23 de diciembre

Evolución

A veces pienso en las cosas que no veré, aunque sea por poco. Por ejemplo, las ciudades sin ruidos de coches. Supongo que en medio siglo el motor de explosión habrá desaparecido por completo. Las ciudades serán muy diferentes, una vez que el ruido, uno de sus problemas principales, se haya atenuado decisivamente. Aquellos contemporáneos mirarán atrás con una suerte de conmiseración por los que los precedieron: ¿cómo pudieron vivir así? Algo parecido, no tan violento, pero muy perceptible, ha sucedido con el tabaco. Hace tan solo veinte años infectaba las ciudades. Cualquier aspecto de nuestra vida, del mas íntimo al mas público, humeaba. Sorprende, viendo reportajes o fotografías, la cantidad de ceremonias que admitían al cigarro. En muy pocas circunstancias estaba mal visto fumar. Y ya no hablemos de las ficciones. El cigarro era un imprescindible lubricante estilístico: gracias a él las narraciones progresaban. En el principio del amor o del párrafo, donde hubiese ido un “sin embargo” o un “por otra parte”, el protagonista pedía fuego. Fue el gran nexo de nuestra vida. Sobre sus efectos perniciosos no habrá que añadir demasiado. Aparte de matar con la dulzura lenta de las ideas, creo que influía en el carácter: yo empecé a interesarme seriamente por la comida cuando dejé de fumar. Algo hay que hacer. El tabaco creó una notable infraestructura de gadgets a su alrededor: los hermosos mecheros, por ejemplo, una maquinita portátil de hacer fuego, qué cosas, que hoy observo con rareza ornitorrinca.

Es puramente extraordinaria, y meditable, la facilidad con que el humo se ha desvanecido. Si a un fumador de los los años setenta del siglo pasado le hubiesen dado una vuelta por nuestro mundo sólo lo habría creído a partir de un grave dislocamiento social. Nada de eso: una de las más terribles adicciones ha desaparecido casi con suavidad, por una simple decisión de los gobiernos. Los gobiernos siempre pueden más de lo que quieren hacer creer. Se trate del tabaco, la ilegalización de los partidos terroristas o la persecución del robo digital. Lo cierto es que ya no fuma nadie. Salvo las mujeres, claro, que siempre son las últimas en enterarse.

La pregunta, ahora, es con qué lo hemos sustituido. No en la sangre, reemplazo que al cabo del tiempo parece tener una importancia relativa. En la sangre, no, sino en los dedos. Esa era su gran importancia. Qué hacer, ahora, en los fríos rellanos de la vida. Yo lo sé, señorita. Teléfonos. Móviles. Juego para las yemas. El paso del hombre al mono es que uno ya no está todo el tiempo rascándose. Hasta qué punto será eso cierto que de no mediar la práctica erradicación del tabaco el móvil no se habría desarrollado. Un hombre no tiene manos suficientes. El fumador no pudo coincidir con el móvil como el hombre no pudo hacerlo con los dinosaurios.

http://www.nolesayudesamandarmealparo.com/firmar/

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