¡Tierra!
Sigilosamente, una serie de acontecimientos está cambiando el mundo. No es un cuento del abuelito Hessel. Sólo es que se está devolviendo a la palabra «mundo» su hondura semántica: la del conjunto de todas las cosas que existen. Este diario lo explicaba ayer con precisión y belleza: «Hay millones de ‘tierras’ ahí fuera.» Los cálculos de los astrónomos son contundentes: sólo en la Vía Láctea puede haber unos cien mil millones de planetas, repitan conmigo, cien mil. Mi generación, y muchas otras, cuadró su mente en torno a un universo donde había nueve planetas, una luna y un sol. Sabíamos que la materia (y hasta la antimateria) continuaba más allá. Pero le dábamos poca importancia: sólo se trataba del vacío, misterioso e impreciso, pero simple relleno. Nuestro pequeño barrio extraplanetario era el escenario, cada vez más desolado, de fantasías alienígenas. La fría realidad es que hollamos la luna y nadie salió a recibir; y estábamos seguros de que lo mismo sucedería si aterrizábamos en Marte. Se hizo entonces su poquito de lírica con la soledad del cosmos, el estremecimiento de nuestra unicidad y otros vahídos; pero nuestra provinciana visión sobre el mundo no dejaba de ser confortable. Se paró la carrera espacial; y en realidad no extraña, porque no había ningún lugar interesante a donde ir.
Hace menos de dos décadas, sin embargo, todo estalló. Para empezar el propio concepto del viaje. La carrera espacial estaba demasiado influida por los pies. Por el contrario, se podía viajar perfectamente con la mirada, que es lo que se dispusieron a hacer los grandes telescopios. En 2009 se desveló el maravilloso Kepler, que ya ha traído noticia de unos 1.500 exoplanetas, es decir, de tierra situada fuera de la órbita de nuestros ojos. Al mismo tiempo se han ido popularizando nociones como el multiverso o el universo inflacionario. La palabra «eterno» ha empezado adquirir peso. Decimos «eterno» y es como si supiéramos, quizá por primera vez, lo que queremos decir. Un espacio y un tiempo eternos. Sin borde ni principio.
Lo que está rompiéndose es una visión colonial, metropolitana del espacio. «Globalización» es otra palabra que ha adquirido la densidad de un agujero negro. Dice el cosmólogo Vilenkin que la hipótesis de que estemos solos aquí se ha vuelto mucho más frágil y que el cambio de mentalidad que eso comporta será comparable al del Renacimiento, cuando dios dejó de estar en el centro. La inmensidad de las posibilidades de réplica del hombre y de la vida hace más improbable pensar en nuestra singularidad. Pero eso no deja de ser una idea preñada del concepto de «sentido». Quizá tan cálido y anacrónico como los límites de nuestro sol vecinal.
(El Mundo, 24 de enero de 2012)




