25 de junio de 2010
La cruz es un símbolo religioso. A diferencia del burka, por ejemplo. El burka es, primeramente, una máscara textil. Aunque eso interesa tanto como la consideración de que una bandera es un trapo: la actividad del burka, como la de la bandera, está en su vertiente simbólica y el burka simboliza, con independencia de la opinión del sujeto paciente, una opresión. De ahí que las derechas españolas hayan hecho muy bien en exigir al gobierno que lo prohíba en el espacio público; contra la opinión de la izquierda, que ha vuelto a preferir el relativismo a la libertad y el tacticismo a la verdad. No es la hipotética naturaleza religiosa del burka la que lleva a los ciudadanos a exigir su prohibición; es su indecencia civil, que lo distingue, por cierto, del casco de motocicleta o del pasamontañas, artefactos con que la hipocresía socialdemócrata ha querido asimilarlos a la hora de vetarlos en alguna dependencia municipal. No es el burka, repito, el caso de la cruz.
Nadie puede discutir las atrocidades que se han cometido en nombre de la cruz y enarbolándola, materialmente, en el campo de batalla y ante la hoguera de las inquisiciones. Puede decirse lo mismo, por ejemplo, de la hoz y el martillo, aunque la cruz haya expandido durante mucho más tiempo la barbarie. Pero este sentido de la cruz ya no rige: hoy la cruz es sólo un símbolo de determinadas opiniones trascendentes. La separación entre la Iglesia y el Estado supone que la cruz no obliga a los infieles; al contrario de lo que sucede con las máscaras en los burkaestados, tipo Ahmadineyad. Sin embargo, y en contra de lo que pretende la Conferencia Episcopal Española en el papel tan pobremente argumentado que ayer dio a la prensa, la cruz no debe exhibirse en las escuelas ni en otros espacios públicos. Una opinión no puede monopolizar el espacio público; ni tampoco en el espacio público pueden exhibirse todas las opiniones. Si se cuelga el crucifijo en el muro hay que dar la misma opción a un islámico, a un judío, o un ateo. No hay muro para tanto grafitti: para que todas las convicciones quepan en el espacio público es preciso que no se muestren.
Lo que, en el fondo, pretende la Conferencia Episcopal Española con la cruz es hacer pasar las opiniones por hechos. La misma estrategia que utilizan los creacionistas cuando intentan rebajar la selección natural a una opinión. Pero la cruz ya no es un hecho. Es decir, para nuestra suerte no es como el burka.




