6 de agosto de 2011
Aliado con la espesa soledad del verano el obispo de Vic ha ordenado que el cura David deje la parroquia de San Vicenç de Castellet. Quizá no hayas olvidado lo que te escribí el 8 de mayo de 2010, pero por si acaso:
«Hace cuatro años David de Vargas llegó a Sant Vicenç de Castellet. Un lugar de la Cataluña central, cercano a Manresa, municipio bastante extendido de unos diez mil habitantes, más del 60% inmigrados, que en tiempos preglobales se dedicó de modo intensivo a la industria textil y hoy se vuelca en la prejubilación y el paro.
Un lugar que necesita graves motivos. Los del cura De Vargas se los dio su obispo, el de Vic, cuando lo trasladó desde la vicaría de Manlleu a la rectoría de Sant Vicenç, premiándolo. Esto fue en el 2006.
Lo que ha pasado en estos cuatro años es interesante. El cura, que viste severamente de cura, ha recuperado la antigua liturgia. El cura da la misa en catalán y una pequeña parte en español, la lengua dominante en el pueblo.
El cura ha ornado con vieja y clásica imaginería el templo y si no ha acabado con unas pinturas murales del altar, de la época de los curas yeyé y Red River Valley, es porque no deja de ser un hombre prudente. El cura ha dado brillo y esplendor a las antiguas procesiones.
Y carácter: el Viernes Santo desfilaban las mujeres de Sant Vicenç con regia mantilla española. No la impuso, por supuesto: pero es que ellas, protegidas, se atrevieron. ¡Y música, amigo mío! El cura le ha puesto música a las procesiones: el himno nacional y el himno catalán (me permitirás esta distinción adjetiva hasta que el Tribunal Constitucional no se pronuncie o don José Montilla no lo disuelva) sonaron este último Viernes a la manera de Andalucía donde no suele haber procesión sin Marcha Real, sea dicho en todos los sentidos.
Yo te ruego que llegado aquí te pares y lo pienses. Marcha Real y mantilla en un pueblo de la Cataluña central, gobernado por una coalición de Convergència y Esquerra Republicana. Qué vitalidad.
Elige si el cura David lo interpretan James Stewart, Gary Cooper, Anthony Queen o Paul Newman. O Joel Joan. En cuanto al director sólo puede ser Frank Capra. Lo que ha pasado, en fin, en estos cuatro años en Sant Vicenç es que la asistencia a las misas se ha multiplicado y la parroquia del pueblo ha vuelto a ser un lugar de sociabilidad».
Hace unas semanas el cura fue llamado a capítulo. El 18 de julio, concretamente. El capítulo, como era procedente, tuvo lugar en el obispado de Vic. El circunspecto obispo Casanova le vino a decir que ya no podía aguantar más. Él había sido el que lo había promovido a párroco y el que había resistido hasta aquel momento todas las presiones nacionalistas, alentadas por la mayoría política local y exhibidas por el periódico Regió 7.
El obispo tenía motivos para haber aguantado, sin duda. El cura David había devuelto la iglesia a la centralidad de la vida local. Bastaba ver, por ejemplo, cómo la numerosa inmigración de Sant Vicenç llenaba la parroquia. La popularidad del cura y de sus ceremonias era un hecho insólito en el decadente catolicismo catalán y Casanova lo sabía.
Sin embargo su resistencia acabó este verano, poco después de que la alcaldía cambiara de hombre. Entre los primeros anuncios del nuevo alcalde, un Joan Torres Pérez, estuvo el que el Ayuntamiento no asistiría a las ceremonias eclesiales.
El poder político rompía relaciones con la parroquia. La contundencia de Torres Pérez se basaba en dos hechos. El primero, que contaba con el apoyo del PSC local, con el que gobierna.
Los socialistas catalanes siempre son pieza fundamental en la legitimación de lo peor del nacionalismo. Luego hubo un dato añadido: el éxito de Abel Puyol, el cabeza de lista de Plataforma por Cataluña, que obtuvo un buen resultado electoral y que abandonó el partido, poco antes de tomar posesión de su acta de concejal.
Este transfuguismo, y el hecho de que Puyol colaborara estrechamente con la parroquia, como lo hacen, por cierto, muchos otros vecinos de partidos políticos diferentes, quiso interpretarlo Torres Pérez como la evidencia de que el «partido del cura se había metido en el Ayuntamiento».
Llamó a Barcelona, como quien dice, y Barcelona llamó a Vic. La excusa era absurda, pero resultó eficaz: si Dios se metía en los asuntos del César, César se metía en los asuntos de Dios. El obispo claudicó con satisfacción. Es probable que, desde hace tiempo, también él estuviera buscando una salida.
El sábado 23 de julio el cura David se despidió de sus feligreses. Su sermón fue de compromiso. A mí me habría gustado una épica expulsión del templo. Una tarde de furia y de truenos, de Antiguo Testamento. Pero el cura David tiene un viejo padre cosido a una máquina de oxígeno, una madre con depresiones y un hermano sin trabajo.
Antes de remitirlo a la diócesis castellonense de donde proviene, el obispo de Vic aseguró a su sacerdote que le mantendría el sueldo por unos meses. Pero que después todo quedaría en manos de su obispo castellonense. Impresiona advertir esta microfísica en la metafísica.
El cura David pasa este verano en el pueblo. A la espera de sus conversaciones con Castellón, se ha instalado en la casa de una vieja y enferma feligresa a la que cuida.
Esta querencia de toro agónico que busca las tablas no ha sentado nada bien al periódico que redactó la miserable campaña de acoso ni tampoco a las autoridades políticas.
No descansarán hasta ver ese último plano neorrealista: cómo el cura enfila la carretera de partida. Todo depende ahora de Castellón. De algo más vasto, en realidad: voy a seguir con gran interés las reacciones de la Conferencia Episcopal Española ante el caso de un cura destituido por español y hasta por españolazo.
Es probable que David de Vargas exagere sobre las retóricas de Dios y de la Patria; pero yo quiero leer cómo la Conferencia, episcopal y española, se lo dice.
Agosto es largo y lento. El cura David apenas sale de la casa. Ordena libros y medita. Recibe pocas llamadas. La mía, una mañana.
No debe hablar con periodistas de los asuntos mundanos. Pero accedió a elevarse.
—Y bien: ¿qué dice Dios a todo esto?
—Dios permite que los hombres sean puestos a prueba. Es lo de Santa Teresa. Cuenta que hablaba con Dios. Le reprochaba que le hiciera pasar tantos sufrimientos con la reforma del Carmelo. Dios le contestaba: «Son las pruebas que pongo a mis amigos». Y la recia castellana le contestaba: «Con razón tienes tan pocos».
—¿Y usted mantiene la amistad?
—Más que nunca.
—Hay otro grave problema conceptual: su Dios es el mismo de los que lo han maltratado.
—Dios hay uno, en efecto. Pero muchas formas de usarlo. Mi Dios es misericordioso, acogedor; el de ellos es el del sepulcro blanqueado, el del antiguo fariseo.
Esta conocida adicción de dios por el mal.
Sigue con salud,
A.





