26 de octubre

América da cuenta

Los papeles de Wikileaks, aliados con la tecnología digital, dan para hacer grandes trabajos. Por ejemplo, el mapa que presenta el Guardian sobre los muertos de la guerra de Irak. La hoja necrológica, tratada con Google Tables, da como resultado una estremecedora superficie: un mapa realmente físico. Si se pincha sobre cada punto rojo aparecen los detalles, hora, lugar, causa, si las víctimas eran civiles o militares de algunos de los bandos. Cuando uno logra vencer al corazón, la certeza de que debajo de cada punto hubo un hombre, van apareciendo los asuntos. Por ejemplo el mapa que pudo haberse hecho con las últimas guerras europeas, la guerra civil española o la del Vietnam. El mapa imposible, porque ninguna de esas guerras fue anotada como la de Irak. La anotación fue, también, uno de los grandes fracasos nazis, y una prueba intransigente de la naturaleza del crimen. El gusto alemán por la cifra, el orden y la taxonomía no superó la prueba de Auschwitz. Nadie ha encontrado la orden de la solución final, y es muy probable que no existiera; lo que añade al genocidio un intolerable carácter de improvisación verbal. ¡Un genocidio forzado por las circunstancias!, examínese. De una gran parte de las víctimas nazis tampoco se conoce su muerte concreta. Consta en muchos casos la detención, la epopeya de traslados; pero de pronto los registros enmudecen, y con ellos se funde el orgullo nazi: vulgares asesinos empeñados en hacer desaparecer las pruebas. ¡Qué Weltanschauung! Entre Berlín y Kigali hay mucha menor distancia de la que podría hacer sospechar el uso de la cámara de gas y del machete.

Los periódicos insisten en que Wikileaks ha publicado 400.000 documentos sobre la guerra de Irak. (Espero que Wikileaks nos muestre pronto los miles de imágenes y audios aún ocultos del 11 de septiembre en el World Trade Center, esos que el orgullo guerrero americano se resiste a exhibir con el pretexto del pudor y la sensibilidad). La cifra de documentos pretende resaltar el volumen de mérito de la filtración. Pero eso es secundario. La propaganda oscurece el dato de que la fuente de esa información no es Wikileaks sino el gobierno de los Estados Unidos. Fue ese gobierno el que escribió los documentos. Y lo fundamental es que fueron escritos; que de cada muerto e incidente quedó constancia. Cuando algo se escribe, publicarlo es una cuestión de tiempo. No hay informes secretos, como no hay diarios íntimos. Escribir es exhibir. Hay algo más: una matanza descrita tiene menos posibilidades de repetirse. La escritura es un anticuerpo.

El último hallazgo de Wikileaks hace un gran servicio a la democracia. No porque desvele actos y circunstancias inconfesables. Ya todo había sido confesado, escrito y archivado. Los papeles nos muestran cómo son, al tiempo, la guerra y la libertad. Necio el que no quiera verlo: hay una gran superioridad moral en este último crimen americano.

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