30 de abril de 2011
La luz temblorosa del periodismo
Pocos libros he estado esperando con tanta impaciencia como la antología de Die Fackel (La Antorcha) que ha publicado la editorial El Acantilado. El editor Vallcorba y yo somos vecinos y desde hace años cada vez que lo encontraba le preguntaba por el proyecto. «Va avanzando, va avanzando», me decía, y yo me imaginaba un elefante que iba atravesando un puente de madera colgante. Dada mi incapacidad genética para los idiomas, nunca había pasado de un conocimiento fragmentario, pero cada vez más ansioso, de Karl Kraus. Lo primero que había leído, aún demasiado joven, era una antología de aforismos, preparada con amor y conocimiento por Jesús Aguirre. A pesar de mi juventud cómo iba a dejar de lado una colección capaz de incluir aforismos como este: «Con gentes que utilizan el término “efectivamente”, no me trato». O bien esta otra maravilla sintética sobre el estilo y el oficio de escritor, sobre la obligación del escritor con su lengua, que no recuerdo si está incluida en el volumen de Aguirre, pero que, en cualquier caso, me hizo llegar años después Ricardo Bada: «Mi idioma es la puta de todos que yo convierto en virgen». Luego vagabundée por los Escritos, una breve edición de José Luis Arántegui, para Visor, tan incómoda como lo es a ratos la propia escritura de Kraus. Hasta que llegaron dos libros franceses. El primero, de Géraldine Muhlmann, Du journalisme en démocratie, es genéricamente muy recomendable. E incluye un capítulo de Kraus («el exasperado») donde leí: «A pesar de su exasperación, de su percepción de entrar en terrenos imperfectos, “inauténticos”, él continúa siendo periodista, él se expone en público, él hace de la “publicidad” su único lugar. (…) Se siente, chez lui, que la pluralidad nunca está ganada, que es preciso luchar terriblemente y que incluso ella seguirá siendo siempre más un horizonte que una realidad. Kraus está siempre al borde de renunciar, sin renunciar». No te será dificíl imaginar hasta qué punto me siento identificado con este límite y con esta vacilación. Creo que el otro libro está entre lo mejor que se haya escrito en cualquier lengua sobre Kraus: Schmock, ou le triomphe du journalisme, de Jacques Bouveresse. Schmock es el personaje principal de la comedia Les journalistes, de Gustav Freytag, que representa al periodista que todo gran periodista lleva dentro: es decir, el que ha aprendido a sostener una opinión y la contraria. El libro de Bouveresse acierta a definir su objetivo y lo cumple con creces: Kraus es el primer crítico de los medios de comunicación modernos. Aún hoy. El libro se abre con el extraordinario Das Lied Von Der Presse, letra y música Karl Kraus (¡Aquí puedes oírla cantada por él!). Aquellos dos primeros versos tan exactos: «En el Principio era la prensa y luego apareció el mundo». Hasta llegar a la antología de El Acantilado hubo otros grandes momentos fackel. Por ejemplo, cuando Hermann Tertsch y Sergio Campos me regalaron dos ejemplares de la revista, el primero de mayo de 1921 y el segundo de diciembre de 1924, que están entre los recuerdos ignífugos de la casa. O aquel párrafo de un libro desgraciadamente inédito de Gil Bera sobre Roth: «En marzo de 1938, cuando Joseph Roth volvió a Viena por última vez para reponer la monarquía austrohúngara y encarrilar el mundo, su viejo tío, ya ochentón, fue el único pariente a quien visitó. Intercambiaron la famosa consigna con que Karl Kraus saludó a Brecht cuando buscó refugio en Viena: “Las ratas entran en el barco que se hunde”». No te niego tampoco que intenté varias veces la lectura imposible de Los últimos días de la Humanidad, que también tradujo Adan Kovacsics, para Tusquets. Y, en fin, luego hubo el descubrimiento de la web de donde cuelga completa la revista, que tiene una de las homes más seductoras que haya visto nunca.
Estos precedentes fragmentarios eran la raíz de mi impaciencia. Satisfecha a medias, inevitablemente. Pero hay que empezar por lo esencial y agradecerle al editor y al antólogo y traductor Kovacsics que hayan puesto a Kraus en la lengua española, en una medida inédita. El esfuerzo era ímprobo. No me extraña que le hayan dado a Kovacsics el Premio Nacional de Traducción austríaco. Sospecho que el alemán de Kraus es una fortaleza. Ciertamente yo he encontrado en el libro más de una frase sin sentido: pero quizá también se haya de traducir eso. La antología está llena de piezas maestras. «Sobre el proceso contra Klein», «Heine y las consecuencias», «En esta gran época», «Una carta de Rosa Luxemburgo» (¡más que por Kraus, esta vez, por su implacable corresponsal!), «La tercera noche de Walpurgis». Tantas. La antología tiene 500 páginas y Die Fackel duró treinta años. Aunque quizá pudo haber tenido un puñao de páginas más, por aquí la insatisfacción es obligatoria. Menos obligatoria, en cambio, es la que produce el llamado aparato crítico. Un índice onomástico con dos líneas biográficas de los principales personajes que aparecen en el libro es poco aparato. Leer a Kraus en España, un siglo después, necesita mucho más contexto. Probablemente, el hipertexto que sólo una edición digital podría darle. En cualquier caso, y para no salirse del lado analógico, hay en la propia Acantilado ejemplos de ediciones más ambiciosas: la Vida de Samuel Johnson, por luminoso ejemplo. No es sólo que Die Fackel mereciera algo así; es que lo necesitaba. Pero, sobre todo, yo tengo una objección: veo poca prensa y demasiada literatura en el tajo de Kovacsics. Entre los mejores aforismos de Kraus hay este: «Una columna es algo que ha escrito otro: yo sólo pongo la luz». Es razonable la tentación de proponerla como una definición de la columna y del propio oficio. Lo escribí una vez. Pero en sentido recto describe el trabajo principal de Kraus, su método extraordinario de trasplantar piezas enteras de los periódicos a su Fackel y ver cómo allí, en la revista, sin añadirle mayor comentario, adquirían un sentido nuevo, demoledor. En la antología sólo hay un gran ejemplo del método: El baluarte de la República. Sabe a poco. Pero también se comprende que trasladar a este libro la prensa socialdemócrata de la época era imposible. Pero no me hagas mucho caso. Más que las carencias del Fackel español, de La Antorcha, es el gran afecto que tengo a Kraus lo que me pone algo picajoso. Y el problema es que ese carácter no se pasa leyéndolo. Todo lo contrario.
Sigue con salud
A.





