12 de octubre

La vía china

Llega una carta admirable desde Pekín. La escribe una vieja amiga que desde hace años se dedica con prudencia a iluminar la disidencia china. La carta cuenta que, desde la concesión del Nobel a Liu Xiabo, la policía detiene cada pocas horas a los que se atreven a hablar con periodistas. Gentes con la extravagancia de la libertad. Escribe: «Los disidentes leen cartas de amor ante los tribunales. Todo el mundo teme a China menos ellos, que son chinos y tienen sentido del humor y de la dignidad.» Al otro lado están los llamados periódicos chinos. Un país entero de periódicos escribiendo una, ciento, un millón que el Premio Nobel de la Paz no vale ni para papel reciclado. Y en medio de la carta y de los periódicos, Occidente, hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère. Occidente diciendo que el asunto chino es muy complejo. Lo es, claro, lo es. La principal razón es la inexistencia de un telón de acero. La Unión Soviética era también una dictadura; pero sólo enviaba a actuar entre nosotros a unos cuantos personajes de Le Carré. No había que rogar ajustes a su moneda para aliviar la economía occidental. No dependía la salida de la crisis de su crecimiento. Esta es la monstruosa peculiaridad china: una dictadura trabajando tranquilamente entre los libres. Los hechos son la vía china a la legitimidad.

En estas condiciones la decisión del Comité de los Nobel de premiar el valor y el mérito de Liu Xiabo, y el de todos los xiabos, puede interpretarse como un acto de justicia, como la grieta moral en una acción globalmente dominada por la realeconomik. Pero también, inexorablemente, como un vano e hipócrita intento occidental de salvar de un golpe el corazón y la cartera. La política de complacencia con la dictadura china sólo tiene por misión garantizar la estabilidad y la prosperidad occidentales. No sólo por las coyunturas económicas. La cuestión es más… compleja. Occidente teme que la riada de la libertad suponga un cataclismo que multiplique de modo exponencial las consecuencias de esos desastres naturales que ciclícamente asuelan la inmensa provincia asiática. Hace mucho tiempo que el mensaje es inequívoco: China es, por el momento, demasiado grande para la libertad. Para nuestra libertad, quieren decir.

La experiencia de la libertad y el bienestar humanos atraviesan siniestros túneles. El último de Europa fue el comunismo, el nazismo y decenas de millones de muertos. Es razonable que el mundo libre pretenda evitar que la salida china a la luz deje en relativa anécdota esas circunstancias. Pero hay que combatir la tentación de hacer de los xiabos nuestros peculiares escudos humanitarios. Porque en cuanto al Premio de la Paz lo que Occidente hace cada día es concedérselo a los dictadores chinos.

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