4 de enero

Ciervos en la sabana

Denis Dutton murió acabando el año. No ha habido mayor eco en España, como es natural, salvo una nota en Tercera Cultura. Dutton vivió durante 66 años. Fue neozelandés, filósofo del arte, darwinista y al final un enfermo de próstata. Se ocupaba  personalmente, diariamente, con cariño y humilde entrega de sabio, de una web a la que el Guardian designó como el mejor lugar del mundo: Arts&Letters Daily. Era un lugar, ciertamente, un sobrio lugar por el que yo paso muy a menudo, donde se recopilan los artículos periodísticos más interesantes de la cultura anglosajona. Steven Pinker, uno de sus admiradores, temía entrar allí de buena mañana porque ya no salía hasta la noche. Desde luego: en la red no hay nada mejor que hacer. Si hablo en presente de Arts&Letters es porque, felizmente, parece que sobrevivirá a su fundador.

Dutton publicó hace poco más de un año un gran libro, El instinto del arte, traducido con prontitud por Paidós. Su título es una paráfrasis de otro gran libro, El instinto del lenguaje, de Pinker, que a su vez es la paráfrasis de las grandes labores de la araña. Así como la araña teje su tela, así el lenguaje y el arte. Dutton deslizaba en su obra un brevísimo canon de una vida bella, buena y gozosa. Es tiempo de listas y son una forma narrativa sin escapatoria, que adoro. Ahí va.

La Ilíada, la catedral de Chartres, La dama del armiño, El rey Lear, Los cazadores en la nieve, Treinta y seis vistas del Monte Fuji, La abadía de Tintern, Viaje de invierno, La noche estrellada y la sonata número 3 (op. 2) de Beethoven.

Pero también se ocupó de los calendarios de paisajes: ciervos que atraviesan riachuelos en el crepúsculo. El libro despliega una cálida y combativa sagacidad erudita con la que demuestra una obviedad oscurecida por la religión: la base evolutiva del arte. Digo la religión, porque como debió de sospechar Benda no hay distinción entre clérigos si se trata de negar la materialidad del alma, de la conciencia o del arte. Es extraordinario, y meditable, el orgullo del artista religioso (extendido pleonasmo) cuando atribuye su arte al soplo divino. Aunque lo llame inspiración o cualquier inefable. Ese orgullo cegato está en el origen de numerosas y letales patrañas que afectan al arte, a la vida y a la política. Y hasta a los derechos de autor: ¡de qué habrían de comer los ángeles! Cuando leí cómo Dutton descubría, al trasluz del gusto multitudinario por los ciervos del living, las huellas del hombre en la sabana oía al tiempo las risitas habituales. En efecto: reían los mismos clérigos que cuando Galileo. ¡Hombre, por Dios!

Su muerte, claro, no es más que otra confirmación de ceniza.

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