9 de octubre
¿Por qué, unos meses antes de morir, en 1992, dijo Giorgio Perlasca al periodista Hallestein que Ángel Sanz Briz, el que había sido su compañero en los últimos momentos del Budapest nazi, era un hombre «falso y malvado»? Me habrás oído comentar muchas veces que el periodismo, a diferencia de la religión y la literatura, y coincidiendo con la ciencia, no se ocupa del por qué. Pero sí podemos sacar del libro Un italiano scomodo, del citado Dalbert Hallestein y de Carlotta Zavattiero, el cómo. Es decir, el episodio donde Perlasca pretende sustentar su juicio. Ponte cómodo.
Perlasca abandonó Budapest el 26 de mayo de 1945. De modo casi inmediato empezó a redactar un informe sobre sus actividades en la embajada desde la marcha de Sanz Briz hasta la entrada soviética. Un mes y medio en el que Perlasca logró pasar ante las autoridades nazis como el nuevo cónsul español. El objetivo principal de la impostura era el mantenimiento de una cierta autoridad que facilitara la protección de los cientos de judíos que se hacinaban en los edificios de la legación y a los que se había provisto de pasaportes por haber demostrado un vínculo familiar con España. Perlasca acabó de redactar el informe de sus actividades y lo dejó en manos de la embajada española en Turquía, con el encargo de que se lo hicieran llegar al ministro de Asuntos Exteriores. Ignoro por qué estaba en Turquía y, asimismo, por qué eligió esta extravagante manera de hacer llegar el texto a las autoridades españolas. Unos meses después y comprobando, probablemente, que no le llegaba respuesta ministerial, reenvió una copia a Sanz Briz.
La he tenido entre mis manos. Son 28 hojas copiadas al carbón en papel muy fino, que llevan su firma y algunas leves correcciones manuscritas. El contenido del informe fue incluido en L’impostore, una antología de escritos de Perlasca, publicada en 1997. El texto detalla sus procedimientos para asumir la representación diplomática española, los engaños urdidos y sus conversaciones con las autoridades húngaras. Su intención pragmática parece ser antes la de convencer a las autoridades de que él salvó la integridad física y simbólica de la plaza española que la de describir de modo pormenorizado sus actividades humanitarias. El informe da a entender, además, que Perlasca espera honor y gracia de España. Un deseo que luego confirmará la correspondencia mantenida con el diplomático español, adyacente al envío. Es seguro que la copia llegó a manos de Sanz Briz, que la guardó en sus archivos privados; pero hay dudas de que llegara al ministerio. Bernd Rother, autor de Franco y el Holocausto, buscó en ese archivo el informe sin más éxito que el que hemos tenido Sergio Campos y yo este verano. También la competente jefa del archivo, Pilar Casado, ayudó en la frustrada búsqueda. Nadie puede asegurar que algo no exista en un archivo de tales características oceánicas. Es como la imposibilidad de demostrar la inocencia. Pero puedo asegurarte que no está en ninguno de los lugares donde podría suponerse. En cualquier caso, una tarde de 1989, Perlasca recibió noticias en vivo del ministerio. ¿Estás realmente cómodo?
A su casa de Padua, y siempre según su propia narración, llegaron en ese año dos funcionarios del ministerio español de Asuntos Exteriores. Los llevaba hasta allí una misión: fotocopiar el informe Perlasca. Te confieso que cuando leí eso tuve un leve vahído. Dos funcionarios españoles viajando hasta Padua en busca de un remoto informe del año 1945. ¡Pujos de país serio! Pero aplacemos eso para seguir a Perlasca. Cuando los funcionarios se presentaron, acaso mientras bajaban a la copistería de la esquina (que eso dice Perlasca que hicieron), le advino la revelación irrefutable de la maldad de su amigo: Sanz Briz era el responsable de la desaparición del informe del archivo público. «Él —escribe—, con la complicidad de algún diplomático, había hecho desaparecer todo lo que le preocupaba. Si no era así, ¿por qué me enviaban a mí dos personas del ministerio?» Según su juicio, el diplomático español tenía un objetivo: que ni las autoridades españolas ni la historia misma oyeran hablar nunca de Perlasca. La espectacular conclusión tiene, sin embargo, un grave problema: el narrador no ofrece más prueba del hecho que su deducción maligna. No hay indicio alguno de que el informe llegara al ministerio ni tampoco de que el diplomático español lo hiciera desaparecer. Perlasca no presenta ningún acuse de recibo ministerial: ni de la primavera de 1945 ni de los meses posteriores. En plena intimidad de la búsqueda (lo que une a un investigador con su archivera puede ser más fuerte que el matrimonio, y sabes que sé de lo que hablo) le conté a Pilar Casado la historia de los dos funcionarios desplazados a Padua. Entre echarse a reír o a llorar prefirió lo primero.
El 11 de agosto de 1945 Perlasca escribe desde Roma su primera carta a Sanz Briz. Es el relato casi inmediato de lo que ha vivido en un Budapest aún humeante. Al final le dice:

«Espero que usted me conteste. Todavía su Gobierno no me ha dado las gracias por el grande servicio que he hecho a la nación española. Yo lo he hecho por su amistad con usted, por simpatía con el pueblo español y por un sentido humanitario». Un sombrío y escéptico Sanz Briz le contesta algunas semanas después, diciéndole que nada espere de «ningún gobierno». Le pide que le envíe el informe cuya redacción ya le ha anunciado Perlasca en su primera carta. Y añade: «No olvide Vd. que la decisión de meter gente en los locales de la Legación fue de mi propia iniciativa, sin previo permiso de Madrid”. Esta frase es importante: parece que el diplomático español estuviera advirtiéndole al viejo Perlasca de 1989 que no se apropie en solitario de la fama. Yo tengo otra visión más prosaica: creo que Sanz Briz le está diciendo muy diplomáticamente al joven Perlasca que cuidado con lo que deja ir en el u informe, no vaya a ponerle en problemas con el gobierno de Franco.
Las ocho. Acabo de oír las campanas. Has de perdonarme: la historia aún continuará. Has de saber cuál fue la razón de que Sanz Briz marchara de aquel Budapest ensangrentado.
Sigue con salud
A.





