Anologías

    Querido J:

Hablando de toros en el Congreso, un diputado aragonés dijo el jueves que la fiesta podría ser Patrimonio de la Humanidad lo mismo que podría serlo Auschwitz. Es decir analogó el estoqueo de los toros con el gaseo de personas. Levantó rumores el diputado Chesús Yuste, pero sólo hasta cierto punto. Baste saber que el ministro Wert, con el que dialogaba, lamentó la ofensa que la comparación podía causar a los taurinos. Y un hombre de negocios, un tal Carlos Almeida, que seguía el debate y que a veces publica en este periódico donde te echo las cartas, le dio en su twitter el olé, poco después de haber escrito en la misma base 140 que el ministro Wert parecía el «Reichsführer-SS de paseo por París», uno más de sus graciosos equívocos (otro, tronchante,  es su LaSSalle, por el apellido del secretario de Estado) entre la Sección Segunda de la Comisión de la Propiedad Intelectual (la que atenta precisamente contra sus negocios) y la Schutzstaffel nazi. Como ya sabes el mal, y especialmente el mal de los bobos, es mi principal fuente de inspiración. De ahí que decidiera darme una vuelta por Rialto y traerte un florido sortilegio del lugar que Auschwitz ocupa en el mundo.

Y qué mejor que empezar con el lírico interrumpido Manuel Rivas, lector de Adorno: «Y cuando un día el mar llega lleno de chapapote, esa mirada te llevará a hacerte preguntas como la de Adorno: ‘¿Cómo escribir poesía después de Auschwitz?’. Después del Prestige, ¿cómo mirar el mar y no ver su dolor?» La metáfora no tiene jurisdicciones. ¡Buenos son ellos! Ahí va Michel Tournier con su chapapote de fetos. Ah, los abortistas: «Hijos y nietos de los monstruos de Auschwitz». Es un poco insolente que los escritores no sean multados por sus metáforas. Al pobre diputado Puig, catalán, le costó una multa de 30.000 euros ponerle la esvástica al logo de la compañía Air Berlin, que no sé qué había hecho en contra de la lengua larga de Puig. Como nos enseñó Pascal Bruckner, uno de las más graves paradojas del que utiliza Auschwitz en sus tareas corrientes es que la palabra es tan grande que lo tapa todo. Así Esperanza Aguirre: «En Cataluña a los militantes del PP se les trata como a los judíos en la Alemania nazi.» Te empecé hablando de toros. Ahora voy de gallinas. Así tituló un Teleberri cierto reportaje sobre las penosas condiciones de vida de las ponedoras: Gallinas en Auschwitz. Pero te envío el poeta Brines a sintetizar toros y gallinas: «Yo les diría a los que están en contra de esta supuesta tortura de los toros si ellos tratan de no comer gallina y los fetos de las gallinas, que son los huevos. Si acaba la Fiesta de los Toros, sencillamente hay un Tauricidio como el que no logró Hitler con los judíos: se acaban los toros, porque para carne o para leche hay otras razas mejores y menos costosas.» Claro. Paso un momento, nada, por el deporte y su prensa. Aquel viejo titular de cuando el tenis aún era una elegancia: «Del escándalo McEnroe al holocausto de Lendl y Vilas». Auschwitz no podría quedar al margen de la publicidad en sentido estricto y así lo interpretó correctamente un gimnasio de Dubai cuando, recientemente, sobre una canónica fotografía de los rieles de Birkenau escribió como reclamo: «Kiss your calories goodbye.» Por supuesto, los judíos son siempre los que cuentan los mejores chistes sobre sí mismos y sus crematorios. Recordarás aquello del abuelito Hessel a los jóvenes: «Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es algo precioso. Cuando algo nos indigna, como a mí me indignó el nazismo, nos volvemos militantes fuertes y comprometidos.» Por lo demás te ahorraré las miles de derivaciones del genocidio; desde que sufrió y sufre la lengua catalana hasta el que cometió Francisco Franco según el juez Garzón y Jay Allen. Querría cerrar esta floresta exuberante con un párrafo del periodista Pedro Simón: «El chaval sufría una crisis de angustia y el psiquiatra le manoseaba los genitales. (…) Para el niño, aquella consulta debió de ser el campo de Auschwitz, la mansión de Drácula y la casita de chocolate de Hansel y Gretel juntos.» En efecto. Como sucede con cualquier palabra sometida a un ejercicio de repetición Auschwitz se ha convertido en una ficción.

Hace años, en Memoria del mal, tentación del bien, Tzvetan Todorov escribió: «Cuando se utiliza el término nazi como simple sinónimo de canalla, toda lección de Auschwitz se ha perdido.» Son palabras muy elegantes y buenas. Pero ya no corresponden a nuestro tiempo. En nuestro tiempo lo pertinente es preguntarse qué lección se ha perdido cuando Auschwitz es ya sinónimo de una benéfica pérdida de calorías. No es posible atribuir, mecánicamente, esta impunidad al tiempo. No ha pasado el tiempo suficiente para que Hitler sea Atila. Puedo aportar contundentes pruebas locales. La guerra civil española aún es más vieja que Auschwitz. Pues bien: que cualquiera, el mismo diputado Yuste, pruebe a sustituir Auschwitz por checas, fosas o paseos, esas tres estrategias civilizatorias tan españolas. Durante el franquismo casi meten en la cárcel a una periodista que llamó la Brigada del Amanecer a un famoso grupo de juerguistas barceloneses, evocando con mucha gracia a las partidas de asesinos, especialistas en el alba, de la guerra civil. Y no hace falta gran imaginación para saber el destino que hoy le esperaría al diputado que dijera, mira qué gracia, que Garzón va a dar con los huesos en la cárcel.

Cuando alguien utiliza Auschwitz para compararlo con la matanza de los toritos lo fundamental no es que esté degradando a los taurinos, como pareció creer el ministro Wert. La ofensa profunda es a las víctimas de Auschwitz. Yo no dudo que el tosco diputado Yuste esté profundamente conmovido con los toros que mueren cada verano en las plazas de España. Del mismo modo que no dudo que su conmoción por las víctimas de Auschwitz es nula. Más precisamente: que las víctimas de Auschwitz no le conciernen. No sólo porque no tenga nadie cercano entre ellas, sino porque ni los libros ni cualquier otro material intelectual o emocional han suplido la distancia. El diputado Yuste no ha recorrido el imprescindible kilómetro sentimental. El diputado Yuste no sabe, en puridad, lo que es Auschwitz. La comparación es la base del conocimiento, pero también una señal irrefutable de la ignorancia.

El caso encierra, sin embargo, una lección más desolada. Algo así como un gap moral. La destrucción de los judíos fue declarada en Nuremberg, en 1945, sobre las ruinas de Europa, crimen contra la humanidad. Es el crimen contra la humanidad por excelencia. Pero eso es una bienintencionada categoría jurídica. El uso, tan liberal, de Auschwitz demuestra que el holocausto sólo es un crimen contra la humanidad judía. Nunca conviene exagerar.

Sigue con salud

A.

(El Mundo, 4 de febrero de 2012)

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