta. Me iba a tomar con él alguna licencia, como tan graciosamente las llama. Era inevitable que sufriera alguna molestia, que en cualquier caso sería ligera y breve. Mucho más ligera, en cualquier caso, que las que habían sufrido en su mismo periódico algunas de las víctimas de sus modelos. Las de Juan José Millás, el primero. Y no, desde luego, por lo que se refiere a sus cuentos industriales tipo, para seguir a Cercas en su paráfrasis, «abre la nevera y se encuentra dentro a su madre enana, con un cubata de Bacardí en una mano y un porro en la otra.» Nada de eso. Algo aún más aéreo. Cuando observando una foto de Rajoy con amigos Millás sentenciaba que la distancia de seguridad que guardaban se debía probablemente a la halitosis. Un cálido ejemplo de ficción con nombres propios.<a href="  http://www.elpais.com/articulo/revista/agosto/Espanas/elpepiopi/20040831elpepirdv_23/Tes"> <em>(El País Semanal,</em> 31 de agosto de 2008)</a> O cuando su maestro, Francisco Rico Manrique, se instalaba en el ambigú y en la posdata de un suelto sobre el fumar declaraba que no había fumado nunca un pitillo<a href="http://www.elpais.com/articulo/opinion/Teoria/realidad/ley/fumador/elpepiopi/20110111elpepiopi_5/Tes"> (<em>El País,</em> 11 de enero de 2011)</a> mintiendo sobre su condición largamente nicotina para que al menos uno de sus argumentos sobreviviera. (Sin embargo, lo mejor de Rico sucedió a los pocos días cuando preguntado por la Defensora del Lector sacó el pitillo Rimbaud, le pidió fuego a la sorprendida e hizo la primera voluta: «J&#8217;est un autre». Lástima que luego cayera en una impropia «nota de color», aunque algo de vulgaridad le va bien al talento). O qué decir, en fin, de uno de sus héroes antepasados, el fotógrafo Javier Bauluz,<a href="http://issuu.com/verpuerto/docs/vista_general_sobre_la_playa"> cuando adjudicó toda la indiferencia de Occidente</a> ante la desdicha a una inerme pareja de bañistas cazada en la cercanía —trucada— de un cadáver.</p>
<p>En todos esos casos, y en decenas que podían añadirse, esas ficciones, al igual que la mía, fueron creídas por mucha gente. Y habían causado daños. A Rajoy. A su mujer, porque la halitosis, incluso imaginaria, es uno de los motivos femeninos más aducidos para evitar las relaciones sexuales. A los lectores de Francisco Rico, de cuya confianza había abusado el académico. Y, desde luego, también a la pareja de bañistas estigmatizada por el fotógrafo Bauluz a causa de su falsa, pero manifiesta, falta de piedad. Por lo tanto me preocupaban las molestias que pudiera causarle a Cercas. Aunque menos, francamente, que las que yo mismo iba a causarme. Para empezar, iba a hacer de Cercas. Iba a seguir sus consejos y a fabricar una verdad moral a partir de una mentira fáctica, como con tanta insistencia, y sin quitarme un ojo de encima durante todas las horas de todos estos años, había tratado de inculcarme. La fabricación sólo podía hacerse en las páginas de un periódico. Sólo en el periódico se puede mentir. Que<em> Ana Karenina</em> se tire al tren no es mentira ni verdad. Que Javier Cercas estuviese en un lupanar, de Arganzuela, la madrugada del domingo es mentira y de la buena. Sabía, ciertamente, que yo no iba a salir sin daños del empeño. El primero es la seguridad de que iban a llamarme, y con toda razón, <em>Cercas</em>. Inmediatamente después, la arremetida del populacho cibernético, cuyo nivel de instrucción es ya inversamente proporcional a su capacidad de publicación. Luego había también el peligro de que me gustara. Y one more thing. Un peligro con el que yo entonces no contaba, que un lector muy sutil de mi blog describía en un comentario y que al cabo ha sido para mí el daño mayor, aunque instructivo.</p>
<p>Hay que dar un rodeo para explicarlo. Mi columna quería reproducir de Cercas hasta su enrollada untuosidad. Cuando releo esta frase que yo habré escrito, y ya para siempre: «Sobre todo, porque el caso no refleja más que nuestra identidad de inofensivos soldados, al fin y al cabo sólo interesados en las maniobras de la retórica, el estilo y la verdad» me da un repeluco y hasta he de ir corriendo a lavarme. Pero es que toda la columna es una muestra elemental, casi grosera, del abrazo del oso. Algo muy de Cercas: sólo cabe leer la flatulenta crónica que dedicó en <a href="http://www.arcadiespada.es/2009/03/09/9-de-marzo/"><em>El País Semanal</em> (8 de marzo de 2009) </a>a nuestro casual y educado encuentro en un aeropuerto. La inexorable inmoralidad del abrazo del oso la explica bien este párrafo de la revista de prensa de <a href="http://www.libertaddigital.com/sociedad/arcadi-espada-contra-el-siniestro-gato-al-agua-y-la-tabarra-de-la-razon-1276414550/"><em>Libertad Digital</em> (15 de febrero):</a> «Pero la columna más informativa del día es la de Arcadi Espada en <em>El Mundo</em>, que le echa una mano al cuello a Javier Cercas. ¿Se habían enterado de que al columnista de <em>El País</em> le detuvieron el otro día en una redada contra la &#8220;explotación sexual&#8221; en un burdel de Arganzuela? Pues ya lo saben. Le pusieron enseguida en libertad, que conste. &#8220;No es ni lógico ni justo ni tolerable que su nombre fuera citado al día siguiente en uno de esos siniestros programas televisivos que se llevan el gato del periodismo al agua, pero sólo para escaldarlo&#8221;, se indigna Espada. Y le envía un &#8220;fraternal abrazo a la víctima Cercas&#8221;. Otro desde aquí, Javier, y dale las gracias a Arcadi. Si no es por su publicidad a lo mejor nunca nos habríamos enterado.» Leyendo esto, y la infinidad de comentarios posteriores, supe que había muchas personas que me creían capaces de escribir un texto así. Es decir, un texto que con la excusa de la solidaridad y la mano tendida fuera capaz de dar eco múltiple a la vida privada de Cercas. Estimable lección: muchos más lectores de los que creía piensan que soy capaz de una villanía semejante. Está bien saberlo.</p>
<p>En la información <a href="http://www.elpais.com/articulo/cultura/Arcadi/Espada/lanza/bulo/Cercas/fue/detenido/prostibulo/elpepicul/20110216elpepicul_6/Tes">que publicaba ayer el diario <em>El País</em></a> (donde por cierto había un suelto de Lluís Bassets, su director adjunto, del que me ocuparé con atento detalle en <a href="http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elmundopordentro/2011/02/17/un-lupanar-en-arganzuela-ii.html"><em>Un lupanar en Arganzuela</em>, </a>blog) Cercas considera que yo le he calumniado. Ojalá sea una muestra, aunque oblicua, de que la edad pueril ha terminado y que el propósito moral de mi columna ha empezado a hacer efecto. Pero la precisión aún no es su fuerte. Yo no le he acusado falsamente de ningún delito. Como máximo le he llamado (¡pero falsamente!) «putero». Y creo que ni siquiera. «Cercas, que eres más puta que las gallinas», eso es más bien lo que le llevo llamándole desde hace tiempo, aunque sin utilizar el recto. Poner a alguien en un burdel no es un delito. ¡Ah, tiempos en los que hay que abrirse paso a través de los grititos! El propio Cercas ha dado alegre publicidad a una de sus visitas. «Hijos de la chingada, denle todos la bienvenida a Javier Cercas, que recién aterriza en Tijuana. Pinche güey: qué pronto encontró Las Adelitas.” Entonces las prostitutas y los asesinos y los narcos de Las Adelitas me dan la bienvenida al paraíso con un grito unánime, y mientras me siento de golpe el hombre más honrado de la tierra, consciente de que por fin he llegado al sitio donde siempre había querido estar, porque siempre lo había buscado sin saber que estaba buscándolo, pienso que Tijuana es una playa tan infinitamente triste como una herida (&#8230;)», escribía un apasionado Cercas después de haber estado en <a href="http://elcharquito.blogspot.com/2003/10/tijuana-de-cercas-ah-en-el-burdel-de.html">el burdel Las Adelitas,</a> de Tijuana (<a href="http://www.arcadiespada.es/wp-content/uploads/2011/02/cercas_tijuana.pdf"><em>El País Semanal</em> 17 de agosto de 2003</a>). A ver si el problema va a ser Arganzuela.</p>
<p>En las mismas declaraciones Cercas insinúa que irá al juez. Deduzco que a lloriquear como un pobre faction lo que no supo ganar en la fiction. Oh, dios santo, si fuera al juez&#8230;! Y, oh dios, si ganara&#8230; ¡Y la jurisprudencia que crearía! Mi amigo Mercutio lo decía <a href="http://www.manueljabois.com/2011/02/ronaldo-mon-amour.html#comments">muy finamente donde Jabois.</a> Haga lo que haga, jaque mate. Yo soy de dominó y lo veo más bien como un seis doble ahorcado. En cualquier caso siempre será mejor el juez. Porque la alternativa que expresa con su pompa en <em>El País </em>es nada más y nada menos que la del «pronunciamiento público». Y lo que hace después con los pronunciamientos: la anatomía del instante. Para temblar.</p>
<p>Bien. Lo he hecho. Crucé la raya y he vuelto. Es un lugar fácil y da un poco de asco. Como un burdel. Sólo ahora comprendo de verdad los nervios permanentes de Cercas. El peso que lleva. Mal oficio.</p>
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		<title>26 de enero</title>
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		<pubDate>Wed, 26 Jan 2011 07:07:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ni en balde ni de balde: primer baldeo Lo más importante de la Ley Sinde está fuera. Dentro hay algunas cuestiones de sentido común como la de organizar instrumentos administrativos y jurídicos en la lucha contra la piratería. España es, probablemente, el país donde la piratería está más extendida y el único que no disponía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://orbyt.es">Ni en balde ni de balde: primer baldeo </a></p>
<p>Lo más importante de la Ley Sinde está fuera. Dentro hay algunas cuestiones de sentido común como la de organizar instrumentos administrativos y jurídicos en la lucha contra la piratería. España es, probablemente, el país donde la piratería está más extendida y el único que no disponía de estos instrumentos. Hasta uno de esos llamados internautas es capaz de deducir la relación entre los dos asuntos.</p>
<p>La ley tiene también la virtud de adaptar el canon digital a las disposiciones de la sentencia de Padawan, que suena a paraíso fiscal, pero es el nombre de uno de los niveles de iniciación del Jedi y, más terrenalmente, el de una empresa que entabló y ganó su litigio con la Sgae. Es una virtud, la de Padawan, tal vez sobrante; pero en su lado perogrullesco hay algo clave: la supervivencia (adaptada) del canon, cuya desaparición querían algunos como moneda de cambio por la ley Sinde.</p>
<p>Y en la ley hay también ausencias, dicho sea, casi, en sentido psiquiátrico. Una de ellas es la del pueblo. Por el momento, y al contrario que el francés o el británico, nuestro legislador no actuará contra los ciudadanos que se lleven a su ordenador, sin pagarlos, música, películas o textos que estén en venta. La decisión traerá problemas, porque la impunidad del destinatario final de los contenidos es una herramienta que podrán utilizar los proveedores de servicios ilícitos. Si el consumo no está penalizado, sólo se trata de encontrar (¡en cualquier Padawan!) los canales apropiados para burlar la ley.</p>
<p>Pero ya digo que lo más importante está fuera.</p>
<p>La ley Sinde y el debate encendido por la actitud de los partidos que, después de humillar al gobierno, acordaron con él un texto muy similar al que había, ha supuesto un importante punto de inflexión en el debate sobre la propiedad intelectual. Por vez primera, y junto a los fantasmales internautas, han aparecido en escena personas con nombres y apellidos, uno a uno, que han defendido en los periódicos y en la red la Ley, en mayúsculas. Y si digo fantasmales internautas no es tanto por su personalidad como por su actividad. En estos días de mediación entre el fracaso y la aprobación los internautas sólo han sido capaces de vocear y de convocar una manifestación en Madrid que reunió a 35 personas y 35 millones de tweets. No se conoce que de ese magma incierto surgiera una sola propuesta sintácticamente armada. Ni siquiera, por cierto, de la reunión que mantuvieron con Álex de la Iglesia, que los convocó siguiendo el temerario ejemplo anterior de la ministra Sinde. Es natural que de esa convocatoria (cómo no, twiteada) tampoco surgiera ninguna alternativa. Y lo es, incluso, por razones técnicas: o twiteas o trabajas, y a nuestros muchachos (alguno ya con espolones, por cierto), se les da mejor lo primero.</p>
<p>Ahora solo cabe esperar que el próximo gobierno encare con energía el debate sobre la nueva Ley de Propiedad Intelectual y sea capaz de dotar a los creadores y a su público de un marco legal justo, eficaz y avanzado, que reconozca la formidable alianza entre la tecnología digital y una cultura cuyos contenidos, conviene no olvidarlo, fueron y son producidos por modelos de negocio analógicos. Una nueva ley, sobre todo, que permita consolidar este primer paso tendente a limpiar la marca España de este innoble y ruinoso grafismo adherido de tibias y calaveras.</p>
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		<title>22 de diciembre</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Dec 2010 08:14:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Arcadi</dc:creator>
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		<category><![CDATA[ley Sinde]]></category>

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		<description><![CDATA[Cierre de tugurios España ha vivido estos dos días un magnífico lock-out (hablar de huelga seria sindicalmente infamante) de receptadores. Gentes dedicadas al antiguo oficio de señalar en qué garito se juega o donde se puede  adquirir mercancía robada han cerrado momentáneamente sus tugurios en protesta porque el gobierno ha decidido situarlos fuera de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://orbyt.es">Cierre de tugurios</a></p>
<p>España ha vivido estos dos días un magnífico lock-out (hablar de huelga seria sindicalmente infamante) de receptadores. Gentes dedicadas al antiguo oficio de señalar en qué garito se juega o donde se puede  adquirir mercancía robada han cerrado momentáneamente sus tugurios en protesta porque el gobierno ha decidido situarlos fuera de la ley. A los receptadores hay que reconocerles, sin embargo, obstinación y eficacia. Y hasta un cínico sentido del humor. Iba yo ayer escribiendo este artículo por la calle Larios de Málaga cuando me topé con un panfletillo de uno de los principales, una llamada seriesyonkis que con el nombre paga (en realidad es lo único que paga), que había retratado a la ministra bajo la siguiente leyenda: &#8220;SeriesYonkis ha hecho más por el aprendizaje del inglés que 20 años de leyes de educación&#8221;. Hay que darles la razón. En efecto, se trata de una pura cuestión de pedagogía.</p>
<p>Lo más importante del lock-out receptador son las cifras que ha puesto en evidencia sobre el tráfico español de internet, que estos días ha disminuido, varían los porcentajes, entre el 50 y el 70%. Eso da idea fácil del volumen económico que alcanzan estos para-sites bussines. Pero, sobre todo, da idea del lugar donde se sitúa el auténtico problema. Millones de españoles participan con plena indiferencia moral en esta versión digital del tradicional escalo, que como toda forma de ilegalidad organizada ha segregado una copiosa ideología, destinada a enmascarar el objeto del negocio y a recubrir con ampulosa costra la mala conciencia de los usuarios, que al fin se sienten ladrones con causa.</p>
<p>Esta complicidad del pueblo, cuyo peor instinto adulan, con su acostumbrado gusto por la servidumbre, la mayoría de los políticos, es el primer problema de la creación artística e intelectual española. Y un problema que, desde luego, la ley Sinde no resolvía, por mucho que haya que enaltecer su frustrada intención de plantar cara por vez primera a los receptadores. No sólo se trata de cerrar webs, cuya capacidad de acoplarse a márgenes de alegalidad es célebre. El objetivo de la pedagogía moral de los creadores y de la sanción de los legisladores ha de dirigirse, fundamentalmente, a los usuarios del material robado. Primero para informarles de que, en efecto, se trata de un robo. Este es un paso crucial, aunque cueste comprenderlo. En la segregación de la ideología ha destacado el trabajo de los receptadores, desde luego. Pero no han sido los únicos. Por desgracia han encontrado un ferviente apoyo en aquellos apóstoles de una concepción, más que angélica, puramente supersticiosa del arte, que vincula sus frutos al azar y al soplo divino antes que al esfuerzo, al trabajo y al riesgo. Estetas de varia lección, normalmente saciados por herencia, que en sus ensoñaciones prefieren el mundo servil del mecenazgo al ilustrado y democrático de los derechos de autor. El paso crucial de información sobre la naturaleza ilícita de la descarga debe completarse con otros dos: el emplazamiento a que el ladrón abandone su práctica y la sanción si persiste en ella. Exactamente los tres pasos que establecen las ley francesa, un ejemplo para todos aquellos que, a diferencia de la gran mayoría de partidos políticos españoles, consideran que la piratería es, exactamente, un problema de Estado.</p>
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